Herbert observa

Ruta Norte Laguna | Jaime Muñoz Vargas

Entre los muchos libros de la Secretaría de Cultura disponibles en línea está Un borracho que se cree invisible, de Julián Herbert (Acapulco, Guerrero, 1971). No es un libro central en su producción ni uno de los ya numerosos que le han granjeado premios como el Gilberto Owen (2003), Juan José Arreola (2006), Jaén de Novela (2011) y Elena Poniatowska (2012), entre otros, pero es muy representativo de la mirada, por decirlo así, herbertiana: una mirada perspicaz, aguda, disruptiva y ágil en la observación de la realidad como escenario de lo paradojal y lo grotesco.

En Un borracho que se cree invisible, el autor de Canción de tumba trabaja en una tesitura a caballo entre el relato literario y la crónica periodística. En esta hibridez, jamás podremos saber bien a bien en dónde están las fronteras entre ficción y realidad, cuáles son los límites entre lo imaginado y lo realmente vivido. No importa, sin embargo, pues más allá de precisar las borrosas líneas divisorias entre fantasía y verdad lo que atrae en estos ¿relatos? (uso la palabra más ambigua posible) está en la ironía por la que tamiza Herbert todo lo que piensa.

Por ejemplo, en el segundo de sus textos (sigo con la ambigüedad a la hora de nombrarlos), titulado “Mi mamá me mina”, la formula ya lexicalizada que termina en “mima” es subvertida con una sola letra y transforma su sentido en lo contrario. Ahora bien, su planteamiento inicial enfatiza su ánimo subvertor de las ideas ya cristalizadas por la tradición o la costumbre: “Todos necesitamos una madre con quien desquitarnos de estar vivos. O, ¿por qué otra razón las amaríamos tanto? Claro: ellas velaron por nosotros cuando estábamos enfermos, nos dieron lechita y un vocabulario, asistieron desveladas a ese horrendo show donde salíamos disfrazados de pollitos, se soplaron más de dos veces las divisiones de quebrados, nos consintieron berrinches por los que aún sentimos nostalgia. Pero esas nimiedades no bastan para querer a alguien más allá de los límites del decoro. Si fuera así, ninguno de nosotros sabría lo que es un rompimiento o un divorcio. No: el amor incomparable solo florece si lo riegan las aguas elementales del rencor”.

Insisto: esta línea apartada, lejana a la línea de lo que preconcebimos como lógico u obvio, se enfatiza texto tras texto en Un borracho que se cree invisible. En ocasiones no sólo en el contenido, sino también en la forma, como sucede en “Historia y evolución de las ideas fijas”, texto en el que Herbert no nada más va a quebrantar la idea, sino que lo hace en un formato que habitualmente encontramos como fijo, rígido, serio e inamovible, el formato que podríamos llamar “requerimientos para curso”. ¿Qué pasa aquí? Que el escritor acapulqueño-saltillense apela al mencionado esquema para convertirlo en papilla mediante el método, se me ocurre denominarlo así, de las hipérboles delirantes:

“Instructor:

Julián Herbert

Duración:

120 horas repartidas en 5 sesiones de 24 horas cada una

Número de asistentes:

2,500 (mínimo)

Requerimientos técnicos:

Un campo de golf, sistema de salida de audio RTM-PowerDrift (se adjunta rider), un dispositivo Classroom Papamóvil modelo 94 a prueba de balas (para uso exclusivo del Instructor), dos pizarrones verdes, 20 cajas de gises blancos blandos (de los que no rechinan), dos mochilas de libros (pueden ser nuevos y estar plastificados: no son para leer sino para cumplir funciones propias de un osito de peluche) y 100 sobres individuales de figuras Playmobil azules y rosas (previamente abiertas: son para ser armadas por el Instructor en sus ratos de ocio) (así que mucho cuidado con las piezas chiquitas, ¿eh?). Ah, sí: y medio litro de agua Bonafont”.

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¿Para qué sirve un texto como éste? Formulo esta otra pregunta retórica. Respondo: para nada y para mostrar que los requisitos de muchos cursos de cualquier disciplina a veces colindan con el disparate, son absurdos como los cursos a los que convocan.

No creo que sea necesario traer más ejemplos de lo que contiene Un borracho que se cree invisible. Está dividido en tres secciones más o menos simétricas (“Vomitar encima de personas ilustres”, “Intermedio, 8 fábulas” y “Las ciudades destruyen las costumbres”); en todos ellos hay algo, un rasgo, o muchos, que transforman al texto en pedrada al foco de la vecina, en escupitajo al tipo con traje, en eructo durante la ceremonia nupcial, es decir, en transgresión, en travesura, en maldad que bien mirada tiene siempre un fondo de razón, de lógica. Y si no tuviera todo esto, tiene asimismo valores muy apreciados en un libro: sentido del humor y buena prosa.

