Quiela: del daño a la creación

Entre las tres más famosas novelas cortas de México ubico cuatro: en primer lugar, empatadas, Aura (1962) y Las batallas en el desierto (1981); en segundo, la que comentaré en este apunte; y, en tercero, La casa que arde de noche (1971), obras de Carlos Fuentes, José Emilio Pacheco y Ricardo Garibay, respectivamente. Me referiré aquí a Querido Diego, te abraza Quiela (1978), de Elena Poniatowska (París, 1931). La leí hace más de treinta años en aquella compilación guinda y gorda de Promexa que muchos recordarán, pero, como ocurre con las memorias porosas como la mía, olvidé las sutilezas que en una segunda y reciente lectura se me han revelado para colocarla entre las mejores nouvelles mexicanas del siglo XX.

Compuesta mediante cartas, son una versión literaria —no sé hasta dónde real y hasta dónde ficticia— de lo que la pintora Angelina Beloff (San Petesburgo, 1879-Ciudad de México, 1969) pudo sentir tras el alejamiento de Diego Rivera. Como se sabe, ambos se conocieron en París hacia 1911, y pronto se casaron. Tuvieron un hijo que sólo sobrevivió poco más de un año, y ambos padecieron no tan indirectamente las calamidades de la Primera Guerra. Tras finalizar la segunda década del XX, y entre carencias materiales de toda laya, Diego parte solo, sin Angelina, de París a México, ya que no tenían dinero para dos boletos.

Angelina (o Quiela, hipocorístico que usaba Diego para llamarla), queda casi abandonada en París y es cuando comienza el envío de cartas al pintor mexicano, quien las responde con frialdad, con una línea casi telegráfica, y sólo para mandar algunos magros francos de supervivencia. La artista rusa recurre entonces a una escritura epistolar no tanto desesperada por la bancarrota económica de su circunstancia cuanto por el hecho simple de que ama a Diego y reclama de él palabras de aliento y acaso, si fuera posible, de amor.

Esas demandadas palabras de Diego, sin embargo, jamás llegan, y por ello Quiela bordea la locura. El hijo muerto, que la lastima hasta el tuétano, es una calamidad tan grande como el silencio de Rivera, lo que convierte el potencial diálogo epistolar en un monólogo.

Las misivas enviadas desde Europa comienzan su camino sobre el Atlántico, la primera, el 11 de octubre de 1921, y la última emprende el viaje sin palabras de retorno el 22 de julio de 1922. En el ínterin, Quiela se desmorona frente a su cotidianidad: le duele el hijo perdido, le duelen las vicisitudes de su precaria subsistencia en París, le duele su frenón creativo, le duele la mengua de su arte, pero más, mucho más le duele el hecho de presentir, y casi saber, que el amor de Diego se ha extinguido, aunque ella misma se dé esperanzas al pensar que no recibe respuesta porque el pintor de Guanajuato es devorado por su trabajo.

La historia de esta relación (real, pues ambos estuvieron casados una década) aparece en las cartas. Allí saltan a la página las amistades (Modigliani, Apollinaire, entre otros), el fervor artístico que ambos mantuvieron mientras vivieron juntos, la molestia de Diego ante la paternidad, sus engaños (de Diego) con amantes y la alegría breve de los primeros años de la relación.

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Las cartas de Beloff son muy tristes, y hoy pueden leerse con otra perspectiva, la del feminismo, que no admitiría que una mujer se sacrifique así por un hombre, tanto que hasta pierde su personalidad: “Tú has sido mi amante, mi hijo, mi inspirador, mi Dios, tú eres mi patria; me siento mexicana, mi idioma es el español aunque lo estropee al hablarlo”.

Por fortuna, lo que sabemos después de enviadas las desgarradas cartas imaginadas por Poniatowska no es desalentador: Angelina Beloff ya no tuvo respuesta ni relación con Diego, pero dado que de veras se sentía “mexicana” pudo instalarse en nuestro país y aquí, al margen de su antiguo y traumático amor, reverdeció su poder creativo y pintó hermosos cuadros en una radicación de casi cuarenta años.

Carretera a Santa Fe

Ruta Norte Laguna | Jaime Muñoz Vargas

Aunque la ciudad, me refiero a Torreón, ha crecido de manera escalofriante, creo no perderme todavía en sus rincones. Cierto que sus recovecos son ya tantos que sólo pueden conocerlos con detalle los taxistas, los repartidores de mensajería y de comida a domicilio, pero en líneas muy generales mi orientación en la gran mancha urbana es aceptable. Uno de los rumbos relativamente nuevos que por razones de trabajo transito más o menos seguido es la carretera denominada “a Santa Fe”, un tramo que empieza, calculo, en el periférico (justo al lado de Gayosso) y termina en la carretera Torreón-Matamoros a la altura del ejido San Miguel. Es un trayecto considerable que rodea un montón de colonias del centro-oriente de Torreón.

