Las uñas sucias

Texto por Elena Palacios

Salgo de mi escondite cada mañana, justo cuando las puertas del colegio se abren para recibir a los demás niños y comenzar la jornada. Los alcanzo y me confundo entre sus risas. No sé cuántos años tengo, pero me identifico con todos. Algunos días con los de ocho años; otros, con los más pequeños; y otros más, con los mayorcitos, de once, doce años. No importa, creo que el uniforme hace que yo pase desapercibido. Si entro al baño, puedo verme en el espejo: piel pálida, ojos redondos con ojeras grises y cabello muy liso, como si estuviera mojado. Tengo sucias las uñas, con una suciedad verdosa; las lavo o las escondo para que no me avergüencen pero al día siguiente vuelvo a tenerlas sucias. En mi mejilla izquierda hay un lunar parecido a una lágrima oscura cayendo del ojo.

Todos los muros del colegio llevan pintura verde, un verde tierno, como nieve esponjosa de limón. Hay cinco salones en la planta baja y una escalera de cemento que subo cuando quiero ir a los grupos de cuarto, quinto y sexto. Elijo el salón para pasar la mañana. Creo que hoy será segundo. Me gusta la voz de la maestra de ese grupo. Es grave y tranquila, como si nada tuviera poder para alterarla, pero descubro lo contrario cuando grita el regaño a algún mal portado, como ella dice. Ahí aprendí las tablas del dos a la del cinco, y también a dividir. Al principio no podía, pero esa maestra parece un ángel; aunque nunca he visto uno, imagino que los ángeles tendrán la cara y la voz así. Y que igual que ella, se pasearían entre nosotros los niños, custodiando nuestros logros y acariciando con ternura nuestra cabeza.

Los lunes, en cambio, subo a quinto. La profesora tiene la cara seria, la dureza de su mirada se agranda tras sus anteojos. Pero los lunes nos enseña a cantar, por eso subo. Me siento hasta atrás, a espaldas de un niño alto, para que no me vea y no molestarla.

Cada viernes entro al salón más temido por todos, el de sexto grado. La maestra es la directora, una anciana de ojos redondos y piel pálida. Lleva siempre una diadema de carey que le mantiene la frente despejada. Ahí también recibe los pagos de las colegiaturas, por eso sólo debo esperar a que alguien, niño o adulto, entre a pagar, entonces aprovecho y me cuelo sin que nadie se dé cuenta. El viernes de cada semana hay examen para sexto. Disfruto el ambiente de nervios y de tensión. Casi puedo oír el tamborileo en el pecho del niño que va a ser interrogado. Sufro angustia si se equivoca al responder, pero comparto su triunfo cuando acierta. Los mejores alumnos ganan una tarjeta blanca; los casi mejores, una azul; los que estuvieron bien reciben una amarilla. Cuánto anhelo tener mi propia colección de esos rectángulos perfectos de cartulina pero por más que alzo la mano o grito la respuesta, parece que la maestra no me escucha. Ha de ser, que a causa de la edad su oído se ha estropeado, pero si me aproximo para hablarle, puedo sentir su ligero estremecimiento ante mi cercanía.

Más de Elena Palacios: Con la dirección rota

A veces visito el salón de preprimaria, nomás para ver a Ofelia, la profesora que me enseñó a leer. Voy a la hora del receso y mi vista embelesada se regocija al verla ofrecer sus dulces: gomitas azucaradas, tamarindos enchilados, monedas de chocolate y chamois que hacen toser. Pasa entre las filas con su charola de delicias y lleva el dinero en una bolsa del delantal. Admiro sus uñas limpias que despuntan en su piel morena.

Lo único ingrato en el recreo son los juegos de balón. Mi alma se encoge cuando los niños corren tras la pelota y se la disputan. Entonces huyo del patio y entro al aula; mientras las niñas se secretean e intercambian muñequitas de papel, tomo un gis y dibujo en el pizarrón. Dibujo un mar, sin olas y profundo, y a mí con traje de buzo. Jamás nadie me delata cuando la maestra vuelve y pregunta de quién son esos garabatos.

Cada tarde el colegio se muere. Agoniza en la alegría de cada niño que regresa a con sus padres. Una a una las voces se apagan; enmudecen los salones, los patios, la escalera. Me quedo un rato más ahí, entre los arbustos de laureles rojos y los árboles de granadas que prestan sombra a los bebederos. Asomo mi nostalgia por las ventanas de los salones. Duermo una siesta, arrullado por los ecos que se esconden entre el concreto y la madera. 

Al tenderse las sombras, un aroma a flores secas me conduce hacia la casa, ésa que de día nadie nota, será porque siempre permanece cerrada. No necesito luz para recorrerla, no tropiezo, la conozco de memoria. La mecedora siempre vacía, el espejo redondo y el baúl que guarda juguetes antiguos. Llego a la cama de latón donde duerme la anciana directora, dueña del colegio. La escucho sollozar en la negrura. He visto sus lágrimas mojar la almohada. Me atormenta su llanto, lo siento como una gruesa cadena que aprisiona mi espíritu. 

No me gusta entrar en sus sueños, pero siempre estoy ahí, en su pesadilla más cruel: es ella, joven y sentada en la mecedora, canta arrullos al hijo que acuna en su regazo. Luego ha de pasar el tiempo, porque la veo correr tras el niño que juega con una pelota. Un hombre viene y discuten, sus ánimos se alteran. En el patio, la esfera de hule brillante cae en la cisterna, el niño también, por querer rescatarla. Entonces la mujer de la diadema grita, se jala los cabellos, se desgarra el alma. Después sus gritos languidecen, hasta quedar en un gemido lastimero de animal en agonía. De vuelta en la mecedora, arrulla a su hijo muerto. En el piso, un charco crece con las lágrimas de la madre y el agua que escurre del cabello infantil.

La directora despierta jadeante y yo junto con ella. Soy liberado del horror de ese sueño. Se sienta en la cama, se sirve un poco de agua de la jarra que pone en la mesita de noche. Da dos tragos, reacomoda su almohada y con el cuerpo vuelto hacia la pared, reconcilia el descanso. 

Yo también tengo sed, Espero el compás de su respiración para beber pero la jarra es muy pesada. En mi intento de servirme hago caer el retrato del buró: es la foto de un niño, sé que soy yo, pero más pequeño, los ojos redondos y la piel blanca, el cabello liso como si lo tuviera mojado, y en la mejilla un lunar, como lágrima oscura que cayera del ojo.

Es muy tarde ya, casi la medianoche. Salgo del cuarto de mi madre sin hacer ruido. Atravieso el patio y regreso a mi escondite, la cisterna. Ignoro los años transcurridos, pero aún logro pasar a través de la ranura en la tapa del depósito. Tanto al entrar como al salir, me ensucio las uñas de lama húmeda y verdosa. Aquí descanso, hasta que mañana el colegio vuelva a abrir sus puertas y reciba a los niños, y yo pueda mezclarme entre sus risas y seguir viviendo de su alegría. 

El texto aquí mostrado forma parte de libro “Cuentos cortos para gente que duerme sola” de Elena Palacios. Su reproducción fue avalada por su autora.

Con la dirección rota

Por Elena Palacios

Te amo…

Las palabras de Celia son el eco de un susurro que me saca del sueño. Miro a mi lado y descubro que el cadáver aún duerme en mi cama, acurrucado junto a mí. Trato de descansar otro rato pero su voz, como el vuelo de una abeja, me zumba en el oído. La encuentro más linda que nunca, adoro verla, sonríe, como si soñara bonito, o como si le viniera al pensamiento un recuerdo feliz. 

¡Celia, mi amada! No sé bien si te maté o te suicidaste; no creo que eso le importe a nadie, sólo a mí, algunas veces. Aprieto entre las mías tu mano muerta y trato de entibiarla a fuerza de besos. Me resigno ante la impotencia de no generar reacciones, tú, sin embargo, desde la quietud absoluta sigues afectando mi vida. 

Hago lo de siempre: la cargo en el hombro. Hace tiempo que no pesa; una de mis manos presiona su espalda y la otra protege el quiebre de las piernas. Abro la puerta del auto y la siento con suavidad; le pongo el cinturón y acomodo su cabeza para que no se incline. Su pálida tez resalta con la luz de la luna. 

