Porfirio, el Mago Sabio de la República

Julián Mejía Berdeja | @julmeber

Con mi más sentido pésame a los familiares, amigos y colaboradores de Porfirio Muñoz Ledo.

Conocí a Porfirio Muñoz Ledo en 1997, justo cuando se encontraba en uno de los mejores momentos de su carrera política. Nunca olvidaré su amabilidad, su atención a mis inquietudes y su simpatía hacia La Laguna. A partir de entonces, y gracias a la intervención del Lic. Jorge Torres Castillo y de Alfonso Velasco Salazar, me mantuve en contacto con él, logrando con el paso del tiempo el que me distinguiera con su amistad. Siempre me pareció que Muñoz Ledo tenía un aura de Mago Sabio, la de alguien situado más allá del bien y del mal, de las simples y mundanas definiciones; la de un ser capaz de percibir una realidad más aguda, de leer los signos de los tiempos, anticipar el cambio de eras y encauzar energías contrapuestas. De ser una criatura con la habilidad requerida para vencer gigantes, enfrentar dragones y derribar murallas. Alguien facultado para adentrarse en los reinos de las izquierdas, de las derechas y en las tierras del centro, un heraldo de la patria cuya encomienda era la de intentar construir canales de diálogo, advertir sobre las amenazas que se ciernen y conminar a sus líderes a que se unan en torno a una misma causa: terminar con la presidencia imperial e impulsar la Reforma del Estado.

Se dice que la magia es una forma más elevada de lenguaje, un recurso a través del cual se decreta la situación deseada y se gobierna sobre la realidad subyacente. En el caso de Muñoz Ledo, el poder contenido en sus palabras no provenía de las artes ocultas sino de su magistral dominio sobre la realpolitik, los marcos jurídicos y la ciencia política. Con su meticuloso análisis, lucidez para la generación de propuestas, agudizado instinto, virtuosidad para el debate, brillante retórica y devastador sentido del humor, Porfirio, con el relámpago de sus palabras, fue conjurando la materialización de la tan añorada transición hacia la democracia.

Es cierto, su trayectoria está llena de controversias, confrontaciones y conciliaciones, episodios estelares y episodios cuestionables, de momentos de elevada genialidad y sublime idealismo como de otros de densa humanidad y afilado pragmatismo; de alianzas y rupturas, de virajes, negociaciones y acrobacias que, paradójicamente, respondieron a su extraña e inmutable congruencia hacia los compromisos que asumió con la patria y con las posturas políticas que, a su juicio, posibilitarían su cumplimiento. Porfirio no fue perfecto, pero, ¿quién lo es? Tampoco fue el funcionario o líder opositor que a muchos puristas y espectadores les hubiera gustado, sin embargo, Muñoz Ledo fue exactamente la clase de político que, en ese tiempo y contexto, México requirió.

Pareciera como si el propio país hubiera engendrado al Mago Sabio que necesitaba para facilitar su cambio de eras y el avance de su historia. A una criatura parcialmente formada en las entrañas del régimen habitado por criaturas de fuego, autoritarismo y sombras, como entre el éter de las torres de marfil en las que moraron sus ascendidos maestros, académicos como Jaime Torres Bodet, Mario de la Cueva, Víctor L. Urquidi, Raymond Aron y Maurice Duverger, el teórico y precursor de la Quinta República Francesa.

Porfirio fue un estadista, no tanto por haber sido un hombre de estado, un funcionario público de primer nivel y un político de extensa trayectoria, sino más bien por haber sido capaz de percibir, gracias a su profunda comprensión del concepto, razón y función histórica del Estado, y en específico, de la arquitectura y dinámicas de poder dentro del Estado Mexicano, cuáles eran los límites, fisuras y puntos de quiebre del sistema político imperante. A partir de ese conocimiento y de sus altas responsabilidades, Muñoz Ledo comenzó a impulsar, desde el interior del antiguo régimen, la creación de instituciones y la reingeniería del sistema. Desde esa orilla pretendió construir el puente hacia la Nueva República.

