Quiela: del daño a la creación

Entre las tres más famosas novelas cortas de México ubico cuatro: en primer lugar, empatadas, Aura (1962) y Las batallas en el desierto (1981); en segundo, la que comentaré en este apunte; y, en tercero, La casa que arde de noche (1971), obras de Carlos Fuentes, José Emilio Pacheco y Ricardo Garibay, respectivamente. Me referiré aquí a Querido Diego, te abraza Quiela (1978), de Elena Poniatowska (París, 1931). La leí hace más de treinta años en aquella compilación guinda y gorda de Promexa que muchos recordarán, pero, como ocurre con las memorias porosas como la mía, olvidé las sutilezas que en una segunda y reciente lectura se me han revelado para colocarla entre las mejores nouvelles mexicanas del siglo XX.

Compuesta mediante cartas, son una versión literaria —no sé hasta dónde real y hasta dónde ficticia— de lo que la pintora Angelina Beloff (San Petesburgo, 1879-Ciudad de México, 1969) pudo sentir tras el alejamiento de Diego Rivera. Como se sabe, ambos se conocieron en París hacia 1911, y pronto se casaron. Tuvieron un hijo que sólo sobrevivió poco más de un año, y ambos padecieron no tan indirectamente las calamidades de la Primera Guerra. Tras finalizar la segunda década del XX, y entre carencias materiales de toda laya, Diego parte solo, sin Angelina, de París a México, ya que no tenían dinero para dos boletos.

Angelina (o Quiela, hipocorístico que usaba Diego para llamarla), queda casi abandonada en París y es cuando comienza el envío de cartas al pintor mexicano, quien las responde con frialdad, con una línea casi telegráfica, y sólo para mandar algunos magros francos de supervivencia. La artista rusa recurre entonces a una escritura epistolar no tanto desesperada por la bancarrota económica de su circunstancia cuanto por el hecho simple de que ama a Diego y reclama de él palabras de aliento y acaso, si fuera posible, de amor.

Esas demandadas palabras de Diego, sin embargo, jamás llegan, y por ello Quiela bordea la locura. El hijo muerto, que la lastima hasta el tuétano, es una calamidad tan grande como el silencio de Rivera, lo que convierte el potencial diálogo epistolar en un monólogo.

Las misivas enviadas desde Europa comienzan su camino sobre el Atlántico, la primera, el 11 de octubre de 1921, y la última emprende el viaje sin palabras de retorno el 22 de julio de 1922. En el ínterin, Quiela se desmorona frente a su cotidianidad: le duele el hijo perdido, le duelen las vicisitudes de su precaria subsistencia en París, le duele su frenón creativo, le duele la mengua de su arte, pero más, mucho más le duele el hecho de presentir, y casi saber, que el amor de Diego se ha extinguido, aunque ella misma se dé esperanzas al pensar que no recibe respuesta porque el pintor de Guanajuato es devorado por su trabajo.

La historia de esta relación (real, pues ambos estuvieron casados una década) aparece en las cartas. Allí saltan a la página las amistades (Modigliani, Apollinaire, entre otros), el fervor artístico que ambos mantuvieron mientras vivieron juntos, la molestia de Diego ante la paternidad, sus engaños (de Diego) con amantes y la alegría breve de los primeros años de la relación.

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Las cartas de Beloff son muy tristes, y hoy pueden leerse con otra perspectiva, la del feminismo, que no admitiría que una mujer se sacrifique así por un hombre, tanto que hasta pierde su personalidad: “Tú has sido mi amante, mi hijo, mi inspirador, mi Dios, tú eres mi patria; me siento mexicana, mi idioma es el español aunque lo estropee al hablarlo”.

Por fortuna, lo que sabemos después de enviadas las desgarradas cartas imaginadas por Poniatowska no es desalentador: Angelina Beloff ya no tuvo respuesta ni relación con Diego, pero dado que de veras se sentía “mexicana” pudo instalarse en nuestro país y aquí, al margen de su antiguo y traumático amor, reverdeció su poder creativo y pintó hermosos cuadros en una radicación de casi cuarenta años.

Carretera a Santa Fe

Ruta Norte Laguna | Jaime Muñoz Vargas

Aunque la ciudad, me refiero a Torreón, ha crecido de manera escalofriante, creo no perderme todavía en sus rincones. Cierto que sus recovecos son ya tantos que sólo pueden conocerlos con detalle los taxistas, los repartidores de mensajería y de comida a domicilio, pero en líneas muy generales mi orientación en la gran mancha urbana es aceptable. Uno de los rumbos relativamente nuevos que por razones de trabajo transito más o menos seguido es la carretera denominada “a Santa Fe”, un tramo que empieza, calculo, en el periférico (justo al lado de Gayosso) y termina en la carretera Torreón-Matamoros a la altura del ejido San Miguel. Es un trayecto considerable que rodea un montón de colonias del centro-oriente de Torreón.