Lo paso porque allí corto para ir a Matamoros, y en los años recientes he visto su gradual aumento de tráfico. Sé que llegará el momento en el que será insuficiente y tendrán que añadirle semáforos, rotondas y pasos elevados, pues el crecimiento de la ciudad va provocando proyectos de obra civil como el que vemos hoy frente a Galerías. No es, sin embargo, la carretera a Santa Fe el tema de este apunte, sino lo que se pude ver al lado de ella.

Como es característica general del crecimiento hacia el oriente de Torreón, son más pudientes las nuevas colonias del norte (Las Villas, por ejemplo) que las del sur (Sol de Oriente, por ejemplo), y esto se nota también en el aspecto de sus accesos. En el caso de la carretera a Santa Fe, hay un pedazo enorme del trayecto caracterizado por fungir como depósito de todo tipo de basura, desde escombro hasta muebles viejos, desde residuos de poda hasta neumáticos. El espectáculo allí es lamentable, más que deprimente si uno tiene ojos para ver.

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Es difícil, cierto, alcanzar a una comunidad poco instruida para cuidar el espacio público, es decir, no hay Estado que pueda contra una población que no coopera y tira todo en la calle, pero no es menos cierto que la autoridad debe proponer planes de choque para mitigar el caos, como el que ayer vi de parte de la admirable Marea Roja: sin exagerar, sus héroes anónimos recogían toneladas de basura en la carretera a Santa Fe. Es hora de ayudarlos. ¿Cómo? Al menos no tirando escoria por doquier.

José Agustín de perfil

Ruta Norte Laguna | Jaime Muñoz Vargas

Como tantos, tuve primera noticia sobre José Agustín gracias a la famosa antología El cuento hispanoamericano (FCE, México, 1964, luego ampliada y reimpresa en numerosas ocasiones) del académico norteamericano Seymour Menton. Recorrí aquel libro en dos clases de literatura recibidas durante la carrera de Comunicación, una con Saúl Rosales y otra con Paco Amparán, esto hacia 1982.

Bien organizado según un criterio cronológico que hasta la fecha lo hace útil como material didáctico, el libro de Menton llegaba, hasta mi edición de los ochenta, al cuento “Cuál es la onda”, de José Agustín. No he olvidado el macanazo que significó su lectura, la sensación de haber arribado de golpe a una narrativa que en su insolencia y su ludismo nos (me) informaba que la literatura podía ser también un espacio en el que era viable meter todo lo que nos rodeaba: la música moderna, las maldiciones de la calle, las andanzas y los albures con los amigotes, el consumo de sustancias prohibidas, el sexo a trompicones, el desmadre en suma. No pasó mucho tiempo para que yo accediera a la precoz De perfil (Joaquín Mortiz, 1966), su libro más célebre, y entonces sí me declaré capacitado para considerar que las Letras, con mayúscula, no eran coto exclusivo de la solemnidad y sus almidonamientos, sino territorio en el que las palabras más frescas y las ideas menos tiesas también tenían derecho de circulación en las páginas de los libros.

Tras leer Inventando que sueño (Joaquín Mortiz, 1968) y De perfil, poco a poco fui sumando sus otros libros: La tumbaLa panza del TepoztecoCiudades desiertasSe está haciendo tardeFuror matutino, los tomos de la Tragicomedia mexicana… Pasados los años, tuve además la oportunidad de presentar en Torreón dos de sus títulos, ambos en el Teatro Isauro Martínez: la novela Armablanca y una especie de crónica titulada Los grandes discos de rock (1951-1975), libro que comenté a teatro lleno y no sin dejar de sentir alguna envidia del público roquero de La Laguna, que seguramente me consideró, y con razón, un diletante en aquel tema.

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Además del par de libros dedicados por José Agustín luego de las presentaciones, conservo una foto con él y en la memoria dos o tres conversaciones trenzadas a propósito de encuentros casuales en ferias. Lo recuerdo como un tipo de sonrisa fácil, atento a lo que uno le decía, inteligente y siempre “prendido”, para decirlo con un modismo de su juventud.

José Agustín, el eterno muchacho rebelde de la literatura mexicana, murió ayer a los 79 años. Descanse en paz.