Más de Elena Palacios: Golpes en la madera

Me siento frente al volante, miro de reojo a Celia y la consuelo. No te asustes, cariño, le digo, es cuestión de minutos, ya sé que te disgusta mi forma de conducir. Manejo de prisa hasta donde mismo, subo por ese camino de terracería en el que siempre me persigue la lluvia del anochecer. He hecho esto no sé cuántas veces, nunca da resultado, soy una especie de Sísifo, el titán griego, que por desafiar a los dioses fue condenado a una tarea inútil y eterna. Termino el trabajo, más con agobio que con cansancio físico, además al auto le urge ir al taller mecánico. 

Llego a casa y veo que dejé la puerta sin asegurar. En el baño de la entrada borro de mis manos cualquier residuo de tierra. Subo a la habitación, dejo las llaves sobre el polvo del buró, enciendo la lámpara y entonces la encuentro de nuevo. A Celia. En mi cama, con la misma sonrisa. Todo igual, excepto sus zapatos; y la imagen es difusa, semejante a cómo se recuerdan los sueños viejos, pero esto hace que ante mis ojos, sea aún más hermosa. 

No soy experto en estas cosas, pero no me sorprende encontrarla, es que de antemano supe los inconvenientes que esta obsesión iba a ocasionar.

Reinicio el rito, ahora la cargo en el otro hombro y frente al espejo, aliso un poco la tela del vestido, me dirijo al auto. En cada ocasión, Celia lleva zapatos distintos, y como si se tratara del rezo de una plegaria, su voz comienza a decir frases de amor, muchas, algunas repetidas, y sus labios se mueven como para besar y sonreír. Su cuerpo parece un templo de tan pulcro y silencioso; beso su boca que lleva sabor a secretos bien guardados. De su corazón abierto no escurre sangre sino una especie de bálsamo caro, del que producen los corazones muertos, ésos que tan alto nos cobran la estupidez de creer que uno puede dar amor aunque el destinatario no quiera recibirlo.

Enciendo el auto y conduzco. Me duelen los antebrazos al forzar la dirección del vehículo para dar vuelta. Paseo por los lugares donde nos vimos y caminamos juntos; sin embargo, siempre termino en el sitio que marqué para sepultarla. Esta vez no quiero ir ahí; viajo durante un tiempo largo mientras escucho la tersa respiración de Celia. Celia que propone, jura y suplica. Pero las voces que desde siempre hablan en mi cabeza, me convencen, con su labia fascinante, de que todo anda bien. 

Es mentira, nada marcha bien. Necesito ayuda. Lo sé. Lo he sabido desde que comencé a amarla tan apasionada y obsesivamente. Necesito que alguien haga por mí lo que no consigo: deshacerme de este amor perene que invade mi mente; borrarlo de la cama y de mis hombros, de mi vida y de lo único que me queda: un auto con la dirección rota.

El texto aquí mostrado forma parte de libro “Cuentos cortos para gente que duerme sola” de Elena Palacios. Su reproducción fue avalada por su autora.

Golpes en la madera

Cuento por Elena Palacios

Semanas antes la larva devoraba los restos del cascarón; al verse libre se aferró al hinojo y comenzó a alimentarse de sus hojas; incansable, como una máquina creada exprofeso para comer. Era difícil abstraer mi interés de sus acciones, confieso que siempre me he dejado llevar por el morbo que produce en mí el ciclo de la vida. 

Imposible evocar mi infancia sin que en la memoria aparezca mi padre, y junto a su recuerdo, el de los perros. Nerón, el criollo amarillo que ya estaba cuando nací, tantas veces atropellado en la calzada y siempre vuelto a recuperar, atendido por papá; no merecía el nombre porque era manso. Recuerdo su muerte en una tarde triste y amarilla también, tumbado sobre las baldosas rojas, junto al lavadero, cubierto de un fluido pegajoso atractivo para las moscas; debí espantarlas para que Nerón muriera sin acoso, me acuclillé ante su agonía, sentí tristeza y me quité de ahí, sólo fue compasión sin utilidad. 

Después vino Duque, un dóberman de mandíbulas enfurecidas. No era nuestro, sino un encargo de cuidarlo que papá aceptó, igual que antes aceptara otros. Permanecía encadenado en el patio del fondo y a pesar de la cadena y de mis doce años, procuraba no pasarle cerca. Duque estaba cuando mi padre murió. 

La oruga crecía tanto que por lo menos tres veces tuvo que cambiar de envoltura.

Por esos mismos días la muerte rondaba nuestra casa. Ponía huellas aquí y allá: nubes negras, puertas que crujían, aullidos de Duque, y una lechuza que sobrevolaba el patio todas las noches, enloqueciendo a mamá; además de las rosas, que recién abiertas, se marchitaban.

Palmo a palmo, las garras etéreas de la muerte se adueñaban de mi padre, de su cuerpo y de su lucidez. Papá ya casi no comía y en su mente se enredaban los pensamientos, los recuerdos viejos y los de la noche anterior. 

Más de Elena Palacios: A la luz del encendedor

Desapercibida entre las ramas del hinojo, la oruga comenzó a fabricar una crisálida oscura de manchas moradas, refugio en el que durante varias semanas se procesaría el milagro de la metamorfosis.

El corazón de papá estalló un jueves, mamá andaba en la cocina y yo en la escuela. No me lo dijeron, el director sólo me mandó a casa, pero lo supe al ver en nuestro porche a mis hermanastras que jamás nos visitaban. Lo supe también porque el sol se ocultó y porque el dóberman lanzaba aullidos tristes dilatados en la espiral del sonido, pero sobre todo lo supe por la angustia en mi estómago y la ingrata sensación de pesadez en los riñones.

Encargaron un ataúd al carpintero distante dos calles y nunca supe cómo fue que yo alcanzaba a oír los martillazos sobre los clavos en la madera. Parecían toquidos en la puerta; golpes ansiosos, exigentes, y al momento tristes, cansados. Era como si el alma de mi padre tocara en una puerta que nunca se abriría para él. 

En el patio de atrás se daban también unos golpes que nadie oía, y, que por tanto, era como si no existieran: los de la mariposa rompiendo el capullo. Otros ruidos ocupaban el aire: los sollozos de mamá, el murmullo de los rezos, la murmuración de mis hermanastras. Aunque nadie la oía, la mariposa completaba su ciclo. Fui testigo porque algo me atrajo al patio, algo me hizo vencer el miedo a Duque y antes de que la oscuridad colmara en el cielo, vi a la mariposa emerger de la crisálida, tenía las alas oscuras, húmedas y aún replegadas.

Dos hombres trajeron el ataúd y lo metieron hasta el cuarto de papá. Mi madre me ordenó besar la frente pálida y helada. Sacó del ropero una sábana nueva bordada con hilos color oro viejo, la puso dentro del féretro y luego los hombres colocaron a mi padre. Iba sin zapatos, con calcetines negros, un pantalón oscuro de casimir y una camisa de franela. Parecía dormido porque sus ojos y su boca quedaron bien cerrados, el cabello corto, en orden, como de costumbre. Pero era un cadáver, sus manos unidas sobre el vientre, descoloridas, como su cara. Lo velamos en la estancia, entre un crucifijo de pedestal y dos luces con capelo rojo, además de veladoras y flores.  

Me dieron de cenar una pieza de pan y un vaso de leche, luego me mandaron a dormir. No era mi cama ni mi cuarto y nos amontonamos mi hermano pequeño, mis primas y yo. 

Desperté con el aleteo. Dejé la cama sin hacer ruido, salí del cuarto, descalza sobre el piso tan frío, como si debajo también hubiera muerte. Caminé a la estancia y la escena se me presentó con cierto dejo de la irrealidad que hay en los sueños: el cajón de madera con mi padre adentro, las luces mortecinas y a mi madre sola, sentada en un sillón donde dormía, o eso aparentaba. La mariposa estaba ahí, inmóvil, como un sello negro estampado en el cielorraso de la estancia. Habían transcurrido seis horas desde que rompiera el capullo, poco a poco extendió sus alas y fue su revoloteo lo que me despertó. 

Por la mañana, mamá ordenó cerrar el féretro. El carpintero sostenía varios clavos en la boca mientras con el martillo encajaba el primero en la madera. Busqué a la mariposa sin encontrarla. 

En el panteón la caja fue bajada con cuerdas. A punto de que vaciaran la tierra, grité no lo hagan, me miraron y tuvieron lástima de mí, pero seguí insistiendo: ¿que no oyen?, ¿no oye los ruidos, mamá? 

Todos me compadecían, lo advertí en sus miradas, pero era cierto, dentro de la caja algo continuaba vivo. 