Lo paso porque allí corto para ir a Matamoros, y en los años recientes he visto su gradual aumento de tráfico. Sé que llegará el momento en el que será insuficiente y tendrán que añadirle semáforos, rotondas y pasos elevados, pues el crecimiento de la ciudad va provocando proyectos de obra civil como el que vemos hoy frente a Galerías. No es, sin embargo, la carretera a Santa Fe el tema de este apunte, sino lo que se pude ver al lado de ella.

Como es característica general del crecimiento hacia el oriente de Torreón, son más pudientes las nuevas colonias del norte (Las Villas, por ejemplo) que las del sur (Sol de Oriente, por ejemplo), y esto se nota también en el aspecto de sus accesos. En el caso de la carretera a Santa Fe, hay un pedazo enorme del trayecto caracterizado por fungir como depósito de todo tipo de basura, desde escombro hasta muebles viejos, desde residuos de poda hasta neumáticos. El espectáculo allí es lamentable, más que deprimente si uno tiene ojos para ver.

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Es difícil, cierto, alcanzar a una comunidad poco instruida para cuidar el espacio público, es decir, no hay Estado que pueda contra una población que no coopera y tira todo en la calle, pero no es menos cierto que la autoridad debe proponer planes de choque para mitigar el caos, como el que ayer vi de parte de la admirable Marea Roja: sin exagerar, sus héroes anónimos recogían toneladas de basura en la carretera a Santa Fe. Es hora de ayudarlos. ¿Cómo? Al menos no tirando escoria por doquier.

José Agustín de perfil

Ruta Norte Laguna | Jaime Muñoz Vargas

Como tantos, tuve primera noticia sobre José Agustín gracias a la famosa antología El cuento hispanoamericano (FCE, México, 1964, luego ampliada y reimpresa en numerosas ocasiones) del académico norteamericano Seymour Menton. Recorrí aquel libro en dos clases de literatura recibidas durante la carrera de Comunicación, una con Saúl Rosales y otra con Paco Amparán, esto hacia 1982.

Bien organizado según un criterio cronológico que hasta la fecha lo hace útil como material didáctico, el libro de Menton llegaba, hasta mi edición de los ochenta, al cuento “Cuál es la onda”, de José Agustín. No he olvidado el macanazo que significó su lectura, la sensación de haber arribado de golpe a una narrativa que en su insolencia y su ludismo nos (me) informaba que la literatura podía ser también un espacio en el que era viable meter todo lo que nos rodeaba: la música moderna, las maldiciones de la calle, las andanzas y los albures con los amigotes, el consumo de sustancias prohibidas, el sexo a trompicones, el desmadre en suma. No pasó mucho tiempo para que yo accediera a la precoz De perfil (Joaquín Mortiz, 1966), su libro más célebre, y entonces sí me declaré capacitado para considerar que las Letras, con mayúscula, no eran coto exclusivo de la solemnidad y sus almidonamientos, sino territorio en el que las palabras más frescas y las ideas menos tiesas también tenían derecho de circulación en las páginas de los libros.

Tras leer Inventando que sueño (Joaquín Mortiz, 1968) y De perfil, poco a poco fui sumando sus otros libros: La tumbaLa panza del TepoztecoCiudades desiertasSe está haciendo tardeFuror matutino, los tomos de la Tragicomedia mexicana… Pasados los años, tuve además la oportunidad de presentar en Torreón dos de sus títulos, ambos en el Teatro Isauro Martínez: la novela Armablanca y una especie de crónica titulada Los grandes discos de rock (1951-1975), libro que comenté a teatro lleno y no sin dejar de sentir alguna envidia del público roquero de La Laguna, que seguramente me consideró, y con razón, un diletante en aquel tema.

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Además del par de libros dedicados por José Agustín luego de las presentaciones, conservo una foto con él y en la memoria dos o tres conversaciones trenzadas a propósito de encuentros casuales en ferias. Lo recuerdo como un tipo de sonrisa fácil, atento a lo que uno le decía, inteligente y siempre “prendido”, para decirlo con un modismo de su juventud.

José Agustín, el eterno muchacho rebelde de la literatura mexicana, murió ayer a los 79 años. Descanse en paz.