Encuentros fortuitos, el cuento como desafío

Ruta Norte Laguna | Jaime Muñoz Vargas

Entre otras, una de las responsabilidades del editor es, a veces, cuando no hay quién lo materialice o se lo piden, escribir el texto que aparecerá en la espalda del libro, aquel lugar que todos hemos visto ubicado en lo que la mayoría conoce como “contraportada” y en el argot editorial denominamos “cuarta de forros”. Suele ser un texto no firmado y siempre, sistemáticamente, elogioso, pues lo que procura es invitar al potencial lector a comprar el libro y quizá también, si no es mucho pedir, a leerlo. Por ello, es muy difícil, por no decir imposible, encontrar que este género de escritura consigne que el libro es aburrido o prescindible. El texto de la cuarta de forros presupone el aplauso, el espaldarazo y muchas veces el confeti más irresponsable.

Cuando escribí y firmé las palabras para la cuarta de forros del libro Encuentros fortuitos (UANL-Ibero Torreón, 2023) ya estaba segurísimo de mis afirmaciones, sobre todo de la última línea. Cito el convite: “El dolor, la rabia, el humor, la desesperanza, el vacío y la incertidumbre son algunas de las estaciones del alma que atraviesa Encuentros fortuitos, segundo libro de cuentos de Miguel Báez Durán. Armado con una prosa más que bien templada y en todo momento espesa de literatura, el autor nos lleva a convivir con personajes que habitan la frontera simbólica entre México y Canadá, sujetos cuya inestabilidad nos permite suponer, por extensión sinecdóquica, la inestabilidad de la vida, el monstruo que acecha detrás de cualquier rutina o sensación de bienestar. Así, una turista canadiense entregada a la caridad indolora pierde misteriosamente la vida en Cancún, una madre alucina con las caricaturas niponas que podrían contaminar a su hijo, unos pelagatos edifican a punta de memeces su indestructible ego, una mujer es acosada por los arañazos del amor y la maternidad, un escritor revisa su fracaso en el espejo del reconocimiento ajeno y remotísimo, un inquilino con anhelos de serial killer reflexiona sobre el cese taxativo del ruido en su vecindario y, por último, un sujeto queda hecho pomada por la belleza fugaz e inalcanzable. He aquí, dicho de manera muy sintética, el contenido de Encuentros fortuitos, libro que evidencia la pericia narrativa de Miguel Báez Durán, escritor pleno de imaginación y de recursos para usarla, sin duda un maestro del nocaut cuentístico”.

Insisto: al escribir lo anterior sabía que el minitexto de la cuarta debía terminar de manera categórica y subrayar que Miguel Báez Durán (Monterrey, NL, 1975) es un “maestro del nocaut cuentístico”. Razonar esta afirmación aparentemente excesiva es el propósito de los renglones que ofrezco a continuación.

Diré en esta nueva oportunidad, para empezar, lo que he repetido muchas veces sobre todo en los talleres literarios: que el cuento es un género literario peliagudo, fácil nada más para quienes lo observan desde la otra orilla del río. Es pues un error juzgarlo por su complexión breve, pensar que el cuentista es un tipo que se sienta, relata una anécdota y termina en la cuartilla dos o cinco o diez, cuando la aventura narrada ha terminado. Así de sencillo y así de falso. Se le minusvalora en principio por su brevedad: ¿qué tan difícil puede ser sancochar un texto corto?, piensan muchos. Lamento decir que la brevedad es apenas su característica más saliente, la punta de un iceberg que debajo esconde —cuando el cuento es eficaz, cuando el cuento es, como quería Poe, impactante— un montón de malicias, tantas que por ello muchos narradores le sacan la vuelta y optan por la escritura quizá más relajada de la novela, género que asimismo demanda otras pericias.

Pues bien, digo que Miguel Báez es un maestro del cuento no por capricho o por los imperativos de la amistad, sino porque sus cuentos son dispositivos literarios que admiten la lectura más puntillosa. En Encuentros fortuitos no asistimos a la escritura de un aprendiz, de alguien que apenas tantea con paso titubeante el terreno movedizo del cuento. Al contrario, en este libro estamos frente a la presencia de un narrador ya dueño de todos los recursos necesarios para articular historias compactas, emotivas, dignas de figurar en la biblioteca más rigurosa. Pienso de nuevo en la extensión; pese a que se trata de cuentos largos, la apretada intensidad de cada pieza crea la impresión de vertiginosidad, rasgo propio del cuento, casi como si en la lectura asistiéramos a un viaje en caída libre.

