José Agustín de perfil

Ruta Norte Laguna | Jaime Muñoz Vargas

Como tantos, tuve primera noticia sobre José Agustín gracias a la famosa antología El cuento hispanoamericano (FCE, México, 1964, luego ampliada y reimpresa en numerosas ocasiones) del académico norteamericano Seymour Menton. Recorrí aquel libro en dos clases de literatura recibidas durante la carrera de Comunicación, una con Saúl Rosales y otra con Paco Amparán, esto hacia 1982.

Bien organizado según un criterio cronológico que hasta la fecha lo hace útil como material didáctico, el libro de Menton llegaba, hasta mi edición de los ochenta, al cuento “Cuál es la onda”, de José Agustín. No he olvidado el macanazo que significó su lectura, la sensación de haber arribado de golpe a una narrativa que en su insolencia y su ludismo nos (me) informaba que la literatura podía ser también un espacio en el que era viable meter todo lo que nos rodeaba: la música moderna, las maldiciones de la calle, las andanzas y los albures con los amigotes, el consumo de sustancias prohibidas, el sexo a trompicones, el desmadre en suma. No pasó mucho tiempo para que yo accediera a la precoz De perfil (Joaquín Mortiz, 1966), su libro más célebre, y entonces sí me declaré capacitado para considerar que las Letras, con mayúscula, no eran coto exclusivo de la solemnidad y sus almidonamientos, sino territorio en el que las palabras más frescas y las ideas menos tiesas también tenían derecho de circulación en las páginas de los libros.

Tras leer Inventando que sueño (Joaquín Mortiz, 1968) y De perfil, poco a poco fui sumando sus otros libros: La tumbaLa panza del TepoztecoCiudades desiertasSe está haciendo tardeFuror matutino, los tomos de la Tragicomedia mexicana… Pasados los años, tuve además la oportunidad de presentar en Torreón dos de sus títulos, ambos en el Teatro Isauro Martínez: la novela Armablanca y una especie de crónica titulada Los grandes discos de rock (1951-1975), libro que comenté a teatro lleno y no sin dejar de sentir alguna envidia del público roquero de La Laguna, que seguramente me consideró, y con razón, un diletante en aquel tema.

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Además del par de libros dedicados por José Agustín luego de las presentaciones, conservo una foto con él y en la memoria dos o tres conversaciones trenzadas a propósito de encuentros casuales en ferias. Lo recuerdo como un tipo de sonrisa fácil, atento a lo que uno le decía, inteligente y siempre “prendido”, para decirlo con un modismo de su juventud.

José Agustín, el eterno muchacho rebelde de la literatura mexicana, murió ayer a los 79 años. Descanse en paz.

Encuentros fortuitos, el cuento como desafío

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Entre otras, una de las responsabilidades del editor es, a veces, cuando no hay quién lo materialice o se lo piden, escribir el texto que aparecerá en la espalda del libro, aquel lugar que todos hemos visto ubicado en lo que la mayoría conoce como “contraportada” y en el argot editorial denominamos “cuarta de forros”. Suele ser un texto no firmado y siempre, sistemáticamente, elogioso, pues lo que procura es invitar al potencial lector a comprar el libro y quizá también, si no es mucho pedir, a leerlo. Por ello, es muy difícil, por no decir imposible, encontrar que este género de escritura consigne que el libro es aburrido o prescindible. El texto de la cuarta de forros presupone el aplauso, el espaldarazo y muchas veces el confeti más irresponsable.

Cuando escribí y firmé las palabras para la cuarta de forros del libro Encuentros fortuitos (UANL-Ibero Torreón, 2023) ya estaba segurísimo de mis afirmaciones, sobre todo de la última línea. Cito el convite: “El dolor, la rabia, el humor, la desesperanza, el vacío y la incertidumbre son algunas de las estaciones del alma que atraviesa Encuentros fortuitos, segundo libro de cuentos de Miguel Báez Durán. Armado con una prosa más que bien templada y en todo momento espesa de literatura, el autor nos lleva a convivir con personajes que habitan la frontera simbólica entre México y Canadá, sujetos cuya inestabilidad nos permite suponer, por extensión sinecdóquica, la inestabilidad de la vida, el monstruo que acecha detrás de cualquier rutina o sensación de bienestar. Así, una turista canadiense entregada a la caridad indolora pierde misteriosamente la vida en Cancún, una madre alucina con las caricaturas niponas que podrían contaminar a su hijo, unos pelagatos edifican a punta de memeces su indestructible ego, una mujer es acosada por los arañazos del amor y la maternidad, un escritor revisa su fracaso en el espejo del reconocimiento ajeno y remotísimo, un inquilino con anhelos de serial killer reflexiona sobre el cese taxativo del ruido en su vecindario y, por último, un sujeto queda hecho pomada por la belleza fugaz e inalcanzable. He aquí, dicho de manera muy sintética, el contenido de Encuentros fortuitos, libro que evidencia la pericia narrativa de Miguel Báez Durán, escritor pleno de imaginación y de recursos para usarla, sin duda un maestro del nocaut cuentístico”.