Encuentros fortuitos, el cuento como desafío

Ruta Norte Laguna | Jaime Muñoz Vargas

Entre otras, una de las responsabilidades del editor es, a veces, cuando no hay quién lo materialice o se lo piden, escribir el texto que aparecerá en la espalda del libro, aquel lugar que todos hemos visto ubicado en lo que la mayoría conoce como “contraportada” y en el argot editorial denominamos “cuarta de forros”. Suele ser un texto no firmado y siempre, sistemáticamente, elogioso, pues lo que procura es invitar al potencial lector a comprar el libro y quizá también, si no es mucho pedir, a leerlo. Por ello, es muy difícil, por no decir imposible, encontrar que este género de escritura consigne que el libro es aburrido o prescindible. El texto de la cuarta de forros presupone el aplauso, el espaldarazo y muchas veces el confeti más irresponsable.

Cuando escribí y firmé las palabras para la cuarta de forros del libro Encuentros fortuitos (UANL-Ibero Torreón, 2023) ya estaba segurísimo de mis afirmaciones, sobre todo de la última línea. Cito el convite: “El dolor, la rabia, el humor, la desesperanza, el vacío y la incertidumbre son algunas de las estaciones del alma que atraviesa Encuentros fortuitos, segundo libro de cuentos de Miguel Báez Durán. Armado con una prosa más que bien templada y en todo momento espesa de literatura, el autor nos lleva a convivir con personajes que habitan la frontera simbólica entre México y Canadá, sujetos cuya inestabilidad nos permite suponer, por extensión sinecdóquica, la inestabilidad de la vida, el monstruo que acecha detrás de cualquier rutina o sensación de bienestar. Así, una turista canadiense entregada a la caridad indolora pierde misteriosamente la vida en Cancún, una madre alucina con las caricaturas niponas que podrían contaminar a su hijo, unos pelagatos edifican a punta de memeces su indestructible ego, una mujer es acosada por los arañazos del amor y la maternidad, un escritor revisa su fracaso en el espejo del reconocimiento ajeno y remotísimo, un inquilino con anhelos de serial killer reflexiona sobre el cese taxativo del ruido en su vecindario y, por último, un sujeto queda hecho pomada por la belleza fugaz e inalcanzable. He aquí, dicho de manera muy sintética, el contenido de Encuentros fortuitos, libro que evidencia la pericia narrativa de Miguel Báez Durán, escritor pleno de imaginación y de recursos para usarla, sin duda un maestro del nocaut cuentístico”.

Insisto: al escribir lo anterior sabía que el minitexto de la cuarta debía terminar de manera categórica y subrayar que Miguel Báez Durán (Monterrey, NL, 1975) es un “maestro del nocaut cuentístico”. Razonar esta afirmación aparentemente excesiva es el propósito de los renglones que ofrezco a continuación.

Diré en esta nueva oportunidad, para empezar, lo que he repetido muchas veces sobre todo en los talleres literarios: que el cuento es un género literario peliagudo, fácil nada más para quienes lo observan desde la otra orilla del río. Es pues un error juzgarlo por su complexión breve, pensar que el cuentista es un tipo que se sienta, relata una anécdota y termina en la cuartilla dos o cinco o diez, cuando la aventura narrada ha terminado. Así de sencillo y así de falso. Se le minusvalora en principio por su brevedad: ¿qué tan difícil puede ser sancochar un texto corto?, piensan muchos. Lamento decir que la brevedad es apenas su característica más saliente, la punta de un iceberg que debajo esconde —cuando el cuento es eficaz, cuando el cuento es, como quería Poe, impactante— un montón de malicias, tantas que por ello muchos narradores le sacan la vuelta y optan por la escritura quizá más relajada de la novela, género que asimismo demanda otras pericias.

Pues bien, digo que Miguel Báez es un maestro del cuento no por capricho o por los imperativos de la amistad, sino porque sus cuentos son dispositivos literarios que admiten la lectura más puntillosa. En Encuentros fortuitos no asistimos a la escritura de un aprendiz, de alguien que apenas tantea con paso titubeante el terreno movedizo del cuento. Al contrario, en este libro estamos frente a la presencia de un narrador ya dueño de todos los recursos necesarios para articular historias compactas, emotivas, dignas de figurar en la biblioteca más rigurosa. Pienso de nuevo en la extensión; pese a que se trata de cuentos largos, la apretada intensidad de cada pieza crea la impresión de vertiginosidad, rasgo propio del cuento, casi como si en la lectura asistiéramos a un viaje en caída libre.