Los cuentos avanzan sin detalles que queden librados al azar, sin distracciones parasitarias, siempre al servicio del asunto central, siempre apegados al conflicto del protagonista. Desde cada uno de los arranques sabemos de un propósito, de un deseo clavado como daga en el espíritu de cada personaje principal, y hacia allá, a ver cumplido o frustrado ese deseo, avanzamos guiados por una prosa que no se da reposo en su fluidez, casi frenética en el despliegue de las peripecias y sin embargo espesa de belleza literaria, henchida de giros que nos permiten apreciar la soltura de un narrador que se apodera de un tono y no lo suelta hasta persuadirnos de que lo contado está muy bien contado, con las medidas justas de velocidad, introducción de detalles y verosimilitud.

En los siete cuentos que habitan este libro conviven las mejores herramientas de la narrativa. Por ejemplo, una que no es frecuente encontrar en otros escritores: la capacidad para bucear minuciosamente en el alma de los personajes, la destreza para sumergirse en interiores atormentados, en vidas que encallan en miedos, en odios, en obsesiones, en tristezas recónditas, en muy pocos, poquísimos o de plano nulos motivos de alegría. No se ha equivocado Saúl Rosales, quien tras leer los cuentos de Encuentros fortuitos me comentó que, natural o aprendido, hay algo de destoyevskiano en los microcosmos urdidos por Miguel Báez. Y sí, la mayor parte de los personajes que deambulan por estas páginas son sujetos sujetos a un pequeño infierno, seres incrustados en la urbe que bajo la cutícula de civilización no pueden evitar los manotazos de la soledad y la barbarie.

He compartido con su autor los títulos de mis relatos preferidos. Con los libros de cuentos, como ocurría antes con los discos y sus canciones, siempre pasa esto: uno selecciona en la cabeza las piezas que más le cuadran. No citaré aquí cuáles son, para no prejuiciar más al lector con mi opinión. Sólo diré, como cierre de mi reseña, que este libro es un dechado de libro de cuentos, que todos sus párrafos han sido concebidos, problematizados, ejecutados y revisados con lupa por un escritor lagunero desbordante de talento literario y voluntad creativa, por Miguel Báez Durán, un narrador que ha aceptado los desafíos del cuento y ha salido airoso como lo que es: “un maestro del nocaut cuentístico”.

Comarca lagunera, 22, noviembre y 2023

Nota. Texto leído en la presentación de Encuentros fortuitos (UANL-Ibero Torreón, 2023) celebrada el 22 de noviembre de 2023 en la Galería de Arte Contemporáneo del Teatro Isauro Martínez, Torreón. Participamos Mariana Ramírez Estrada, el autor y yo.

Donas de pesadilla

Ruta Norte Laguna | Jaime Muñoz Vargas

Ayer el sueño fue muy profundo, pero hubo una zona de la madrugada en la que se instaló una historia peculiar en mi desconexión del mundo. Me removí en la cama al sufrirla, pues mientras navegamos por las ficciones del sueño es imposible cortarlas de golpe. Había sido un día de trabajo agobiante, tanto que ni de comer me dio tiempo. Llegué a la casa ya sin ánimo de nada, sólo de dormir. Pese a esto, la cena fue más abundante de lo pensado: habían hecho carnita con chile y me dejé caer la greña, como decimos.

Con la panza al tope, lo que siguió fue botar la ropa y tirarme un clavado al colchón. De inmediato caí en la penumbra de la inconsciencia. No sé cuántas horas pasaron, quizá dos o tres, cuando comenzó la amenaza. Unos como zombies comenzaron a seguirme casi como en el videoclip de Michael Jackson. Me alejé lo más que pude, pero cada que miraba hacia atrás allí seguían esas creaturas. Avancé por varias calles, doblé en muchas esquinas con la idea de eludir la persecución, pero fue inútil: cada vez que yo torcía el cuello para ver si ya los había perdido, allí seguían, siguiéndome.

A medida que pasaba el delirio, volvía y volvía a mirarlos. Yo no dejaba de avanzar a paso veloz, al trote, no corriendo, pues sabía que mi condición física no era buena. En una de mis reviradas, como se dice en el beisbol, vi que no sólo estaban cada vez más cerca de mí, sino que eran más. Los sentía tan próximos a mi espalda que, lo juro, escuchaba sus voces. Aunque no se puede decir que eran exactamente voces. Lo que salía de sus gargantas eran gemidos atormentados, palabras que no alcanzaban a ser palabras, sino garabatos sonoros. Seguí mi marcha.

