T.S. Eliot: a cien años del escucha del trueno

Correspondencias | Alfredo Loera | @alfredoloeramx

Fear death by water es uno de los versos más memorables de The Waste Land. Más aún, considero que el verdadero centro del poema se encuentra en esa imagen

Esto viene a cuento porque este mes de octubre el texto cumplió los cien años. A pesar del tiempo transcurrido, su lectura aún evoca una emoción común para nosotros. No es otra cosa que el absurdo de la vida, la fragmentariedad de las experiencias. El caos ordenado es en muchos aspectos la lógica de sus versos. La acumulación anacrónica de citas da la sensación de estar frente a una vieja avenida solitaria repleta de basura después de un carnaval. Ese es el panorama desolador de lo moderno.

El pabellón del río está roto; los últimos dedos de las hojas

se aferran y hunden en la mojada orilla. El viento

cruza la tierra parda, sin ser oído. Las ninfas se han marchado.

Dulce Támesis, corre suavemente, hasta que acabe mi canto.

El río no lleva botellas vacías, papeles de bocadillo,

pañuelos de seda, cajas de cartón, colillas

ni otros testimonios de noche de verano. Las ninfas se han marchado. 

(Traducción: José María Valverde)

Las ninfas se han ido. Nuestra civilización ya no tiene contacto con los dioses. El poeta ya no recibe a la musa. Esa es la nostalgia de su acento. Por ello al poeta no le queda de otra que revisar el pasado, buscar en los versos de los bardos divinos, como Dante, una pequeña luz que pueda orientarnos en la “niebla parda de un mediodía de invierno”. Al carecer de lo divino, entonces el azar es quien gobierna. 

Aquí está el Hombre de los Tres Bastos, y aquí las Ruedas

y aquí el mercader tuerto, y esta carta,

que está en blanco, es algo que lleva él a las espaldas

que me está prohibido ver. No encuentro

al Hombre Ahorcado. Tema la muerte por agua.

Cuando el azar se descubre como la fuerza principal del mundo, entonces se pierde toda trascendencia. Ya no hay un destino, no hay una ruta, una finalidad de las cosas. Toda orientación está en el pasado, pero de ese pasado sólo quedan las ruinas, los ecos. Y al parecer la única manera de relacionarse con él, donde se busca con cierta nostalgia el rumbo del futuro, es mediante las citas, las palabras muertas, de textos antiguos, que quizás también ya son indescifrables. 

The Waste Land es un poema construido de citas, traducidas o no. Y por ello alberga muchas resonancias que en el tiempo moderno remiten a otros significados, a distorsiones. Dante, Shakespeare, Ovidio, Virgilio, poesía hindú, Baudelaire, Hesse, Nerval, la Biblia, entre muchas otras voces menos célebres, son puestas a la orilla del Támesis, para ser vueltas a escuchar, para ver si así la decadencia de la cultura de Occidente posee alguna revelación. 

Pero cuando volvimos, tarde, del jardín de los jacintos,

tus brazos llenos y tu pelo mojado, no podía

hablar y me fallaban los ojos, no estaba ni

vivo ni muerto, ni sabía nada,

mirando en el corazón de la luz, el silencio.

Cada una de las secciones nos va preparando para escuchar ese secreto. Pero el secreto aparece en forma de enigma. No se puede descifrar lo indescifrable. Es una especie de agonía interpretativa, donde los signos tan confiables en épocas anteriores, ahora no nos dan descanso. Las palabras por primera vez no son suficientes. La poesía ya es impotente, porque carece de lo divino.

Entonces habló el trueno

DA

Datta: ¿qué hemos dado?

[…]

DA

Dayadhvam: He oído la llave

[…]

DA

Damyata: La barca respondió

[…]

Y por ello las voces de la ciudad irrumpen “HURRY UP PLEASE IT’S TIME”; desbordan el silencio, la quietud de lo que es necesario escuchar, pero ya no es posible realizar la tarea. El trueno está seco, el trueno es ya estéril:

no hay silencio en las montañas

sino seco trueno estéril sin lluvia

no hay soledad en las montañas

sino hoscas caras rojas que gruñen y miran con desprecio

desde puertas de casas de barro agrietado

The Waste Land es un poema que sigue vigente, porque ya entreveía lo que ahora se ha consolidado: la literatura es una acumulación de citas indescifrables, porque la cultura de Occidente ya no está en comunión con ellas, ya no está iniciada en el rito de las palabras. “El Puente de Londres se cae se cae se cae”. Sin duda es un texto pesimista, como casi toda la poesía de Eliot. Pero por eso mismo es un testimonio de la vida moderna, la cual es un tiempo de incertidumbre y enigma. También desde una perspectiva más personal de T.S. Eliot, es una reacción al sufrimiento de la Primera Guerra Mundial. Desde dicho conflicto, pasando por la Segunda Guerra -y hoy en día quizás vivamos los prolegómenos de la Tercera-, el mundo ha estado en una especie de expectativa por lo indescifrable. Existe la sensación de que quizás estamos viendo lo último del ser humano. Ese es el espíritu de este poema, y por ello la mirada que lo domina busca en el pasado una respuesta, pero el pasado es inconmensurable e ilegible. En todo caso cuando aparece en el presente lo hace distorsionado. Hay algo que es irrecuperable. Se ha pasado cierto umbral, y el poeta, al menos un poeta como Eliot, vuelve la mirada como una especie de Orfeo y lo único que ocurre es que no puede acceder a su deseo.

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Por último, volvamos al verso que dio pie a estos renglones. ¿De dónde provienen esas palabras? Fear death by water. No cabe duda de que son centrales, pues son repetidas a lo largo de las estrofas. Incluso la cuarta sección está titulada “Death by water”.  Según Víctor Strandberg, ese verso hace referencia a quien quizás sería el mejor amigo del poeta, Jean Verdenal, a quien conoció en París unos años antes de iniciar la Guerra. Al parecer él fue unos de los primeros lectores de sus poemas, y quien, en esos años iniciáticos de formación, en donde la mayoría de los poetas dudan en continuar con la poesía, lo conminó a continuar con su escritura. El primero de los libros de Eliot, Prufrock and Other Observations (1917), está dedicado a este amigo parisino. Verdenal murió en la Batalla de los Dardanelos en 1915, como bien lo confirma la dedicatoria mencionada. Para el poeta esta muerte fue muy dolorosa y sabe que solicitó al gobierno información sobre la causa de dicha muerte. Cuando tuvo acceso a un reporte de los caídos en la batalla y encontró el nombre de su amigo en una larga lista, y al costado de éste aparecían las palabras “death by water”. Sin duda en el poema la resonancia poética es mucho mayor que la de un simple reporte, pero es un ejemplo más de cómo un poeta toma las palabras prosaicas del mundo y las convierte en arte.   

¿Para qué sirve la poesía?

Correspondencias | Alfredo Loera | @alfredoloeramx

Es célebre la respuesta de Jorge Luis Borges a tan extraña pregunta. El Señor de los Laberintos la contestó así:

Dos personas me han hecho la misma pregunta: ¿para qué sirve la poesía? Y yo les he dicho: bueno, ¿para qué sirve la muerte? ¿para qué sirve el sabor del café? ¿para qué sirve el universo? ¿para qué sirvo yo? ¿para qué servimos? Qué cosa más rara que se pregunte eso, ¿no?

Sin duda en un mundo tan utilitario como el nuestro siempre existe la tentación de cuestionar la utilidad de cada uno de nuestros actos. Incluso es común que al individuo que se enfrasque en una actividad sin ningún objetivo productivo en el sentido material, se le tilde de imbécil. Sin embargo, considero necesario advertir que el mundo es más interesante cuando nos olvidamos del servicio que pueda darnos. Es probable que no lo hagamos de un modo natural por el continuo hostigamiento del sistema político y económico, que tiene como única meta la acumulación del poder y el capital, pero precisamente la poesía no puede estar al servicio de algo, porque no puede ser un medio sino sólo un fin en sí misma, porque entonces dejaría de ser poesía para convertirse en retórica o propaganda; precisamente por esa naturaleza, se ha dicho que la poesía es uno de los actos más revolucionarios.