Insisto: al escribir lo anterior sabía que el minitexto de la cuarta debía terminar de manera categórica y subrayar que Miguel Báez Durán (Monterrey, NL, 1975) es un “maestro del nocaut cuentístico”. Razonar esta afirmación aparentemente excesiva es el propósito de los renglones que ofrezco a continuación.

Diré en esta nueva oportunidad, para empezar, lo que he repetido muchas veces sobre todo en los talleres literarios: que el cuento es un género literario peliagudo, fácil nada más para quienes lo observan desde la otra orilla del río. Es pues un error juzgarlo por su complexión breve, pensar que el cuentista es un tipo que se sienta, relata una anécdota y termina en la cuartilla dos o cinco o diez, cuando la aventura narrada ha terminado. Así de sencillo y así de falso. Se le minusvalora en principio por su brevedad: ¿qué tan difícil puede ser sancochar un texto corto?, piensan muchos. Lamento decir que la brevedad es apenas su característica más saliente, la punta de un iceberg que debajo esconde —cuando el cuento es eficaz, cuando el cuento es, como quería Poe, impactante— un montón de malicias, tantas que por ello muchos narradores le sacan la vuelta y optan por la escritura quizá más relajada de la novela, género que asimismo demanda otras pericias.

Pues bien, digo que Miguel Báez es un maestro del cuento no por capricho o por los imperativos de la amistad, sino porque sus cuentos son dispositivos literarios que admiten la lectura más puntillosa. En Encuentros fortuitos no asistimos a la escritura de un aprendiz, de alguien que apenas tantea con paso titubeante el terreno movedizo del cuento. Al contrario, en este libro estamos frente a la presencia de un narrador ya dueño de todos los recursos necesarios para articular historias compactas, emotivas, dignas de figurar en la biblioteca más rigurosa. Pienso de nuevo en la extensión; pese a que se trata de cuentos largos, la apretada intensidad de cada pieza crea la impresión de vertiginosidad, rasgo propio del cuento, casi como si en la lectura asistiéramos a un viaje en caída libre.

Los cuentos avanzan sin detalles que queden librados al azar, sin distracciones parasitarias, siempre al servicio del asunto central, siempre apegados al conflicto del protagonista. Desde cada uno de los arranques sabemos de un propósito, de un deseo clavado como daga en el espíritu de cada personaje principal, y hacia allá, a ver cumplido o frustrado ese deseo, avanzamos guiados por una prosa que no se da reposo en su fluidez, casi frenética en el despliegue de las peripecias y sin embargo espesa de belleza literaria, henchida de giros que nos permiten apreciar la soltura de un narrador que se apodera de un tono y no lo suelta hasta persuadirnos de que lo contado está muy bien contado, con las medidas justas de velocidad, introducción de detalles y verosimilitud.

En los siete cuentos que habitan este libro conviven las mejores herramientas de la narrativa. Por ejemplo, una que no es frecuente encontrar en otros escritores: la capacidad para bucear minuciosamente en el alma de los personajes, la destreza para sumergirse en interiores atormentados, en vidas que encallan en miedos, en odios, en obsesiones, en tristezas recónditas, en muy pocos, poquísimos o de plano nulos motivos de alegría. No se ha equivocado Saúl Rosales, quien tras leer los cuentos de Encuentros fortuitos me comentó que, natural o aprendido, hay algo de destoyevskiano en los microcosmos urdidos por Miguel Báez. Y sí, la mayor parte de los personajes que deambulan por estas páginas son sujetos sujetos a un pequeño infierno, seres incrustados en la urbe que bajo la cutícula de civilización no pueden evitar los manotazos de la soledad y la barbarie.

He compartido con su autor los títulos de mis relatos preferidos. Con los libros de cuentos, como ocurría antes con los discos y sus canciones, siempre pasa esto: uno selecciona en la cabeza las piezas que más le cuadran. No citaré aquí cuáles son, para no prejuiciar más al lector con mi opinión. Sólo diré, como cierre de mi reseña, que este libro es un dechado de libro de cuentos, que todos sus párrafos han sido concebidos, problematizados, ejecutados y revisados con lupa por un escritor lagunero desbordante de talento literario y voluntad creativa, por Miguel Báez Durán, un narrador que ha aceptado los desafíos del cuento y ha salido airoso como lo que es: “un maestro del nocaut cuentístico”.

Comarca lagunera, 22, noviembre y 2023

Nota. Texto leído en la presentación de Encuentros fortuitos (UANL-Ibero Torreón, 2023) celebrada el 22 de noviembre de 2023 en la Galería de Arte Contemporáneo del Teatro Isauro Martínez, Torreón. Participamos Mariana Ramírez Estrada, el autor y yo.