Los cuentos avanzan sin detalles que queden librados al azar, sin distracciones parasitarias, siempre al servicio del asunto central, siempre apegados al conflicto del protagonista. Desde cada uno de los arranques sabemos de un propósito, de un deseo clavado como daga en el espíritu de cada personaje principal, y hacia allá, a ver cumplido o frustrado ese deseo, avanzamos guiados por una prosa que no se da reposo en su fluidez, casi frenética en el despliegue de las peripecias y sin embargo espesa de belleza literaria, henchida de giros que nos permiten apreciar la soltura de un narrador que se apodera de un tono y no lo suelta hasta persuadirnos de que lo contado está muy bien contado, con las medidas justas de velocidad, introducción de detalles y verosimilitud.

En los siete cuentos que habitan este libro conviven las mejores herramientas de la narrativa. Por ejemplo, una que no es frecuente encontrar en otros escritores: la capacidad para bucear minuciosamente en el alma de los personajes, la destreza para sumergirse en interiores atormentados, en vidas que encallan en miedos, en odios, en obsesiones, en tristezas recónditas, en muy pocos, poquísimos o de plano nulos motivos de alegría. No se ha equivocado Saúl Rosales, quien tras leer los cuentos de Encuentros fortuitos me comentó que, natural o aprendido, hay algo de destoyevskiano en los microcosmos urdidos por Miguel Báez. Y sí, la mayor parte de los personajes que deambulan por estas páginas son sujetos sujetos a un pequeño infierno, seres incrustados en la urbe que bajo la cutícula de civilización no pueden evitar los manotazos de la soledad y la barbarie.

He compartido con su autor los títulos de mis relatos preferidos. Con los libros de cuentos, como ocurría antes con los discos y sus canciones, siempre pasa esto: uno selecciona en la cabeza las piezas que más le cuadran. No citaré aquí cuáles son, para no prejuiciar más al lector con mi opinión. Sólo diré, como cierre de mi reseña, que este libro es un dechado de libro de cuentos, que todos sus párrafos han sido concebidos, problematizados, ejecutados y revisados con lupa por un escritor lagunero desbordante de talento literario y voluntad creativa, por Miguel Báez Durán, un narrador que ha aceptado los desafíos del cuento y ha salido airoso como lo que es: “un maestro del nocaut cuentístico”.

Comarca lagunera, 22, noviembre y 2023

Nota. Texto leído en la presentación de Encuentros fortuitos (UANL-Ibero Torreón, 2023) celebrada el 22 de noviembre de 2023 en la Galería de Arte Contemporáneo del Teatro Isauro Martínez, Torreón. Participamos Mariana Ramírez Estrada, el autor y yo.

Herbert observa

Ruta Norte Laguna | Jaime Muñoz Vargas

Entre los muchos libros de la Secretaría de Cultura disponibles en línea está Un borracho que se cree invisible, de Julián Herbert (Acapulco, Guerrero, 1971). No es un libro central en su producción ni uno de los ya numerosos que le han granjeado premios como el Gilberto Owen (2003), Juan José Arreola (2006), Jaén de Novela (2011) y Elena Poniatowska (2012), entre otros, pero es muy representativo de la mirada, por decirlo así, herbertiana: una mirada perspicaz, aguda, disruptiva y ágil en la observación de la realidad como escenario de lo paradojal y lo grotesco.

En Un borracho que se cree invisible, el autor de Canción de tumba trabaja en una tesitura a caballo entre el relato literario y la crónica periodística. En esta hibridez, jamás podremos saber bien a bien en dónde están las fronteras entre ficción y realidad, cuáles son los límites entre lo imaginado y lo realmente vivido. No importa, sin embargo, pues más allá de precisar las borrosas líneas divisorias entre fantasía y verdad lo que atrae en estos ¿relatos? (uso la palabra más ambigua posible) está en la ironía por la que tamiza Herbert todo lo que piensa.

Por ejemplo, en el segundo de sus textos (sigo con la ambigüedad a la hora de nombrarlos), titulado “Mi mamá me mina”, la formula ya lexicalizada que termina en “mima” es subvertida con una sola letra y transforma su sentido en lo contrario. Ahora bien, su planteamiento inicial enfatiza su ánimo subvertor de las ideas ya cristalizadas por la tradición o la costumbre: “Todos necesitamos una madre con quien desquitarnos de estar vivos. O, ¿por qué otra razón las amaríamos tanto? Claro: ellas velaron por nosotros cuando estábamos enfermos, nos dieron lechita y un vocabulario, asistieron desveladas a ese horrendo show donde salíamos disfrazados de pollitos, se soplaron más de dos veces las divisiones de quebrados, nos consintieron berrinches por los que aún sentimos nostalgia. Pero esas nimiedades no bastan para querer a alguien más allá de los límites del decoro. Si fuera así, ninguno de nosotros sabría lo que es un rompimiento o un divorcio. No: el amor incomparable solo florece si lo riegan las aguas elementales del rencor”.