Rápido recuerdo de mundiales

Ruta Norte Laguna | Jaime Muñoz Vargas | @rutanortelaguna

Considero que he hecho marcaje personal a los mundiales desde 1978 a la fecha. Los anteriores, todos, los he visto en documentales y leído en artículos o libros. Cierto que yo ya habitaba en este mundo hacia el 66, pero era un bebé de dos años y nada supe entonces de Eusebio y el no-gol de Inglaterra en la final; luego, el del 70 de Pelé y Rivelino me pasó de noche, y de él sólo me queda el vago recuerdo de los anuncios publicitarios con Juanito, la mascota del torneo. Todavía en el 74 poco me acerqué al campeonato organizado en Alemania, el Mundial que vio nacer a la Naranja Mecánica de Johan Cruyff.

Fue hasta 1978 cuando, inoculada ya hasta el fondo de mis huesos la bacteria del futbol, atendí con veneración todos (todos significa todos) los partidos del Mundial argentino. No eran tantos equipos como ahora, pero no dejo de asombrarme de que día tras día, sin saber que aquel torneo era la pantalla de una dictadura militar en pleno uso de su maquinaria genocida, seguía las transmisiones como si la vida me fuera en ello. Por supuesto, padecí la ilusión de ver triunfos del conjunto mexicano, la Selección de Roca, pero nada salió como se esperaba y aquello terminó siendo, para los aztecas, un fracaso sin atenuantes.

Siguió el Mundial 82 en la España que, se puede decir así, estrenaba transición a la democracia, aunque poco antes, en el 81, se dio el intento golpista que hizo famoso al teniente-coronel Tejero. De aquella justa recuerdo mucho: los golazos de Brasil (el de Éder a la URSS, sobre todo), la expulsión del joven Maradona por el árbitro mexicano Mario Rubio y, obvio, los goles de Paolo Rossi que le dieron el campeonato a Italia.

El del 86 es inolvidable para mí porque entonces vi en vivo al mejor jugador que veré en mi vida. Nuestra selección no hizo mal papel, pero de nuevo se estrelló a la hora buena, esta vez contra los teutones en Monterrey. Luego, en 1990, México fue (pre)eliminado en el escritorio por culpa de los cachirules; fue un mundial algo soso, y de él lo que más recuerdo es la emergencia de uno de los jugadores más raros, en este caso por lo efímero de su gloria, que vi sobre una cancha: Salvatore Schillaci. Al final, claro, todos recordamos la mafufada de Codesal.

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Vi en Chihuahua, pues allá trabajé unos meses, el Mundial 94. Nuestra selección, la de Jorge Campos, no jugó mal, pero se desbieló en el partido contra Bulgaria, aquel en el que Mejía Barón guardó unos cambios necesarios y luego generó la legendaria frase “El hubiera no existe”.

Ya se me acabó el espacio para sobrevolar los torneos siguientes (Francia, Corea-Japón, Alemania, Sudáfrica, Brasil y Rusia). No importa. Todos los seguí con atención, deseoso de un buen desempeño tricolor. Hubo altas y bajas, principalmente fracasos de último momento, como los provocados por el gol de Maxi Rodríguez o el “penal” al neerlandés Arjen Robben. Ahora no sé qué pronosticar para México en Catar. Según he visto, el optimismo nacional no anda a la alza, y me sumo a tal estado de ánimo. Ojalá que nos equivoquemos, ojalá que los pronósticos nos fallen. Ya veremos. Mañana domingo empieza todo.

La culpa incierta

Ruta Norte Laguna | Jaime Muñoz Vargas | @rutanortelaguna

Uno de los atributos del buen relato es la indefinición de los roles asumidos por los personajes. A diferencia de las historias que vemos sobre todo en el cine y la televisión, en los que claramente se enfrentan héroes contra villanos, en la literatura los límites suelen o deben ser más ambiguos. Entre más ambiguos son, podremos añadir, más intensa en la sensación de realidad que trasuda el relato.

Uno de los mejores ejemplos que conozco para explicar esto in situ, es decir, con un cuento de carne y hueso, es “¡Diles queno me maten!”, de Rulfo. Si lo que deseamos, como lectores, es descargar la culpa a los dos personajes en pugna, considero que es la mejor pieza de El llano en llamas por el grado de incertidumbre que el autor jalisciense infundió a tal historia. No sabemos bien a bien quién es culpable y quién es inocente.

Como sabemos, Juvencio Nava ha sido detenido en el presente de la historia. Su aprehensión se debe a un asesinato perpetrado varias décadas atrás, luego de una disputa contra su compadre Lupe Terreros. En aquel remoto pasado, planteado por Rulfo con una gran retrospección, Juvencio y Lupe discutieron: el segundo negó que los animales de Juvencio pastaran y sobrevivieran. A la advertencia de matarlos, Nava responde que actuará de manera radical si esa amenaza se cumple. A una amenaza sobreviene pues otra amenaza.