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Volví a mirar y reparé en un detalle: delante de mí no veía a nadie en la ciudad, todo Torreón se había vaciado. En contraste, detrás de mí se fue formando poco a poco un tumulto escalofriante de zombies que caminaban como zombies, es decir, con pasos un poco torpes y los brazos un poco levantados, anhelantes, deseosos de alcanzar.

En el clímax de la pesadilla me vi acorralado. No sé cómo llegué a un lugar que ya no me permitió seguir adelante. Me detuve fuente a la pared de un negocio. Miré hacia atrás y el tumulto ya no me permitiría escapar. Levanté la vista al cielo para pedir ayuda a dios y lo único que pude ver fue el anuncio de un negocio de donas recién inaugurado en la ciudad.

Serrucho en nuestro futbol

Ruta Norte Laguna | Jaime Muñoz Vargas

Aunque cada vez menos, tengo medio siglo siguiendo futbol en la tele y nunca había visto una maniobra similar (aquí la palabra “maniobra” es usada en sentido estricto: obra hecha con la mano): un jugador del Atlas, Juan Zapata, cubre la pelota mientras otro del Querétaro, Omar Mendoza, lo presiona casi ceñido a su espalda para evitar que se dé la vuelta con balón controlado.

Hasta allí todo normal, una jugada ordinaria, de las que se ven cien veces en el accionar futbolístico de cada partido. Lo extraño del caso es que el árbitro Fernando Hernández marcó una falta en contra del defensivo, y todo parecía que iba a quedar allí. Entonces intervino la gente del VAR y el silbante tuvo que ir al monitor para revisar algo que ni el cronista (el lagunero Gustavo Mendoza, de Fox) ni los mismos televidentes teníamos claro. ¿Se trató de un pisotón? ¿Fue un rodillazo? ¿O un jalón de camiseta? El misterio quedó develado con una de las tomas en cámara lenta: el jugador de los Gallos Blancos, al mismo tiempo que defendía, con la siniestra diestra le hizo “serrucho” al futbolista de los rojinegros, es decir, le encajó algunos dedos entre nalga y nalga. Insólito.

Al ver la repetición, todos quedamos entre anonadados y sonrientes, incluidos el relator y los comentaristas de la cadena de televisión: reiteraron la jugada unas tres o cuatro veces, le hicieron un close up y era desde ya una imagen para la historia del futbol mexicano, aunque no por su heroísmo sino por su procaz rareza.

Ciertamente, el “serrucho” es, o fue, no sé, pues hace mucho que no veía algo así, una práctica común entre los mexicanos sobre todo en la edad inevitablemente babosa de la adolescencia. Tenía un sentido vejatorio, como de lo que ahora llamamos bullying, pero no es exacto decir que era eso, pues se aplicaba a los compañeros con ánimo de ofender, sí, pero más que nada como juego de seudomachos. En otras palabras, el “serrucho” se infligía a los amigos, no a los enemigos.

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Lo que jamás imaginé es que alguna vez iba a ver, como hace poco, a un jugador expulsado de una cancha de primera división por un “serrucho” que sin duda perdurará en la memoria colectiva por algo parecido a lo que en otros contextos es denominado “faltas a la moral”.

Supongo que eso fue. No sé. Es hora de revisar el reglamento.

Cajita de saldiuvas

Ruta Norte Laguna | Jaime Muñoz Vargas

El jueves escribí este post: En la Casa Juárez vi este hermoso adorno (una caja antigua de sal de uvas Picot) que detonó en mí, proustianamente, un recuerdo de la infancia. A la sal de uvas Picot la mencionábamos en masculino: “Tómate un sal de uvas”, y ya no decíamos “Picot”, pues se suponía que la única sal de uvas era la de esa marca. También recuerdo que no se oía “sal de uvas”, sino como una sola palabra: “saldiuvas”. Esa empresa produjo durante muchos años unos cancioneros con los éxitos musicales del momento, pero fueron famosos antes de que yo naciera. Lo que sí recuerdo, y conservo, es el cancionero Bimbo que circuló en los setenta, con prólogo y notas de Sergio Romano, un locutor con peluquín que luego saldría en programas de Imevisión. El librito me impresionaba, y por eso lo conservo: me parecía increíble poder leer las canciones famosas del repertorio mexicano, como si el sonido se materializara allí en papel y tinta. En un mundo ágrafo y sin publicaciones a la mano, ese cancionero fue para mí una forma de acceder a la literatura que se defiende sola, sin la muleta de la música. Todo lector comienza de algún modo: yo comencé con el periódico La Opinión (hoy Milenio Laguna), revistas de futbol y el cancionero Bimbo.

Las respuestas a este comentario fueron inmediatas.