Piglia en su ensayo “La teoría del complot” comenta una idea similar. La poesía en todas sus variantes, verso, prosa y drama, al circular en la sociedad se manifiesta como un complot que viene a menoscabar el sistema del poder, pues esta circulación deniega la economía capitalista y empieza a conformar su propia lógica de valor. Me parece que el autor de Respiración artificial en realidad recupera con matices un punto que Sartre, en ese otro ensayo paradigmático ¿Qué es la literatura?, ya había esbozado: no me refiero a otra cosa a que la literatura, la poesía, como ya dije, en todos sus géneros, líricos y prosísticos, no cubre una necesidad material específica. El poeta y el escritor no es un productor en el sentido clásico del término. No se puede consumir poesía como si se tratara de un bien material común. Todos necesitamos de comida, de bebidas (las cheves je), ropa, y vamos a los centros comerciales a adquirirlos, porque no nos queda de otra: necesitamos de estos productos, y así la economía mediante la manipulación de estas necesidades concretas, ya sea mediante la administración de los precios, o mediante la publicidad, o la escasez, genera riqueza, y sobre todo controla el mercado y, por lo tanto, de cierta forma a la sociedad. Pero ese patrón no puede aplicarse a la circulación de la poesía. Nadie necesita de un libro o de un poema hasta que lo lee. Nadie dice ya me quedé sin poesía en el refri o en el cajón, tengo que ir al súper porque ya no tengo. Suena estúpidamente gracioso, pero eso nos demuestra otra de las razones por las cuales la poesía deniega la lógica del consumo. Una vez creado el poema e impreso, ese poema no se acaba. En otras palabras, un buen libro puede durar toda una vida. El lector lo guarda en el cajón, en el librero, y siempre que desee lo puede leer una y mil veces. El papel se irá desgastando, la tapa rompiendo, etcétera, pero no por eso el poema pierde valor frente a su lector. Más aún, el lector podrá memorizarlo y adueñarse de él. La lógica de valor es otra. Y esto ocurre porque, como bien lo explica Sartre, el poema, la literatura, apela a la libertad del lector. El lazo entre el escritor y el lector es la libertad. Nadie puede leer un libro si no por su propia voluntad, porque en realidad no lo necesita si no como un acto de libertad. No es una necesidad de origen determinista como la de verse obligado a tomar agua. Sólo podría serlo como una afirmación de ser libre, pues la poesía en su más amplio espectro sólo tiene su ser en ese sentido.

Jorge Semprún, en dos de sus mejores novelas, Viviré con su nombre, morirá con el mío y La escritura o la vida, lo sugiere de modo insuperable. En más de un pasaje, Semprún sitúa en movimiento el acto liberador del hecho poético, pues lo coloca en uno de los ambientes más represores que jamás hayan existido en la historia: el Campo de Concentración. Recordemos que Jorge Semprún a la edad de 19 años fue encarcelado en el Campo de Buchenwald, cercano a la ciudad de Weimar durante los años finales de la Segunda Guerra Mundial. Casi toda la novelística del español nacionalizado francés aborda el tema de la reclusión en el Campo, pero también en gran parte aborda cómo la poesía puede volverse un escape al tiempo terrenal de sufrimiento, para ser el instante de la libertad total.

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Es difícil seleccionar algún pasaje en específico, porque considero que todos son significativos; sus narraciones, como lo saben sus lectores, están plagadas de estas anécdotas. En mi mente albergo el recuerdo de haber leído una sumamente interesante de la novela Viviré…, pero al momento de buscarla en mi ejemplar, para escribir esta correspondencia, no pude encontrarla. Pienso que quizás me la habré inventado, pero eso es algo común cuando hablamos de textos poéticos, ya sean en verso o prosa. Uno se los apropia a tal grado que los recrea en su mente iguales en esencia, pero modificados en el texto. El fragmento que yo recuerdo sitúa a Semprún castigado en una fila junto con otros deportados de Buchenwald. Es invierno y el viento cala en el cuerpo, en las mejillas. Los SS los han mantenido así durante muchas horas formados de pie en el patio central del Campo. Bajo la desnutrición y el cansancio de los trabajos forzados, permanecer rígidos en dichas condiciones se vuelve insoportable. Entonces Semprún agobiado del sufrimiento trae de la memoria uno de los poemas de Rimbaud. Recita para sí mismo y en voz baja fragmentos del Barco ebrio. En la narración, en el relato, escrito muchos años después, Semprún comenta que ese acto de recitarse para sí mismo un poema bajo la tortura de los SS lo salvó, lo sacó del tiempo, de lo terrenal, si se quiere momentáneamente, un instante, un fragmento, pero que le permitió a su mente descansar del agobio.

Desde entonces siempre que alguien hace la pregunta de para qué sirve la poesía concuerdo con Borges, pero también siempre me acuerdo de la respuesta implícita de Semprún. 

"Espero compartir mi fascinación por el trayecto", poeta Alfredo Castro presenta su primer libro

El pasado miércoles, el poeta Alfredo Castro Muñoz despidió sus poemas en la presentación del libro "estar de paso", donde explicó que, para él, publicar es dejar ir sus obras, cuyo proceso de creación requiere sobre todo el trabajo de edición.

Entrevista a Alfredo Castro

En entrevista exclusiva con Red es Poder (RP), el poeta Alfredo Castro (AC) dio a conocer algo de sus procesos, de sus aspiraciones, "chaquetas mentales" y su opinión respecto a la poesía en un contexto social donde la lectura escasea, más cuando son obras poéticas.

RP: En la presentación dijiste que, una vez publicados, los poemas ya no regresan, hablaste de que el trabajo duro del poeta, y del escritor, es la edición, reestructurar un texto ya hecho. ¿Puedes platicarme cómo es tu proceso de edición?

AC: Creo que el proceso de la edición nunca es fijo realmente. Así funciona la poesía. Hay textos que salen a la primera. A mí no me gusta confiarme, tengo que releerlos cien veces.

Los poemas sueltos los escribo como salgan y los dejo dormir de perdido una noche. A partir de ahí, ahora sí, viene el trabajo de edición: quitar excesos principalmente. Rara vez adhiero cosas a los poemas. Lo que acabo de decir lo llevo haciendo casi desde que empecé a escribir. El reto en esta ocasión fue poder congregar en un solo documento todos los textos. Vigilar que exista una especie de continuidad. Que el concepto se mantenga íntegro. Ese sí que fue un pedo porque entonces revisar el libro significaba leerlo todo cada vez que se editaba.

No me gusta pensar que hubo poemas que no saldrán de la fábrica aunque sea cierto. Reconozco que hay poemas de los que muy probablemente yo sea su único lector. Sin embargo, los poemas que no se subieron al camión de “Estar de paso” sé que un día encontrarán algún destino.

RP: ¿En tu futuro como escritor te ves escribiendo tus emociones que hoy expresas como poemas, pero en canciones, narrativa o desarrollando otro tipo de disciplina artística? 

AC: Tengo un respeto muy grande por los músicos y por eso no me atrevo a escribir canciones. Entiendo que la poesía es una buena herramienta para que una “letra” sea eficiente, pero creo que no es lo mío.

La poesía siempre me ha empujado a experimentar la voz de otras maneras. En cuanto narrativa, ahí sí es otro cuento. Ahora mismo hago mis primeros experimentos. No sé a dónde va a parar eso, pero espero que sea un área en la que pueda desarrollarme los próximos años.

Me imagino toda mi vida trabajando con la poesía. Más tarde escribiré un poema, mañana también, la semana y así me la pienso llevar los próximos 80 o 90 años, aunque no sé exactamente a dónde apunta todo esto.

RP: ¿Qué esperas que las personas capten de "Estar de paso"? Supongo que hay algo de interés en que el lector "haga suyos" los poemas, pero siento que siempre hay algo que no se puede perder de vista, porque el autor lo plasma tanto que es imposible no comprenderlo.

AC: Tengo una fantasía, una chaqueta mental, más bien, en la que alguien va de viaje, no sé, va de pasajero en un camión o en un auto rumbo a Monterrey, por ejemplo. Digamos que esa persona tiene que matar las cuatro horas y pico del camino con algo.

Entonces, chíngale, que saca el libro “Estar de paso”. Empieza a leer y de reojo ve la autopista. O ve la autopista y de reojo lee el libro. Cómo sea. Me encanta esa imagen. Y yo tan solo espero que la velocidad entonces sea menos cruel. Espero compartir mi fascinación por el camino y el trayecto. Quise el que libro estuviera lleno de desconcierto y vacío de certezas. Sospecho que todos tenemos una rara sensación al llegar a un lugar en el que no vivimos. A mí me gusta. Por eso en el libro exploraré lo que, creo, es una especie de asombro de forastero.

RP: Tú, que eres poeta ¿qué sugerirías a esas personas que el huyen a la poesía? ¿qué tips puedes darnos desde tu perspectiva como autor y lector? ¿cómo lees tú, eres disciplinado, te gusta leer y beber algo?

AC: Pienso que la poesía es una exploración constante. Tanto en leerla como en escribirla. Diría que para acercarse al género hay que comenzar con autores que ofrezcan claridad. De ahí, uno poco a poco va encontrando las cosas que aprecia en el género.

También pienso que no hay que enfrascarse en comprender la poesía. Creo que a veces la poesía no necesita un significado, necesita una emoción. Uno debe dejarse llevar por el poema. Yo leo poesía todo el tiempo.