Presenta La Tinta Cafebrería actividades para el cierre de octubre

La Tinta Cafebrería es un espacio que busca generar diferentes comunidades a través de las actividades literarias, y propiciar distintos diálogos y reflexiones, por lo que, del 25 al 28 de octubre, ofrecerá diferentes actividades alrededor de la lectura, la escritura y los libros, dirigidas al público en general.

Las actividades en la Tinta Cafebrería

El miércoles 25 de octubre, a las 7:30, el colectivo de narradores orales Palabristas en el desierto se presenta con la actividad Cuentos de Halloween, en esta ocasión, participan Elías García, de Escénica Fantoche, Moka Cuentacuentos y Ena Galíndez. Es una actividad para todo el público, de cooperación voluntaria.

El jueves 26 a las 7 de la tarde, se llevará a cabo el círculo de lectura. La actividad se realiza cada jueves, está dirigido a adolescentes y adultos y tiene un costo de $50 la sesión. Incluye el material de lectura. Para asistir hay qué confirmar la asistencia.

El viernes 27, a las 7:30, será la velada literaria Un relámpago en la hoja, en la que participa Alfredo Castro Muñoz y Lucila Gamboa con lecturas de sus poemas. El evento está dirigido a adolescentes y adultos.

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El sábado 28, a las 7 de la tarde, se llevará a cabo el primer Drink&Write, actividad que consiste en realizar ejercicios de escritura creativa mientras se disfruta una bebida. Esta actividad está dirigida a mayores de 18 años.

Además de este calendario, se tendrán las actividades fijas, como el Miércoles Literario, a cargo de Elena Palacios y Claudia Soto, de 4:30 a 6:30, y el Taller de Escritura Poética, a cargo de Caleb Landaverde, el miércoles a las 7:00.

¿Dónde está La Tinta Cafebrería?

La Tinta Cafebrería se ubica en Paseo Morelos 559 pte, entre Leona Vicario e Ildefonso Fuentes, a cuadra y media de Plaza Mayor, en el centro de Torreón.

Se pueden pedir informes a través del teléfono y whatsapp 871 711 22 60 y de las redes sociales Facebook e Instagram @latintacafebreria.

Herbert observa

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Entre los muchos libros de la Secretaría de Cultura disponibles en línea está Un borracho que se cree invisible, de Julián Herbert (Acapulco, Guerrero, 1971). No es un libro central en su producción ni uno de los ya numerosos que le han granjeado premios como el Gilberto Owen (2003), Juan José Arreola (2006), Jaén de Novela (2011) y Elena Poniatowska (2012), entre otros, pero es muy representativo de la mirada, por decirlo así, herbertiana: una mirada perspicaz, aguda, disruptiva y ágil en la observación de la realidad como escenario de lo paradojal y lo grotesco.

En Un borracho que se cree invisible, el autor de Canción de tumba trabaja en una tesitura a caballo entre el relato literario y la crónica periodística. En esta hibridez, jamás podremos saber bien a bien en dónde están las fronteras entre ficción y realidad, cuáles son los límites entre lo imaginado y lo realmente vivido. No importa, sin embargo, pues más allá de precisar las borrosas líneas divisorias entre fantasía y verdad lo que atrae en estos ¿relatos? (uso la palabra más ambigua posible) está en la ironía por la que tamiza Herbert todo lo que piensa.

Por ejemplo, en el segundo de sus textos (sigo con la ambigüedad a la hora de nombrarlos), titulado “Mi mamá me mina”, la formula ya lexicalizada que termina en “mima” es subvertida con una sola letra y transforma su sentido en lo contrario. Ahora bien, su planteamiento inicial enfatiza su ánimo subvertor de las ideas ya cristalizadas por la tradición o la costumbre: “Todos necesitamos una madre con quien desquitarnos de estar vivos. O, ¿por qué otra razón las amaríamos tanto? Claro: ellas velaron por nosotros cuando estábamos enfermos, nos dieron lechita y un vocabulario, asistieron desveladas a ese horrendo show donde salíamos disfrazados de pollitos, se soplaron más de dos veces las divisiones de quebrados, nos consintieron berrinches por los que aún sentimos nostalgia. Pero esas nimiedades no bastan para querer a alguien más allá de los límites del decoro. Si fuera así, ninguno de nosotros sabría lo que es un rompimiento o un divorcio. No: el amor incomparable solo florece si lo riegan las aguas elementales del rencor”.