Claudia Tellaeche, desde Chihuahua, señala que tiene una cajita idéntica: “Yo lo veo a diario en mi cocina, me encanta, es un tesoro obtenido de la tienda de mi bisabuelo”.

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Juanjo Rodríguez, escritor mazatleco, agregó: “Sergio Romano acabó en la tele local de Hermosillo, ya sin peluquín, con un programa propio… y creo que lo anunciaba Lily Téllez. Por cierto, la empresa de sal de uvas Picot era un tejaban con unas señoras en la ciudad de México que revolvían las sales y pegaban ahí mismo las etiquetas. El dueño se hizo rico gracias un comercial de los inicios de la radio que lo invento Cri Cri, que era locutor y productor a ratos: ‘Cuando aprieta el ardor, y el calor es agobiante, tome algo refrescante, con sal de uvas Picot’. Se volvió un éxito ese anuncio y también el producto. Lo leí en las memorias de don Gabilondo Soler, que son muy divertidas”.

Zita Barragán, escritora de Durango, apuntó: “Debí conservar mis cancioneros Picot, no sé qué hice con ellos. ‘La mandíbula batiente, llaman a Chencho Mejía, porque come todo el día y luego se siente mal, atacado por agudo malestar estomacal. Oh, y ahora ¿quién me lo quita? Te lo quita Burbujita, de la sal de uvas Picot”.

Toda esta memoria colectiva por culpa de un adorno y la palabra “Picot”.

Cuentos de la reportera roja

Ruta Norte Laguna | Jaime Muñoz Vargas

Fernando Fabio Sánchez presentará hoy La Reportera Roja, su más reciente libro, en Francisco I. Madero, Coahuila. Comparto aquí parte de la reseña que leí en la presentación celebrada en Torreón el 12 de julio.

Gracias a que le llevo una década de edad he sido testigo afortunado de su crecimiento como escritor y académico, dos facetas que Fernando Fabio Sánchez ha compaginado con solvencia. Es un escritor todoterreno, dotado para la narrativa, la poesía y el ensayo, a lo que desde hace varios años ha sumado la labor de columnista en el diario Milenio Laguna.

Su foja de méritos exhibe logros pesados: es profesor de Estudios literarios y Cinematográficos en California Polytechnic State University, San Luis Obispo. Obtuvo un doctorado en Letras Latinoamericanas por la University of Colorado en Boulder. Se ha concentrado en el estudio de la modernidad y sus diferentes relaciones con la literatura, el nacionalismo, la violencia y la cultura visual en el México post-colonial. Ha publicado los libros de cuento Los arcanos de la sangreDe la escritura a la evidencia: siete historias (pseudo)policiales y los de poesía Posesión de naves y Creación de fondo; y artículos y libros de crítica literaria. En el 2010 publicó el ensayo Artful Assassins: Murder as a Art in Modern Mexico (Vanderbilt University Press) y coeditó, junto con Gerardo García Muñoz, La luz y la guerra: el cine de la Revolución Mexicana (Conaculta).

La Reportera Roja, el libro que nos ocupará, contiene ocho cuentos en los que son más que visibles las pericias literarias de Fernando. Narrador afilado, hunde su mirada en los socavones de la realidad en la que vemos deambular personajes agobiados por el miedo, la desdicha, la incertidumbre y la violencia. Impresiona en los relatos de este autor la firme prosa que sirve para escudriñar las grietas del alma humana, una tendencia permanente a ver más allá de los personajes, a encajar la vista en la circunstancia que los ha moldeado, en el contexto que los formó o los deformó. Fernando es un buzo de la maldad humana, un buscador de las esencias del poder.

Francisco Pineda, de Ciudad Lerdo, moreno, talentoso pero gris, excelente estudiante en el pasado, es el protagonista de “El otro corazón”. Trabaja de forense en Jiménez, Chihuahua. El relato habilita la descripción del bombeo del corazón con lenguaje forense. En su estructura, el cuento pespuntea de las indagaciones policiacas a los discursos técnicos sobre el corazón. El asunto central es ir a ver en tráiler reportado como misterioso, abandonado. Otra vez, la ciencia en su propósito de explicar la barbarie. Francisco trabaja en el forense como de rebote, por los caprichos del laberinto laboral. Sabe que el tráiler tiene seres humanos. El tema de la violencia está allí, aludido en toda su crudeza.