Insisto: esta línea apartada, lejana a la línea de lo que preconcebimos como lógico u obvio, se enfatiza texto tras texto en Un borracho que se cree invisible. En ocasiones no sólo en el contenido, sino también en la forma, como sucede en “Historia y evolución de las ideas fijas”, texto en el que Herbert no nada más va a quebrantar la idea, sino que lo hace en un formato que habitualmente encontramos como fijo, rígido, serio e inamovible, el formato que podríamos llamar “requerimientos para curso”. ¿Qué pasa aquí? Que el escritor acapulqueño-saltillense apela al mencionado esquema para convertirlo en papilla mediante el método, se me ocurre denominarlo así, de las hipérboles delirantes:

“Instructor:

Julián Herbert

Duración:

120 horas repartidas en 5 sesiones de 24 horas cada una

Número de asistentes:

2,500 (mínimo)

Requerimientos técnicos:

Un campo de golf, sistema de salida de audio RTM-PowerDrift (se adjunta rider), un dispositivo Classroom Papamóvil modelo 94 a prueba de balas (para uso exclusivo del Instructor), dos pizarrones verdes, 20 cajas de gises blancos blandos (de los que no rechinan), dos mochilas de libros (pueden ser nuevos y estar plastificados: no son para leer sino para cumplir funciones propias de un osito de peluche) y 100 sobres individuales de figuras Playmobil azules y rosas (previamente abiertas: son para ser armadas por el Instructor en sus ratos de ocio) (así que mucho cuidado con las piezas chiquitas, ¿eh?). Ah, sí: y medio litro de agua Bonafont”.

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¿Para qué sirve un texto como éste? Formulo esta otra pregunta retórica. Respondo: para nada y para mostrar que los requisitos de muchos cursos de cualquier disciplina a veces colindan con el disparate, son absurdos como los cursos a los que convocan.

No creo que sea necesario traer más ejemplos de lo que contiene Un borracho que se cree invisible. Está dividido en tres secciones más o menos simétricas (“Vomitar encima de personas ilustres”, “Intermedio, 8 fábulas” y “Las ciudades destruyen las costumbres”); en todos ellos hay algo, un rasgo, o muchos, que transforman al texto en pedrada al foco de la vecina, en escupitajo al tipo con traje, en eructo durante la ceremonia nupcial, es decir, en transgresión, en travesura, en maldad que bien mirada tiene siempre un fondo de razón, de lógica. Y si no tuviera todo esto, tiene asimismo valores muy apreciados en un libro: sentido del humor y buena prosa.

Donas de pesadilla

Ruta Norte Laguna | Jaime Muñoz Vargas

Ayer el sueño fue muy profundo, pero hubo una zona de la madrugada en la que se instaló una historia peculiar en mi desconexión del mundo. Me removí en la cama al sufrirla, pues mientras navegamos por las ficciones del sueño es imposible cortarlas de golpe. Había sido un día de trabajo agobiante, tanto que ni de comer me dio tiempo. Llegué a la casa ya sin ánimo de nada, sólo de dormir. Pese a esto, la cena fue más abundante de lo pensado: habían hecho carnita con chile y me dejé caer la greña, como decimos.

Con la panza al tope, lo que siguió fue botar la ropa y tirarme un clavado al colchón. De inmediato caí en la penumbra de la inconsciencia. No sé cuántas horas pasaron, quizá dos o tres, cuando comenzó la amenaza. Unos como zombies comenzaron a seguirme casi como en el videoclip de Michael Jackson. Me alejé lo más que pude, pero cada que miraba hacia atrás allí seguían esas creaturas. Avancé por varias calles, doblé en muchas esquinas con la idea de eludir la persecución, pero fue inútil: cada vez que yo torcía el cuello para ver si ya los había perdido, allí seguían, siguiéndome.

A medida que pasaba el delirio, volvía y volvía a mirarlos. Yo no dejaba de avanzar a paso veloz, al trote, no corriendo, pues sabía que mi condición física no era buena. En una de mis reviradas, como se dice en el beisbol, vi que no sólo estaban cada vez más cerca de mí, sino que eran más. Los sentía tan próximos a mi espalda que, lo juro, escuchaba sus voces. Aunque no se puede decir que eran exactamente voces. Lo que salía de sus gargantas eran gemidos atormentados, palabras que no alcanzaban a ser palabras, sino garabatos sonoros. Seguí mi marcha.