Es cierto, no siempre conecto con todo lo que leo, pero siempre estoy abierto al asombro y debo decir que siempre me encuentro conmovido por lo que leo, emocionado y divertido porque siempre la experiencia es diferente. Siempre la poesía me lleva a lugares que no conocía del mundo o de mí.

RP: En cuanto al panorama de la poesía en la Laguna, ¿qué nos puedes decir? Qué prejuicios percibes sobre el oficio, qué te dicen las personas.

AC: Sospecho que hay un creencia popular de que la poesía es una cosa indescifrable. Supongo que ahí empieza el rechazo. Además, la competencia es mucha. Creo que los contenidos de redes y plataformas rebasan mucho el interés de los consumidores.

Claro, ahí todo es más veloz, más ágil. A veces me pregunto si la literatura debería adecuarse a esos estándares de consumo. Precisamente creo, más bien espero, que “Estar de paso” sea un libro ágil, eficiente y divertido para aquellos que se atrevan a abrirlo.

La presentación

alfredo castro en presentación de libro

Con 23 años, Castro Muñoz desarrolló el grupo de poemas que se exponen en "estar de paso", junto al asesoramiento y apoyo de uno de sus maestros, Jaime Muñoz Vargas, quien dirige el taller de literatura del Teatro Isauro Martínez, a donde Alfredo acude cada sábado.

La presentación de "estar de paso" tuvo lugar en el teatro Alfonso Garibay. El escritor Alfredo Castro estuvo acompañado de otras dos reconocidas figuras en el ámbito: el mencionado Jaime Muñoz Vargas, escritor, editor, profesor y coordinador editorial de la Universidad Iberoamericana de Torreón; y Sergio Alejandro Rojas, poeta y profesor de la Universidad Autónoma de Coahuila.

A eso de las 7:15,  Muñoz Vargas inauguró la presentación dando las primeras palabras a la audiencia. El teatro estaba casi lleno, más de 50 personas compartían el lugar con la ya acostumbrada sana distancia y la boca cubierta.

alfredo castro y jaime muñoz vargas

El premiado escritor explicó que mediante el trabajo de edición hecho con Alfredo Castro fue que llegaron al título "estar de paso", una propuesta del poeta que Jaime etiquetó como "excelente".

"...de inmediato sentí que el joven poeta no sólo había dado con un excelente título, sino con una definición, por qué no decirlo así, de la vida, de todo lo que hacemos en la vida.

"[...] Estamos de paso nosotros como individuos, están de paso las personas que nos aman, las que nos odian, están de paso los objetos que vemos y tocamos...", explicó el maestro.

Jaime Muñoz continuó por decir que "Estar de paso" es un "viaje por la idea del viaje y sus implicaciones".

Además, aseguró que esta obra llena de poemas talentosos son la materialización de un futuro firme como escritor, enfatizando que Alfredo Castro apenas ha cumplido los 23 años.

Enseguida del escritor Jaime Muñoz Vargas, habló el poeta Sergio Rojas, quien expresó:

"La voz poética nos ofrece líneas y espacios gráficos para observar al silencio que todos en determinado instante somos. Una de las líneas más reflexivas que podemos encontrar se ubica en el poema 'estamos apunto de abrirnos paso'. Como ya dije, hay imágenes que nos deleitan y hay imágenes como esta que son una sentencia.

Sergio halagó la nitidez, la trascendencia y la solvencia de la poesía, con la que describe Alfredo Castro las figuras que eligió para sus obras.

Todo ello, "sin apartarnos del asombro y el encuentro", explicó Rojas.

Publicar es dejar ir

Luego de Rojas, habló el autor, el poeta Alfredo Castro, quien dio un agradecimiento a sus presentadores.

"El libro, sobre todo, habla sobre un viaje. No soy una persona viajera. Yo me doy la regla de viajar una o dos veces al año y eso me ha permitido un poco configurar las páginas del libro".

Alfredo Castro resalta que su obra fue edificada en tres partes esenciales, que homologan también las partes de un viaje.

"Lo primero es la salida, que titulé 'No me preguntes a dónde vamos'; en esta sección intenté, un poco, que los poemas estuvieran en movimiento. Intenté ubicar los poemas, sobre todo, en la carretera, en la autopista, en ese aliento de la carretera, un poco contemplativo, pero al mismo tiempo que esté en una especie de movimiento, de transitar.

Creo yo que quien se va de viaje no es el mismo que regresa. La segunda parte, es la primera parada que titulé 'Sólo pasa que estamos lejos'. En este caso la voz poética empieza ya a contemplar la lejanía, empieza a detenerse un poco, a titubear, a estar un poco más cansada. Para llegar al destino, que es la tercera parte del libro, que titulé 'Este reflejo es una calle'

En este, los poemas ya encuentran una ciudad, un sitio donde descansan los poemas".

Explica Alfredo Castro que dicho destino puede ser el que guste el lector, ya que su obra se presta para que quien la aprecie pueda apropiarse de una imagen poética e identificarse con ella.

El autor cuenta que, para él, uno de estos destinos fue el pueblo de Allende, Coahuila, viaje que inspiró dos de los poemas de Estar de paso: "Pueblo fantasma" y "Ciudad dormida".

Luego de algunos minutos más de hablar sobre su obra y leer algunos poemas, ya en la ronda de preguntas, a Alfredo Castro le preguntaron que qué poetas le habían inspirado para lo cual mencionó a Jorge Humberto Chavez.

El poeta resaltó un libro en particular del chihuahuense, "Te diría que fuéramos al río Bravo a llorar pero debes saber que ya no hay río ni llanto", específicamente su tercera sección, "Los poemas de la autopista", que ofrece un abordaje similar a Estar de paso.

También aseguró que, para inspirarse, leyó a Jorge Ortega, especialmente "Guía de forasteros", otra obra "que mantiene el espíritu de la carretera", según explica Castro, y cita, incluso, una de sus construcciones favoritas: "Para qué el santo y la seña, si lo que buscas está en otra parte".

Finalmente, hace mención también de Ricardo Castillo, escritor jaliscience. De Castillo, Alfredo resalta la obra poética "El pobrecito señor X".

alfredo castro, jaime muñoz y sergio rojas

Ezra Pound, un joven con/sin futuro

Correspondencias | Alfredo Loera | @alfredoloeramx

Este año se hablará mucho de James Joyce y de T.S. Eliot por los centenarios de sus obras. El 2 de febrero exactamente se conmemoró la publicación de Ulysses. Habrá que esperar hasta octubre para que vengan los ensayos sobre The Waste Land. Ninguno de ellos habría sido el mismo escritor sin la presencia de Pound.

Ezra Pound es un poeta cancelado, pues resulta sumamente incómodo escribir de un autor próximo a Mussolini. Al menos eso es lo que se ha impuesto en la narrativa de la historia de la literatura en lengua inglesa. Indagando un poco, uno puede advertir muchas contradicciones, pues algunos dicen que Pound en realidad no estuvo tan cerca del dictador italiano, como sí se alejó y criticó acérrimamente a Roosevelt por su alianza con Stalin en la Segunda Guerra Mundial; otros no dejan de perpetuar su leyenda negra, tal vez con razón. Su pecado fue, en primera instancia, su terrible ingenuidad política (deseaba erradicar el capitalismo financiero por medio de la palabra escrita), y en segundo lugar, la participación en programas de radio y en instituciones culturales dirigidas por el gobierno del Duce. No intentaré en estas líneas ser abogado del diablo. Pound fue acusado por el gobierno norteamericano de traición a la patria y, al ser declarado loco, fue recluido en el Hospital Saint Elizabeth de Washington D.C. durante 12 años. Posteriormente se exilió en Italia, país con el que siempre tuvo una fijación por ser la tierra de Dante y de los poetas provenzales.

Sin embargo, quizás, así como hay dos Vasconcelos, podremos decir que hay dos Pounds. En ambos casos la primera versión de ellos no concuerda con la segunda. A mí me llama la atención el Pound de los “teens” y los “twenties” del siglo pasado, por la promoción de revistas legendarias como Poetry, The Egoist o The Little Review, así como la ayuda para que James Joyce, T.S. Eliot, Ernest Hemingway, Marianne Moore, Conrad Aiken, Ford Maddox Ford, y muchos otros, publicaran sus primeros libros. Lo mismo me ocurre con Vasconcelos por su amistad con Madero. Los dos murieron en el ostracismo, respetados por glorias de juventud, pero bajo el padecimiento de profundas amarguras y depresiones (Allen Ginsberg visitaba a Pound en Italia en los años sesenta, pues lo consideraba el poeta más importante de su tiempo). El mundo después de la segunda mitad del siglo no fue lo que pensaron para bien o para mal. Del mismo modo, ellos se convirtieron por errores ideológicos en los villanos de la cultura.