En “La Reportera Roja” un narrador testigo cuenta la historia de la Reportera Roja. Cecilia, quien antes de ser periodista trabajó como socorrista en la Cruz también Roja. Cecilia ha sido reportera de guardia luego de pasar por otras fuentes de información. La historia se ubica en la etapa de mayor violencia en La Laguna, es decir, por el año 2010. El narrador testigo es un poco extraño: cuenta la historia con una especie de cercanía afectiva, parece inmerso en el mundo de Cecilia, la Reportera Roja. El final nos deja ver por qué el narrador está o parece estar cerca de la protagonista.

“Lamborghini negro” es un cuento sobre el poder, sobre el poder excesivo, el poder que jamás mira hacia la ley porque él es per se La Ley. Con el fondo sonoro de la Novena de Beethoven, un rasgo que nos remite al absolutismo ilustrado en este caso contemporáneo, un auto se desplaza a velocidad extrema por la ciudad. Lo conduce un patricio con genealogía de larga data que, alebrestado por el insumo de cocaína, no repara en gestos de prepotencia para indicar con su actitud suicida quién es él. Lo persigue la policía en una jornada peliculesca, algo surrealista, narrada con una prosa exacta y vertiginosa al mismo tiempo. La resolución es previsible si nos atenemos al estatus del conductor y al tipo de vehículo en el que va trepado.

El procurador de justicia Fernando del Rey es el personaje más destacado de “El silencio”, quien junto con sus guardaespaldas es acorralado por presuntos narcos en las oficinas de la institución judicial, lugar en teoría invulnerable ante los ataques de la delincuencia. Nadie llegará a ayudarlos, es una emboscada cuya trama se pierde en los entresijos del poder. En este relato, Fernando Fabio Sánchez se ha detenido con minucia en la semblanza de los guaruras, casi como para significar que cada uno es un ser humano completo, con vida y con afectos, joven. Las cartas ya están echadas, sin embargo, y Fernando del Rey y su gente se verán ante un desafío sin vuelta, irremediable en su aparatoso clímax.

Una enfermera, un grupo de militares y un narco participan en “As de corazones”. En la historia, Bernardo, el narco, pone en marcha un plan para escapar del hospital antes de recibir la alta que lo condenará a ser víctima de los militares. Usa para huir a Daniela, la enfermera, quien al parecer muerde todos los anzuelos y obra con la buena fe que dicta su corazón, claro, enamorado. El final queda abierto hacia una cacería humana.

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Rodrigo de la Paz, chofer de camión repartidor de lácteos, aparece en “El tiempo corre”, un cuento sobre los pueblos diezmados por la violencia. “Una historia de familia” trabaja sobre los relatos fundacionales de la riqueza, muchos de ellos basados en el saqueo que con el tiempo, con el paso de las generaciones, termina adecentado hasta que queda muy atrás la turbia acumulación original del capital. “Jefe de jefes”, cuento que cierra el libro, explora los vaivenes en las alturas del supersticioso poder narco.

La Reportera Roja, tercer libro de cuentos de Fernando Fabio Sánchez, tiene como fondo recurrente la violencia que ha aumentado en los años recientes, pero que en realidad nunca ha estado ausente de nuestro país. Los personajes son sujetos moldeados por circunstancias tan complejas como difíciles, y el autor ha sabido sobrevolar tales circunstancias con historias que a su vez contienen historias, mecanos narrativos en los que despliega una sensibilidad muy fina para percibir de dónde, en México, ha soplado el viento de la desgracia siempre dependiente del poder político y económico nada encubierto en sus atavismos y en la protervia de su accionar.

Comarca Lagunera, a 12 de julio de 2013

Texto leído en el Archivo Municipal de Torreón el 12 de junio de 2023 en la presentación de La Reportera Roja, (Universidad Veracruzana, 2023, Xalapa, 97 pp.), de Fernando Fabio Sánchez. Los comentarios fueron desahogados por Gerardo García Muñoz, el autor y yo.

Macedónica edición

Ruta Norte Laguna | Jaime Muñoz Vargas

Hace quince años, el escritor argentino Fabián Vique sentó la primera piedra de un proyecto llamado Macedonia Ediciones. Lo hizo en su ciudad natal, llamada Morón, en la zona del llamado conurbano bonaerense. Su idea central era abrir cancha, sobre todo, a la microficción, género que, como el cuento y la poesía, tenía y sigue teniendo una presencia marginal en los sellos editoriales más poderosos. A los libros con relatos brevísimos, Macedonia añadió títulos de poesía y un poco, también, de ensayo, novela y cuentos más convencionales. En su nómina autoral destacan escritores de Argentina, pero también los hay chilenos y peruanos.