Otra vez se hizo de noche, la muerte se había ido y la gente también. Ya podía dormir en mi cuarto y en mi cama, pero resultó imposible, el morbo me obligaba a pensar en el desconcierto de la mariposa, en sus alas quebrándose al golpear entre las maderas del ataúd de papá.

El texto aquí mostrado forma parte de libro "Cuentos cortos para gente que duerme sola" de Elena Palacios. Su reproducción fue avalada por su autora.

A la luz del encendedor

Por Elena Palacios

Luis enciende un cigarro mientras espera el autobús. Son casi las nueve de la noche, pero no siente cansancio. Fuma sin prisa, casi elegante. Con aire disimulado mira a cada persona que pasa. El camión se detiene en la parada. Antes de abordarlo, el fumador aplasta contra un poste lo que queda del cigarro. Elige el asiento trasero y abre el periódico vespertino que lleva bajo el brazo. Encuentra en la sección roja la nota que le interesa: nada se sabe aún de la identidad del llamado “asesino poeta”, quien lleva ya tres víctimas en apenas tres semanas, no deja huellas que lo delaten, salvo un poema distinto en cada uno de los cadáveres, uno de Neruda, uno de Bécquer y uno de Manuel Acuña

Lee y relee el texto, encuentra un extraño placer al hacerlo.

Con la navaja afilada que siempre carga, recorta la noticia, dobla varias veces el papel para que quepa en su bolsillo, luego cierra el periódico y lo abandona sobre el asiento de al lado. El resto del viaje cierra los ojos, no para dormir, sino para ver mejor las fantasías que pueblan su mente. A punto de levantarse y pedir la bajada, llama su atención un libro que cae al piso del autobús desde las manos de su dueña. Horal, alcanza Luis a leer en la portada. No necesita ver el nombre del autor; Jaime Sabines, piensa, uno de mis favoritos. En un rápido movimiento, la joven se inclina, levanta el libro y pide bajar. Luis baja también. 

Pasan de las diez. Aún queda un tramo de casi un kilómetro hasta su casa. La calle descansa desierta y en silencio. El hombre se detiene a encender otro cigarro para dar a la joven la oportunidad de caminar delante de él. Levanta la cara para arrojar el humo hacia la luna inmensa y redonda. Comienza a seguir a la muchacha y la ve colocarse los audífonos del celular. Luis sonríe a su buena suerte. La joven mujer camina de prisa, pero distraída, parece buscar algo en el bolso. Es más alta que yo, aprecia él, que siempre se ha lamentado de su estatura mediocre.

Luis escucha el tono del whatsapp. Es un texto de Adela, su esposa: “Amor, compra otro jarabe, se acabó y la niña tiene tos. No te tardes”. 

Puta madre, murmura contrariado. Conoce el barrio de memoria. Calcula la distancia hasta la farmacia, puede apresurarse, comprar el encargo y regresar para encontrar de nuevo a la joven. Con esa intención, acelera el paso, la alcanza y la rebasa, sin mirarla.

Entonces ella le habla. 

⸺Disculpa, ¿traes encendedor?

Luis se paraliza. Hablar con ella no entra en el plan. Nunca ha habido palabras de por medio con las otras, ni siquiera se permite el contacto cara a cara, hasta ahora. Ella insiste.

⸺¿O cerillos?, por favor ⸺el acento suena a norte, pero un norte dulce, acariciante.

Están a la altura del terreno baldío a espaldas de una bodega abandonada. El corazón de Luis punza en su pecho, casi duele; nervioso, traga saliva, sus manos se humedecen. Del mismo bolsillo en el que lleva la navaja, saca el encendedor, se acerca a ella en ese acto, tan simple e íntimo a la vez, del hombre que ofrece fuego a la mujer, y cuya equivalencia sucede cuando la mujer acomoda el cuello de la camisa o ajusta el nudo de la corbata. Un click y la luz del encendedor, solícita y temblorosa, le deja ver el rostro femenino, descubrir los enormes ojos de gato, la sonrisa casi de niña, el cabello mecido por el viento frío. La lumbre se deja tomar por el cigarro. La chica levanta la cara para aventar el humo y dice:

⸺¡Qué luna!, como para tomarla a cucharadas. Mira…

Luis voltea hacia el cielo y siente, ahora sí, una dolorosa punzada en el pecho. Primero, una sensación ardiente; enseguida, helada como el metal; luego, nada, la aterradora sensación de la nada.

Más de Elena Palacios en Red es Poder: El aroma de Braulia

Adela baja el volumen del televisor y se asoma por la ventana. Su marido no llega y la niña no deja de toser. En el buró de Luis ve el frasco de pastillas. Exhala resignada. Otra vez se le olvidaron, debe andar siguiendo a alguien por la calle, obsesionado, como siempre; maldita manía, menos mal que es inofensiva, piensa mientras toma el celular para mandarle otro mensaje.

Al día siguiente, el periódico anuncia el cuarto crimen: Luis Sánchez, según su identificación oficial, encontrado en un lote baldío, junto a una bodega desocupada. El asesino, según su costumbre, apuñaló repetidamente el pecho de la víctima y dejó sobre el cuerpo un poema, esta vez, de Sabines.

*Este texto forma parte del libro “Cuentos cortos para la gente que duerme sola” y su reproducción fue autorizada por su autora.

Aracne

Por Alejandra Madero

Ya pasaron cuatro años desde que dejé de ser Gerente de Recursos Humanos. Mismos que trabajé desde mi casa haciendo contabilidad. Volteé a ver la esquina de mi casa llena de una densa telaraña, esperaba que no fuera una viuda negra, pero ya llevaba tiempo que no las limpiaba. Siempre estaba sola y no me preocupaba mucho. Recuerdo que el jardinero se quejó la última vez que lo puse a limpiarlas porque siempre salían muchas telarañas. Me distraje con un hilo de saliva, recordando al Chacal, mi némesis  cuando era Gerente de R.H.

Al de contraloría, alias el Chacal, le pusieron así porque algún empleado dijo que una vez le tocó ir a una emergencia de trabajo y que bajo la luz de la luna llena se transformaba en una criatura con cabeza de Chacal. Todos se lo tomaron en broma. Pero su personalidad era de un perro rabioso olfateando donde hubiera un error para escarbar y ver si estaban robando. Ahí entraba yo de Recursos Humanos, si estabas  robando pues ibas para fuera. Yo era la responsable que todos los empleados se relacionaran bien en la oficina, duré con ese puesto 15 años. Si llegabas tarde, te rebajaba un retardo, si  tenías una disputa con un compañero, te ponía una incidencia, si juntabas tres incidencias valía como falta, si tenías tres faltas en un mes estabas despedido. Siempre prefería despedir a la gente en luna llena, pensaba que podrían empezar desde cero con la luna nueva. Hubo varios casos de empleados donde nadie volvía a saber de ellos cuando los corríamos, era un misterio que desaparecieran. 

Nunca fui muy querida en la empresa, pues me tocaba correr gente, castigar gente, delatar cuando no se relacionaban bien. Me nombraron Aracne porque mi apellido era Acme, y como siempre llevaba cosas que bordaba yo misma, no me pude zafar del apodo de tejedora. También porque cuando corría a alguien decían que con una mano tejía el hilo de la vida y con la otra mano traía las tijeras de las Moiras. 

El Chacal era el que peor se relacionaba y por eso yo tenía que estar detrás de él para corregirlo. Recuerdo una vez que estaba dando créditos a los empleados con unas tasas por arriba de las del banco. Los empleados adictos a las deudas, que ya estaban endeudados en todas partes, recurrían como último recurso con él.  Ahí entré yo a defender a los empleados, yo era la encargada de dar los préstamos en la empresa con la tasa más baja y si ya estaban endeudados conmigo, nadie más podía hacer préstamos en la empresa. Con el propósito de  acabar con esta mala forma de relacionarse, fui a la oficina del Chacal  cuando él hacía  inventario en el almacén, y le saque los vales de préstamos de su oficina y los entregué al Director General. Me colerizaba que se atreviera a relacionarse mal en su ambiente de trabajo, estaba decidía a despedirlo. 

El Director General mandó llamar al Chacal  a su oficina y él para defenderse acusó a todos los que vendían sus propios productos dentro de la empresa. Nunca falta el que vende tamales los sábados, el que vende jugos por la mañana, la de los zapatos de moda, el maquillaje a plazos, vales para zapatos, quesos caseros, entre otras cosas. Al rato ya estábamos todos en una junta porque para vengarse de que no podía hacer préstamos ahora nadie iba a poder vender en la empresa, que ya estaba prohibido pero no había consecuencias mayores. El Chacal me acusó que yo me daba cuenta de todos los que vendían y solo a él lo acuse de dar préstamos. El Director General me regaño frente a todos. El de contraloría tenía la habilidad para hacerse odiar por todos, no era ninguna sorpresa que los sábados que no usábamos uniforme, llegara con la playera del equipo de futbol del América, para que lo odiaran todavía más. 

