¿De qué murieron los laguneros en 2020?

¿De qué murieron los laguneros? Es la pregunta que se hacen muchas personas en este Día de Muertos. En Torreón y en los demás municipios de la Zona Metropolitana de La Laguna, la mortalidad se multiplicó de 2019 a 2020.

De acuerdo con el Instituto Nacional de Geografía, en Torreón la principal causa de muerte en 2020 fue la Covid-19, con dos mil 99 víctimas en todo el año. La segunda causa fueron las enfermedades de corte circulatorio y la tercera las endocrinas y metabólicas.

En el caso de Gómez Palacio, la primer causa de muerte también fue la Covid-19, con 1,086 decesos, mientras que en Lerdo y Matamoros las principales causas de fallecimiento fueron las enfermedades de corte circulatorio y endocrinas metabólicas, respectivamente.

En total, el 27 por ciento de las muertes registradas en 2020 en la Zona Metropolitana de La Laguna fueron por Covid-19. En promedio, diez personas fallecieron por día a causa de esta enfermedad durante todo el año pasado.

Mortalidad a la alza

El incremento de mortalidad de 2019 a 2020 también fue sustancial en los cuatro municipios que conforman a la Zona Metropolitana de La Laguna.

En Torreón, por ejemplo, el porcentaje de mortalidad de un año a otro subió un 72 por ciento. En Gómez Palacio el incremento fue del 76 por ciento, en Matamoros del 55 por ciento y en Lerdo del 34 por ciento.

Los números indican, por ejemplo, que en 2019 en Torreón se registraron 4 mil 358 defunciones, mientras que en 2020, ya con la pandemia en su pleno apogeo, los decesos se dispararon hasta 7 mil 516.

Otro mal escondido

Los números que ofrece el INEGI y que digirió el Observatorio de La Laguna, ponen sobre la mesa la mortalidad de personas que padecieron cáncer o tumores malignos.

En Torreón el 9 por ciento de las muertes fueron por tumores, en Gómez Palacio el 8 por ciento en Lerdo el 7 y en Matamoros también el 8 por ciento.

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En general, fuera de lo extraordinario que resultó el impacto de la Covid-19, males circulatorios, metabólicos y el cáncer, son las principales enfermedades que le quitan la vida a los laguneros.

Coahuila: quinta entidad con la tasa más alta de suicidios

La prevalencia de los suicidios en Coahuila continúa a la alza. De acuerdo con el INEGI, en 2021 la entidad es la quinta con la tasa más alta de todo el país.

La tasa estandarizada de suicidios por cada cien mil habitantes muestra que, en Coahuila, 8.6 personas por cada cien mil optaron por quitarse la vida de enero al 10 de septiembre de 2021.

En otras palabras, esto significa que alrededor de 258 personas se han quitado la vida en Coahuila hasta el 10 de septiembre de este año.

En promedio, alrededor de una persona por día decidió terminar con su vida en Coahuila, la ciudad que concentra más suicidios es Saltillo.

El estado con la tasa de suicidios más alta del país es Chihuahua, con 14 por cada cien mil habitantes, en segundo lugar se encuentra Aguascalientes, con 11.1, en tercero Yucatán, con 10.2, en cuarto Sonora con 8.8 y en quinto el caso de Coahuila, con 8.6.

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La media nacional, hasta el 30 de septiembre de este año, se ubica en 6.2 suicidios por cada cien mil habitantes, por lo que Coahuila se ubica por encima del promedio.

En contraste, las entidades que registran menos suicidios son Oaxaca, con 3.9 por cada cien mil, Chiapas, con 3.8, Hidalgo, con 3.7, Veracruz con 3.3 y Guerrero, con dos eventos por cada cien mil habitantes.

Cabe destacar que 2020 cerró con una tasa de suicidios a nivel nacional de 6.2 por cada cien mil mexicanos. Esto significa que, en lo que va del 2021, la tendencia va prácticamente en la misma sintonía.

La muerte por COVID-19 no es bienvenida

Alianzas | César Gaytán | Vanguardia | Border Center for Journalists and Bloggers

El COVID-19 se instaló en la familia, nos arrebató la tranquilidad, pero sobrevivimos. ¿Luego qué?, ¿cómo retomas tu vida cuando vences al virus que tiene al mundo roto y desencajado?

1. Pensar que te vas a morir

En una habitación desordenada, cuartel contra delirios y tempestades, durante la víspera de invierno: la muerte viene a visitarnos. Sigilosa, alejada de cortejos febriles, desvestida de profecías oscuras.

El sol del martes 3 de noviembre entra adormilado por la ventana. Los cantos de ufana tranquilidad de las aves se sincronizan en mi pecho con un himno militar marcado por el corazón en taquicardia: 110... 120... 135 pulsaciones por minuto.

Son las 7:37 de la mañana. El cuerpo insomne de Elizabeth tiembla. De pronto suena su teléfono. Nos miramos. Pasamos saliva. Y antes de leer el mensaje decimos que si todo va bien, esta noche iremos al Cerdo de Babel a beber cerveza, platicar con amigos y maldecir la pandemia.

La pantalla nos desencaja: rompe algo, rompe todo y nos quedamos en silencio: Ella da positivo a COVID-19.

En la cama hay un llanto espontáneo y descontrolado.  Intento abrazarla, pero me detiene con voz ahogada porque no quiere contagiarme.  Tal vez tiene razón. Nos confiamos. Convivimos con una persona que dio positivo el lunes 26 de octubre: un caballo de troya. Nos encerramos el martes 27. Aprendimos a usar el termómetro digital y el oxímetro: todas con lecturas normales.