Macedonia ha sido pues un enclave de la microficción en Sudamérica, y su trabajo ha hecho pinza con otros emprendimientos importantes como el de Micrópolis (Perú), Brevilla y Letras de Chile (Chile) y Ficticia (México). Se puede decir, por ello, que si en nuestro espacio geográfico y lingüístico el cuento súbito se ha desarrollado en los recientes años, esto se debe a la labor callada y tenaz de editores con innegable vocación por una forma de escritura cada vez más frecuentada por escritores y lectores.

El trabajo de Vique se vio enriquecido por la colaboración de José Luis Bulacio, también escritor y editor. Ambos han configurado un catálogo nutrido de títulos que son evidencia de lo creativo y resistente que puede ser el deseo de difundir, a terca contracorriente, literatura al margen de los reflectores.

En la presentación de su web, los macedónicos observan: “Somos un sello independiente creado en el año 2008, en Morón, Provincia de Buenos Aires, Argentina. Nuestra materia central es la Literatura.

Nos deleita especialmente lo breve, aquello que en pocas palabras puede dar aquel cross a la mandíbula del que hablaba Roberto Arlt, o esa visión del mundo que proponía desde la alcantarilla Alejandra Pizarnik. Pero también hemos hecho espacio a otras especies como la novela, la crónica, al análisis del discurso, la Historia, el ensayo y la literatura infantil.

Integran nuestro catálogo autores contemporáneos que se caracterizan por sus propuestas creativas, innovadoras, arriesgadas y bellas. Voces jóvenes sobre todo, no por la contingencia de la edad, sino por la frescura de su obra.

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Nuestro nombre se debe, precisamente, al más joven de los “viejos”, Macedonio Fernández, autor de obras imprescindibles como el Museo de la Novela de la Eterna y Papeles de Recienvenido.

Participamos de congresos, ferias y encuentros nacionales e internacionales dedicados a las Letras, además de colaborar con publicaciones y programas radiales orientados a lo literario. Nuestra aspiración es seguir creciendo, dando a conocer a talentosos autores de todos los rincones del país y de Hispanoamérica en su conjunto. Conducimos este colectivo incontable José Luis Bulacio, Lara Tonco y Fabián Vique.

Compartimos la felicidad de ser parte de los libros y los universos que los libros son”.

Felices quince años para Macedonia, y a festejar con ellos in situ.

Velocímetro de la lectura

Ruta Norte Laguna | Jaime Muñoz Vargas

Durante el fin de semana largo vi a mi hija menor enfrascada en la lectura de El hombre en busca de sentido, el famoso libro de Viktor Frankl sobre los campos nazis de concentración. En una materia le habían impuesto esa encomienda y luego comentar el contenido en el aula, esto como parte de la calificación semestral. Mientras desahogaba el trámite, en una pausa alimenticia, me abordó: “Papá, me medí el tiempo y en una hora pude leer veinte páginas. ¿Tú puedes leer más rápido, verdad?”

Dudé unos segundos en responder, pero luego del breve titubeo recordé que ya había pensado algunas veces en la lectura rápida y en los cursos que enseñan a leer a la velocidad de la luz. No creo en eso. Creo de manera simple que la velocidad de la lectura depende principalmente de dos factores: 1. La densidad del texto, y 2. La capacidad del lector para procesarlo en un grado decoroso de comprensión. Me pongo como conejillo de Indias: si leo una novela de Dumas, que no es simple pero tampoco densa, puedo sentir que avanzo a una velocidad alta en comparación a la velocidad que imprimiría si leo a Foucault. Puede ocurrir que una página del filósofo me demande igual cantidad de tiempo que la del novelista, pero es evidente que la comprensión no se dará igual: la densidad del texto me obligará a trabajar más despacio, y aún así es probable que no logre procesar bien lo leído, de manera que deberé releer, es decir, invertir más tiempo.

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La velocidad de la lectura no puede ser pues considerada en el aire, sin saber a qué texto nos referimos y qué tipo de lectores somos. Por ello, como moraleja de la anécdota filial, le hice a mi pequeña una gráfica elemental referida a un mismo hipotético libro: alguien invierte media hora leyéndolo y no comprende frente a alguien que invierte una hora y lo comprende. Quien leyó media hora y no comprendió no sólo no entendió, sino que perdió una valiosa media hora. En cambio, quien depositó una hora y comprendió, gastó una hora y ganó un conocimiento que puede durarle para siempre.

En suma, la velocidad importa poco o nada frente a la comprensión. Esto, y también disfrutar, es lo que debemos buscar en la lectura, no pasar las hojas más aprisa pero en blanco, sin saber qué ha ocurrido sobre el papel.