Más de Alejandra Madero en Red es Poder: El Psiquiatra

Cada vez me daban más ganas de comérmelo vivo por ser tan conflictivo y tan odioso, por ser un Chacal, pero pues resulta que al Director General le servía que fuera un Chacal y que se la pasara escarbando para encontrar ladrones, ya que había varios encubiertos.

En la  empresa, como en cualquier otra  oficina, era un campo de batalla, los de administración castigaban a todo el que no llevaba las cuentas bien, los de ventas castigaban al que daba mal trato a los clientes,  etc. Recuerdo bien a uno de compras, le decían el Clérigo Elefante, supuse que porque saldrían las leyendas que se convertía en Elefante Clérigo bajo la luz de  la luna llena, pero igual era porque le pedía su diezmo a los clientes y estaba narizón y orejón, si podría parecer elefante.  El Chacal lo traía en la mira desde hace años pero no le había podido comprobar nada. 

Yo siempre buscaba algún error del Chacal para presentarlo en dirección, recuerdo haber presentado que acosó a una practicante. Pero como la practicante era muy problemática, salió primero ella. Yo le di la noticia cuando era luna llena. También desapareció después de eso. Otra vez lo acusé de que los empleados a su cargo no duraban ni 3 meses porque no se sabía relacionar con ellos, y siempre les pedía que trabajaran horas extras sin registrarlas. Pero tampoco lo corrieron porque llevaban el inventario impecable. Así estuve varios años hasta que decidí renunciar, tantos corajes ya me estaban afectando a la salud, comía demasiado por el estrés, siempre después de luna llena era cuando me sentía fatal porque no solo aplicaba ser estricta en el trabajo con las relaciones personales, lo utilizaba en toda mi vida; Si estas fastidiando a tu pareja, te hacia un aviso que pararas, si hacías comentarios misóginos en una reunión con mujeres, te hacia un aviso para que te detuvieras, si empezabas a crear polémica innecesaria sobre Religión, futbol o política, te ponía un alto. Me encolerizaba cuando veía a alguien tener malas relaciones personales, me daban ganas de comérmelos vivos, siempre pensé que el mundo sería perfecto si todos nos relacionáramos bien con amabilidad, con bondad, pensando en los sentimientos del otro. ¿Por qué la gente no podía simplemente relacionarse bien?

Cuando renuncie, pasaron cuatro años hasta que lo corrieran. Resultó que él también acabó robando para poner una ferretería por su cuenta. Me enteré hace dos días del chisme, resultó que era luna llena.  Yo estaba dando un paseo cerca de su casa, a la hora que regresaba de su ferretería. Fue chistoso como cayó en la red que tejí a la vuelta de su casa. Sabía que pasaría por ahí. Me sorprendió verlo con cara de Chacal negro, nunca pensé que fuera cierto las leyendas de la luna llena. Traía como una falda blanca con cinturón dorado, unas pulseras doradas en los antebrazos, pelo azul eléctrico largo. Era una copia vulgar de Anubis el guardián egipcio. Me tiró una mordida y me alcanzó el chamorro debajo de mi vestido largo con varias capas de tela de colores tierra. Le enterré una de mis uñas largas perfectamente afiladas con las que tejía, cuide que no se me mancharan los guantes largos dorados que dejaban al descubierto mis dedos. El hocico se abrió y  me gritó: “¿Por qué me vas a matar, si tú nunca me corriste”. A lo que le contesté: “Porque nunca aprendiste a relacionarte bien”. Lo bueno es que ya estaba pegado en la red y lo pude envolver rápido con saliva  que tenía en mis patas de araña que me salían del cráneo entre mi pelo obscuro recogido en un chongo. Lo envolví bien en lo que parecía un capullo y lo jale por la calle en mi vestido con cuello alto,  y escote.  Al fin iba a descansar porque ya no se seguiría relacionando mal con la gente. Pero no podía dejar de relacionarse mal, sus últimas palabras para hacerme enojar fueron: “¡Como si castigar gente y comérsela fuera relacionarse bien!, por esto vives aislada, por eso le huyes a la gente, de menos yo puedo llevarme con la gente, tú nunca te relacionaras con nadie.” En el fondo yo sabía que nunca cambiaría y que este mundo era mejor sin él y que eso lo decía solo para hacerme enojar. Pero no le daría el gusto. Ese día no. Yo había ganado al fin. 

*La reproducción de este texto fue con total autorización de su autora. Prohibida su distribución. 

El aroma de Braulia

Cuento por Elena Palacios

⸺¿Nunca se ha quemado cuando plancha? ⸺pregunto quedito, esperando que mi voz pase inadvertida para mamá.

⸺Una que otra vez ⸺responde Braulia sin verme⸺. Creo que me quemaba más con la ceniza del cigarro ⸺admite con su sonrisa de nicotina.

La veo junto a mamá, compañeras de planchado, una humedece la ropa rociando agua con los dedos, la otra plancha. Mientras una disipa las arrugas de un mantel, la otra guarda cada prenda.

⸺¿Fumaba mucho? ⸺insisto.

⸺Más o menos ⸺admite con timidez.

⸺¿Y a poco ya no fuma nunca?

Antes de que mi curiosidad se vea satisfecha, la voz de mamá me increpa.

⸺Deja de estar de metiche. Vete a barrer el patio.

⸺Ya está barrido.

⸺Pues bárrelo de nuevo o quita la ropa del tendedero o ve a ver si ya pusieron las gallinas ⸺me regaña con miradas, más que con palabras.

⸺No mamá ⸺le ruego⸺, déjeme estar aquí, ya no voy a preguntar nada ⸺prometo y me callo, y me limito a escuchar sus pláticas.

En la casa no hay necesidad de que Braulia ayude, somos cuatro pares de brazos femeninos, tampoco es que a mi padre le sobre el dinero, la empleamos porque necesita el trabajo. Nosotros sabemos lo que es la necesidad, antes de que yo naciera, mamá también se ocupó en lavar y planchar ajeno. Por eso digo que son compañeras de planchado, no patrona y empleada. Tal vez no sean amigas, pero mamá le confía sus problemas: lo cotidiano de la vida familiar. 

Braulia no tiene familia, excepto a Juanote, su hijo ya adulto al que llamamos así por ser tan alto y fornido. Aunque a Juanote le gusta la borrachera, se paga sus propios tragos y no da problemas; pero está solo, como su madre. Ambos ocupan el cuartito de una vecindad. Braulia y Juanote me remiten a un binomio inseparable, no puedo pensar en uno sin hacerlo en el otro.

Me gusta que venga Braulia, escuchar su voz ronca por tanto que fumó en el pasado y su risa que se parece al ruido de quebrar nueces. Esquelética, enfundada en vestidos sobrios, abotonados hasta el cuello, de mangas largas y colores oscuros. Su piel es morena como el piloncillo. Tiene largos los pies y calza zapatos sin gracia pero escrupulosamente limpios. No sé hasta dónde le llega el cabello porque siempre lo tiene recogido en un chongo. Podría pasarme las horas hablando de ella, describiendo sus gestos, la forma de sus dedos o su modo de planchar, tan rápido y perfecto; de cómo cuando llega, sonríe al saludarme y de las historias tristes que a veces me cuenta; pero no sé decir a qué huele Braulia, no huele a nada, ni su ropa, ni sus manos, nada; me hace pensar en una flor antigua y extraña, sin aroma, igual a ese clavel que mi hermana metió entre las páginas de un libro, y ahí se conserva, seco y oscuro, quebradizo y sin olor.

Es jueves, día que viene Braulia. Pero no vendrá. Es posible que jamás volvamos a verla. Papá nos leyó la noticia en la sección roja del periódico: el cuarto de vecindad se calcinó a causa del cigarrillo que su ocupante fumaba al vencerlo el sueño.

Estos días tengo miedo de la noche, de dormir, pues en cuanto cierro los ojos veo a Braulia. Lo mismo ocurre cuando me baño, porque a fuerza he de apretarlos para que no se me enjabonen. Además, al quedar la casa a oscuras y en silencio, imagino escuchar su risa. No puedo contarle esto a nadie, se burlarían de mí. Ojalá se me pase con el tiempo. Apenas va a cumplirse una semana.