Pensé que la pandemia estaba lejos: que sus garras verdaderamente mortales estaban en otros países, en otras ciudades, en otras familias. Pero de pronto lo único que piensas es que te vas a morir.

Un día antes, el 2 de noviembre de 2020, la Secretaría de Salud Federal anunció 933 mil 155 contagios acumulados desde el 27 de febrero; 91 mil 100 defunciones; 28 mil 51 casos activos y 387 mil 420 personas recuperadas.

Los números así son difusos, incuantificables e irrelevantes para quien tiene a la muerte cerquita, acurrucada en la cama, metida en los pulmones.

Entonces ocurre. Otro mensaje. 9:32 de la mañana. Mis resultados son negativos. Me siento indestructible, inmortal y soy tan egoísta que sonrío con liviandad y lo digo en voz alta, desatando nuevamente el llanto.

Llamo a mamá para contarle. Mientras llora y me culpa por no cuidarme, Nami y Chubi, nuestras perras, van de aquí para allá como si nada, lamiendo y jugando sin darse cuenta de que son la poca normalidad que nos queda.

Pedimos por Rappi un colchón inflable de Walmart que está en oferta (267 pesos en vez de 534) y reorganizamos nuestra guarida, nuestro cuartel contra delirios y tempestades. El plan es que yo finja comodidad en la nueva adquisición que pondremos en una base de madera. Eliza descansa en el colchón queen size puesto sobre el suelo.

Bromeo con que será como ir a un mal día de campo, sin saber que en pocos días no tendría fuerza suficiente para levantarme y estaría conectado las 24 horas a un concentrador de oxígeno. Ella, luchando con sus propias dolencias, pasaría varias noches sin dormir cuidando que no me muriera, llorando en silencio, pidiéndole a cualquier dios que nos sacara de esto lo más rápido posible, intentando a su vez no dejarse caer.

Así inició la pesadilla más grande de nuestras vidas. Y sí, el inicio de esta crónica es pantanosa, porque cada quién vive el COVID-19 a su manera y aunque en total la penuria duró dos meses, para nosotros fue como un día bochornoso cuyas horas se alargaban eternamente sin llegar al final mortífero previamente anunciado.

Un día antes, el 2 de noviembre de 2020, la Secretaría de Salud Federal anunció 933 mil 155 contagios acumulados desde el 27 de febrero.

Un día antes, el 2 de noviembre de 2020, la Secretaría de Salud Federal anunció 933 mil 155 contagios acumulados desde el 27 de febrero.

2. El último Pollo loco

Eliza comienza con dolor de cabeza el 5 de noviembre. También irritación y ardor de garganta. Según ella, de dientes para afuera, nada grave. Según yo, en mi paranoia silente, la antesala del viaje con Caronte. Según las estadísticas Plan Estatal de Prevención y Control del COVID-19 ese día ella es parte de los 2 mil 333 casos activos en Coahuila.

Intuimos la muerte rondando desde cualquier rincón como una promesa que no queremos reconocer.  Por eso, de pronto, nos preocupan cosas prácticas, de la rutina, como la comida. Resulta que cuando estás a punto de desquiciarte de angustia, son las pequeñas cosas las que te atan a la cordura.

Así que “bromeamos” diciendo que lo que más nos preocupa ahora es perder el olfato, el gusto y el apetito.

–Si nos vamos a morir, que sea bien comidos –suelto para aminorar el desánimo.

Y Eliza, quien todavía encuentra lugar para el buen humor, atina a decir que si vamos a probar una última comida con sabor, que sea un Pollo Loco con salsa verde y molcajeteada.

Nunca perdimos el olfato, ni el gusto ni el apetito. Pero ese pollo y medio que pedimos sí fue la última comida más o menos normal que tuvimos.

Este mismo día tengo síntomas sin darme cuenta. Le atribuyo el cansancio y la somnolencia incompatibles a las malpasadas del trabajo, pero la verdad es que mi cuerpo se está descomponiendo. Mis 86 kilos, mi metro sesenta y nueve de altura, mi miopía, nos estamos yendo a la mierda poco a poco. El COVID-19 es un balazo que no avisa. Lo entiendo al respirar: cada que inhalo hay una punzada cerca de las costillas izquierdas; al exhalar se detona un ardor en la parte media de la espalda.

Para el 6 de noviembre, con mi diagnóstico negativo, mis piernas tiemblan. Siento cada uno de mis huesos, todos doliendo poquito, todos quejándose, como diciendo: “tarde o temprano, esta no la libramos”.

Pero lo peor es el dolor en el tórax. Una presión asfixiante. Como si dos paredes me apachurraran constantemente por el pecho y por la espalda. No importa si estás de pie, no importa si estás sentado, no importa si te acuestas boca abajo como sugieren los médicos. Que te quede claro. Al coronavirus no le importa. Incuba en silencio y explota en medio de fanfarrias.

Mis 86 kilos, mi metro sesenta y nueve de altura, mi miopía, nos estamos yendo a la mierda poco a poco. El COVID-19 es un balazo que no avisa.

Mis 86 kilos, mi metro sesenta y nueve de altura, mi miopía, nos estamos yendo a la mierda poco a poco. El COVID-19 es un balazo que no avisa.

3. Un tanque de oxígeno que no se puede usar

La habitación sigue desordenada. Los delirios ya no son imaginarios. La tempestad está en nosotros. Todavía no se siente el frescor del otoño y a las 10 de la mañana de aquel viernes 6 de noviembre,  ya no tengo fuerza ni para fingir la sonrisa. El oxímetro marca 88. Y emite un sonido de alarma. Y nos espanta. Y no sabemos qué hacer. Después el número sube a 92. Pero el sonido de alarma sigue. Seguimos espantados. Seguimos sin saber que hacer y los minutos son días. El número baja otra vez: 86. Y oscila un montón. Nos asusta un montón.