En un tiempo donde nos espantamos por lo políticamente incorrecto, me llama la atención este tipo de personajes, pues desestabilizan los sistemas literarios. Pound justo después de ser declarado loco recibió el Premio Bollingen de la Biblioteca del Congreso de los Estados Unidos por la sección conocida The Pisan Cantos, lo cual ocasionó una crisis dentro del medio literario norteamericano, ¿cómo un loco y un traidor a la patria recibía el galardón al mejor poeta del país? La Biblioteca del Congreso dejó de auspiciar el premio y lo delegó a la Universidad de Yale. Es decir, se hablan pestes de estos escritores, especialmente a partir de la ignominia, pero al leer sus textos uno no puede dejar de vislumbrar que fueron incomprendidos, que sus literaturas en verdad no concuerdan con la imagen del hombre, y por ello uno no deja de pensar si verdaderamente fueron tan terribles o tan lunáticos como se los pinta. Creo que algo similar ocurrirá con Mario Vargas Llosa. 

La narrativa mexicana no sería lo mismo sin las Memorias de Vasconcelos, pero, más aún, la poesía moderna en todas las lenguas no sería lo mismo sin los Literary Essays de Pound, recopilados por Eliot en la mítica editorial Farber & Farber, y no se diga Personae y The Cantos, publicados en New Directions. Esos dos libros son obras mayores de la poesía del siglo pasado. Si la humanidad continua existiendo dentro de trescientos años, casi seguro se seguirán comentando. No así los textos de otros escritores hoy muy venerados.

Pero ¿por qué Pound es tan indispensable para comprender el derrotero de la literatura de nuestro tiempo? Porque él como ninguno otro, y esto en el buen sentido de la palabra, fue un teórico. Pound se convirtió en el gran pensador de la poesía antigua y moderna, y por lo tanto en su gran renovador. Pienso que Eliot de algún modo en The Waste Land depuró lo que Pound se había propuesto como proyecto poético, y por esta razón Eliot le dedicó el poema: For Ezra Pound/Il miglior fabbro. Según Giorgio Agamben, Pound es el verdadero poeta de la catástrofe de Occidente ocasionada por las Guerras Mundiales. Como sabemos dichos conflictos bélicos significaron la ruptura de Europa con toda la tradición cultural humanista del pasado; todo el progreso intelectual, filosófico, artístico, religioso no sirvió para casi nada frente a los Campos de Exterminio rusos y alemanes y otros aún no conocidos; tan profunda fue la ruptura en Occidente que todavía en este 2022 con la posible invasión de Rusia a Ucrania se advierte que dichos atavismos aún están presentes. “Mucho más decididamente que Eliot –agrega Agamben- Pound vive en esa ‘tierra baldía’, un infierno que, como sugiere el Canto XLVII, no es posible, como ha hecho el ‘reverendo Eliot’, ‘atravesar rápidamente’.”

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The Cantos es el poema total de la modernidad. Pound consideraba que la poesía moderna para ser verdaderamente poética necesitaba incluir en su discurso a la economía y a la historia. Para Alfred Rizzardi, “los Cantos son obviamente la exposición de una teoría económica que busca en la historia una ejemplificación”. Si hay un tema en el magno poema, mucho más complicado de leer que cualquiera de los libros de Joyce, ese tema es la Usura. El libro hace un recorrido épico fragmentado por todos los estadios de la historia en donde la “dinerolatría” usurpó al ser humano. El leitmotiv de todo los Cantos es el “asesinato por medio del capital”: murder by capital.

El modernismo y su actualidad

Correspondencias | Alfredo Loera | @alfredoloeramx

Nunca he sido muy asiduo al modernismo mexicano. La poesía de Gutiérrez Nájera, Amado Nervo o Díaz Mirón aunque formalmente excelente (pocos poetas actuales logran un ritmo y rima similares) no deja de ser para mi gusto superflua, repleta de lugares comunes y, sobre todo, de cursilería. El poema “La duquesa Job” no deja de ser una curiosidad. Para alguien ajeno por completo a la escuela literaria de la Ciudad de México (con todo su provincianismo, como ya lo advertía José Vasconcelos), sin importar el comentario crítico y generoso de los maestros de la UNAM, resulta completamente fallido. Si algo escribieron perdurable más allá de su tiempo Gutiérrez Nájera y Amado Nervo, no se encuentra en sus versos. Fueron excelentes cronistas, protocuentistas. El cuento mexicano contemporáneo tiene su origen en esa estrella resplandeciente que con el paso de las décadas va imponiéndose a Juan Rulfo: me refiero a José Revueltas. Revueltas es el verdadero contemporáneo y el futuro (Véase “La conjetura”, por ejemplo, y todo lo que le deben Carlos Montemayor o Eduardo Antonio Parra, quienes pienso poseen el lenguaje adecuado para contar el horror de nuestra narcocultura). Sin embargo, no podemos negar la importancia de Nervo y Nájera en la evolución de la narrativa mexicana. “La novela del tranvía”, del último, es un texto necesario. Y esto ocurre por lo que Enrique Serna comenta: “La mayor limitación de los poetas modernistas, especialmente de Amado Nervo, fue no haber llevado su esteticismo al extremo de la subversión moral. Cosmopolitas en literatura, pero terriblemente provincianos en materia de moral familiar y sexual, renovaron el lenguaje poético y combatieron el estancamiento del gusto, no así el estancamiento de las conciencias. El párroco de aldea que llevaban dentro les impidió pasar de la audacia expresiva a la transgresión de un código obsoleto que sus contemporáneos europeos ya empezaban a cuestionar, no sólo en escritura, sino con su propia conducta” (“Lubricidades tristes”, en Las caricaturas me hacen llorar, Editorial Terracota, 2020). Ya Rimbaud y Verlaine se habían ido y venido (literalmente) con sus amoríos homosexuales para finales de la década de los ochenta del siglo XIX francés, cuando nuestros poetas modernistas mexicanos aún no se atrevían a bajar a la mujer del pedestal de virgen. Ese proceso todavía en pleno siglo XXI sigue pendiente para muchos. Por supuesto, gran parte de dichas circunstancias también se debe a un contexto. Los modernistas de nuestro país fueron los poetas oficiales, o no, del Porfiriato (muchas de sus publicaciones fueron subvencionadas por el gobierno gracias a la presencia Justo Sierra). Debían acatar la moral de la dictadura de Porfirio Díaz si no querían acabar en la cárcel. Y aprovecho para comentar que Porfirio Díaz es indefendible, jamás fuimos potencia en su dictadura. Hubo una élite a costa de la explotación de millones de mexicanos. Gran parte de nuestros tatarabuelos aquí en La Laguna dependían de las tiendas de raya, lo cual es equivalente a la distribución racionalizada de alimentos imperante en las dictaduras de Venezuela y Cuba de nuestro tiempo. El afrancesamiento, esa “cultura universal”, se dio en la Ciudad de México solamente, si seguimos a Walter Benjamin, a raíz de una barbarie atroz, que dio origen al nihilismo de hombres como Francisco Villa. ¿Cuánta fue la crueldad del régimen como para que el proceso social diera a luz a la bestia humana que fue Villa?

Pero volviendo a nuestro tema lírico y fútil, los poetas modernistas en general, a pesar de su importancia dentro de la cultura hispanoamericana, en nuestro tiempo se sienten lejanos en el espíritu. Digo en general, porque es verdad que hay algunas obras bastante rescatables, sobre todo ahora que la poesía ha perdido relevancia dentro de la sociedad. Pienso que esa relevancia ha sido mermada porque el poeta hoy ha perdido el oficio de entender y trabajar la sonoridad de las palabras, los acentos dentro del verso más allá de la rima, por la influencia computacional, como bien lo dice Lufloro Panadero, del rayo versificador del “Enter”. Esa sonoridad sí que estaba en los modernistas. Pienso que el gran maestro de maestros y fundador del modernismo ya no mexicano (que como Paz lo decía fue pobre, representado principalmente por Enrique González Martínez, quien deseaba clausurarlo con ese célebre verso de “Tuércele el cuello al cisne de engañoso plumaje”, el cual para nosotros no deja de ser paródico por aquella otra referencia del “ganso”; véase “Introducción a la historia de la poesía mexicana”, en El ensayo mexicano moderno FCE, 1958); ese modernismo continental (disculpen la acumulación de subordinadas), que encuentra a uno de sus fundadores en el colombiano José Asunción Silva. Según Sebastián Porrini, Asunción Silva es una especie de Rimbaud. Hombre atormentado que se suicidaría a la edad de los treinta y un años (perdió la gran parte de su obra trabajada a lo largo de su vida en un naufragio). El “Nocturno III”, escrito a la edad de los veinte, es uno de los grandes poemas de la literatura en lengua española. “Y era una sola sombra larga/ Y era una sola sombra larga/ Y era una sola sombra larga”… “Como en esa noche llena de perfumes, de murmullos y de música de alas,”. ¿Sientes el ritmo, estimado lector? Es algo que se extraña en la poesía actual. 