Te puede interesar: Hable bien

La siguiente vez que aparece en el quicio de nuestra puerta, Braulia es un fantasma que huele a humo. Nos mira con sus ojos apagados y la sonrisa que intenta semeja una grieta en el muro. Se desliza, silenciosa y densa, hasta el cuarto de planchado. Sus manos huesudas desatan el bulto de ropa húmeda y una a una, extiende las prendas para borrarles las arrugas con el calor de la plancha. La veo apretar los ojos, como cerrando las compuertas para que no escape el agua. ¿Será que este calor quemante le recuerda el fuego que consumió su casa? Ese calor despiadado que la dejó sin la mitad de su vida. 

La oigo contarle todo a mamá: Juanote había llegado borracho esa tarde, se echó en el catre y se durmió con el cigarro entre los dedos, mientras ella había salido a entregar una docena de camisas planchadas. 

Mi madre la escucha en silencio y la abraza por un hombro, le ofrece sentarse a tomar café y pan. 

Voy con mis hermanas y les digo que Braulia huele a humo, me responden que estoy loca y que me calle, que no ande diciendo tonterías. 

Pero es verdad, Braulia exhala un aroma que le viene del alma y que nunca se le va a quitar. Hoy más que nunca me recuerda al clavel deshidratado: frágil, quebradiza, metida para siempre entre las páginas de una historia triste, como aquéllas que me gusta escuchar de su voz.

*Este texto forma parte del libro "Cuentos cortos para la gente que duerme sola" y su reproducción fue autorizada por su autora.

Pandemia

Ninguno de los dos buscaba más quoxígeno en ese mundo deshabitado por los abrazos y los besos, pero las miradas se encontraron en un desplante involuntario de insubordinación instantánea.

Solas quedaron las miradas en ese mar de silencio, pero el encontronazo visual desencadenó una metástasis que afectó a los labios, embozados por el cubre bocas sanitario, y en corazón, pulmones, estómago y todos los demás órganos.

Ya sólo mediaban dos metros y la advertencia mortal de los contagios entre esas dos personas enamoradas.

Tampoco se atrevieron a hablar, porque en ese mundo las palabras tenían la alta prioridad de la emergencia sanitaria, por lo que acordaron, con un levantamiento de cejas, no infectar ese amor que iba creciendo exponencialmente al paso de los minutos, de las horas. Porque primero se contemplaron de pie, cerca del hospital, pero luego avanzaron hacia un parque abandonado para acariciarse el alma desde lejos.

Te puede interesar: Danza de fuego

Así pasaron esos dos pares de ojos, enamorándose sin hablar, sin tocar, a la espera de tiempos mejores.

Un buen día todo pasó y a las máscaras de hospital las suplantó la sonrisa abierta y el beso explícito, pero ellos prefirieron seguir amando con el alma, a distancia, con la manera en la que nada se infecta ni desgasta.

Hable bien

Mónica no sabía por qué diantres estaba ahí. Bueno, corrección: sabía perfectamente por qué estaba ahí, pero aún no había agarrado fuerzas para procesarlo, para aceptar que, en efecto, ahí se encontraba. 

Las puertecillas de madera, seguidas por el tintineo de una diminuta campana y un molesto aumento en la luz dentro de la cantina, distrajeron a Mónica de sus pensamientos por lo que parecía la millonésima vez en la media hora que llevaba en el establecimiento. Los gritos y comentarios de bienvenida por parte del cantinero, los meseros y el resto de los parroquianos hacia los recién llegados - un hombre y una mujer, ambos de edad y complexión medias - no hicieron más que exasperar otro poco el estado de ánimo de Mónica, quien no apartó la vista de las manchas de pintura en los pantalones de él y de lo que parecía ser harina en la camisa de ella conforme se dirigieron a sus asientos, irguiéndose todavía más contra el respaldo de su silla en el proceso. 

Después, en busca de no revelarse como demasiado metiche o imprudente, Mónica se giró a examinar por enésima vez los tiliches en las paredes de la cantina, en un acto de autoconsciencia. Aparte de como chorrocientas fotos de Los Ángeles - el equipo de fut local -, había de todo: imágenes de los pocos sitios históricos de la ciudad en mejores épocas; de tres o cuatro equipos de meseros distintos; retratos de Jorge Campos, Diego Maradona, Zapata, Villa, Fidel y el Che (cuando entró, Mónica temió haber llegado a un congal de revoltosos); placas de auto viejas y distintos señalamientos callejeros gastados; un par de pieles de lo que parecían coyotes y un par de rifles herrumbrados puestos en “x” debajo de un sombrero de charro negro con detalles dorados. En una esquina de la contrabarra, “como recuerdo”, se conservaba una plaquita de plomo con la leyenda: “se prohíbe la entrada a menores de edad, mujeres y uniformados”. 

La antaña advertencia fue un leño más que agarró fuego y tronó en la fogata de la inconformidad de Mónica. Esta gente y sus prejuicios, pensó. Segura de estar recibiendo miradas vulgares por uno o dos de los parroquianos de “La Consentida” - nombre que se desplegaba con añoso orgullo en la contrabarra de la cantina -, Mónica se preguntó incluso si no fue esa gente a su alrededor la que trajo la violencia a Ciudad Alcázar, con las ansias de dinero fácil y matarse las neuronas con cochinadas. 

Dicha reflexión pronto la llevó a preguntarse una vez más, frente a la copa llena a poco menos de la mitad con Torres 20 - fue lo que vio en la carta que halló “decente” y de su gusto -, ¿por qué diantres estaba ahí? Y una vez más, la respuesta fue casi inmediata: su hermano Raúl. La indignación fue cruzada brevemente por la tristeza. Apenas iba una semana de su muerte, y tener en cuenta los días no lograba sino que el hecho le pareciera más irreal a Mónica. Aunque bueno, en algún mórbido sentido, también era un alivio: su lucha contra el cáncer - como es sabido - fue dolorosa de ver, una tortura. En parte para liberar a su querido hermano de meses de estrés, en parte para ofrecer a su familia una posibilidad de cierre y comenzar a digerir lo inevitable, fue que Mónica organizó la comida en su casa hace medio mes. Invitó a toda la familia y, siguiendo las recetas aprendidas a pulso de su madre, le preparó a Raúl los platillos preferidos de toda la vida. Un hilo de alegría la recorrió junto al recuerdo de su hermano alrededor de sus seres queridos, acompañado y consentido. La alegría se transformó de nueva cuenta en indignación cuando el recuerdo, como una película que no se puede pausar, avanzó al momento en que su hermano - a como pudo - se levantó de su asiento en el lugar de honor de la mesa, y dio sus palabras antes del brindis.

“Familia, familia mía” dijo, con la voz más fuerte que pudo armar, “Gracias, gracias en verdad a todos por venir. No me alcanzan las palabras para expresarles el aire que recorre mi pecho al verme aquí con ustedes, riendo, platicando y, sobre todo, bebiendo” 

Raúl levantó su caballito y guiñó un ojo para acentuar el comentario, a lo que siguieron breves risas de los presentes. 

“He pasado una tarde maravillosa, y estoy seguro que mientras viva, la recordaré como una de las mejores de mi vida. Y es bueno que haya sucedido ahora, pues hay que sernos sinceros: no me queda mucho tiempo. Ya ya, no se agüiten no se agüiten, ya firmé mi testamento y todos recibirán un último regalo de su servilleta; todos excepto tú, Pablo, que ya te vi relamiéndote los labios por mi dinero, ¿eh?”. 

En este punto se dieron más risas de los presentes, agravadas por los comentarios del susodicho Pablo con exagerados manerismos y expresiones del tipo ‘¿y por qué no? ¿Y yo qué te hice?’ en medio de las carcajadas. 

“Y justo hablando del tema tan bonito que es dejarlo todo listo para el petatearse, hay algo que quiero decir por lo que también me alegra haberlos visto hoy. Pero antes, al César lo que es del César, y las gracias por este día son para Moni, que puso tanto porque hoy saliera como salió sólo por mí. Moni…”. 

Mónica, quien había estado del hombro con su hermano desde que inició el discurso, lo abrazó en este punto con notoria fuerza, rodeada de una salva de sonoros aplausos. 

“He vivido una buena vida, pero estoy seguro que no hubiera sido tan buena sin ustedes como mi familia. Y es por eso que a ustedes quiero compartirles, a todos, mi última voluntad, fuera de esas chingaderas del testamento.” 