Mediante una detallada consulta telefónica, el doctor Carlos Ramos del Bosque (quien nos dio seguimiento diario y preciso) nos pide conseguir un tanque de oxígeno.

Quizá es el miedo, quizá es más fácil no lidiar con nada de esto o en realidad la falta de oxígeno me obliga a dormir... Horas después, a las tres de la tarde, cuando despierto, Eliza ya hizo llamadas, entró a decenas de grupos de facebook creados a raíz de la pandemia donde se rentan y compran tanques y concentradores de oxígeno, y consiguió uno de 680 litros.

El número abruma si no sabes del tema, pero en realidad es un tanque pequeño, no mide ni metro y viene con sus ruedas para poder moverlo.

En nuestro caso, el tanque es prestado y es también lo más viable. Una gráfica de Google Trends muestra cómo en noviembre comienza a elevarse la búsqueda por este tipo de artefactos.

La alta en la demanda ocasionó que los precios subieran. Durante noviembre y diciembre del 2020, un tanque de oxígeno pasó de costar 2 mil 800 pesos a casi 18 mil, un aumento del 543 por ciento, de acuerdo con un sondeo de la Alianza Nacional de Pequeños Comerciantes (ANPEC).

Volviendo al encierro. la máquina en mi dedo indica el 86 por ciento de oxígeno en la sangre. Todo da vueltas. Ayer estaba todo bien y ahora no me puedo levantar de la cama. Hablo lento. La cabeza está a punto de explotar. Los huesos gritan. Las costillas se quejan. La espalda se siente como si cientos de pequeños clavos se encajaran al respirar. La garganta arde. No soporto los lentes. Tampoco puedo enfocar bien con los ojos desnudos. Siento frío a pesar de las cobijas, pero estoy sudando. No hay fiebre todavía, pero la temperatura sube: 38 grados. Las manos tiemblan. Los brazos se contraen. Las piernas son trozos de concreto. En mi pecho hay algo muy pequeño que parece obstruir el aire. ¿Y Eliza? Sé que está aquí, cerca. Sé que la escucho. Sé que se acerca a escucharme respirar y me pregunta cosas que no alcanzo a responder porque los párpados, los párpados…

Despierto otra vez a las cuatro de la tarde. La oxigenación en 82. Y cada una de las cosas dichas antes duele un poco más. La gente dice: “Si te da COVID es como una gripe pero más fuerte”. ¡Al carajo! ¡No!. No se compara.

El doctor Ramos del Bosque dice que la mejor forma de controlar la respiración de manera natural era acostarse boca abajo y de ser posible poner algunas almohadas en el estómago. Y entonces quedarse ahí, respirando profundamente. Lo más inmóvil que pudiera estar.

Pero solo apoyarse de lado con la mano, activa un ardor que va desde la muñeca hasta el hombro y luego baja por toda la espalda hasta la cadera. Y que te empujen no es una mejor opción. Además tengo solo una almohada vieja que se despedorra al taco, así que llamo a mamá para pedirle ayuda: almohadas ortopédicas.

Durante noviembre y diciembre del 2020, un tanque de oxígeno pasó de costar 2 mil 800 pesos a casi 18 mil, un aumento del 543 por ciento.

Durante noviembre y diciembre del 2020, un tanque de oxígeno pasó de costar 2 mil 800 pesos a casi 18 mil, un aumento del 543 por ciento.

Media hora después, a las 4:30 de la tarde, la oxigenación baja a 77. Cada minuto, una moneda al aire: una cara del lado de la suerte y la otra sonriéndole a la muerte que todo el tiempo está acostada a mi lado... acariciándome la espalda, viéndome con sus cuencas vacías esperando que le devolviera la mirada.

Eliza carga con su propio dolor, con la incertidumbre, pero todo en ella es luz. Convierte su teléfono en la sala de control, convierte su miedo en acciones razonables para mantenerte vivo mientras estoy inconsciente. Tal vez, en mis sueños, yo esté teniendo pesadillas. Ella la está viviendo y es terriblemente cruel que no pueda ayudarla.

A las ocho de la noche, mi amigo Esaúl García pasa por el tanque y lo lleva a casa. Esaúl es siempre generoso y lleno de bondad, pero en esta ocasión me lo pareció aún más, el pasado 10 de septiembre su papá, don Constantino, falleció por coronavirus en la clínica 2 del IMSS habilitado para pacientes COVID.

Hasta el 6 de noviembre, en Coahuila se estimaron 35 mil 526 casos acumulados y 2 mil 581 muertes. Los datos federales sumaron 955 mil 128 casos y 94 mil 323 muertes. Don Constantino García entre ellos.

El dolor crea lazos fuertes e inefables. O tal vez sean los misteriosos caminos de Dios como dice mamá.

Aún con toda esa reflexión, esta noche no podemos usar el tanque porque no conocemos un lugar donde rellenarlo. Y los lugares por los que preguntamos a domicilio ya no ofrecían el servicio o nos daban precios de 2 mil, 2 mil 500 pesos.

La fatiga me hizo dormir toda la noche. Eliza había leído que los periodos de sueño son los más peligrosos porque es natural que la oxigenación baje y los pacientes con COVID-19 enfrenten complicaciones. Así que la pasó despierta a base de voluntad, acercándose sin que me diera cuenta a monitorear los niveles. No supe nada hasta que ella me lo confesó por la mañana.

Al día siguiente fuimos al Hospital Christus Muguerza para tomar una radiografía:  “Rayos X. Tele de torax. Valoración para I.Q.”, señala la orden con cédula profesional 222051. La interpretación confirmó lo obvio. Los puntos blancos en la parte baja del pulmón izquierdo son, dice el doctor “una típica radiografía por COVID-19”.