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Pasados los años, el huérfano de Terreros, ya militar, busca venganza, y logra pescar a Nava, quien en los muchos años que han pasado huyó y perdió todo, incluso sus mejores años. Es entonces un hombre viejo, estragado, un sujeto que de alguna manera ya pagó su culpa. Pero el coronel no está de acuerdo con eso, y expresa así su rabia acumulada: “Guadalupe Terreros era mi padre. Cuando crecí y lo busqué me dijeron que estaba muerto. Es algo difícil crecer sabiendo que la cosa de donde podemos agarrarnos para enraizar está muerta”. Nava, el inculpado, se defiende: “Ya he pagado, coronel. He pagado muchas veces. Todo me lo quitaron. Me castigaron de muchos modos. Me he pasado cosa de cuarenta años escondido como un apestado, siempre con el pálpito de que en cualquier rato me matarían”.

En este diálogo la culpa adquiere ambigüedad. Parece que ambos tienen razón; parece que ambos no la tienen, de lo que resulta un cuento perfecto.

Nenes apantallados

La escena es cada vez más frecuente: en cualquier sitio podemos encontrar a un padre o a una madre ocupados y al lado, no lejos, un hijo con la vista fija en películas o juegos de video. El caso es recurrente, como digo, en padres que deben cargar con sus hijos al trabajo o en madres sin servicio de guardería, pero no es el único: muchos padres y madres con posibilidades económicas evitan atender a sus pequeños mediante la compra de un celular o una tableta sin restricciones de uso, como se puede ver, por ejemplo, en los consultorios médicos o en los aeropuertos.

Cuento dos ejemplos de esta tragedia. Hace poco tiempo estuve en México con mi hija mayor, y en un desplazamiento a la Cineteca tomamos el metro.

Entre los incontables negocios del subterráneo, nos topamos con uno minúsculo dedicado a la venta de artilugios electrónicos. Yo necesitaba unos audífonos con sistema de “manos libres” y nos detuvimos a preguntar.

El negocio, como digo, era mínimo: una caja de madera de metro y medio de ancho y metro y medio de fondo. La joven que atendía estaba detrás de la cubierta que exhibía los productos.

Como quedé de lado, pude ver que a los pies de la joven estaba una cobija doblada en cuatro, y sobre ella, dormido, un niño como de dos o tres años. En la manita flácida del nene, al lado de su cara morena y rebosante de sueño, una tableta dejaba ver cierto juego de video inmóvil.

Deduje sin dificultad que el niño se había quedado dormido en medio del juego, oculto en la covacha que le hacía el negocio atendido por su joven madre.

Al irnos de allí, no pude evitar un diálogo, creo desgarrador, con mi hija: ¿cuántas horas debe pasar el pequeño en ese espacio? ¿Quién lo educa? ¿Cómo se divierte? ¿Qué come?, tales fueron las preguntas que nos hicimos.

Las respuestas deprimen. Conjeturamos que el único divertimento del niño era la inevitable tableta, y que su madre, dadas las desconocidas circunstancias de su vida, debía cargar con él las ocho o nueve o diez horas de su jornada en el cubículo, de suerte que allí la tableta con juegos de video fungía como niñera. Una tragedia, en suma.

Pocas semanas después recordé la escena del metro en una “miscelánea” —así les llamamos a las tienditas de barrio cada vez más escasas debido al éxito de las llamadas “tiendas de conveniencia”— de La Laguna. Un padre también joven me despachó un producto y al mismo tiempo hablaba con su hijo de tres o cuatro años.

El pequeño deambulaba en los recovecos de la tienda, inquieto, y su padre permanecía con un ojo al cliente y otro al garabato. En una oportunidad, le gritó: “¡Ven, ya te puse eso!” Como apuntó con el dedo a sus espaldas, pude ver que “eso” era una tableta conectada a la electricidad, ya con una caricatura lista para comenzar.

El niño corrió al lugar y de inmediato, con total seguridad, tomó el aparato y lo echó a andar con un dedazo en la pantalla touch. Pensé lo mismo: ¿cuántas horas del día pasa ese niño en la misma desventura?

No sé si tenga alguna solución esto que me parece, repito, una tragedia que condena a los niños a un aprendizaje vacuo en una época de sus vidas cuya circunstancia debería ser más estimulante.

Es difícil, claro, pues sabemos que las jornadas laborales y ciertas condiciones laborales —y no pocas veces la indiferencia— de muchas padres han provocado la salida fácil de acercar a los hijos herramientas electrónicas de entretenimiento y evasión.

Lo cierto es que se trata de un peligro; para no darle muchas vueltas, se trata de una forma de achatarles la vida mientras parece que se divierten.

Texto de Jaime Muñoz Vargas en el blog Ruta Norte.