Mónica en este momento le dio una palmada en el brazo a su hermano por la grosería, misma que éste ignoró. 

“Así, como mi último deseo, estando yo, Raúl Reyes, en pleno uso de mis facultades mentales, y con la más divertida seriedad, pido ¡que mi hermana se tome una copa en mi honor en La Consentida!”

La reacción no fue uniforme como las pasadas. La mitad de la mesa reviró a la voluntad con risitas y ligeras burlas hacia Mónica, animándola entre que sí y que no a que “se diera un baño de pueblo” y que “no la mataría algo de calle”; la otra mitad de los presentes trataron, con risitas a su vez, de fungir de abogados de ella, diciendo que “qué tenía que estar haciendo ahí” y que “no la arrastrara a su vicio, con uno en la familia era suficiente”; la risa de Raúl fue la más fuerte que se escuchó en el comedor por primera vez desde que inició su discurso; y Mónica tan sólo sonrió y calló, con una sonrisa que más bien salió como mueca. 

Cuatro días después, Raúl murió. 

El funeral fue sencillo, pero muy unido. A pesar del inicio prematuro al proceso de duelo, las lágrimas corrieron a cántaros, como era de esperar. Aunque la pérdida superaba cualquier otra sensación, Mónica, entre ojos llorosos, no pudo evitar sentir en las miradas de sus familiares una latente, casi imperceptible incertidumbre. Una expectativa. Fue en los días siguientes que se hizo más obvio. Referencias inocentes (o al menos sonaban) a la última comida con su hermano, comentarios tirados “como sin querer”, bromas cortas centradas en la última voluntad de Raúl con Mónica. No llegaron a ser descaradamente invasivas estas demostraciones. Mónica se hartó antes de que tuvieran la oportunidad. 

Razón por la que ahora estaba ahí. Razón por la que el día antes se peleó con su esposo para poder tomar la camioneta, estacionarse a duras penas cerca de La Consentida (las calles del centro eran más amplias de lo normal por alguna razón que Mónica no recordaba, pero las cuadras se sentían muy chiquitas para lo que se había convertido Ciudad Alcázar) y encontrar el bendito brandy en la carta de bebidas para pedirlo y mirarlo entonces, en medio de la mesa tallada del uso y las “tonterías” de la cantina. Mónica aspiró el ambiente de tabaco y madera de La Consentida. En seguida se sintió conflictuada por hacerlo. El lugar era a la vez calado y ruidoso. Por un momento parecía estar a un nivel que Mónica podía identificar como decente, casi, casi, casi, casi, casi agradable. Pero de pronto los gritos camaraderiles de una mesa, o las burlas de alguno de los reunidos en otra por su victoria en el “truco” - Mónica sabía el nombre del juego no porque fuera sabida para las cartas, sino porque cuando entraron, uno de los jugadores fue directo a pedirle al cantinero “la baraja española pa’l truco” con acento sudamericano, para molestia de ella - la regresaban ahí, entre esa gente.

Mónica miró la copa de brandy con frustración. En un momento quería beberse el trago de un sorbo y salir corriendo de ahí, pero al otro el recuerdo de su hermano la detenía; argh, ¿por qué? ¿Por qué le hizo eso a su propia hermana? ¿Qué ganas de irse de esa manera? ¿Qué les veía Raúl a esos lugares tan ruidosos, viejos y desagradables? Se llevó la copa a los labios y desapareció una pequeña cantidad del líquido ambarino. Pero en fin, ya había alborotado a la familia y su esposo para cumplir el capricho de su hermano, así que lo menos que podía hacer era tragarse el instante, dejar que Raúl la viera bien desde el cielo (o a donde haya ido, que en paz descanse), tomarse el brandy y dejar esa cantinucha atrás, como un mal sueño.

Te puede interesar: El plato de chilaquiles

En eso, el tintineo de la campanilla en la entrada frustró de nueva cuenta su tren del pensamiento.

La molestia inicial de Mónica quedó enterrada por otra molestia mayor, que nació con la voz animada y ligeramente rasposa que inundó el local:

“¡Quihubo, raza! ¿Chingándole duro o chingándose duro?”

El grito cortó el ambiente de La Consentida, el cual pronto devino en risas, chiflidos y saludos al recién llegado, que Mónica juzgó de “demasiado exagerados”. El portador de la voz fue en dirección de Mónica, cuya molestia creció con cada nuevo saludo:

“Quihubo wey, ¿cómo va la pata? ¿Ya mejor?”

“Hasta que te veo, cabrón, ¿te dieron el jale en la maquila, siempre?”

“Quihúbole, pinchi ahijado, ¿y la novia?”

Hasta los faris faris detuvieron un momento su música para saludar al bienvenido. La reanudación del corrido fue una incomodidad mucho menor para Mónica que el hecho de que aquel tipo tomó asiento en la mesa justo al lado de la suya y gritó: “¡Jorge! ¡Una cheve, por favor! Ahorita que aún no nos la quitan esos pinches latigueros mochos cabrones que tenemos de políticos”. 

El cantinero abandonó la barra inmediatamente después con el brebaje solicitado. Mónica le dio un buen vistazo al tipo por primera vez desde que entró. La mano que recibió la cerveza aparentaba un guante de cuero, con cicatrices y magulladuras como riachuelos blanquecinos en su tez morena; los brazos, robustos pero tonificados; la camisa de la maquiladora (Mónica reconoció que era de una maquila porque una vez una comadre le contó que un compadre del esposo de su hermana había entrado ahí como ingeniero-administrador) estaba descolorida y con pequeñas manchas de aceite, pero perfectamente fajada en el pantalón caqui; los zapatos, tallados y de piel mil veces lustrada; el cabello, corto y oscuro; y el bigote y barba, delineados pero que aun así a Mónica le parecieron “sucios”. El cantinero se quedó tantito platicando con el tipo. Mónica escuchó dos o tres intercambios de mentadas de madre y bromas que le semejaron crueles, y se crispó de que lo hicieran con tal naturalidad, sin enojarse.

La sangre comenzó a ponerse cálida, los músculos se hicieron más pesados por la incomodidad y la tensión. Con qué cara gritoneaban todo aquello, con qué bocas besan a sus madres y a la vez sueltan esas corrientadas y peladeces, pensó Mónica. Cuánta indecencia, cuánta falta de modales. Gente así de hablada y vestida no debería tener derecho a quejarse, concluyó Mónica.

Pero bueno, ya estaba entre ellos.

Ya, a disfrutar el brandy y por fin, darle mate al asunto.

Cuándo una idea tan sencilla tuvo una ejecución tan atropellada. 

El tipo, simple y llanamente, “era un merolico”. No pasaba un minuto sin que irrumpiera una salva de burlas, comentarios y - más que nada -, palabrotas desde la mesa vecina.

“¿Y los güercos cómo van? Nah, no te hagas pendejo

¡Si aquí andas de pinchi borracho en vez de procurarlos, wey!”

“¿Ya se nos casó?

Bendita sea, hasta que una lo peló al mamón.

Qué bueno, que se harten de pinchi felicidad.”

“Pues chingando y dándole, carnal

chingando y dándole, ¿pus qué más hacemos?”

“No me digas.

Híjole, pues ojalá que se recupere,

que’l cáncer es peor que patada en los huevos

en domingo y bien temprano.”

Cada trago, cada intento de Mónica por dedicarle unas palabras a su hermano, tal vez un brindis, eran una tortura. La cantidad de voces que fluían hacia el tipo como un cúmulo de ríos fueron el acabose para Mónica, ¿qué tenían todos con él? Todos gritando, todos con esas risas, todos diciéndole “jular” y todos dándole oportunidades para relucir su boca sin vergüenza. En el estallido de su molestia, vio al ambiente de la cantina y decidió por fin dar a respetar sus oídos y asestar un golpe a ese arrabal en el que - le quedó claro -, era su corazón. Con el enojo viajando a sus cachetes y lengua, giró el rostro hacia su vecino y exclamó:

“Óigame, peladete. Si en su casa no tienen educación, qué triste pero es muy su problema. Aquí afuera con gente decente hable bien, por favor”.

Mónica al menos en esa ocasión logró algo. Como gota en charco, ola tras ola de mesas de La Consentida cayeron en el silencio más profundo que ella creyó conocería en su vida. Cada ola la sintió convertirse en un reflujo de miradas enterradas en ella, para las cuales Mónica se irguió orgullosa, retándolas. Los faris faris callaron nuevamente los instrumentos y la pequeña radio que yacía en una esquina de la contrabarra pareció enmudecer, sin dejar de reportar la victoria de Los Ángeles de Ciudad Alcázar de un par de días atrás. La tensión se extendió con el radio de un estallido de granada.