¿Era grave? Difícil decirlo aún. ¿Se complicaría? Imposible predecir. Mamá y papá nos ayudaron a rellenar el tanque ese día.

4. Sino te hospitalizan, te vas a morir

Es sábado 7 de noviembre a la una de la tarde. Los más de 20 grados calcinan la fantasía otoñal. Todo es cantar de pájaros, claxons de automóviles, las cosas son golpeadas por el sol y hojas muertas de árboles acumuladas en la cuenta.

Pero todos los ruidos desaparecen con el tanque de oxígeno que burbujea tan monótono y uniforme. Mi receta es de 2 litros por minuto en lapsos de cada media hora cuando la oxigenación baje de 90: actualmente estoy en 80.

Estoy alucinado porque es la primera vez que uso una cosa de estas. Y finjo ser un supervillano de comics. “No te preocupes”, le digo, “he leído suficiente ficción como para saber que este es el momento en donde el protagonista de la historia sufre algún incidente y es ahí donde obtienen sus poderes sobrehumanos”. Es incómodo y sorprendente. La mirada desencajada de Eliza lo dice todo: el temor, la desesperación, la impotencia.

Las mascarillas son incómodas. Si están mal ajustadas no tiene la eficiencia correcta porque se escapa el oxígeno, pero si ajustas de más dejan marcas en la cara. La miopía lo empeora todo. Llevar lentes simultáneamente no es fácil porque todo el tiempo se resbalan, pero si los quito no veo ni distingo con claridad. Si no quieres usar mascarillas completas puedes usar puntillas, pero esas resecan las fosas nasales por dentro y por fuera.

Así pasan cuatro días. Sin novedades. Sin mejoras.

Tratamos de recargar el tanque siempre a tiempo, siempre con previsión. Pero el miércoles 11 de noviembre, a eso de las 11:30 de la noche, la oxigenación bajó a 76. Me puse la mascarilla, abrimos la llave de paso, y aunque estaba conectado, apenas subió a 85. Elevamos el volumen de 2 a 4 litros por minuto y había poca diferencia.

Una hora después, el tanque se acaba. Pensamos esperar, pero la oxigenación baja nuevamente. 84, 82, 80.

Eliza marca al 911. El doctor con quien nos comunican hace las preguntas de rutina y al decirle que la oxigenación va en 77 le dice los siguiente:

–Tiene que conseguir oxigeno urgente. Si no puede, lo tiene que hospitalizar. Sino, se va a morir.

El hombre detrás de la bocina sugiere que el nuevo hospital del ISSSTE, el que está enfrente del Hospital General, cerca del Centro Metropolitano. Pero no hay garantía de que nos reciban directamente. Es ir a urgencias, hacer fila, y esperar que no haya nadie en peor condición. Una vez admitido, no hay garantía de salir.

Preferimos buscar oxígeno, pero todos los negocios a esta hora están cerrados. De más de 10 opciones, solo uno contesta por instagram: Oxígenos industriales Navarro. A la 1:11 nos dice que tiene servicio de 24 horas. Así que nos tranquilizamos.

Llamamos a varios amigos con auto para que nos auxiliaran. El primero no contestó. El segundo estaba muy borracho. El tercero estaba muy drogado. Finalmente, Omar Saucedo respondió de inmediato.

–Voy para allá. Dame 15 minutos –dijo.

Cinco minutos después el negocio nos cuenta que solo nos espera 20 minutos porque “ya me quiero ir”.

Cancelo con Omar. Eliza y yo subimos al auto. Ella insiste en que puede ir sola, que yo no debería ajetrearme tanto, pero el miedo es canijo. Así que envuelto en una cobija, con una sudadera, con el cuello envuelto en una bufanda para combatir el fresco de la noche salgo de la casa. Las piernas están a punto de ceder con cada paso. Y el oxímetro todo el tiempo en el dedo: 84... 80.. 82... 77. Y el corazón nuevamente acelerado. Pumpumpumpumpumpumpum...

Al final conseguimos el oxígeno: 8 kilómetros, 16 semáforos y 250 pesos después. El valor de una vida contrarreloj.

La lección es clara: no podemos volver a pasar por algo así. No queremos. Yo duermo otra vez la mayor parte del día. Eliza, con su magia de nuevo, consigue un concentrador, un aparato que se conecta a la luz y produce una cantidad “infinita” de oxígeno, aunque por las noches el motor que tiene rumba permanentemente y la luz verde de su tablero ilumina nuestra zozobra.

Los días siguientes son confusos. Mucho dormir. Mucho dolor. Mucha angustia. Nunca había visto en Eliza tantas ojeras. Nunca había visto tanto amor. De ella, de mi mamá, de mi papá, de mi hermano, de mi suegra, de mi cuñada, de mis sobrinos, de mis tíos y tías. Amor de mis amigos, de amigos de mis amigos, de compañeros de trabajo, de conocidos.

En los siguientes tres días llegan cinco inyecciones de dexametasona, unos esteroides recetados por el doctor para ayudar a que los pulmones se desinflamen. Duelen feo, la sensación de hinchazón se queda por horas y si te sobas demasiado te deja moretones.

La Organización Mundial de la Salud (OMS) señala que este corticosteroide es eficiente para combatir los estragos de pacientes con COVID-19 en estado crítico ya que “reduce en alrededor de una tercera parte la mortalidad de los pacientes conectados a respiradores y en torno a una quinta parte la de los pacientes que solo necesitan oxígeno”.