No se niega la influencia de Poe y su “The Raven”. Pero la profundidad del poema, y sobre todo la sonoridad, lo independizan de cualquier antecedente. Búscalo o reléelo, estimado amigo, y dime honestamente: ¿quién ha escrito algo similar dentro de nuestra generación? Nadie. Sin duda hoy hay poemas muy sesudos o muy apegados a una teoría estética (donde se incluyen un sinfín de glosas para entender lo escrito), pero ninguno es tan inmediato como para leerlo en un micrófono en la Plaza de Armas. La poesía modernista tiene este halo, es popular, se puede leer donde sea, sin importar lo que comentaba en las primeras líneas respecto a su cursilería, pues como decía Jaime Sabines la forma clásica contiene la emoción, la hace digerible para quien la lee o escucha. No en balde “Algo sobre la muerte del mayor Sabines” busca la forma clásica del soneto. Asunción Silva no es nada cursi, en todo caso es romántico en el sentido germánico de la palabra (y eso no es poco), y por ello es contemporáneo y extraordinario, trasciende al modernismo. Pero creo necesario rescatar este oficio de los modernistas, esta capacidad artesanal de trabajar el lenguaje, el cual como tradición poética nos pertenece a los americanos hispanohablantes. El modernismo fue la primera corriente poética que influyó en Europa. Fue nuestra independencia artística. Lo que nos repele fue su cursilería, sí, es verdad, pero no su oficio. No su capacidad de ser artesanos del lenguaje. No su capacidad de inventar versos y rimas. No su capacidad de ser clásicos. Y si hubo un modernista clásico, ese fue Manuel José Othón: el único mexicano que yo rescato de este momento.

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Sé que yo no soy nadie para rescatar a nadie, pero mi autoridad de lector me permite hablar de él, pues su “Idilio salvaje” es uno de los más grandes poemas mexicanos y de nuestra lengua. Creo que nadie escribió mejores sonetos. Sólo Sor Juana Inés de la Cruz lo supera en ese aspecto, pero incluso, si hablamos del soneto, Othón es mucho más honesto, habla de una manera más franca a pesar de la forma. Nadie ha escrito sonetos como si fuera un habla coloquial como Othón. Provincianamente (todos somos provincianos en este planeta), agrego que Othón vivió en nuestras tierras. Acá en Lerdo en la clínica “La Divina Providencia”, en la calle Allende esquina con Belisario Domínguez, aparece una placa colocada el 23 de noviembre de 1958, donde se dice que el poeta habitó la casona. La presencia del poeta en nuestro entorno se manifiesta en su misma obra por “Una estepa del Nazas”, origen del nombre de una célebre revista local de décadas anteriores, que por ser del dominio público me permito compartir completo:

Una estepa del Nazas

¡Ni un verdecido alcor, ni una pradera!

Tan sólo miro, de mi vista enfrente,

la llanura sin fin, seca y ardiente

donde jamás reinó la primavera.

 

Rueda el río monótono en la austera

cuenca, sin un cantil ni una rompiente

y, al ras del horizonte, el sol poniente,

cual la boca de un horno, reverbera.

 

Y en esta gama gris que no abrillanta

ningún color; aquí, do el aire azota

con ígneo soplo la reseca planta,

 

sólo, al romper su cárcel, la bellota

en el pajizo algodonal levanta

de su cándido airón la blanca nota. 

  

Nótese la presencia del algodón en nuestra región ya en el siglo XIX. Si acá tenemos un poeta, ese es Manuel José Othón, quien era nuestro vate cuando la región ni siquiera tenía el título de ciudad. Después nuestra tradición poética la verdad es que ha sido pobre, y creo que eso se debe a que el poeta de nuestras ciudades no trabaja el oficio ni la forma. No domina su lenguaje. Esto es cierto, sinceramente, y hay que aceptarlo. Pues yo preguntaría, ¿por qué nunca se ha escrito un poema importante al río Nazas? Hace unos años sentimos su potencia que movía los puentes, esa potencia eterna que da la naturaleza. Es muy probable que cuando la humanidad desaparezca después de mucho miles o millones de años ese afluente vuelva a su cauce, rompiendo las barreras de las presas que ahora lo contienen. El agua continuará corriendo sin importar nuestra presencia. ¿No hay ahí un germen poético?

Pero más allá de eso Manuel José Othón tiene versos muy cercanos a nuestra realidad desértica, en especial, en el ya citado “Idilio Salvaje”, publicado en 1906 de manera póstuma. Acá el capítulo V:

¡Qué enferma y dolorida lontananza!

¡Qué inexorable y hosca la llanura!

Flota en todo el paisaje tal pavura

como si fuera un campo de matanza.

 

Y la sombra que avanza, avanza, avanza,

parece, con su trágica envoltura,

el alma ingente, plena de amargura,

de los que han de morir sin esperanza.

 

Y allí estamos nosotros, oprimidos

por la angustia de todas las pasiones,

bajo el peso de todos los olvidos.

 

En un cielo de plomo el sol ya muerto,

y en nuestros desgarrados corazones

¡El desierto, el desierto... y el desierto!

Ese último verso, estimado amigo lector, lo he cantado en muchas cantinas a lo largo de muchas ciudades de nuestro país, y nunca me he sentido más poderoso.

Rilke y algo de poética

Correspondencias | Alfredo Loera | @alfredoloeramx

Insisto: no por escribir versos se es poeta. No por albergar un aura lírica en el semblante y en la actitud con los amigos se logra dicha condición. Tampoco por ser venerable maestro de nadie. La poesía es sutil, no está a la mano a voluntad. Me parece importante decirlo, pues hoy en día cualquiera se nombra a sí mismo poeta. ¿Y esto es justo? No lo es. Decir que uno es poeta sin entender mínimamente lo poético es una terrible injusticia, como cuando alguien se dice médico sin saber de patología. 

¿Por qué es injusto? Porque el lector se acerca con buena voluntad y es defraudado; porque no hay quien haga más daño a la poesía que los falsos poetas, del mismo modo que no hay quien haga más daño a la medicina que los falsos médicos. Hay que decirlo. Si no se conoce nada de ritmo, metro y cesura, hay que ser humilde y retirarse. Si no se comprende cómo es que el ser humano habita poéticamente el mundo, con más razón aún.

Por supuesto la poesía no se supedita al metro, ni al verso, como bien lo supieron los griegos hace más de dos milenios (también los babilonios, tres mil años antes), pero tampoco se trata de venir a dar discursos, o de venir a contarnos sus intimidades a falta de ir con un psicólogo. La poesía es invención, es la instauración de otro mundo, es revelación, intuición, algo que desborda el texto. Un poeta sobre todo para comprender qué es la poesía habría tenido que leer muchos poemas. Por ello resulta muy irónico que muchos que se llaman a sí mismos poetas hayan leído menos poemas que los lectores. Por otra parte, desconfío plenamente de un poeta que no tenga buena prosa, que no sea capaz de escribir un ensayo lúcido. Los más grandes poetas modernos siempre fueron los más grandes ensayistas. Pues si algo tiene la poesía es lucidez. No en balde Apolo fue su dios, a la par de Dionisio. En la mezcla de estas dos naturalezas se da el gozo de la lucidez ebria. Un poema es un estado alterado de conciencia que da una lucidez mayor de mundo.

Pero de esto se han olvidado muchos que se dicen poetas, pues simplemente no lo son. Y es necesario apuntarlo. Que cada quien se ponga el saco, para no andar por la calle como el rey desnudo. Que cada quien saque sus cuentas, pero jamás podrán engañarnos, pues no están solos en el mundo. Ahí detrás, como el mismo Rilke lo decía:

...pero ahí junto, afuera, detrás de

las últimas palizadas, tapizadas de anuncios

de "Sin Muerte", de esa amarga cerveza, que parece dulce

a sus bebedores, siempre y cuando mastiquen con ella

diversiones frescas..., exactamente a espaldas

de las palizadas, exactamente detrás, está lo real.