Y en el epicentro, estaban Mónica y él, frente a frente.

Él justo terminaba de dar un trago a su cerveza y ni había bajado la botella cuando recibió la afrenta de Mónica. Como quien es emboscado en territorio aliado, en un principio él se quedó así, quieto en su última posición. Pero Mónica ni alcanzó a disfrutar el placer de tal imagen, pues rápidamente él se recuperó, tiró una risita (de esas risitas), dio un nuevo trago a su cerveza y ahora sí llevó el envase a la mesa. Aclarándose la garganta del agua de cebada, el hombre, ante la mirada súbitamente atónita de ella, tomó su turno de girar su cuerpo para replicar. La silla vieja rompió el silencio con tímidos crujidos durante el movimiento, como los de un niño regañado. El hombre hasta se peinó el bigote antes de empezar, con voz enfurecidamente calmada:

Señora. Mi muy respetada señora. Prestadme vuestros oídos: vengo a contestar su afrenta, mas no a insultarla. Usted me ha injuriado a mí y a mi familia, achacándonos una carencia terrible con el más seguro oprobio en su voz y persona hacia nosotros. Semejante acto me hiere y me deja pesaroso, pues siempre he considerado este salón, un palacete al que venimos a ser demiurgos de amistades longevas y buenos momentos. Pero ahora he sido increpado y tengo el derecho de replicar. Usted me imputa ser un pelado, no saber coexistir con gente decente. De ser eso cierto, es una falta grave, y gravemente he de pagar por ella. Me solicita usted que hable bien frente a la gente decente, y entiendo por esto el que mi lengua alcance las alturas convenidas por los yertos modales de quienes - a su vez - están muy lejos de estos parajes inclementes, pero enhiestos. Sepa, respetable señora, que de hablar con la corrección parsimoniosa que me demanda, no reconocería los frutos del árbol ni los caudales del río, pues podría no sólo colmar su petición, si no hasta lisonjear sus oídos con los más bellos lienzos que palabras pueden crear. En efecto, puedo hacer esto y mucho más. Podría hablar tan bien que dejaría circunspecto a un académico; con tal consideración que podría pasar por general; con tanta sobriedad que podría coptar al más docto de las estoas y consolar al más bolonio de los avernos. Afirmo que de esta boca podrían salir vientos de calma para las desventuras de Odiseo, un escudo que mantuviera íntegro el talón de Aquiles o el pecho de Baldur, una piedra tan grande que pudiera contener la furia de Izanami en el inframundo o la fuerza necesaria para que Huitzilopochtli continúe su persecución eterna de la luna…” 

Las manos del hombre, que desde el principio se habían movido al ritmo de sus palabras como instrumentos ante la batuta, aumentaron su sainete, cual crescendo.

“¡Oh, respetada señora! En esta voz serían capaces de viajar las dagas del Expreso Oriente, la cura para la plaga que llevaron las ratas a la ciudad de Orán, aquellos momentos de zozobra en que cabría preguntarse si existe la navaja en la forma tan palpable como la que ahora se empuño o si es más noble sufrir de la impía fortuna el porfiador rigor, en vez de rebelarse contra un mar de injusticias, y acabar con ellas al enfrentarlas. Viajarían en ella - y los ojos del mundo son mis refrendadores - los lamentos sureños de Enoch Emory, la sentencia de Blake para los que nacen cada día y cada noche, proezas en tal abundancia que obliteraran la sobrerbia en la faz de Ozymandias, las intrigas sicilianas de Montalbano, los seres ignominiosos que vienen más allá de las Montañas de la Locura, el lenitivo para aquel hombre enfermo, aquel hombre malo perdido en el aguanieve, la manera de salir indemne de Comalá, la respuesta que hiciera al cuervo regresar a su región plutónica para siempre jamás. Cabrían en esta voz las palabras para henchir los libros de la biblioteca hexagonal y hacer al joven Borges perder todos los cabellos de la crencha por la vergüenza; para tratar a Cervantes de zagal imberbe sin rocín, sin adarga y sin Yelmo de Mambrino; para convencer a la Décima Musa de que siga a quien por amante la busca, en lugar de adorar a quien su amor maltrata. ¡De abrir la boca, de abrir la boca señora! Sería posible que se abrieran ante mí las más fastuosas puertas de los más elegiacos palacios, desenredar de un tajo los oídos más herméticos cual nudo gordiano, convertirme en el juglar indiscutido del fin de toda una época, aligerar todavía más los músculos grávidos de mis camaradas, hombres de acero y mezclilla, mujeres de plomo y fuego de forja."

“¡Podría hacer cuanto digo y tanto más por contar, señora!...”

El silencio que creó Mónica quedó totalmente en el olvido, comparado con el que tejió su interlocutor. La red de miradas que los tenía por eje estaba en su máximo punto de tensión. Mónica quiso pensar algo brillante para revirar, pero él se aferró a la delantera, tomando nuevamente su cerveza y dándole un luengo trago, a lo que sonrió y dejó ir:

“Pero pus pa’ qué chingaos, si hable como hable, no le cago a usted por pelado, si no por descalzo, señora”.

La avalancha de risotadas vino en una mezcla de cacofonía y concordia. Lo que parecieron todos los tonos vocales bajo el horizonte se conjuntaron para aplaudir con sus carcajadas la ocurrencia de su camarada. Algunos alzaron sus cristales para saludar antes de ahogar sus voces en los líquidos gaseosos y ásperos. El pecho de Mónica con tal escozor que atrapaba cualquier intento de contraataque que su mente trataba de conjurar. El hombre terminó de engullir su cerveza, echó un suspiro de gusto y se dirigió esta vez al cantinero:

“Bueno, mi güen. Esto es lo que te debo, que debo irme en friega, ahora que resulta que la jornada de ocho hora salió de doce”.

Más risas, acompañadas de una nueva salva de mentadas de madre, esta vez a los respectivos patrones de cada cliente.

“Nomás vine por una cheve antes de la chinga. Aquí dejo lo que es, mi Jorge. Y a usted, respetada señora, le deseo un muy afable día”.

Con esto, el hombre dejó atrás las risas y paredes de La Consentida. Atrás se quedó Mónica, con el escozor aún quemando la casa de su corazón. Su silencio fue sólo interrumpido por el mesero, que por primera vez en un rato consideró prudente acercarse a preguntar:

“¿Algo más, señora?”

Mónica, con un breve vistazo al brandy, tomó la copa y vació el resto del Torres 20, antes de soltar con mirada dura y voz herida:

“Sí. Me trai la cuenta, por favor”.

Danza de fuego

La danza sonaba triste sobre las hojuelas de barro sembradas por la sequía. Los pies del indio Eleuterio se arrastraban sobre el polvo seco del rancho en un afán estéril. El trago amargo del aguardiente humedeció fugazmente la garganta del indio y las primeras gotas de lluvia se mezclaron con el sudor de su rostro de piedra poma.

El griterío de la gente animó a Eleuterio, que sintió por primera vez en su vida la abrumadora carga de la fama. El pueblo lo animó a seguir danzando y cuando sintió que las piernas de terrón seco se le desmoronaban, una mujer le arrojó por la boca un trago largo de tesgüino.

Bailó con júbilo furioso y el cielo supo entender el reclamo, porque cimbró con un ronquido ensordecedor los pinos adormecidos por el sopor de trece años de sequía. Una nube mezquina dejó escapar unas cuantas gotas gordas y espaciadas, y cuando la tormenta parecía escapar por una brecha de luz, la lluvia llegó menuda pero constante.

El agua acribilló una amplia zona yerman y el polvo que se elevó empapó al indio Eleuterio de un mayor misticismo.

Lectura recomendada: El hipo

Ya cuando el lodo impregnaba la danza agonizante de Eleuterio, medio pueblo había corrido a refugiarse a sus jacales. Sólo el indio danzante continuaba su rito empapado de orgullo y alcohol, envuelto en una orgía de truenos y destellos que le acariciaron la piel y el alma hasta el escalofrío.

Cerrando muy fuerte los ojos imaginó, sin dejar de danzar, el futuro que le esperaba gracias a la lluvia milagrosa que atrajeron sus pies, pudo verse entre lágrimas de lluvia casándose con la mujer más hermosa de la ranchería y cosechando tantos hijos como mazorcas.