Insisto: esta línea apartada, lejana a la línea de lo que preconcebimos como lógico u obvio, se enfatiza texto tras texto en Un borracho que se cree invisible. En ocasiones no sólo en el contenido, sino también en la forma, como sucede en “Historia y evolución de las ideas fijas”, texto en el que Herbert no nada más va a quebrantar la idea, sino que lo hace en un formato que habitualmente encontramos como fijo, rígido, serio e inamovible, el formato que podríamos llamar “requerimientos para curso”. ¿Qué pasa aquí? Que el escritor acapulqueño-saltillense apela al mencionado esquema para convertirlo en papilla mediante el método, se me ocurre denominarlo así, de las hipérboles delirantes:

“Instructor:

Julián Herbert

Duración:

120 horas repartidas en 5 sesiones de 24 horas cada una

Número de asistentes:

2,500 (mínimo)

Requerimientos técnicos:

Un campo de golf, sistema de salida de audio RTM-PowerDrift (se adjunta rider), un dispositivo Classroom Papamóvil modelo 94 a prueba de balas (para uso exclusivo del Instructor), dos pizarrones verdes, 20 cajas de gises blancos blandos (de los que no rechinan), dos mochilas de libros (pueden ser nuevos y estar plastificados: no son para leer sino para cumplir funciones propias de un osito de peluche) y 100 sobres individuales de figuras Playmobil azules y rosas (previamente abiertas: son para ser armadas por el Instructor en sus ratos de ocio) (así que mucho cuidado con las piezas chiquitas, ¿eh?). Ah, sí: y medio litro de agua Bonafont”.

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¿Para qué sirve un texto como éste? Formulo esta otra pregunta retórica. Respondo: para nada y para mostrar que los requisitos de muchos cursos de cualquier disciplina a veces colindan con el disparate, son absurdos como los cursos a los que convocan.

No creo que sea necesario traer más ejemplos de lo que contiene Un borracho que se cree invisible. Está dividido en tres secciones más o menos simétricas (“Vomitar encima de personas ilustres”, “Intermedio, 8 fábulas” y “Las ciudades destruyen las costumbres”); en todos ellos hay algo, un rasgo, o muchos, que transforman al texto en pedrada al foco de la vecina, en escupitajo al tipo con traje, en eructo durante la ceremonia nupcial, es decir, en transgresión, en travesura, en maldad que bien mirada tiene siempre un fondo de razón, de lógica. Y si no tuviera todo esto, tiene asimismo valores muy apreciados en un libro: sentido del humor y buena prosa.

Descubrimiento de Didier Eribon

Ruta Norte Laguna | Jaime Muñoz Vargas

Gana el Nobel o muere un escritor islandés y de inmediato salen a opinar, no sin autoridad, comentaristas que muestran fotos con la obra completa del susodicho y explicaciones tan articuladas que parecen párrafos de tesis. No estoy siendo irónico, creo de verdad que hay lectores totales, máquinas de conocerlo, comprarlo y deglutirlo todo, y lo que a mí me parece un escritor recóndito, absolutamente desconocido, para algunos es autor de cajón, figura habitual en los entrepaños de sus bibliotecas. En fin, voy a otro ritmo, y nada sé sobre los inmortales del momento eslovacos o tunecinos.

Luego de esta intro abochornada por frontal en la asunción de mi ignorancia, sigo con una reseña que comienza aquí en modo anécdota (“en modo” es una locución adverbial reciente y puesta en circulación, creo que como calco del inglés, por el argot de la telefonía móvil: “en modo vuelo”): allá por junio ingresé a una librería de viejo y en el hurgamiento no saltaba nada que esfumara mi desinterés. Estaba por claudicar y salir con las manos despobladas, pero me detuve en un libro que ya había visto antes varias veces en ese mismo sitio atestado de títulos imprevisibles. O sea, ese libro había recibido mi recurrente desdén y quizá, porque allí seguía, el de muchos otros potenciales compradores. El caso es que, dado el nulo fruto de aquella incursión a la librería, me detuve en el volumen y leí su cuarta de forros. Bien. Luego leí la semblanza del autor en la primera solapa, e igual, bien. Ya observado con un poco de detenimiento, el libro parecía ofrecer algo bueno por los pinchurrientos ochenta pesos que costaba. Y me lo llevé.

Al llegar a casa (era sábado) comencé a deslizar mi atención en la primera página de Regreso a Reims (Libros del Zorzal, Buenos Aires, 2015, 250 pp., traducción de Georgina Fraser), de Didier Eribon (Reims, 1953). Lo que pasó después de acceder a esos renglones es que ya no pude detenerme y para el domingo en la noche lo había terminado. Y pensé: “Este será uno de los mejores libros que leeré en 2023”. Es agosto, llevo varios leídos, claro, pero Regreso a Reims sigue estando entre mis nominados para llevarse el galardón “El mejor libro que leí en el año”, premio que por otro lado a nadie le importa, salvo a mí.