(Traducción: José Joaquín Blanco)

Atrás está lo real, atrás siempre está la poesía real, aquella de siempre, aquella que no se diluye, ni necesita del aplauso del amiguismo. Aquella que se escribe con la seriedad del juego, que de tan lúdica y ligera vuela y se aleja como un pequeño avioncito de papel en los aires. Es cuando se da el pequeño milagro. Es cuando ocurre, pero el hecho tiene algo de espontáneo, en todo caso es algo sencillo, pero no por ello frívolo, y por ese mismo hecho, fuera de toda la parafernalia del mundo de las pretensiones de los saludos acompañados con el típico “Maestro”, o de las lecturas donde lo que más se recuerda es el sonsonete de la voz del “poeta” mientras tira las páginas al suelo. Considero que gran parte del público estará de acuerdo conmigo. Hace falta más humildad, más oficio, más vocación, y sobre todo más capacidad de invención, de tal modo que el poema pueda releerse, entrar en el disfrute, en el verdadero gozo. Evidentemente el poema es forma, pero es forma condensada, uno podrá hacer la lectura de principio a fin y viceversa; más aún podrá degustar, como digo, gozar el meollo del asunto. El poema en todo caso jamás deja indiferente. Desde luego a lo largo de milenios existen muchos ejemplos, que me parece, contradictoriamente, son desconocidos para muchos de nuestros “poetas”. Yo, porque del mismo modo albergo ciertos límites, abrazo, por ahora, a Rilke, en traducción de José María Valverde:

Tú, oscuridad, de la que yo procedo,

te amo más que la llama

que da frontera al mundo,

porque brilla tan sólo

para dentro de un círculo,

tras el cual no hay un ser que sepa de ella.

Pero la oscuridad lo tiene todo:

rostros y llamas, animales, yo,

tal como lo arrebata:

personas y potencias…

Y puede ser así: una enorme fuerza

se mueve junto a mí.

Creo en las noches.

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Por desgracia, no pude encontrar el poema que hubiera preferido compartir, donde Rilke habla de la angustia de la luz de las estrellas por no saber si está mintiendo en toda la oscuridad del universo. No me podrás negar, estimado lector, que la idea en sí es poética, pues alberga una angustia y emoción humana. A eso me refiero con comprender la forma en que habitamos el mundo. El poeta necesita ser sensible a esto, sin importar si su estilo es soez, como por ejemplo Villon, Baudelaire y los mejores textos de Bukowski. Rilke en este caso señala con sus palabras algo que va más allá del texto. Nos hace ver otro rasgo de lo real. La luz no es lo que domina, sino es la oscuridad, y entenderlo es cambiar la completa posición de nuestros seres. Rilke nos conmina a movernos, a desplazarnos del lugar común de la vida. 

Para tener la posibilidad de escribir esto se requiere de muchas hectáreas de lucidez. Y, sin embargo, el texto no logra circundar el contenido, el texto podría reescribirse muchas veces, pues la poesía no está sólo en las palabras. Eso, mi estimado lector, es la verdadera poesía.

H.G Wells revisited

Correspondencias | Alfredo Loera | @alfredoloeramx

Sin duda la poesía moderna debe mucho a la ciencia. Quien haya medianamente leído los libros de divulgación científica de Stephen Hawking, Michio Kaku o Max Tegmark, podrá advertir lo extraordinaria que es la realidad comparada con la ficción. La realidad supera la imaginación humana. Ya el novelista realista Stendhal lo había advertido en el siglo XIX, y por ello abandonó el romanticismo, el cual supeditaba la creación literaria a la imaginación humana, y se dedicó a contar lo que ocurría más allá de su psique. Desde luego, por el contexto de su tiempo, los eventos más extraordinarios fueron la Revolución Francesa (Rojo y negro) y la Batalla de Waterloo (La cartuja de Parma), de ahí que sus novelas traten de temas históricos, pero creo que entre un escritor como H.G. Wells, catalogado de ciencia ficción, y Stendhal, catalogado como un escritor realista, la diferencia es mínima, pues en ambos se distingue una pasión por lo que ocurre más allá de ellos como sujetos.

Hoy en día se habla mucho de que la subjetividad es la base del arte, pero toda exageración es falaz. Respecto al subjetivismo y su falta de validez como valor del arte basta con decir que nadie puede ser completamente subjetivo, pues la naturaleza de nuestro ser supeditada al tiempo y al espacio no nos permite ser completamente subjetivos. No es posible pensar un lugar sin espacio, como tampoco nos es posible pensar un espacio finito; del mismo modo nos es completamente extraño no imaginar el tiempo como una línea ya sea una línea infinita o un círculo, pero al final una línea que se cierra en sí misma o no; como bien lo demostraron Descartes y Kant en su momento, de ahí que Newton haya encontrado los principios de la Física, con base en puros experimentos mentales. No hay subjetividad absoluta, y por lo tanto la objetividad sigue siendo eso que nos vuelve humanos, y el arte es aquel que alberga cierta objetividad, pues sin ésta no hay posible entendimiento ni comunicación entre nosotros. 

La objetividad por otra parte puede estar tan fuera de nuestra imaginación; así la ciencia moderna lo demuestra, al igual que las obras de H.G. Wells. Desde luego, yo sólo estoy comentando ideas ya dichas por otros, pero no me negarás, estimado lector, que existe un placer intrínseco en recordar las palabras de los otros a quienes estimamos. En este sentido uno de los grandes lectores de Wells, fue Jorge Luis Borges. Borges siempre creyó que lo objetivo que iba más allá de nuestra imaginación humana era “lo ingenioso”; dicha idea en relación con la obra de Wells, significa que su narrativa es ingeniosa porque sus historias hablan de especulaciones científicas sustentadas en observaciones experimentales, por más fuera del sentido común que estén; en el tiempo de Borges todavía se tenía una idea muy reducida de la realidad. Nada más falso, se trata de la pequeñez de nuestra mente. Ese error de lectura, por otro lado, es la base de la extraordinaria capacidad cuentística del argentino. Sin esta especie de ingenuidad liberada, jamás habríamos tenido cuentos como “Las ruinas circulares”. Pero veamos qué es lo que dice el Poeta de los Arrabales, sobre el autor de The time machine, extraordinario título por otra parte: “No sólo es ingenioso lo que refieren [sus argumentos novelísticos]; es también simbólico de procesos que de algún modo son inherentes a todos los destinos humanos. El acosado hombre invisible que tiene que dormir como con los ojos abiertos porque sus párpados no excluyen la luz es nuestra soledad y nuestro terror; el conventículo de monstruos sentados que gangosean en su noche el credo servil es el Vaticano y es Lhasa. La obra que perdura es siempre capaz de una infinita y plástica ambigüedad; es todo para todos, como el Apóstol; es un espejo que declara los rasgos del lector y es también un mapa del mundo. Ello debe ocurrir, además, de un modo evanescente y modesto, casi a despecho del autor; ése debe aparecer ignorante de todo simbolismo. Con esa lúcida inocencia obró Wells en sus primeros ejercicios fantásticos, que son, a mi entender, lo más admirable que comprende su obra admirable”.

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Son igualmente admirables las palabras de Borges sobre la obra de Wells, pero debo decir que no hay ninguna inocencia en la obra de Wells, ni tampoco hay nada simbólico en tanto a una especie de metáfora ingeniosa, ni en La máquina del tiempo, La guerra de los mundos, La isla del Dr. Moreau ni ninguna de sus obras. Más bien, se trata de realidades que sin duda implican dilemas, y que desde luego pueden dar lugar a una especie de mitología, una especie de épica, muy parecida a aquella de los tiempos antiguos, pues si algo ha demostrado la ciencia moderna, base de la literatura de Wells, es que la imaginación humana es demasiado pobre para concebir la realidad en sus implicaciones más radicales. El nuevo sentimiento épico de la vida nos lo ha dado la ciencia moderna. Basta con advertir el proyecto de la conquista de Marte de SpaceX en nuestro tiempo. Wells fue alumno del darwinista Thomas Henry Huxley, abuelo del también novelista Aldous Huxley; y si Wells no fue científico se debió a su propia negligencia y falta de disciplina, como él mismo lo refirió. La imaginación de Wells no es nada ingeniosa en el sentido referido por Borges; es en todo caso objetiva, con las problemáticas inherentes a dicha naturaleza. Sólo esa objetividad le permitió revivir la metáfora de Coleridge. Coleridge al despertar y ver el pétalo en sus manos verdaderamente creyó estar en Xanadú, del mismo modo que el Viajero del Tiempo creyó estar en el futuro al ver el pétalo en sus manos.

Un pequeño apocalipsis de César Vallejo

Correspondencias | Alfredo Loera | @alfredoloeramx

Muchos escribimos versos, pero casi nadie es un verdadero poeta. Si ha habido un poeta en Hispanoamérica, ese es César Vallejo. Me atrevo a ponerlo por encima de Neruda. ¿Pero por qué? Podría preguntar alguien. ¿Por qué Vallejo es un poeta y otros que igualmente escriben versos no lo son verdaderamente? La respuesta es igualmente sencilla como compleja: Porque Vallejo inventó una lengua. La evidencia más contundente es Trilce, pero desde luego toda la obra está permeada por un lenguaje primigenio, incluso los poemas más políticos; los últimos, los de la Guerra Civil Española. 

Al fin de la batalla,

y muerto el combatiente, vino hacia él un hombre

y le dijo: “¡No mueras, te amo tanto!”

Pero el cadáver ¡ay! siguió muriendo.