Grasa de marsopa y el bloqueo*

La capacidad digestiva de la novela es infinita. Todos los recursos y todos los formatos le caben a la perfección siempre y cuando el escritor se dé la maña para persuadirnos de que lo contado es pertinente. Es el caso de Grasa de marsopa (Eximia, México, 2018, 124 pp.), novela de Rodrigo Pámanes (Torreón, 1979), agudo viaje novelado sobre el arte de escribir una novela.

El autor estudió Relaciones Internacionales en el Tec de Monterrey, pero pronto derivó hacia la literatura; en la Universidad Carolina de Praga hizo un curso de literatura e historia de Europa del Este, y arte y gastronomía en la Universidad Pontificia de Madrid. Tras graduarse, estudió un máster en Literatura Creativa en Madrid, y en 2007 el doctorado en literatura hispanoamericana en la Universidad de Salamanca.

Grasa de marsopa comienza con una declaración de extrañeza ante las albercas como espacios anómalos, ruidosos y caóticos; el narrador luego describe que la obligación de nadar surge en su vida como prescripción del psicólogo. Asume la receta como oportunidad para serenarse y escribir en serio, ya que esto representa su principal obsesión: “Sé que lo he mencionado más de una vez pero este relato no solo es sobre la natación, no es sobre el poder curativo del agua; esta es la historia de una novela, de un héroe, de muchos litros de agua golpeando a un ser vivo con todas sus coyunturas a punto de tronar. Esta historia es la conjunción perfecta de literatura y deporte, el fiel reflejo de dos de las tareas más inútiles del ser humano”. Pronto advierte que la natación le acarrea el sosiego necesario que quizá le permitirá anular el bloqueo de su escritura, de suerte que se trata de una novela sobre la angustia del escritor amagado por la temible parálisis creativa.

Como Leopoldo, el personaje del cuento de Monterroso titulado “Leopoldo (sus trabajos)”, del libro Obras completas y otros cuentos (UNAM, 1959), el protagonista de Grasa de marsopa sabe que para escribir hay que saber de lo que se escribe, no confiar todo a los azares de la imaginación, así que, tras asumir el tema de su novela —la hazaña de Matthew Webb, primer hombre que cruzó el canal de La Mancha a nado—, no hay nada que quede sin saber sobre este  personaje y sus méritos, sobre su contexto, sobre todo.

La novela avanza, por ello, mientras nos narra los preparativos de la novela, todo lo que es necesario ejecutar para que la historia sea sólida. Grasa de marsopa es un ejercicio metaliterario e ingenioso, inútil para demostrar cómo se sale del bloqueo del escritor, pero sí cómo se puede escribir cuando escribir parece un invencible desafío.

En tal trance, el de escribir, Gerardo Argüelles, el personaje narrador, indaga todo lo que tiene que ver con el agua, con los mares y los ríos, con los héroes del nado, y por supuesto con Matthew Webb, quien, como ya quedó señalado, cruzó el canal de La Mancha y al intentar lo mismo en las cataratas del Niágara, murió. “Todas mis preguntas iban orientadas a la concepción del reto y no al reto mismo. Investigué, lo hice con seriedad y dedicación, pude estudiar las mareas, el clima, la topografía submarina pero no había diario que registrara los impulsos de Webb. Parecía que todo se complicaba pero el reto de inventar los impulsos de Webb me animaba a seguir con la empresa: tramar una novela maravillosa sobre el primer hombre que cruzó a nado el canal de la Mancha”.

Por tanto, El narrador necesita ser Webb para construir la historia de Webb, así como Pierre Manard tiene que ser Cervantes para reescribir el Quijote. La obsesividad del narrador llega entonces a extremos que aturden, al absurdo de calcar una vida para escribir sobre esa vida. Para repetir la proeza natatoria, contrata a Luis Tule, entrenador de nado, el hombre que lo capacitará para recorrer los 33 kilómetros de agua fría que alguna vez venció Webb. Es, claro, una idea descabellada: el motor es literario, pero la actividad es deportiva y peligrosa, todo para vivir en carne propia lo que significaba esencialmente vencer al canal de La Mancha, reiterar al héroe inglés que fue elegido como personaje de la novela escrita dentro de la novela.

Las sutilezas rayan en el delirio: “Hoy en día existe una grasa llamada Swimmer’s Grease que solamente se vende en una farmacia en Dover, pero el gran Webb utilizó grasa de marsopa y por eso yo planeo hacer exactamente lo mismo. No sé si comprar grasa de marsopa sea ilegal pero seguro es menos riesgoso que comprar colmillos de elefante o vesícula de tigre”. El plan ha sido diseñado con el apego más ceñido posible a la andanza original del héroe:

Fecha y hora de salida: 24 de agosto 10:41 (ni un minuto más).

Lugar exacto de salida: Shakespeare Beach (Dover, Inglaterra).

Lugar aproximado de llegada: Cap Gris Nez (entre Calais y

Boulogne, Francia).