5. Macho alfa, pulmón Covid

Así, con las nalgas adoloridas, conectado al concentrador, con fuerzas apenas para moverse, un ratón aparece en la casa. Eliza lo ve y corre a esconderse a la habitación. Yo, macho alfa, pulmón de COVID, coloco toallas y periódicos en las partes bajas de las puertas para acorralarlo en la sala, además de trampas de pegamento en toda la casa.

Es una doble carrera contra el tiempo. Tengo que cazarlo antes de que caiga la noche, cuya temperatura amenaza los 10 grados con una tormenta en puerta. Y espero lograrlo antes de que la fatiga me desplome.

Enciendo el comal y pongo romero a acitronar. Leí en internet que ese aroma atrae a los roedores y en este momento soy una suerte de covidoso de hamelin. Pero mi táctica no funciona. Así que es momento de sacar la artillería pesada.

Doscientos gramos de tocino sobre una sartén enardecida. Hasta le echo un toque de sal para que la rata no oponga resistencia. Y cuando ya está bien doradito, agarro el utensilio por el mango y lo voy paseando por cada rincón para que el olor la seduzca. Mi avance, sin embargo, es lento porque por donde camino voy buscando enchufes para conectar el concentrador. No quiero que me encuentren muerto y las noticias me retraten como el loco que perseguía ratas con tocino ahumado.

Nada funciona. Y con razón. Estoy pensando con los pulmones, no con la cabeza. Tengo que convertirme en cazador. Así que hago lo debido. Me siento a esperar que algo ocurra. Lo que sea. Y lo primero que ocurre es que Eliza, desesperada, toma un cobertor y sube a mi auto estacionado en la cochera. Está dispuesta a pasar ahí la noche con tal de no convivir con un ratón.

Abandonado a mi buena suerte, me siento en la sala con la mascarilla puesta. La adrenalina me hizo olvidar los dolores musculares. Me hizo pasar por alto la respiración agitada. Oxigenación en 85. Ritmo cardiaco en 135. Presión arterial en 145 sistólica, 92 diastólica.

Veinte minutos después, rendido, camino hacia nuestro cuarto, como soldado raso cumpliendo la orden de inspeccionar. Y todo estaba bien con el mundo. La rata ha caído.

Es la primera vez que nos reímos en una semana.

No quiero que me encuentren muerto y las noticias me retraten como el loco que perseguía ratas con tocino ahumado.

No quiero que me encuentren muerto y las noticias me retraten como el loco que perseguía ratas con tocino ahumado.

6. La resurreción

En una habitación desordenada, cuartel contra delirios y tempestades, durante la víspera de invierno: la muerte vino a visitarnos. Nos sedujo día y noche durante 17 días. Después de eso fue un coqueteo intermitente. Pero como si se tratara de una historia mesiánica, vencimos. No morimos, pero sí resucitamos. Somos nosotros, pero somos otros.

Después de las primeras dos semanas lo que quedan son secuelas. El cuerpo no responde igual. Las ingles me duelen, como si mis piernas se hubieran olvidado de cómo caminar. Ante el menor esfuerzo, viene una fatiga repentina. Subir escaleras no es un buen plan. Mi corazón todavía se agita mucho llegando a 200 pulsaciones por minuto en reposo. ¿Efectos colaterales minúsculos? Me duelen permanentemente las articulaciones y ya no soporto el picante como antes.

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Los diagnósticos del neumólogo David Saucedo y la terapeuta en respiración pulmonar Ana Lilia Martínez ayudaron a despejar dudas. Porque las enfermedades también se combaten con confianza en uno mismo. Y bueno, los ejercicios para fortalecer la respiración.

Los días transcurrieron bajo prescripción de Salmeterol en forma de Seretide, un polvo dulce que aspiro de un disco con inhalaciones de tres segundos al amanecer y por la noche. Prednisona en forma de Meticorten dos veces al día. Todas las vitaminas que jamás consumí: A, B, C, Zinc. Ibuprofeno como padre nuestro.

Mamá nos compró una caminadora y me da cada tanto unas amarguísimas gotas de cúrcuma con vitamina D3: es como tomar aceite tibio.

Tomé terapia alternativa de biomagnetismo, pero no volví.

Comimos Pollo Loco de nuevo. Se metió otro ratón a la casa y mejor nos mudamos. Pude volver a leer y jugar videojuegos sin que los ojos se inyectaran de sangre y lágrimas al instante.

Meses después nos reencontramos con amigos.

El viernes  9 de julio de 2021 me vacunaron. A Eliza un día después. A los dos nos hizo reacción, la más temida de los chavorrucos: Astrazeneca. Y es que mientras la eficacia de este antígeno es del 63.09 por ciento según la OMS y de 76 por ciento según el gobierno mexicano, las reacciones en personas jóvenes se desatan porque el sistema inmunológico reconoce a la vacuna como un elemento extraño y lo ataca.

En nuestro caso esto se tradujo en cuerpo cortado, dolor de garganta, 39 grados de temperatura. Dos días tirados en cama.

Ahí vamos. Aprendiendo. Acostumbrándonos a la mentada nueva normalidad. Viendo como la tercera ola se avecina imparable con 17 mil casos nuevos solo el miércoles 27 de julio, 17 mil personas que quizá están en angustia, que tal vez no pueden respirar bien, cuyos pensamientos más oscuros los estén quebrando: “¿y si me muero?”

Sobrevivir al coronavirus nos dio unas ganas tremendas de vivir como nunca, de redescubrir todo, de volver a salir. Así que desde aquí, desde las palabras que ya no pueden pronunciar mis familiares muertos por la enfermedad, los padres, madres, hermanos, hermanas de mis amigos, conocidos de conocidos, te digo algo COVID19: ¡ojalá que pronto estemos todos vacunados y vayas al carajo! Sin solemnidad, sin metáforas, sin trabas. Derechito al carajo.