¿Y qué es Regreso a Reims? Han pasado más de dos meses desde que lo leí y conservo intacto lo que me deparó, tanto que casi no necesito tener el libro a la vista para reseñarlo. Es una memoria, la del sociólogo y filósofo Didier Eribon. Su encanto, el poder persuasivo de esas páginas, radica, creo, en la sinceridad con la que asume el tema de su libro que —como decía Montaigne— es el mismo autor y la apretada maraña de dificultades que encaró para llegar a la respetabilidad intelectual de la que ahora goza. Hijo de una familia pobre, ignorante y algo disfuncional por lo violenta, Eribon debió romper a ciegas el cascarón de su futuro académico y, junto a esto, lidiar con el descubrimiento, otra adversidad, de su condición homosexual.

La recordación es tan minuciosa como severa: además de relatar las circunstancias necesariamente difíciles para un chico y luego un joven con aptitudes pero sin orientación ni recursos, Eribon analiza los pliegues de su conducta, la manera en la que fue construyendo su visión de la realidad, lo que incluye, conforme avanzaba a los tumbos su vida académica, la vergüenza de su origen social en un medio, el académico francés, que no excluye el clasismo y está diseñado para anular la movilidad ascendente. Como buen sociólogo, Eribon coloca su individualidad en los contextos políticos y culturales que se fueron dando en su país y su llegada a un plano en el cual la cátedra y los libros testimonian que, pese a todo, alcanzó un pico alto de respetabilidad intelectual.

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En suma, Regreso a Reims describe en primera persona, sin eufemismos, sin ambages, la accidentada edificación de un destino. Para cuajar en lo que cuajó Eribon, fueron determinantes la voluntad y ciertas carambolas favorables, no la estructura de un sistema diseñado para escamotear oportunidades a quienes comienzan el partido de sus vidas perdiendo cinco goles a cero.

Didier Eribon es autor de una biografía de Michel Foucault (traducida a veinte idiomas) y ha publicado también varias obras como Identidades: reflexiones sobre la cuestión gayUna moral de lo minoritario Herejías: ensayos sobre la teoría de la sexualidad. Es hoy considerado uno de los intelectuales franceses más importantes; la Universidad de Yale le otorgó en 2008 el James Robert Brudner Memorial Prize.

Su Regreso a Reims es un libro inteligente y entrañable al mismo tiempo.

It began abroad: Natalia Maynez presenta su primer libro

El espíritu creativo de Natalia Maynez Porras explotó cuando tomó la decisión de emprender una larga aventura en Tailandia, a miles de kilómetros de su hogar, en la Comarca Lagunera.

Poco después de las 7 de la tarde del jueves 13 de julio, decenas de personas se dieron cita en la Galería de la antigua casa del artista, afincada sobre la Calzada Colón y Avenida Juárez, para dar la bienvenida al primer libro de la joven nacida en Torreón hace 23 años. Familiares, amigos y público en general tuvieron la oportunidad de formar parte de una presentación poco usual, en el que se le dio lectura a diálogos escritos en el libro, intercambio de preguntas y respuestas y relatos de anécdotas personales de la autora que dieron vida a la publicación.

Arturo Valdés, creador de contenido y amigo personal de Natalia Maynez, fue el presentador del libro y fincó una dinámica a modo de entrevista con la autora para que la presentación fuera más cercana y personal con el público.

El sueño de Natalia Maynez nació en el extranjero

A los 16 años, Natalia Maynez compartió con su familia el deseo de realizar una estancia prolongada en el extranjero. Como adolescente, la posibilidad de recibir permiso era complicada. Finalmente, recibió el paso libre y comenzó el sueño que fue traducido en un libro.

A través de diarios, Natalia fue escribiendo sus vivencias; lo que platicaba y olía y veía y sentía. Llegó un momento, en que esos testimonios que estaban guardados en su biblioteca, alzaron sus brazos y llamaron a su autora a nacer, a ver la luz.

"El mensaje de mi libro es motivar a las personas a salir de las expectativas. Viajar, salir, salirse de su zona de confort y ver que el mundo es demasiado grande, que hay demasiadas culturas y demasiada belleza por todos lados", comentó la autora.

En la contraportada del libro, Natalia Maynez imprimió un mensaje que invita a los futuros lectores a reflexionar sobre la vida y las expectativas que se pudieran generar en torno a ella.

"La vida es un juego diseñado para hacer conexiones significativas con los demás", dice la contraportada de It began abroad.

¿Cómo nació la pasión de Natalia Maynez?

En la vida se presentan momentos inesperados que dan dirección al destino de las personas. En el caso de Natalia, el periodo de pandemia, la crisis y el confinamiento la orillaron a escribir. Sin darse cuenta, la joven creadora se encontró con una de sus grandes pasiones: la escritura.

"En 2021 decidí recordar lo que era sentirse libre. Leí el diario y llegué a la conclusión que las aventuras escritas eran demasiado extraordinarias para olvidarlas", comentó Natalia Maynez durante la presentación.

Pese a que el español es su lengua materna, la autora decidió escribir el libro en inglés porque éste fue el lenguaje con el cual pudo conectarse con el mundo durante su estancia en Tailandia.