Distancia aproximada: 18.2 millas náuticas (33 km.).

Velocidad aproximada del viento: 5 nudos, dirección Norte

Tiempo de nado Entre 13 y 21 horas.

Número de brazadas aproximadas: 35,000.

Alimentación (cada hora): Mezcla: grasa de ganso, nueces y plátano.

Todas estas prevenciones, aclara, han sido tomadas por un motivo superior: “esto lo hacía por la literatura no por la natación, no por el deporte”, así que aunque digan “que llevar manteca en el cuerpo no protege de nada, pero si Matthew Webb portó cebo, yo lo haré”, sin dejar de recordar lo fundamental: “que soy un novela navegando por un mar extranjero”, pues el nadador está “seguro de que será un gran texto, una novela realista”, y “que cuando todo esto termine y la novela sea publicada y tenga un éxito descomunal mi siguiente texto será sobre la complicada vida del equipo olímpico de Bobsled mexicano”

Grasa de marsopa nos depara, en suma, un juego interesante en el que no escasea la sorna: hasta dónde se puede desbloquear artificialmente el escritor, qué tanto puede basarse en la experiencia real o en la imaginación, hasta dónde es viable estirar los límites de la verosimilitud, cómo podemos llenar los huecos de lo que ignoramos porque no lo hemos vivido. Igual que las Meninas de Velázquez, Grasa de marsopa, de Rodrigo Pámanes, es un lienzo en el que un narrador se ve a sí mismo en el acto, en este caso, no de pintar, pero sí de escribir, un ejercicio que muchas veces puede ser dramático y otras tantas puede ser, por qué no decirlo, absurdo e innecesariamente autodestructivo.

Comarca Lagunera, a 1 de marzo de 2019

*Texto leído el 1 de marzo de 2019 en el Teatro Alfonso Garibay de Torreón. Participamos en la presentación Federico Garza Ramos, el autor y yo.

Un libro menos común

La Laguna tiene el extraño buen hábito de producir escritores casi de la nada. Digo esto con una mezcla de orgullo y desazón, pues lo ideal sería que la literatura —y en general cualquier disciplina artística— contara con entornos más propicios para su perfeccionamiento. No es el caso de nuestra región, lugar en el que no abundan las escuelas ni los talleres culturales, aunque en descargo es justo asegurar que en las últimas tres décadas se han dado pasos importantes para que, como sucede con la música, la plástica o la danza contemporánea, nuestra tierra muestre ya un notable avance en términos de infraestructura tras el remozamiento de los teatros Martínez, Nazas y Mayrán, la creación de los museos Arocena y de los Metales y el Cinart, y el asentamiento de la Casa del Artista junto con otros emprendimientos igualmente valiosos. Pero, como digo, no es suficiente, ya que la región sigue creciendo en lo industrial y comercial sin que este desarrollo vaya acompañado de más y mejores espacios para apoyar la enseñanza para los jóvenes artistas.

Nuestra literatura, como ya lo insinué, ha caminado gracias al apoyo de algunas instituciones, es cierto, pero también merced a iniciativas propias y grupales independientes. Muchos escritores quizá proceden así porque la literatura tiene un amplio costado autoformativo, de suerte que es en los libros y la lectura en soledad donde estos creadores afinan mejor sus talentos para luego dar frutos. Es el caso, precisamente, del colectivo que impulsa la publicación de Un lugar menos común, asamblea de escritores que más allá de la institucionalidad ha decidido organizarse para articular un libro con poesía y narrativa de reciente hechura. Paola Astorga, Antonio Cravioto Batarse, Claudia Soto, Isabella Ibarra, Jorge Robles, Orlando Gómez Vázquez, Chacón Pascual, Alfredo Castro Muñoz, Alejandra Madero García, Leonardo Crespo Zárate y Gerardo Pineda Arciniega son voces relativamente nuevas en el contexto de la literatura regional, pero eso no significa que cada uno por su cuenta no haya empeñado muchas horas a su formación y tenga ya cuartillas dignas de aprecio.

Como sucede en todos los libros colectivos, el lector sabrá identificar las luces que le atraigan más o menos en este caleidoscopio de voces. Lo fundamental es tener el conjunto a la vista y confirmar que La Laguna, con o sin editoriales, con o sin escuela de Letras, con o sin apoyos, sigue siendo sementera fértil para el impulso de escribir.

Celebro por todo que tengamos este libro en nuestras manos; gracias a él se amplía la nómina de laguneros dedicados al oficio silencioso y enaltecedor de la palabra.

Comarca Lagunera, 29 de octubre de 2018

*Prólogo del libro Un lugar menos común cuya precentación se celebró en la Galería de Arte Contemporáneo del Teatro Isauro Martínez, Torreón, el 21 de febrero de 2019.