Mi corazón todavía se agita mucho llegando a 200 pulsaciones por minuto en reposo.

Mi corazón todavía se agita mucho llegando a 200 pulsaciones por minuto en reposo.

Hablemos de la muerte. ¿Cómo hacerlo?

Correspondencias | Alfredo Loera | @alfredoloeramx

Para no ser frívolos, hablemos de nuestra experiencia y nada más; será difícil saber si nuestras palabras tendrán eco en quienes leen… Está bien.

El 2020 es uno de los años de la muerte. Como todos, he perdido a grandes amigos, y por lo mismo, me he encontrado en la situación de dialogar con la nada. Extraña sensación de impotencia, amargo despertar al mundo de los humanos, donde el horizonte siempre es oscuro y tempestuoso, aunque por tranquilidad preferimos no observarlo. ¿Y qué hemos aprendido si es que algo podemos aprender de la muerte de los otros, porque de la nuestra pocas cosas habremos de concluir? No sabría decir si de la muerte de los otros es posible aprender algo. He ahí la primera perplejidad. Se paga un alto precio a cambio del vacío. Da la impresión de estar frente a una gran estafa, ante una gran burla, que se hace con una gran sonrisa maliciosa en alguna parte. 

Y, sin embargo, la mente siempre busca una explicación, por más absurda que parezca. Es verdad. En ese caso diría que se aprende de la vida. ¿De la vida? Sí, de la vida. Al dar la última exhalación, la persona sella su existencia y para quienes la testificamos, también, se nos muestra completa. Ahondemos.

Yo tengo un amigo muerto el 23 de agosto. Y su muerte me hizo ver la congruencia y la grandeza de su espíritu. Pero, al mismo tiempo, me cimbró, porque su muerte vino a convertirse para mí en un desengaño. Tengo la sensación de que la muerte, más allá de desaparecernos de este mundo, nos desagrada porque nos muestra quienes en verdad somos. Son escasas las personas conformes consigo mismas. Siempre hay ocultamientos y la muerte, especialmente la cercana, con su dedo nos indica la verdad. Nos hace ver nuestra pequeña estatura, nuestra gran cobardía, en dado caso, pero también nuestra fragilidad, esa sí compartida por todos. Contrario a lo que pudiera creerse, la muerte no ennoblece a nadie, si esa persona no carga desde antes con su propia nobleza. Por el contrario, la muerte tal vez acentúa nuestros defectos. De ahí el desagrado. No en balde también es llamada la “desengañadora”.

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Mi amigo fue mi más grande maestro. También debo decir que me salvó la vida, literalmente lo hizo pues era médico. Yo andaba muy perdido, no comprendía las cosas. Era el remoto año 2015. En ese sentido estuve a punto de mirar la calavera directamente en sus cuencas, pero él me hizo ver que no estaba preparado. Al estilo de Rilke, me hizo comprender que aún no había cultivado mi propia muerte. Pues hasta para morir hay que saber hacerlo. Y precisamente, la muerte es incómoda no porque venga, sino porque no sabemos cuándo llegará. No sabemos si nos tomará por sorpresa, no sabemos si nos alcanzará en un momento donde nuestros pendientes en el mundo han sido concluidos. Y esa fue la gran enseñanza de la vida de mi amigo. El ser humano se equivoca al considerar que es el único rector de sus acciones. No se me mal entienda, tampoco caeremos en el nihilismo donde nada está en nuestras manos. Sin embargo, lo cierto es que, en esta sociedad, hemos perdido la consciencia de nuestra finitud. Por ello ha sido difícil para muchos adaptarnos a las nuevas circunstancias. No eran nada nuevas, la muerte es la continua acompañante de los hombres. Es nuestro distintivo. Somos los únicos seres mortales, pues somos los únicos conscientes del final.

Mi amigo era muy consciente de ello. Pero no por eso se dejó destruir. En algún momento lo juzgué inmortal. Era un hombre paradójico en el sentido de Kierkegaard. También era un hombre viejo y solitario. En muchos sentidos, volvió a ser mi comunión con los otros. De él aprendí a convivir en humildad. No esa humildad falsa, de la falsa modestia y la simple cordialidad. Sino la honesta, aquella que dignifica a quien la profesa. No sé si yo he alcanzado esa grandeza, lo dudo mucho, pero la muerte de mi amigo me hizo advertir que eso era posible. Él murió en grandeza, y es así como su ejemplo se volvió real. A eso me refería en líneas anteriores, su muerte no me enseñó nada, muy por el contrario fue otro doloroso lance de la guadaña. No será el último. Pero si algo me hace entender su muerte, ha sido la dimensión de su vida. La muerte lo pone todo en su lugar, ya bien lo decía el clásico. Basta con revisar la historia de los megalómanos. Todos se quedaron en silencio y suplicaron cuando la Segadora tocó a la puerta. 

Toleremos el "occiso"

Por Jaime Muñoz Vargas

En aquellas clases de periodismo cualquier maestro nos recordaba la importancia de evitar muchos vicios, uno de ellos el de la sinonimia aparentemente lujosa pero más bien chocante, fallida, chabacana incluso. Así, aunque la prensa seguía a todo mecate manejando palabras de corte seudoelegante o seudoculto, los azorados alumnos éramos formados para sacarles la vuelta como si tuvieran lepra o les debiéramos dinero.