Fue un Estadista, porque vislumbró un cauce y un futuro para el Estado Mexicano, un futuro que precisaba de su tránsito hacia la democracia, pero no como un destino final sino como un punto intermedio, como un cimiento e imprescindible instrumento para su cristalización a través de la Reforma del Estado. Fue un Estadista, porque entendió la conveniencia de que este nuevo andamiaje institucional fuera el resultado de un acuerdo refundacional entre todas las fuerzas, que su diseño debería replantear el pacto federal, definir y activar contrapesos, procesar en su interior la nueva correlación de fuerzas, controlar la corrupción y reducir al mínimo la enorme influencia de los poderes fácticos. Fue un Estadista, porque quiso dotar al país con un andamiaje más sabio, uno que le permitiera garantizar la continuidad de la República. Fue un Estadista, porque vio al Estado como el vértice de nuestras convergencias y como el medio para la persecución de las aspiraciones colectivas.

Su trato, dentro del ámbito internacional y en el marco de sus responsabilidades en la ONU, con líderes de la estatura de Willy Brandt, Olof Palme, François Mitterrand, Jaques Chirac, Shimon Peres, Yasser Arafat, Mario Soares y Felipe González, todos ellos fundamentales en la transformación, gobernabilidad y lucha de sus respectivos pueblos, nutrió su perspectiva, su formación como hombre de estado y su anhelo reformista. Anhelo que aterrizó en la práctica tras su regreso a México y mediante su ariete: la Corriente Democrática. Junto con Cuauhtémoc Cárdenas e Ifigenia Martínez, Muñoz Ledo evidenció el desgaste y los límites de un régimen hegemónico que, al haber renunciado a hacer la historia, se había condenado a ser envuelto y sacudido por ella. Ante esa crisis de presente y de futuro, ante esa abundancia de soberbia y carencia de perspectiva, Muñoz Ledo y sus compañeros de causa decidieron emprender la epopeya democrática que definiría sus vidas.

Aunque siempre aspiró a la Presidencia de la República, lo cierto es que Muñoz Ledo no necesito de ese puesto para ganarse su lugar en la historia. El rol que el destino le asignó, el de Mago Sabio, es uno al que las leyendas, los mitos y las ficciones solamente les reservan a personajes de singularidad extraordinaria. Al igual que Merlín, Yoda y Gandalf, Porfirio ostentó una magistratura distinta, indefinible, casi etérea, pero a la vez, de enorme carga energética y autoridad política. Al igual que ellos, Porfirio fue el Mago Sabio que guío y acompañó, no a uno, sino a tres candidatos opositores a través de sus periplos, el que junto a ellos cruzó umbrales y enfrentó a dragones. El Mago Sabio que vio a la Reforma del Estado, y en especial, a la Nueva República que de ella emanaría, como al elíxir con el poder de sanar a la patria, reencauzar su rumbo y restablecer la grandeza perdida.

Hicieron bien la Cámara de Diputados y la Comisión Permanente de la Cámara de Senadores en honrar la vida y la obra de Muñoz Ledo. Hicieron bien, porque al ofrecerle esas ceremonias de despedida también se honraron a sí mismas, demostrando memoria y gratitud hacia quien, como consumado tribuno, constructor de contrapesos y defensor de la división de poderes, logro imbuirlas de verdadero espíritu y vida parlamentaria. Hicieron bien, porque con esa ceremonia también reconocen que la historia transformativa del México contemporáneo, su travesía democrática y las conquistas obtenidas, no se resume a la biografía de sus presidentes, líderes carismáticos y grandes movilizadores de masas, sino que es la epopeya de un pueblo entero y que la Nación es la madre y la hija de sí misma.