Modelo mexicano

Cuando la concentración de la riqueza hace monstruosa la desigualdad y alienta el malestar social, los gobiernos de derecha han encontrado una receta que bien podemos denominar mexicana: militarizar, sacar al ejército a las calles y así contener —ya inhibiendo, ya actuando— las posibilidades de protesta. En México, lo sabemos bien, este método fue impulsado en el amanecer del sexenio calderonista que articuló, para justificarse, el relato de la guerra contra la delincuencia, particularmente contra el narcotráfico; una de las lecturas que se han impuesto sobre esa peculiar medida fue, sin embargo, muy distinta: Felipe Calderón sacó militares a las calles porque temió, con justa razón, que su precaria legitimidad fuera puesta en entredicho y más valía, para él, tomar las debidas precauciones. En sus seis años de gobierno no se obtuvieron los resultados que en teoría se iban a obtener simplemente porque no era lo buscado. Al contrario, esos años estuvieron llenos de plomo y sangre, y casi todo el país padeció los estropicios de la barbarie.

Luego, llegado el turno de Peña Nieto, la militarización continuó en pie y el mapa de la violencia siguió teñido de rojo: los muertos y los desaparecidos se cuentan hoy en cifras de varios dígitos y es fecha que no acusan el menor asomo de decremento. En tal escenario apareció la llamada Ley de Seguridad Interior, una ley que casi doce años después legaliza la presencia militar en las calles más allá de las funciones delimitadas por la Constitución. Si hacemos caso al discurso de López Obrador, parece que dentro de unos meses la milicia volverá a los cuarteles y el ataque a la delincuencia organizada se dará en el marco legal del que nunca debió salir.

Pues bien, el modelo mexicano está siendo habilitado ahora en países como Argentina, donde el presidente Mauricio Macri ha decidido sacar al ejército a sus calles con la excusa de una guerra contra la delincuencia. Lo curioso es que la iniciativa se da cuando su modelo económico está a la puerta del colapso, cuando ya se prefigura el aumento de la protesta social ante la evidente catástrofe de sus políticas, todas antipopulares. Roberto Navarro, periodista, ha explicado que la medida se debe a que ha terminado el blindaje mediático para Macri luego de un escándalo por financiamiento irregular a su partido (Cambiemos), y El Manifiesto Argentino, organización política, ha advertido “que la injustificable e indefendible decisión de que las FFAA vuelvan a intervenir en conflictos internos, pone en peligro la convivencia de la sociedad y la paz de la República, constituyéndose en el más grave atentado contra la democracia desde la caída de la dictadura”. Sea como sea, el caso es que el peligroso modelo mexicano ya está siendo importado en otros rumbos donde curiosamente la crisis económica justifica la protesta.

Del verbo mochar

El verbo “mochar” (y sus derivados) es polisémico en nuestro país. Puede significar “pagar” (“Fulano se mochó con la cena”), “compartir” (“Zutano se mochó con un pantalón”), “cortar” (“Perengano mochó la rama del árbol”), mostrar aceptación venérea (“Fulana sí se mocha”) y, como sustantivo, “soborno” o “coima” (“El diputado recibió un moche para votar a favor”). El contexto, la posición de los interlocutores, el tono de voz y todo lo que en el habla coloquial suele ser habilitado ayudan a entender cada una de las mencionadas variantes. En el caso del título que encabeza este comentario, uso la tercera acepción, es decir, mochar literalmente, eliminar una parte del todo.

En los días que corren ha levantado polvo la propuesta amlista de mochar los sueldos y las prestaciones de la burocracia de cuello blanco. Fue, lo sabemos, una de las tantas promesas de campaña que ilusionaron a sus seguidores y ya comenzó a tomar forma al menos declaratoria. Para arrancar, se corta un alto porcentaje al ingreso del presidente, y de allí para abajo todos los funcionarios de alta gama que quieran sumarse a su proyecto deberán aceptar un emolumento menor.

Por supuesto no será nada fácil ajustar la nómina del gobierno federal, pues una de las malas costumbres estructurales de nuestro país ha sido la de apapachar con sueldazos y atiborrar de prestaciones sobre todo a quienes trabajan en el techo del servicio público. Sospecho que no va a ser del todo terso el paso de un tabulador obsceno a otro que de alguna forma se amolde a los vientos de austeridad que el presidente neojuarista apetece para el país.

Será difícil, sin duda, pero en buena hora puede arrancar este propósito de abolir la vida faraónica de ciertos funcionarios y rehacer, poco a poco, el sentido del trabajo en la burocracia más encumbrada del país. Esto es parte de lo que la ciudadanía siempre ha reclamado sin asomo de respuesta: que quienes operan desde secretarías, subsecretarías, direcciones, delegaciones y demás no vivan entre ingresos y prestaciones de sultanes.