La idea era eliminar radicalmente esas equivalencias chafas, no escribir jamás “tragahumo” en vez de “bombero”, o “galeno” en lugar de “doctor”, o “amante de lo ajeno” en vez de “presunto ladrón”, o “ergástula” en lugar de “cárcel”, o “nosocomio” en vez de “hospital”, o “vital líquido” en lugar de “agua”, o “fémina” en vez de “mujer”, "sexagenario/septuagenario/ octagenario/nonagenario" en vez de "hombre de sesenta/setenta /ochenta/noventa años", y así varios más. A estas alturas ya podemos vislumbrar que la principal usuaria de ese mal gusto era la fuente policiaca, ideal como pocas para ensayar tales exquisiteces, aunque en otras secciones, justo es señalarlo, no escaseaban tics similares.

Y bien, hace un par de días leí la expresión “el occiso” y volví a pensar que pertenece, claro, a la familia ya citada. Sin embargo, le di un poco de vueltas en la cabeza y llegué a la siguiente conclusión: por supuesto que suena como las demás, tiene el tufo igualmente feode sus congéneres, pero creo que ésta sí podemos admitirla. Aunque nadie en la conversación cotidiana diga “el occiso”, sino “el muerto” o “el fallecido” o “el difunto” para referirse al muerto con violencia (como la RAE define "occiso"), en la escritura dentro del contexto mexicano es difícil eludir “el occiso” sobre todo cuando el muerto ya ha sido identificado, no era delincuente y fue víctima de un acto violento o de un accidente. Veamos este párrafo imaginario:

El profesor Nicolás Neyra Root fue encontrado sin vida y con huellas de violencia en su domicilio de la colonia Nuevo Sol. El muerto presentaba heridas en las manos y en la espalda, además de los dos disparos en la cabeza que segaron su vida…

Nótese que si allí cambiamos la palabra “muerto” por “fallecido” o “difunto”, algo nos choca, sentimos que somos demasiado fríos (muerto o fallecido) o populacheros (difunto). No pasa igual si escribimos “occiso”, palabra en la que sospechamos una carga de sentido forense, que tiene algo de valor científico, por lo que disculpamos su sequedad.

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Hay además otro fleco por el que no me parece tan incómodo usarla. Continuemos la nota imaginaria.

Las primeras investigaciones revelaron que Neyra Root llegó a su casa aproximadamente a las ocho de la noche en punto, pues minutos antes había comprado algunos productos en una tienda cercana a su domicilio. Poco después, el hoy occiso volvió a salir con ropa más informal a la misma tienda…

¿Qué hacer aquí? Es lógico que en la descripción no es posible escribir “el occiso” a secas, pues cuando fue a la tienda por segunda vez todavía no lo era, de ahí que sea útil escribir, para salir de apuros, “el hoy occiso” (no “el hoy muerto” y demás). Si no se atiende este detalle, puede ocurrir lo que jocosamente ha pasado en notas sensacionalistas:

Ponciano Ektún Astudillo, de sesenta años, cayó de una azotea y murió instantáneamente al golpearse en el cráneo. El muerto se encontraba reparando un equipo de aire acondicionado…

En todo caso, sé que lo ideal sería redactar de otra manera, pero el periodismo necesita a veces puertas de salida rápida. Ante la descripción de hechos donde la muerte sanguinosa lamentablemente ocupa un lugar céntrico, “el occiso” y “el hoy occiso” son fealdades que por esas sutilezas del sentido tenemos que aceptar así sea a regañadientes.

Mueren ocho en Torreón por COVID-19

El reporte estatal de actualización confirmó 8 muertes nuevas en la ciudad de Torreón por la infección COVID-19. Las víctimas son cuatro mujeres y cuatro hombres entre los 51 y los 81 años de edad.

El detalle del informe también reportó 41 casos nuevos en Torreón, así 262 en todo el estado de Coahuila. 

Hasta el momento, la entidad acumula 9 mil 632 casos confirmados de COVID-19, 3 mil 848 casos activos y 445 fallecimientos.

Sobre la distribución de los nuevos contagios, 51 se registraron en Acuña, 41 en Torreón, 30 en Piedras Negras, 26 en Sabinas, 22 en San Pedro, 17 en Lamadrid, 12 en Saltillo, 11 en Cuatro Ciénegas, 9 en Francisco I. Madero, 9 en Múzquiz, 7 en Sacramento y San Juan de Sabinas, 6 en Viesca, 5 en Allende, 3 en Matamoros, 2 en Monclova y Nava y un caso respectivamente en Morelos y San Buenaventura.

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En cuanto a las nuevas defunciones, 8 fueron registradas en Torreón, dos en Acuña y una muerte respectivamente en Ciudad Acuña, Francisco I. Madero, Nava, Piedras Negras, Saltillo, San Pedro y Matamoros.

Cabe destacar que en las últimas 24 horas se confirmaron en La Laguna de Coahuila 81 casos nuevos y 10 defunciones.

En Coahuila 538 personas se mantienen hospitalizadas, de las cuales 219 están en Torreón, 122 en Saltillo, 59 en Acuña, 49 en San Juan de Sabinas, 48 en Monclova y 41 en Piedras Negras. Además, 5 mil 339 personas se han recuperado de la enfermedad.

Ex funcionaria estatal murió por "broncoaspiración"

Con información de Vanguardia

Luego de que  hallaran el cuerpo sin vida de Mónica María Muñoz Zúñiga, ex Secretaria Técnica de la Secretaría de Turismo y Desarrollo de Pueblos Mágicos del Estado de Coahuila, el Servicio Médico Forense descartó que se haya tratado de un homicidio.

La Fiscalía General del Estado de Coahuila informó que, tras los estudios al cadáver, se determinó que la causa de la muerte se derivó de una broncoaspiración causada por el reflujo de alimentos y no una agresión producto de un robo, asalto o atentado físico.