"Al momento de llegar a Tailandia yo no hablaba inglés. Siempre he sido un tanto impulsiva y aventurera, no consideré seriamente que iba a vivir sola en Asia, a los 16 años de edad, sin hablar el idioma local y universal, era una idea curiosa e ilógica, pues sólo tomé la oportunidad que se me estaba presentando".

Así, Natalia comenzó a entrenar a su cerebro para aprender a comunicarse. Sin tomar clases, la joven autora comenzó a leer en inglés,  a ver series y películas con su idioma original para poder trascender las barreras culturales que tuvo que enfrentar al otro lado del planeta.

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"It began abroad está escrito con todo mi corazón, con todo mi esfuerzo. Puse todo de mi parte para que este proyecto se concretara bien. Busqué ayuda para dar el profesionalismo de una novela publicada", agregó.

It began abroad está disponible en la tienda virtual de Amazon. Se puede adquirir en versión digital, pasta dura y pasta blanda. Es un libro escrito por una lagunera, en un idioma extranjero y que invita a las y los lectores a vivir y a disfrutar la vida.

Macedónica edición

Ruta Norte Laguna | Jaime Muñoz Vargas

Hace quince años, el escritor argentino Fabián Vique sentó la primera piedra de un proyecto llamado Macedonia Ediciones. Lo hizo en su ciudad natal, llamada Morón, en la zona del llamado conurbano bonaerense. Su idea central era abrir cancha, sobre todo, a la microficción, género que, como el cuento y la poesía, tenía y sigue teniendo una presencia marginal en los sellos editoriales más poderosos. A los libros con relatos brevísimos, Macedonia añadió títulos de poesía y un poco, también, de ensayo, novela y cuentos más convencionales. En su nómina autoral destacan escritores de Argentina, pero también los hay chilenos y peruanos.

Macedonia ha sido pues un enclave de la microficción en Sudamérica, y su trabajo ha hecho pinza con otros emprendimientos importantes como el de Micrópolis (Perú), Brevilla y Letras de Chile (Chile) y Ficticia (México). Se puede decir, por ello, que si en nuestro espacio geográfico y lingüístico el cuento súbito se ha desarrollado en los recientes años, esto se debe a la labor callada y tenaz de editores con innegable vocación por una forma de escritura cada vez más frecuentada por escritores y lectores.

El trabajo de Vique se vio enriquecido por la colaboración de José Luis Bulacio, también escritor y editor. Ambos han configurado un catálogo nutrido de títulos que son evidencia de lo creativo y resistente que puede ser el deseo de difundir, a terca contracorriente, literatura al margen de los reflectores.

En la presentación de su web, los macedónicos observan: “Somos un sello independiente creado en el año 2008, en Morón, Provincia de Buenos Aires, Argentina. Nuestra materia central es la Literatura.

Nos deleita especialmente lo breve, aquello que en pocas palabras puede dar aquel cross a la mandíbula del que hablaba Roberto Arlt, o esa visión del mundo que proponía desde la alcantarilla Alejandra Pizarnik. Pero también hemos hecho espacio a otras especies como la novela, la crónica, al análisis del discurso, la Historia, el ensayo y la literatura infantil.

Integran nuestro catálogo autores contemporáneos que se caracterizan por sus propuestas creativas, innovadoras, arriesgadas y bellas. Voces jóvenes sobre todo, no por la contingencia de la edad, sino por la frescura de su obra.

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Nuestro nombre se debe, precisamente, al más joven de los “viejos”, Macedonio Fernández, autor de obras imprescindibles como el Museo de la Novela de la Eterna y Papeles de Recienvenido.

Participamos de congresos, ferias y encuentros nacionales e internacionales dedicados a las Letras, además de colaborar con publicaciones y programas radiales orientados a lo literario. Nuestra aspiración es seguir creciendo, dando a conocer a talentosos autores de todos los rincones del país y de Hispanoamérica en su conjunto. Conducimos este colectivo incontable José Luis Bulacio, Lara Tonco y Fabián Vique.

Compartimos la felicidad de ser parte de los libros y los universos que los libros son”.

Felices quince años para Macedonia, y a festejar con ellos in situ.

Velocímetro de la lectura

Ruta Norte Laguna | Jaime Muñoz Vargas

Durante el fin de semana largo vi a mi hija menor enfrascada en la lectura de El hombre en busca de sentido, el famoso libro de Viktor Frankl sobre los campos nazis de concentración. En una materia le habían impuesto esa encomienda y luego comentar el contenido en el aula, esto como parte de la calificación semestral. Mientras desahogaba el trámite, en una pausa alimenticia, me abordó: “Papá, me medí el tiempo y en una hora pude leer veinte páginas. ¿Tú puedes leer más rápido, verdad?”