Junto con el plan de reducción de la nómina camina otro no menos importante: el de disminuir hasta donde sea posible el gasto público en insumos, personal, equipamiento y mil otras sangrías que también han sido un permanente lastre para el erario federal. Reitero que no será nada fácil acabar o al menos desacelerar la inercia de gastos desmesurados y suntuarios, pero es un hecho que estamos ante una posibilidad real de, por fin, rehacer hábitos y emparejar un poco la distancia entre los servidores públicos con derecho de picaporte y los de trinchera.

Con un arma en la nuca

Nuestro oficinista sobrevive a los tumbos en una urbe sombría e inhumana, demasiado inhumana. Se trata de un tipo mediocre, tan apocado que casi es invisible. La rutina lo cerca y los días van minándolo hasta límites inconcebibles. No es dueño de su vida, y todo alrededor se confabula para hacerlo papilla, para machacarlo en el mortero de la desdicha. El oficinista no tiene nombre, así que basta llamarlo así: el oficinista, quien parece ser el resultado individual de un proceso —¿económico, político, social, moral, todo eso junto?— que ha pulverizado la vida de inmensas colectividades. El oficinista, pues, es uno y millones, una sinécdoque de la devastación mundial.

Guillermo Saccomanno (Mataderos, Buenos Aires, 1948) ha formulado en El oficinista (Premio Biblioteca Breve 2010, Seix Barral, Buenos Aires, 2010, 201 pp.) una distopía ubicada en un futuro que de tan reconocible casi no pertenece al futuro, sino al presente, un huevo de serpiente. Saccomanno nos recuerda en esta novela lo que de alguna manera ya estamos resintiendo: que la civilización es una carnicería, que el progreso pasó a convertirse en un animal que nos engulle y nos defeca sin conmiseración.

El oficinista que protagoniza esta historia habita, como sus congéneres, en colmenas impersonales. Sus horas mecanizadas transcurren esencialmente en tres espacios, todos extensiones de la cárcel: la oficina, la calle y el hogar. Ninguno de ellos supone, obvio, bienestar, sino lo contario: los tres son infiernos cuyos vasos comunicantes infectan de infelicidad a quien los toca. El oficinista pasa sus horas tras un escritorio en el que desahoga trámites miserables. Son tan insignificantes que ni siquiera sabemos cuáles son. Lo que sí sabemos es que todo el tiempo, síntoma de la era ruin que padecemos, vive colgado de la zozobra que significa perder su trabajo, de suerte que conservar el empleíto es la medida de todas las abyecciones. El oficinista es por ello un paranoico que en todo ve signos de peligro, amenazas a la seguridad de conservar su puesto en la maquinaria.

Sin embargo, pese a lo terrible que resulta vivir sentado frente al escritorio, la libertad de la calle y el sosiego del hogar no son mejores opciones. Apenas se libra del trabajo y de las horas extras asumidas casi con placer, para evitar lo que sigue, el oficinista emerge hacia la calle y lo que encuentra allí es abominable: como en una fantasmagoría preapocalíptica, la ciudad se ha vuelto ámbito de depredación, de inseguridad y desprecio por la vida humana. Es, no sabemos por qué pero lo intuimos, sobrevolada por helicópteros artillados que luchan contra una “guerrilla” sin rostro e igualmente letal. Aquí y allá, por todos lados, los helicópteros, las patrullas, los autos blindados de la autoridad, vigilan, rastrillan todos los recovecos y persiguen a los rebeldes, y los rebeldes a su vez colocan explosivos sin mirar a quién ni a cuántos destrozan, de manera que el clima callejero es el de un cataclismo entre trenes subterráneos, cines, pizzerías y demás vidrieras sebosas. Nadie está pues seguro en esa selva, y si pensamos que en el hogar habrá un descanso para el protagonista, nos equivocamos: el hogar es un reflejo congruente de la barbarie padecida en la oficina y en la calle. Puede incluso ser un sitio peor de repugnante: el oficinista padece allí el hostigamiento atroz de su mujer, una sapo, y la sensación de que sus hijos son insalvables: ellos están condenados, no tienen escapatoria, su futuro es ineludiblemente siniestro, tal vez peor que el presente ya encarado/encarnado por su padre, el protagonista de esta agonía.

En tal atmósfera vidriosa ocurre un milagro de escala minúscula como todos los milagros que pueden ocurrirle a un ser de similar tamaño: nuestro oficinista se enamora. Fortuita, impensadamente es flechado por una compañera de trabajo, la secretaria-amante del jefe, y ese hecho entre accidental y prodigioso estremece la vida del oficinista. Entre dudas y pavores avanza hacia la corazonada de que el amor es su último tren, una posible redención luego de la vida de escoria que ha tenido. La secretaria, quien también carece de nombre, como todos los personajes de esta novela, lamentablemente está poco o nada de acuerdo en acceder a la pasión del personaje gris que la merodea. Si bien ella lo acepta en un primer encuentro, no está dispuesta a ceder más allá de aquella migaja: ella supone tener un camino más seguro con el jefe, de suerte que vincularse con el oficinista es un disparate que no podrá permitirse.