Porfirio Muñoz Ledo es un digno merecedor de ese y otros homenajes. Su legado evidencia su férreo compromiso con la transformación del sistema político mexicano. Desde los elevados cargos que ocupó en las presidencias de Luis Echeverría Alvares y José López Portillo, Muñoz Ledo logró concretar la creación del Instituto del Fondo Nacional de la Vivienda para los Trabajadores (INFONAVIT) y del Instituto del Fondo Nacional para el Consumo de los Trabajadores (FONACOT), además de sentar las bases para la conformación de la Procuraduría Federal del Consumidor (PROFECO) y de la Universidad Pedagógica Nacional (UPN). Asimismo, desempeñó un papel clave en la elaboración de la Reforma Político-Electoral de 1977 y en la redacción de la Carta de Derechos y Deberes Económicos de los Estados.

Ya en la oposición, Muñoz Ledo fue el principal artífice de las Reformas Político-Electorales de 1990, 1992 y 1996, de la creación del Instituto Federal Electoral (IFE) y del Tribunal Federal Electoral (TRIFE). En otras palabras: de la infraestructura jurídica e institucional que posibilitó la alternancia en el poder y la transición a la democracia. Por otro lado, las contribuciones políticas, operativas e intelectuales de Muñoz Ledo fueron clave para la creación de la Comisión Nacional de Derechos Humanos (CNDH) y de la Auditoría Superior de la Federación (ASF), de igual modo lo fueron para la redacción y promulgación de la Constitución Política de la Ciudad de México.

Igual de encomiables son sus gloriosos fracasos. Fracasos como los que experimentó al promover el Cambio de Modelo Económico, el Fortalecimiento del Federalismo, el Nuevo Pacto Fiscal, la remunicipalización y la conformación de nuevas entidades federativas, la creación de nuevos esquemas de coordinación y gobernanza territorial, y por supuesto, en su irrenunciable impulso a la Reforma del Estado y el parto de la Nueva República. Gloriosos fracasos que, por su altura de miras, proyectarán una sombra, pero también iluminarán una ruta.

Estoy convencido que la mentoría republicana y el servicio de Porfirio continuarán a través de sus ideas, y que al igual que las semillas, estas lo trascenderán e irán germinando en tiempos, suelos y climas más propicios. Como sucede con todo Mago Sabio, Porfirio inspiró a la vez admiración, temor y desconfianza.

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Como a todos ellos, le tocó luchar con su respectiva cuota de demonios; dado que tal es la suerte de aquellos con una percepción y pasión amplificadas. Sin embargo, y a pesar de sus claroscuros, serán sus luces las que le trascenderán y continuarán brillando.

Porfirio fue el Mago Sabio de las mil caras. Fue el Estadista-Apóstol, el Insigne Parlamentario, el Catedrático-Mentor, el Aguerrido Diplomático, el Heraldo de la República, el Puente entre Eras y la Memoria Viva. Fue el Hacedor de la Política, el Artífice de la Transición, el Pragmático Idealista y, por supuesto, el Animal Político por antonomasia. Fue un Ave de Tempestades, y en varias ocasiones, él fue la tempestad. Fue todo eso, pero, por encima de ello, fue un gran visionario, un Patriota que tuvo la audacia de ambicionar un México con ambición de grandeza.

Tengo la satisfacción, y la tranquilidad, de haberle podido compartir a Porfirio Muñoz Ledo mis impresiones sobre la trascendencia y singularidad del rol que le había tocado desempeñar en la historia reciente de México; sobre su naturaleza y resonancia arquetípica. Se lo dije, durante una jornada de homenajes que le organizó la UNAM en noviembre del 2017 y sé que le gusto, ignoro si fue porque pudo haber ayudado a clarificar y comunicar a otros su obra y propósito, o tal vez, porque simple y sencillamente le agrado el sentirse, más que admirado, comprendido.

Estoy seguro de que él estaba plenamente consciente de cómo los mitos y leyendas nos permiten construir un orden y sentido de entre el caos de la vida, conciliando realidades, revelándonos verdades más profundas y poniendo a la condición humana en perspectiva. Espero que también haya estado consciente de cómo a veces, ellos mismos son el elíxir del alma, la historia y la memoria colectiva. Adiós Porfirio, fuiste un conducto para las ideas y ahora tú eres una de ellas, un arquetipo de estadista.