Dudé unos segundos en responder, pero luego del breve titubeo recordé que ya había pensado algunas veces en la lectura rápida y en los cursos que enseñan a leer a la velocidad de la luz. No creo en eso. Creo de manera simple que la velocidad de la lectura depende principalmente de dos factores: 1. La densidad del texto, y 2. La capacidad del lector para procesarlo en un grado decoroso de comprensión. Me pongo como conejillo de Indias: si leo una novela de Dumas, que no es simple pero tampoco densa, puedo sentir que avanzo a una velocidad alta en comparación a la velocidad que imprimiría si leo a Foucault. Puede ocurrir que una página del filósofo me demande igual cantidad de tiempo que la del novelista, pero es evidente que la comprensión no se dará igual: la densidad del texto me obligará a trabajar más despacio, y aún así es probable que no logre procesar bien lo leído, de manera que deberé releer, es decir, invertir más tiempo.

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La velocidad de la lectura no puede ser pues considerada en el aire, sin saber a qué texto nos referimos y qué tipo de lectores somos. Por ello, como moraleja de la anécdota filial, le hice a mi pequeña una gráfica elemental referida a un mismo hipotético libro: alguien invierte media hora leyéndolo y no comprende frente a alguien que invierte una hora y lo comprende. Quien leyó media hora y no comprendió no sólo no entendió, sino que perdió una valiosa media hora. En cambio, quien depositó una hora y comprendió, gastó una hora y ganó un conocimiento que puede durarle para siempre.

En suma, la velocidad importa poco o nada frente a la comprensión. Esto, y también disfrutar, es lo que debemos buscar en la lectura, no pasar las hojas más aprisa pero en blanco, sin saber qué ha ocurrido sobre el papel.

Fantasía tripartita de Ángel Iván Hernández

Ruta Norte Laguna | Jaime Muñoz Vargas | @rutanortelaguna

Fragmentos de imaginación (SNTE 38, 2022, Guadalajara, 147 pp.), libro de Ángel Iván Hernández Domínguez (Matamoros de La Laguna, Coahuila, 1988), es un muestrario tripartita de narraciones fantásticas. En general, el relato fantástico no ha sido el más frecuentado en el contexto de nuestra lengua, y tengo para mí que siempre será mayoritaria la cantidad de textos escritos y publicados en clave realista. Ignoro la razón de esta disparidad, por qué entre nosotros no es tan habitual la práctica de la escritura fantástica como sí lo es en Europa y Estados Unidos.

Un poco por simple afán didáctico frente a grupos que no distinguen una literatura de la otra, he atrevido en mis clases una clasificación elemental, la más sencilla que se me ha ocurrido articular a partir de las evidencias, es decir, en función de los productos narrativos del cine y la literatura. Digamos que hay dos grandes vertientes, dos territorios polares en el ámbito de la producción narrativa textual (y audiovisual); uno, el de la literatura realista, y dos, el de la literatura fantástica.

Explico que, por ejemplo, en mi caso tiendo a trabajar en el espacio de la literatura realista. Esto, si no lo aclaro, suele ser confundido con la narrativa autobiográfica. Si un personaje se levanta, va al trabajo, lo despiden y por ello, ante su bancarrota, decide vender las joyas que guarda su madre, no ocurre un solo hecho sobrenatural, fantástico. Sin embargo, hay que enfatizar que ese realismo también es ficcional, que en ningún momento el autor se levantó, fue al trabajo, lo despidieron y por ello, ante su bancarrota, decidió vender las joyas que guardaba su madre. Si bien el realismo puede apelar a experiencias reales vividas o escuchadas por el autor, el sobrentendido es que sus lectores deben leerlo como productos de la imaginación, no como confesiones anecdóticas y autorreferenciales.

En el otro gran territorio, el de la literatura fantástica, es menos problemática la explicación, pues resulta casi imposible que el lector asocie o asimile los hechos sobrenaturales, irracionales, mágicos, a la experiencia del autor. Es decir, si en un cuento o novela aparecen seres que vuelan, naves estrafalarias, sujetos que atraviesan las paredes, monstruos bicéfalos y demás, es seguro que el creador se ha ceñido a los fueros de la fantasía pura, sea cual sea su tendencia, género o vertiente.

El libro Fragmentos de imaginación traza 17 piezas narrativas cortas, todas de índole fantástica. Está dividido en tres estancias, cada una dedicada a un predio distinto de la fabulación: el primero, “Reglas del viaje”, está compuesto por cinco cuentos regidos por lo que solemos llamar ciencia-ficción o narrativa de anticipación. El segundo, “Invocación”, arracima igualmente cinco textos en los que Ángel Iván Hernández camina por lo terrorífico, y, el último, “Archivo clasificado”, contiene siete relatos vinculados a temas inexplicables por sobrenaturales.

Ángel Iván Hernández es profesor de educación básica. En el año 2014 participó con el cuento “Misericordia” para el libro Déjame que te cuente, publicado por la Sección 38 del SNTE. En 2017 publicó un libro pedagógico sobre historia de México para niños de quinto grado llamado Los crononautas en la historia de México, que se presentó en la Feria Internacional del Libro Coahuila 2017. En el año 2019 publicó el libro de cuentos titulado A la luz de una velaCuentos de enigmas y misterio, también presentado en la FILC.