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Volví a mirar y reparé en un detalle: delante de mí no veía a nadie en la ciudad, todo Torreón se había vaciado. En contraste, detrás de mí se fue formando poco a poco un tumulto escalofriante de zombies que caminaban como zombies, es decir, con pasos un poco torpes y los brazos un poco levantados, anhelantes, deseosos de alcanzar.

En el clímax de la pesadilla me vi acorralado. No sé cómo llegué a un lugar que ya no me permitió seguir adelante. Me detuve fuente a la pared de un negocio. Miré hacia atrás y el tumulto ya no me permitiría escapar. Levanté la vista al cielo para pedir ayuda a dios y lo único que pude ver fue el anuncio de un negocio de donas recién inaugurado en la ciudad.

Serrucho en nuestro futbol

Ruta Norte Laguna | Jaime Muñoz Vargas

Aunque cada vez menos, tengo medio siglo siguiendo futbol en la tele y nunca había visto una maniobra similar (aquí la palabra “maniobra” es usada en sentido estricto: obra hecha con la mano): un jugador del Atlas, Juan Zapata, cubre la pelota mientras otro del Querétaro, Omar Mendoza, lo presiona casi ceñido a su espalda para evitar que se dé la vuelta con balón controlado.

Hasta allí todo normal, una jugada ordinaria, de las que se ven cien veces en el accionar futbolístico de cada partido. Lo extraño del caso es que el árbitro Fernando Hernández marcó una falta en contra del defensivo, y todo parecía que iba a quedar allí. Entonces intervino la gente del VAR y el silbante tuvo que ir al monitor para revisar algo que ni el cronista (el lagunero Gustavo Mendoza, de Fox) ni los mismos televidentes teníamos claro. ¿Se trató de un pisotón? ¿Fue un rodillazo? ¿O un jalón de camiseta? El misterio quedó develado con una de las tomas en cámara lenta: el jugador de los Gallos Blancos, al mismo tiempo que defendía, con la siniestra diestra le hizo “serrucho” al futbolista de los rojinegros, es decir, le encajó algunos dedos entre nalga y nalga. Insólito.

Al ver la repetición, todos quedamos entre anonadados y sonrientes, incluidos el relator y los comentaristas de la cadena de televisión: reiteraron la jugada unas tres o cuatro veces, le hicieron un close up y era desde ya una imagen para la historia del futbol mexicano, aunque no por su heroísmo sino por su procaz rareza.

Ciertamente, el “serrucho” es, o fue, no sé, pues hace mucho que no veía algo así, una práctica común entre los mexicanos sobre todo en la edad inevitablemente babosa de la adolescencia. Tenía un sentido vejatorio, como de lo que ahora llamamos bullying, pero no es exacto decir que era eso, pues se aplicaba a los compañeros con ánimo de ofender, sí, pero más que nada como juego de seudomachos. En otras palabras, el “serrucho” se infligía a los amigos, no a los enemigos.

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Lo que jamás imaginé es que alguna vez iba a ver, como hace poco, a un jugador expulsado de una cancha de primera división por un “serrucho” que sin duda perdurará en la memoria colectiva por algo parecido a lo que en otros contextos es denominado “faltas a la moral”.

Supongo que eso fue. No sé. Es hora de revisar el reglamento.

Descubrimiento de Didier Eribon

Ruta Norte Laguna | Jaime Muñoz Vargas

Gana el Nobel o muere un escritor islandés y de inmediato salen a opinar, no sin autoridad, comentaristas que muestran fotos con la obra completa del susodicho y explicaciones tan articuladas que parecen párrafos de tesis. No estoy siendo irónico, creo de verdad que hay lectores totales, máquinas de conocerlo, comprarlo y deglutirlo todo, y lo que a mí me parece un escritor recóndito, absolutamente desconocido, para algunos es autor de cajón, figura habitual en los entrepaños de sus bibliotecas. En fin, voy a otro ritmo, y nada sé sobre los inmortales del momento eslovacos o tunecinos.

Luego de esta intro abochornada por frontal en la asunción de mi ignorancia, sigo con una reseña que comienza aquí en modo anécdota (“en modo” es una locución adverbial reciente y puesta en circulación, creo que como calco del inglés, por el argot de la telefonía móvil: “en modo vuelo”): allá por junio ingresé a una librería de viejo y en el hurgamiento no saltaba nada que esfumara mi desinterés. Estaba por claudicar y salir con las manos despobladas, pero me detuve en un libro que ya había visto antes varias veces en ese mismo sitio atestado de títulos imprevisibles. O sea, ese libro había recibido mi recurrente desdén y quizá, porque allí seguía, el de muchos otros potenciales compradores. El caso es que, dado el nulo fruto de aquella incursión a la librería, me detuve en el volumen y leí su cuarta de forros. Bien. Luego leí la semblanza del autor en la primera solapa, e igual, bien. Ya observado con un poco de detenimiento, el libro parecía ofrecer algo bueno por los pinchurrientos ochenta pesos que costaba. Y me lo llevé.