El microcosmos de El oficinista es asfixiante. El frío, la condición plomiza del ambiente, los barrios despojados de toda civilidad y los infinitos perros callejeros que se convierten en símbolo del salvajismo prohijado por la urbe, son el caldo de cultivo ideal para crear zombies a la manera apaleada del protagonista y quienes lo rodean.

Una clave de la novela radica en su cruel epígrafe: “Una experiencia que, por su exceso de soledad, sólo puede llamarse rusa”. En efecto, tales palabras de Kafka rajan como machetazo todas las vísceras del texto. En sus 55 breves trancos se siente que el interior de los individuos que pueblan estas páginas ha sido carcomido por el gusano de la soledad hasta convertirlo en un tormento sin pausa. Por ello, “El infierno es el subsuelo de uno mismo”, piensa el oficinista en alguna parte de su calvario.

Con el mismo recurso sentencioso el oficinista cree haber encontrado en el amor una rendija para escapar de su destino: “En la vida todos tenemos una oportunidad. Si la dejamos pasar estamos fritos”, piensa. El oficinista es un sujeto que se desdobla como buen microbio plagado de incertidumbre: por un flanco es el timorato de siempre, el bicho ínfimo que se conformó con la derrota de aherrojarse a un escritorio; por otro, un ser —su alter ego— que lo aguija a la inconformidad, a no dejarse vencer, a no ser más el pusilánime viscoso de siempre: “Piensa que desde que tiene memoria se encuentra con el cañón de un arma en la nuca”.

Precisamente, como en las historias de Kafka, en El oficinistaimportan menos las peripecias que la metáfora global: la vida, nuestra vida de estos tiempos humillados ante el altar neoliberal, avanza con un arma en la nuca. Todos somos o casi somos ese oficinista que trastabilla en busca de una salvación, la que sea, y sólo obtiene por respuesta el balazo de la realidad que le confirmará su lugar en el mundo: la basura.

Debate en modo bolita, por Jaime Muñoz Vargas

En mi infancia/adolescencia solíamos practicar un ¿juego? algo idiota que denominábamos “bolita”. No sé si todavía existe, si los jóvenes de hoy lo mantienen vivo o ya murió como han muerto el “chinchilagua”o el “brinca tu burro”. El juego no tenía reglas. Su único precepto consistía en acatar un grito. Requería que en un grupo de jóvenes alguno de ellos abrazara a otro y lo derrumbara en el suelo mientras emitía el grito de convocatoria: “¡Bolitaaaa!” En ese instante, sin perder tiempo, ya con la víctima tirada, inerme, todos los compañeros cercanos hacían eco del primer grito, gritaban a su vez “¡bolitaaa!” y comenzaban a formar una montaña humana sobre el sujeto anulado. Cierto que este juego era entre inofensivo y babotas, aunque a veces se sumaban tantos al tumulto que el sometido quedaba casi asfixiado, molido por el peso que le caía de golpe.

Cuando alguien, fortuitamente, convocaba a la bolita, la víctima no tenía escapatoria. Si de casualidad se zafaba de un primer agresor, otros acudían y lo tumbaban. El caso era hacerle bolita, montón, sin remedio. Pues bien, eso vimos el domingo en el primer debate de los candidatos a la presidencia. Cuatro contra uno, todos al unísono gritando bolita contra López Obrador, quien hizo lo que pudo para mantenerse sereno y salir adelante y con la menor cantidad posible de raspones. Ciertamente no es nada fácil que alguien escape incólume cuando el destino (o quien sea) lo elige como objetivo de la bolita. AMLO y su equipo sabían que todos, por diferentes razones, lo iban a atacar, que el instinto de pitbulls con preferencia de una sola carne iba a reinar entre sus oponentes. Y así fue. Aunque entre los cuatro se tiraron uno que otro mordisco, el propósito eje fue masacrar al candidato que encabeza hasta el momento, y por mucho, las encuestas. Creo que lo lograron a medias, no lapidariamente como esperaban, pues da la impresión de que el galvanizado a favor de AMLO sigue librándolo de mermas.

El Peje ha insistido hasta el choteo que existe una cosa horrible denominada “mafia del poder”. Muchos han convertido tal afirmación en meme, como si los hechos no demostraran que un grupo de hampones ha usurpado las tareas del gobierno no para comprar dos departamentitos, sino para hundir a todo un país. En el debate pareció visible quién se opone a tal camorra y quiénes están por mantenerla con vida. Pero bueno, en tales ejercicios se habla de corrupción, inseguridad, pobreza, impunidad y todos esos problemas abominables del país, y ninguno lo ha provocado Morena. Qué raro. Es como acusar al PRI o al PAN de la hambruna en Somalia.