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“Desde muy niño, mi cerebro siempre ha sido muy activo: siempre imaginando cosas, personajes, situaciones, fantaseando. Yo no encontraba dónde habitar esas ideas. Y, al estar en la primaria, cuando me pusieron a escribir, me sentí muy cómodo al expresar en letras lo que yo imaginaba”, ha declarado el autor en una entrevista reciente. Pues bien, el producto de esta imaginación activa, desbordada, habita en este libro de Ángel Iván. Confío en que sus lectores lo acompañarán en la travesía por mundos y realidades que están más allá, mucho más allá, de lo inmediato, pues, como también lo ha dicho el autor, “Esa es la esencia de mi libro. La imaginación es el eje rector de la humanidad, sin ella no somos nada”.

Nota. Texto leído en la presentación de Fragmentos de imaginación celebrada el 22 de febrero de 2022 en la sede del Instituto Municipal de Arte y Cultura de Torreón. Participamos el autor, Germán Cravioto (editor del libro) y yo.

Gilberto Prado Galán: un escritor de grandes ligas

Gilberto Prado Galán fue el mejor palindromista del mundo, dijo Jaime Muñoz Vargas en la presentación del libro "Gilberto Prado Galán: exhumación de su imagen", ante una abarrotada Galería de Arte del Teatro Isauro Martínez.

Gilberto Prado Galán: exhumación de su imagen

El 21 de octubre de 2022, el ensayista, poeta y palindromista lagunero perdió la vida a los 62 años en la Ciudad de México. La noticia conmocionó al gremio literario de todo el país y caló hondo en la Comarca Lagunera. Prado fue un creador y un gran pensador que trascendió en su tiempo y que dejó huella en quienes lo escucharon y leyeron.

Como nadie en la historia, Prado Galán ganó un premio de ensayo en el que el jurado estuvo compuesto por Gabriel García Márquez, Carlos Fuentes y Eduardo Galeano. Con éste último, de acuerdo con Jaime Muñoz , mantuvo una gran amistad.

El mismo Muñoz Vargas, amigo de la juventud de Prado y uno de sus más grandes admiradores, diseñó, editó y compiló un libro a manera de homenaje a la carrera de Gilberto Prado Galán. Reunió 17 textos que ha escrito a lo largo de los años y que hablan sobre la obra, talento, agilidad mental, y genial manera de jugar con la lengua española y de transmitir ideas con la precisión de un sicario sinaloense que tenía el creador lagunero.

Para la presentación del libro, estuvieron invitados Saúl Rosales Carrillo, maestro de Prado y de Muñoz Vargas y Arcelia Ayup, escritora lagunera quien también pudo compartir amistad y textos y literatura con Prado durante muchos años.

La huella que dejó Gilberto Prado Galán

El alumno más avanzado. Así definió Saúl Rosales a Prado. Su escritura ya era madura poco después de la adolescencia. La primera publicación del grupo literario Botella Al Mar, integrado por Jaime Muñoz, Enrique Lomas, Pablo Arredondo, el mismo Prado y encabezado por Rosales Carrillo, fue un libro de poesía autoría de Prado Galán que, a decir de Muñoz y del propio Rosales, hoy se pudiera reeditar sin hacer ni una sola corrección.

Dentro de la obra literaria de Gilberto destacan tres libros de palíndromos: "A la gorda drógala", "Efímera lloré mi fe" y "Sorberé cerebros", así como libros de ensayo, poesía y columnas periodísticas.

Gilberto estuvo casado con Leticia Santos Campa, su finada esposa a quien le dedicó su último libro "Ella era el jardín", publicado en 2022 por el Instituto Municipal de Cultura y Educación de Torreón.

"Traté de evidenciar en toda ocasión que divulgar su obra escrita era un imperativo de mi trabajo", dijo Jaime Muñoz durante la presentación del libro.

Para los presentadores, la única manera de inmortalizar a Prado es a través del consumo de su literatura. "Gilberto Prado Galán: exhumación de su imagen", es un libro que introduce, con la prosa exquisita y fina de Muñoz Vargas, al mundo literario de un genio que se adelantó de manera intempestiva.

Como era natural, la publicación voló en la presentación. Los asistentes comenzaron a preguntar en dónde podían conseguir y consultar la obra del palindromista.

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A decir de Saúl Rosales Carrillo, en La Laguna hay excelente literatura, pero lamentó que los lectores opten por consumir a autores foráneos.

Tras poco más de una hora, la presentación del libro en homenaje a Prado Galán terminó con un contundente aplauso. La muerte del escritor torreonense aún quiebra a sus seres queridos pero su vida trascendió y sigue ardiendo a través de obra.