“En el lugar del hallazgo, el cuerpo se encontraba recostado sobre una cama sin huellas de violencia física o alteraciones en el inmueble”, reportó la Fiscalía, con lo que descartó que Mónica hubiera sido agredida físicamente o que haya habido algún móvil, como el robo en su residencia.

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Mónica María Muñoz Zúñiga es la tercer ex funcionaria estatal adscrita al gobierno de Miguel Riquelme que pierde la vida.

En los dos primeros casos las víctimas fueron José Pablo Ramírez, Subsecretario de Infraestructura, hallado con heridas de arma de fuego abordo de una camioneta y Juan Manuel Villarreal Valdés, ex director de la Promotora de Desarrollo Rural del Estado de Coahuila que fue encontrado sin signos vitales adentro de un remolque para caballos.

 

Cinco personas pierden la batalla contra el COVID-19 en Torreón

Las autoridades sanitarias del estado de Coahuila notificaron la muerte de cinco personas a causa de la infección COVID-19 en la ciudad de Torreón.

Además, en el reporte vespertino de actualización también se dio a conocer una sexta defunción en el municipio de Francisco I. Madero.

Los fallecimientos en Torreón corresponden a cuatro varones de 73, dos de 78 y de 50 años y una mujer de 74 años de edad. Cuatro de las nuevas defunciones corresponden a adultos mayores, grupo más vulnerable frente a la infección.

Por otra parte, se contabilizaron 74 casos nuevos en toda la entidad, de los cuales 34 se registraron en Torreón, cinco en Francisco I. Madero, dos en San Pedro, ocho en Ciudad Acuña, cinco en Piedras Negras, tres en Allende, cuatro,  en San Juan de Sabinas, uno en Saltillo, dos en Frontera y siete en el municipio de Monclova.

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Hasta el momento, Coahuila acumula 2 mil 434 casos confirmados de COVID-19 y 120 defunciones, por lo que la tasa de letalidad estatal asciende al 5.01 por ciento.

En el caso de Torreón, la ciudad llegó a 739 contagios totales, número que casi duplica a las 426 infecciones registradas en el segundo puesto representado por Monclova.

Con las nuevas cifras, la Región Lagunera acumula 1,671 casos de COVID-19 y 99 defunciones, por lo que la tasa de letalidad regional asciende al 5.92 por ciento.

Covid-19 cobra la vida de una mujer en Torreón y llega a 17 muertes

El municipio de Torreón sumó la décimo séptima defunción producto de la infección Covid-19. La persona fallecida era una mujer de 71 años de edad.

El reporte diario de actualización emitido por la Secretaría de Salud Estatal confirmó 17 casos nuevos, que sumados a los 35 publicados este mediodía, da un total de 52 casos nuevos y una defunción.

Sobre los nuevos contagios, cinco corresponden al municipio de Ocampo, cuatro a Saltillo, tres a Torreón y San Pedro y dos a Francisco I. Madero.

Al día de hoy, Coahuila acumula 2,045 pacientes infectados y 106 defunciones, por lo que la tasa de letalidad estatal es del 5.18 por ciento.

Hasta el momento, Torreón es el municipio que concentra la mayor cantidad de contagios del estado de Coahuila, con 546, en segundo lugar Monclova con 391, en tercero Saltillo con 248, en cuarto San Pedro con 244 y en quinto Ciudad Acuña con 103.

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Por otra parte, las autoridades sanitarias también confirmaron seis altas más, en esta ocasión correspondientes a la capital coahuilense, por lo que hasta el momento 783 personas se han recuperado de la enfermedad.

Con la combinación de altas médicas y defunciones, Coahuila cuenta con 1,156 casos activos, es decir, el 51.63 por ciento de los contagios totales que se han registrado desde el pasado 29 de febrero.

Torreón registra una muerte y 18 casos nuevos por Covid-19

Aunque el brote de contagios, en volumen, ha disminuido en algunas regiones del estado, en la Comarca Lagunera, y en particular en Torreón, el crecimiento de la epidemia no ha cesado.

El reporte de actualización estatal señala que de los 45 casos nuevos registrados esta tarde, 32 fueron en la región lagunera. Dichas infecciones corresponden a los municipios de Torreón, con 18, Matamoros, con 3, Francisco I. Madero, con 3 y ocho en San Pedro.

Con las nuevas cifras, la Comarca Lagunera registra 826 casos confirmados de Covid-19 y 51 defunciones, por lo que la tasa de letalidad regional es del 6.17 por ciento.

En cuanto a la distribución de casos por municipio, Torreón se mantiene a la cabeza de La Laguna y de Coahuila con 369, en segundo lugar a nivel estatal es Monclova, con 325, en tercer puesto San Pedro, con 156, en cuarto Saltillo, con 155 y en quinto Piedras Negras, con 63.

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Por otra parte, se dieron a conocer tres defunciones nuevas en la entidad. La primera corresponde a un varón de 53 años originario de Torreón, por lo que el municipio lagunero llegó a 12 muertes. La segunda fue asignada a un hombre de 58 años residente del municipio de San Pedro y la tercera a otro varón de 34 años de la ciudad de Monclova.

Por todo lo anterior, la tasa de letalidad en Coahuila asciende al 6.13 por ciento.

Cabe destacar que a nivel nacional, México vivió el día más duro en cuanto a casos y defunciones nuevas. Sobre las infecciones, se confirmaron 3,912 en todo el territorio nacional, mientras que en la parte de las defunciones se lamentaron 1,092.

Hasta el momento, México acumula 101 mil 238 casos confirmados de Covid-19 y 11 mil 729 defunciones, por lo que la tasa de letalidad nacional es del 11.58 por ciento.