A veces su versificación está muy cerca al balbuceo, pues el poeta comprende una cuestión olvidada de continuo por los escritores ingenuos: el mundo es mucho más amplio e ininteligible que cualquier lenguaje. La poesía ajena a esta consciencia desde luego es fallida, sin importar la cantidad de aplausos de los amigos del vate.

Por supuesto, en un texto tan corto como el presentado en esta correspondencia no se alcanza mínimamente a hacer un comentario justo sobre la poesía de Vallejo. Por ello, prefiero concentrarme en uno de sus poemas más famosos, con el cual inaugura su obra. Me refiero a “Los heraldos negros”.

Sorprende la potencia del poema. Sorprende más que un poeta abra su primer libro con dicho texto. Sorprende más aún la profundidad de la mirada del autor: hay un trasfondo en los versos; lo que quiero decir con esto es que el poema sobrepasa su redacción, el poema va más allá de la escritura. No es menor la última observación; por lo común, los poemas, los cuentos y novelas, no van más allá de las palabras, los lee uno y ya, se acabaron, pero la literatura grande siempre ha sobrepasado sus propias palabras, siempre necesita una relectura. El poema de “Los heraldos…” es corto si lo comparamos con otras obras igualmente significativas, como aquellas de Rilke o Eliot. Sin duda los primeros años del siglo XX nos trajeron a los grandes poetas de nuestro tiempo. En todos ellos es notable una potencia bíblica. Son poemas equiparables en la profundidad de la mirada autoral y en la originalidad del lenguaje a textos como “Eclesiastés”, “El libro de Job”, “El cantar de los cantares” o “Apocalipsis”.

Pero volviendo al texto, me vienen a la mente las palabras de Jaime Augusto Shelley, que nos decía levantando el dedo índice con furia, como deben ser todos los talleristas si en verdad desean que sus alumnos escriban algo bueno alguna vez en su vida: “Un poema, un poema”. Se trata de escribir un solo poema con la potencia de “Los heraldos negros”. La gran mayoría van a fracasar, pero si no se hace con ese ímpetu la tarea se encuentra perdida de antemano. Vallejo habría sido uno de los poetas más grandes de la lengua española tan sólo por esta pequeña obra. Su grandeza es enorme, pues no únicamente escribió esta especie de soneto. Tenemos muchos otros poemas, como casi todos los de Poemas humanos.

Y, entonces, ¿por dónde comenzar? No es mi intención hacer un análisis académico. Prefiero dejarme llevar por mi gusto, por mis intuiciones lectoras, por mi subjetividad. Lo he leído ya tres veces en la redacción de estas líneas. Siempre me ha impresionado la magnitud de su YO. “Hay golpes en la vida tan fuertes… Yo no sé!” El “yo” de Vallejo es equiparable al “yo” de Whitman. Pienso que ese “yo” no está presente en Neruda, mucho menos en Borges, en ningún poeta de nuestro idioma. Sólo Vallejo está a la altura de Whitman en ese sentido. Y es aquí cuando cualquiera que honestamente se ponga a escribir versos debe ser humilde: pensar en ese “yo” tan ahistórico y mítico sería la primera medida del poeta. El “yo” de Vallejo es tan grande como para equiparse a Dios. Se trata de un Job moderno. En el poema el “yo” muestra un desdén ante la indiferencia de Dios. 

Golpes como del odio de Dios; como si ante ellos,

la resaca de todo lo sufrido

se empozara en el alma… Yo no sé!

Es el hombre moderno ante la ausencia de Dios, son golpes como del odio de Dios, pero Vallejo, dice “YO” no sé. YO no puedo decirles, porque no hay una respuesta para mí. 

Son pocos; pero son… Abren zanjas oscuras

en el rostro más fiero y en el lomo más fuerte.

Serán tal vez los potros de bárbaros atilas;

o los heraldos negros que nos manda la Muerte.

Adviértase, por otra parte, la aparente simpleza del lenguaje. Vallejo hace ver que sus versos son muy simples, un lector ingenuo diría: “yo puedo escribirlos”. Pero eso pasa porque los grandes poetas se caracterizan por la capacidad de síntesis, sus lenguajes aparentan sencillez, pero detrás de dicha apariencia hay procedimientos retóricos y poéticos muy complejos. Los versos de Vallejo están hermanados con aquella idea de Baudelaire: lo moderno es moderno en tanto da la impresión de ser antiguo.

Me temo que voy a fracasar en mi comentario. Desde luego, el poema no necesita ninguna explicación. Mi intención ha sido compartir un gusto, una pasión por la poesía del peruano. Pero no quiero terminar sin hablar de un verso paradigmático. Comparto la estrofa:

Son las caídas hondas de los Cristos del alma,

de alguna fe adorable que el Destino blasfema.

Esos golpes sangrientos son las crepitaciones

de algún pan que en la puerta del horno se nos quema.

No me podrás creer, estimado lector, las veces que en borracheras eternas (las únicas que valen la pena) con mis camaradas discutí el significado del último verso. Por ahora me animo a dar esta interpretación: se trata de la imposibilidad de salvación del ser humano. En este poema, Vallejo desdeña a Dios, pero su dignidad es como aquella de Descartes donde en su Discurso del método habla sobre lo que piensa del mundo, pero no es tan soberbio como para aseverar que sus conclusiones sean válidas para todos. Descartes también poseía un “yo” ahistórico.

Evidentemente he fracasado en mi análisis. El poema me desborda. Tenía pensado comentar algo sobre los “potros de los bárbaros atilas” y “los heraldos negros que nos manda la Muerte”. Sin duda es una reminiscencia de los cuatro jinetes del apocalipsis. Pero, mejor comparto el poema completo; como verás, ahí está todo ya dicho. La poesía de un poeta de la magnitud de Vallejo pone de manifiesto la falacia de la independencia estética de la crítica literaria.

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Los heraldos negros

Hay golpes en la vida, tan fuertes... Yo no sé!

Golpes como del odio de Dios; como si ante ellos,

la resaca de todo lo sufrido

se empozara en el alma... Yo no sé!

Son pocos, pero son... Abren zanjas oscuras

en el rostro más fiero y en el lomo más fuerte.

Serán tal vez los potros de bárbaros atilas;

o los heraldos negros que nos manda la Muerte.

Son las caídas hondas de los Cristos del alma,

de alguna fe adorable que el Destino blasfema.

Esos golpes sangrientos son las crepitaciones

de algún pan que en la puerta del horno se nos quema.

Y el hombre... Pobre...pobre! Vuelve los ojos, como

cuando por sobre el hombro nos llama una palmada;

vuelve los ojos locos, y todo lo vivido

se empoza, como charco de culpa, en la mirada.

Hay golpes en la vida, tan fuertes... Yo no sé!

Antes de los 33

Ruta Norte Laguna | Jaime Muñoz Vargas

El arte de la biografía siempre ha puesto énfasis en la precocidad. Como si la vida fuera una carrera (currículum significa eso: recorrido), los estudiosos se han empeñado en destacar los frutos maduros producidos a edades muy tempranas y los han considerado hitos. En el universo artístico hay casos paradigmáticos, como el de Mozart, quien de niño ya asombraba a la aristocracia europea con la perfecta ejecución al piano de sus perfectas obras; también Rimbaud, quien antes de los veinte ya había escrito los libros que le granjearían la inmortalidad; o Picasso, quien en la adolescencia casi superaba a su padre, maestro de pintura. Para los biógrafos, la madurez adelantada es un prodigio digno de ser contado, se trate del genio matemático de Évariste Galois, del genio futbolístico de Diego Maradona o del genio de quien sea.

En la referida precocidad pienso cuando evoco a Ramón López Velarde (Jerez, Zac., 1888-México, DF, 1921). El destino le concedió poco tiempo para urdir una de las obras más importantes de la literatura española. Conste que no digo mexicana ni hispanoamericana, sino española, adjetivo con el que deseo asir todo lo muy bien escrito en la órbita de nuestra lengua. Mientras a otros escritores les cuesta una larga vida alcanzar el ideal del virtuosísimo, la obra ya cuajada y gorda de buen zumo, y a otros se les va la existencia sin lograrlo, la musa favoreció a López Velarde con una sensibilidad y unos recursos inusitados, para decirlo con un adjetivo que él hizo célebre al calificar ciertos ojos de sulfato de cobre.

Muchas veces he buceado en mi interior para tratar de descubrir la razón profunda de su encanto (y digo aquí encanto en sentido estricto, pues la poesía del jerezano encanta, fascina como el canto). He leído, claro, explicaciones técnicas sobre su manera de versificar/adjetivar/rimar y por supuesto me parecen un ejercicio inteligente de la crítica, pero siento que toda aproximación a la obra poética lopezvelardeana debe partir de una renuncia, la renuncia a encontrar mediante la pura razón el misterio que emana de su laboratorio metafórico. La explicación de López Velarde, a mi ver, no alcanza a colmarse con el develamiento de su técnica o con los datos autobiográficos agazapados en sus versos, sino en un sitio menos concreto. Es como si con un radar espiritual él hubiera captado una esencia que, como brisa, roza todos los pliegues del alma mexicana. Él supo vislumbrarla y, sobre todo, expresarla en palabras cuyo objetivo parece, de entrada, excesivo: convertir un sentimiento apenas presentido en evidencia de una realidad tangible.