Al llegar a casa (era sábado) comencé a deslizar mi atención en la primera página de Regreso a Reims (Libros del Zorzal, Buenos Aires, 2015, 250 pp., traducción de Georgina Fraser), de Didier Eribon (Reims, 1953). Lo que pasó después de acceder a esos renglones es que ya no pude detenerme y para el domingo en la noche lo había terminado. Y pensé: “Este será uno de los mejores libros que leeré en 2023”. Es agosto, llevo varios leídos, claro, pero Regreso a Reims sigue estando entre mis nominados para llevarse el galardón “El mejor libro que leí en el año”, premio que por otro lado a nadie le importa, salvo a mí.

¿Y qué es Regreso a Reims? Han pasado más de dos meses desde que lo leí y conservo intacto lo que me deparó, tanto que casi no necesito tener el libro a la vista para reseñarlo. Es una memoria, la del sociólogo y filósofo Didier Eribon. Su encanto, el poder persuasivo de esas páginas, radica, creo, en la sinceridad con la que asume el tema de su libro que —como decía Montaigne— es el mismo autor y la apretada maraña de dificultades que encaró para llegar a la respetabilidad intelectual de la que ahora goza. Hijo de una familia pobre, ignorante y algo disfuncional por lo violenta, Eribon debió romper a ciegas el cascarón de su futuro académico y, junto a esto, lidiar con el descubrimiento, otra adversidad, de su condición homosexual.

La recordación es tan minuciosa como severa: además de relatar las circunstancias necesariamente difíciles para un chico y luego un joven con aptitudes pero sin orientación ni recursos, Eribon analiza los pliegues de su conducta, la manera en la que fue construyendo su visión de la realidad, lo que incluye, conforme avanzaba a los tumbos su vida académica, la vergüenza de su origen social en un medio, el académico francés, que no excluye el clasismo y está diseñado para anular la movilidad ascendente. Como buen sociólogo, Eribon coloca su individualidad en los contextos políticos y culturales que se fueron dando en su país y su llegada a un plano en el cual la cátedra y los libros testimonian que, pese a todo, alcanzó un pico alto de respetabilidad intelectual.

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En suma, Regreso a Reims describe en primera persona, sin eufemismos, sin ambages, la accidentada edificación de un destino. Para cuajar en lo que cuajó Eribon, fueron determinantes la voluntad y ciertas carambolas favorables, no la estructura de un sistema diseñado para escamotear oportunidades a quienes comienzan el partido de sus vidas perdiendo cinco goles a cero.

Didier Eribon es autor de una biografía de Michel Foucault (traducida a veinte idiomas) y ha publicado también varias obras como Identidades: reflexiones sobre la cuestión gayUna moral de lo minoritario Herejías: ensayos sobre la teoría de la sexualidad. Es hoy considerado uno de los intelectuales franceses más importantes; la Universidad de Yale le otorgó en 2008 el James Robert Brudner Memorial Prize.

Su Regreso a Reims es un libro inteligente y entrañable al mismo tiempo.

Cocina nuestra

Ruta Norte Laguna | Jaime Muñoz Vargas

Nada hay más cultural que la cocina. Lo que comemos en la infancia, la sazón descubierta en el espacio familiar, arraiga tan profundamente en nosotros que luego es imposible olvidarla. A esto hay que sumar lo que encontramos en las calles próximas, en los espacios comerciales que amplían o complementan la cocina de mamá. La prueba de su penetración en nuestro ser puede encontrarse en casos de lejanía: cuando una persona se aleja geográficamente de su entorno formativo, ya sea por viaje o exilio de cualquier tipo, carga en su memoria palatal el recuerdo de aquellos sabores, aromas, colores y texturas que acompañaron su pasado. Por eso un italiano fuera de Italia extraña sus prodigiosas pastas, por eso un argentino fuera de Argentina anhela su proverbial asado, por eso un mexicano fuera de México apetece sus infinitos tacos.

Cocineras tradicionales, de Christian Pérez Martínez y Jesús Salas Cortés, es un PDF recientemente incorporado al lote de libros de descarga gratuita en la página web de la Secretaría de Cultura del Gobierno del Estado de Coahuila. Se trata de un documento interesante para los laguneros, pues allí aparecen algunos de los platillos caros a nuestros fervores gastronómicos.