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Cuando leo a López Velarde me pasma advertir cómo atrapó la mencionada esencia, cómo emplazó sus sentidos a la manera de una cámara para captar detalles que parecen decir más de lo que dicen: “Tu barro suena a plata, y en tu puño / su sonora miseria es alcancía; / y por las madrugadas del terruño, / en calles como espejos, se vacía / el santo olor de la panadería”. Esta estrofa remite, por ejemplo, a la mirada, el oído y el olfato, y en los tres casos parece haber una secreta correspondencia: el barro con la alcancía y la alcancía con la pobreza; luego la palabra “terruño” (y no “ciudad” o “pueblo”), usada muy frecuentemente para referirnos con cariño al lugar donde nacimos, se enlaza a la sensación de pureza que produce el amanecer vinculada a la santidad del pan (litúrgico). Todo se mezcla y fluye en nuestra emoción como río subterráneo, casi como fluye el viejo indoeuropeo en las palabras que usamos.

“Suave Patria: te amo no cual mito, / sino por tu verdad de pan bendito; / como a niña que asoma por la reja / con la blusa corrida hasta la oreja / y la falda bajada hasta el huesito”, dice en otra estrofa no lejana a la anterior, y ocurre lo mismo: “bendito” no sólo rima formalmente con “huestito”, sino que también consuena en el plano cultural por el conservadurismo presente en “bajada”, participio (los participios parecen adjetivos y verbos al mismo tiempo) que insinúa alguna coerción en el acto de adecentar la falda.

Esta poesía es un portento literario, una flecha que atraviesa la carne de nuestra idiosincrasia. Ramón López Velarde sólo tuvo 33 años para escribirla. Murió hace un siglo.

Poesía no eres tú

Correspondencias | Alfredo Loera | @alfredoloeramx

Cada determinado tiempo se vuelve a caer en la pregunta por la poesía, pregunta que suscita un sinfín de parodias y burlas, malentendidos y sornas. Se trata de un tema pudoroso, un tópico digno de lo más decadente de las cantinas. Sólo ahí se puede discutir tan absurdo tema, pero a raíz de ciertas polémicas, sobre ciertos premios nacionales e internacionales, traigámoslo a esta correspondencia de la cual tengo el presentimiento de que sacaremos muy poco. Pero si en todo caso, a escasas personas les interesa la poesía, hagámoslo aunque sea por morbo. Ven estimado lector, divirtámonos unos minutos.

¿Por dónde comenzar entonces? Por decir que hay varias formas de intentar definirla, y todas ellas surgen de una continua reflexión por el lenguaje. Por un lado, es posible observarla desde una mirada constitutiva, donde el principal factor para analizarla es lo formal. ¿A qué me refiero con esto? A que un soneto por más malo que sea no dejará de considerarse como poesía desde su forma, desde sus catorce versos endecasílabos rimados ABBA ABBA CDC DCD. Un romance con sus octosílabos asonantes, por más soez o cursi en su abordaje, difícilmente se podrá refutar como un texto poético. Una narración puede estar escrita con el peor de los estilos, con la más vasta acumulación de los lugares comunes y bazofias, pero no dejará de albergar una mímesis, la cual según Aristóteles es la base de la poesis. Ya estoy observando a quienes están por comentarme la cuestión de que no todos los sonetos son poesía ni todas las narraciones son literatura. Y no dejaré de estar de acuerdo con ustedes, mis apreciados lectores, pero ¿bajo qué criterio?

Es cuando se entra a la perspectiva condicionalista. En ella el juicio estético subjetivo toma el control de la crítica de un texto. Sin embargo, lejos de ser la solución a la problemática, muy por el contrario abre el espectro a miles de posibilidades, donde, de tan interminables subjetividades, la poesía termina por ser cualquier cosa, pues el juicio individual es el que pone la vara. Mientras haya grandes poetas con el suficiente poder de imponer su criterio en la sociedad, dicho sistema puede dar muchos frutos. Nadie duda de que los ensayos críticos de T.S. Eliot, Paul Valéry o Ezra Pound son deslumbrantes, y que gracias a ellos en el siglo pasado se escribieron algunos de los más grandes poemas de la tradición, pero en nuestra realidad contemporánea dicho poder ha sido diluido para bien o para mal, sobre todo por la capacidad de autopublicación en redes sociales, blogs y demás. Ya no hay una subjetividad dominante en el ambiente literario mundial, ya no hay un escritor o poeta que nos plantee a la manera de Sartre lo que es la literatura, que en lo personal considero es lo mismo (la poesía es la literatura y viceversa sin importar el género lírico, dramático, narrativo o ensayístico). De esta manera, muchos de nosotros -y yo mismo al escribir esta correspondencia soy la prueba- nos decimos: ¿por qué, si T.S. Eliot se dio la libertad de escribir sus opiniones sobre la poesía, yo no puedo hacerlo? Claro que puedo hacerlo, y no sólo eso, también publicarlo y compartirlo, e incluso ser leído por más personas de las que Eliot alguna vez imaginó posible (risas), pero en ese momento gran parte de mis prejuicios y de mi dimensión pequeña o grande sobre el mundo y la literatura se manifiestan y se extienden (más risas malignas). 

El problema de la poesía en nuestro tiempo no se soluciona a una vuelta a lo formal. No se trata de que ahora todos nos volquemos al soneto, pues en el siglo de Sor Juana casi que para ser considerado poeta se debía cultivar esta estructura lírica como requisito. En ese tiempo hubo muchos sonetistas, pero cuatrocientos años después sólo siguen interesando los de la monja, y eso se debe precisamente al siguiente punto: todo aquel escritor que sólo se preocupa por la forma no está escribiendo, ya lo había dicho el gran poeta épico William Faulkner (aprovecho, mi estimado lector, para recomendarte Mientras agonizo). Pero el desdeño por lo formal nos ha llevado al vicio del extremo contrario, a ese donde un agrupamiento de emoticones es un poema, con la distinción de recibir una beca mensual de ocho mil pesos durante un año; ese donde una lista del mandado es merecedora a un premio de varios miles y a veces millones de pesos. ¿Y ese vicio dónde radica? En la calidad del pensamiento. Sor Juana Inés de la Cruz es vigente no por sus sonetos, aunque ayuda mucho la forma, sino por la calidad de su pensamiento, por su concepción del mundo, por la profundidad de su idea de la vida, sea cruda o no, ética o poco ética. El pensamiento convencional mata lo poético. Sin embargo, para ganar un concurso muchas veces se requiere ser convencional. Lograr el consenso. Por desgracia, creo que esto es cierto. 

Según la concepción difundida de la realidad, se irán generando validaciones desde la perspectiva condicionalista sobre lo poético, aquella donde lo subjetivo domina. Ezra Pound afirmaba que hay épocas enteras donde no es posible rescatar un solo poema pues en dichas épocas el modo de comprender el mundo resultaba muy reducido. Las sociedades de tiempos posteriores los encuentran fallidos o poco estimulantes. 

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¿Ves, estimado lector, cómo no íbamos a llegar a ninguna parte? Lo cierto es que la poesía no es una esencia, sino obedece a un proceso histórico. Lo que antes fue poesía hoy ya no lo es. Lo que ahora es poesía quizás en un futuro no lo será. Grandes poemas de nuestra tradición fueron escritos no como literatura sino como cartas personales, apuntes escondidos en una cabaña, como los textos de Emily Dickinson; grandes libros fueron crónicas, desahogos. Paul Valéry decía que la primera novela moderna es El discurso del método de René Descartes y no me negarás, estimado lector, que ese libro aunque alberga una intención filosófica, literariamente es una obra maestra. Jamás he leído un relato sobre el funcionamiento del corazón más interesante, a pesar de que en el tiempo de Descartes no se comprendía casi nada del mismo (“Quinta parte”). 

Uno no sabe para quién trabaja. La carta a la amada inmortal de Beethoven es uno de los más grandes poemas de amor, pero el extraordinario músico, quien tocaba el piano como si tuviera martillos en la manos gracias a su sordera y de ahí también su genialidad, no la escribió para verla publicada en la revista local ni nacional, ni para ganarse un premio. ¡Ni siquiera la envió a su destinataria! En fin, así las cosas. Nos faltó hablar de las mafias, pero para eso no es necesario escribir una columna. Basta con decir que la corrupción a la larga lo merma todo. Espero te hayas divertido, mi estimado lector, un poco con esta correspondencia digna de la más trasnochada borrachera.