En su escueto prólogo, los autores señalan que “Las recetas presentadas en este pequeño, pero muy significativo, compendio forman parte de la cocina tradicional coahuilense; específicamente de los municipios de Saltillo y Arteaga. Estamos convencidos de que la cocina tradicional es viva y dinámica por lo cual dichos platillos forman parte significativa de la gastronomía del noreste de México”. Es interesante comprobar pues que hay cierta unidad en la cocina del sur de Coahuila, el sur que abarca de Saltillo hasta La Laguna pasando por Parras de la Fuente.

Entre otros, desfilan por estas páginas platillos como los tamales norteños (distintos a los del centro y sur del país), los chiles rellenos (que aquí sí vienen lampreados), el asado de puerco (una de las joyas culinarias laguneras), la tortilla de harina (la hecha en casa, que es un portento), el chicharrón prensado (sin duda el guiso más celebrado dentro de la gordita), la capirotada (indispensable en cuaresma), el caldillo de carne seca y la discada.

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Nos son muchos, pero sí una muestra representativa de lo que nos gusta y lamentablemente se ha ido perdiendo como práctica en las cocinas familiares, aunque no en espacios públicos como fondas, cocinas económicas y restaurantes.

Es verdad que la globalización ha incorporado muchos platillos foráneos en la cocina mexicana, que hay innumerables restaurantes con ofrecimientos que hace veinte años ni siquiera conocíamos (el shushi o las crepas, por ejemplo), pero también es verdad que nuestra cocina tradicional se ha defendido con uñas y dientes para seguir alegrándonos. Ojalá que esto perdure. Obras como el recetario Cocineras tradicionales, pese a la modestia de su ediciónnos alientan a pensar que así será.

Cajita de saldiuvas

Ruta Norte Laguna | Jaime Muñoz Vargas

El jueves escribí este post: En la Casa Juárez vi este hermoso adorno (una caja antigua de sal de uvas Picot) que detonó en mí, proustianamente, un recuerdo de la infancia. A la sal de uvas Picot la mencionábamos en masculino: “Tómate un sal de uvas”, y ya no decíamos “Picot”, pues se suponía que la única sal de uvas era la de esa marca. También recuerdo que no se oía “sal de uvas”, sino como una sola palabra: “saldiuvas”. Esa empresa produjo durante muchos años unos cancioneros con los éxitos musicales del momento, pero fueron famosos antes de que yo naciera. Lo que sí recuerdo, y conservo, es el cancionero Bimbo que circuló en los setenta, con prólogo y notas de Sergio Romano, un locutor con peluquín que luego saldría en programas de Imevisión. El librito me impresionaba, y por eso lo conservo: me parecía increíble poder leer las canciones famosas del repertorio mexicano, como si el sonido se materializara allí en papel y tinta. En un mundo ágrafo y sin publicaciones a la mano, ese cancionero fue para mí una forma de acceder a la literatura que se defiende sola, sin la muleta de la música. Todo lector comienza de algún modo: yo comencé con el periódico La Opinión (hoy Milenio Laguna), revistas de futbol y el cancionero Bimbo.

Las respuestas a este comentario fueron inmediatas.

Claudia Tellaeche, desde Chihuahua, señala que tiene una cajita idéntica: “Yo lo veo a diario en mi cocina, me encanta, es un tesoro obtenido de la tienda de mi bisabuelo”.

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Juanjo Rodríguez, escritor mazatleco, agregó: “Sergio Romano acabó en la tele local de Hermosillo, ya sin peluquín, con un programa propio… y creo que lo anunciaba Lily Téllez. Por cierto, la empresa de sal de uvas Picot era un tejaban con unas señoras en la ciudad de México que revolvían las sales y pegaban ahí mismo las etiquetas. El dueño se hizo rico gracias un comercial de los inicios de la radio que lo invento Cri Cri, que era locutor y productor a ratos: ‘Cuando aprieta el ardor, y el calor es agobiante, tome algo refrescante, con sal de uvas Picot’. Se volvió un éxito ese anuncio y también el producto. Lo leí en las memorias de don Gabilondo Soler, que son muy divertidas”.

Zita Barragán, escritora de Durango, apuntó: “Debí conservar mis cancioneros Picot, no sé qué hice con ellos. ‘La mandíbula batiente, llaman a Chencho Mejía, porque come todo el día y luego se siente mal, atacado por agudo malestar estomacal. Oh, y ahora ¿quién me lo quita? Te lo quita Burbujita, de la sal de uvas Picot”.

Toda esta memoria colectiva por culpa de un adorno y la palabra “Picot”.