Esta vez el cielo pareció entender su agradecimiento y se derrumbó en un diluvio luminoso que se inyectó en el indio Eleuterio con un estertor fatal. El rayo penetró por la cabeza y se derramó sobre las piernas incansables, humeantes y milagrosas.

El plato de chilaquiles

La voz del mesero fue por delante de su delgada figura entallada en una camisa blanca, chaleco, pantalón y corbata negros. Su porte y brazo arqueado en un triángulo perfecto, sosteniendo la charola en equilibrio ideal, ojalá la hubiera visto el dueño del local para tomarle foto y ponerla en un póster publicitario.

“Aquí tiene, señorita.

Nomás aguas, que está caliente”.

La mano envuelta en un trapo descendió a la mesa y dejó el plato humeante en el centro de la misma. Los dos dedos de la mano izquierda pegados a la sien de Salma se separaron mientras su mirada quedaba fija en la comida fresca. El mesero se fue antes que pudiera darle las gracias, por lo que Salma tuvo más tiempo para contemplar el plato y tratar de ponerle orden a sus pensamientos en el proceso. Los totopos que aquel restaurante llamaba chilaquiles se veían particularmente apetecibles esa ocasión: daban la impresión de ser una isla en un mar de salsa verde, con la cima nevada con una mezcla de queso derretido, crema y pollo desmenuzado que dejaba escapar vapor como un volcán activo. La salsa verde también bañaba esta cima, hallando hendiduras y desniveles para crear diminutos riachuelos que derramaban tentación por todo el cuadro. El ambiente olía a chile jalapeño. A un lado del manjar descansaban una taza de café y un vaso de jugo de naranja, ambos vacíos a la mitad.

Salma desentrañó los cubiertos de su envoltorio de servilleta, tomó unos dos o tres totopos acompañados de queso y crema con el tenedor y los llevó a su boca. Tan simple acción fue suficiente para provocar una nueva punzada en sus sienes, las cuales Salma volvió a masajear con dos dígitos. Así llevaba desde que despertó, unas dos horas antes ( ya era medio día). La cabeza no estaba en condiciones de acordarse de la última vez que la cruda se la dejó tan cara. Tampoco había que exagerar: Salma bebía desde los quince más o menos, pero aún desde tan morra agarró el rollo de por dónde iba el asunto, qué hacer y cómo hacerle con el chupe. 

Salma retomó el cubierto y guió dos bocados más dentro de su organismo. La salsa era de ese picor que comúnmente se nombra como “pica rico” y combinada con el queso y la crema comenzó a revitalizar la existencia de Salma, aunque fuera por el esfuerzo que representaba para su cuerpo digerir tal combinación. Aún así, Salma sólo alcanzó a dar tres mordiscos al plato antes que el estómago amenazara con alebrestarse y regresar tan digno platillo a la mesa.

Ella tomó dos lentas bocanadas de aire, a las que siguió un lento sorbo al jugo de naranja. Exhaló como si quisiera aliviarse de un gran peso y se sobó la mano derecha, la cual desde que despertó molestaba como si se hubiera caído sobre ella.

Nada estuvo planeado. Las grandes cosas rara vez lo están a la perfección. Saliendito de la universidad, su amiga Mónica le llegó con el chisme: se armó el despapaye en la villa de uno de los más riquillos del campus y sus compas Raúl, Omar y Ana Luisa estaban invitados, ¿qué diferencia hacía si se colaban ellas? 

Un trago de café resbaló por su garganta, acompañado poco después de una nueva probada al plato de chilaquiles. 

¿Qué diferencia hacía unas coladas más? ¿Qué diferencia hacía?

Salma se masajeó las sienes nuevamente, esta vez con más intención que reflejo. 

¿Qué diferencia hacía?

Qué buena pregunta. Y mejor si ella pudiera contestarla. 

Lo que más recordaba es que la villa estaba poquito más allá de Atizapán. Salma y sus camaradas llegaron de trepados con otras personas invitadas a la pachanga. De lo demás, de pronto se acordaba y lo olvidaba otra vez. Una nueva punzada castigó a Salma por querer escarbar dentro de su propia mente. Un trago al jugo de naranja y dos bocados de chilaquiles fueron el precio a pagar por su ofensa. 

‘Uta madre’, pensó cerrando los ojos. ‘Inche madre, Salma, ¿qué traías en la cabeza que se te hizo buena idea hacer la pendeja?’ Otra probada a los chilaquiles. 

Había hecho el ridículo. Lo sabía desde que despertó, sin saber siquiera cómo regresó a casa desde tan lejos. Lo que más la desesperaba es que estaba a punto de recordar exactamente la escala de su desfiguro, pero las sienes no claudicaban en ser una barda demasiado alta para brincar. Salma entendía a su vez que la suya era una búsqueda peligrosa: siéndose honesta, la parte más orgullosa (y por tanto, avergonzable) de ella le gritaba por encima de las sienes que se detuviera, que ya la dejara así para poder hacerse la sorda después. La misma lucha contra la vergüenza fue la que le hizo dejar el celular en la casa, antes que recibir las llamadas de burla de sus amigos sin tener con qué defenderse. Las leñadas eran duras en su grupo de amigos y por eso mismo eran inseparables desde la prepa. Se tenía que estar siempre a las vivas entre ellos. Cuántas veces no se la agarraron a ella en bajada por lo que batallaba para hablarle al Andy.

El Andy. El Andy.

Su rostro aparece en la mente de Salma y ella se aferra a él. El recuerdo llega poco a poco: la barra del minibar de la casa, el sabor a coca con bastante bacardí, el rostro y cuerpo de él frente a ella. 

Su expresión está envuelta en nebulosa y luz cálida de baja intensidad mientras la memoria recrea la conversación:

Estás muy guapo.

Siempre lo he creído

Ja, gracias.

En verdad, estás guapísimo.

Quien fuera genia

para pedirte en un deseo.

Gracias, Salma, gracias.

Dime nena si quieres,

guapo.

Salma bufó, cerró los ojos y se frotó el rostro sin que el dolor de cabeza fuera el enemigo.

“No mames”.

Se escuchó el murmuro desde la mesa de Salma. Lo que quedaba de la taza de café se tuvo que ir y una nueva taza que pedirse antes de que pudiera sentir la vergüenza comenzar a procesarse. Lo primero que pensó después de eso fue la manera en que se la iba a acabar la banda cuando los viera. Se concentró mejor en seguir desmembrando la isla a medias en su plato. El recuerdo y las voces distantes de las otras mesas fueron suficiente para sentir el rostro hervirle de tan rojo. Ella no era así. Aunque bueno, nadie ERA exactamente así con tan tremenda peda.

Unos bocados más se fueron. En las bocinas ambientales del restaurante se escuchaba “con la misma moneda”, lo que no ayudaba un carajo a los nervios de Salma. 

Las punzadas en las sienes y la sensación de asco comenzaron a disminuir. El café, los chilaquiles y un nuevo vaso de jugo de naranja por fin hacían su efecto. De la isla que hubo en el centro del plato ya sólo quedaba un miserable islote con una puntita nevada nomás todavía y dos arbolitos de pollo medio derrumbándose. 

Lectura recomendada: Sirenas color rojo

Salma se deshizo del islote y los brebajes sin que la mejoría le permitiera recordar algo más de la noche pasada. Se reclinó en la banca larga y acolchonada y por un momento contempló los recipientes vacíos como se mira algo que ya no podrá ser, que ya nunca será igual. Las amplias ventanas junto a la puerta del local tomaron un color ligeramente anaranjado cuando todo el rato habían transmitido gris. Salma supuso que el mar de nubes que cubría a la Ciudad de México desde que despertó estaba en vías de secarse y dejar solo lagunas para oponerse al paso del sol. Eso no era común en aquella época del año y Salma por una vez pensó que la plaza del barrio sería un buen lugar para aprovechar el cambio de los vientos, por lo que pagó y salió del restaurante. 

Los ojos le volvieron a arder un poco con el cambio de luz. Cuando se acostumbró, la imagen de la plaza de Santa María la Ribera se puso enhiesta en toda su cotidiana, sutil, añeja, casi inexistente gloria, con el Quisco Morisco coronando su centro como un último recuerdo de una época lejana. Salma pasó la vista por las copas verdes amarillentas de los árboles. Aunque había en cantidad decente para el tamaño de la plaza y su conservación era buena, claro que no eran suficiente para combatir toda la contaminación de la Ciudad de México - perdón, la Big Mexico City -, por lo que el aroma que ofrecían al ambiente era disminuido, nostálgico.

A pesar del hecho, Salma aspiró lentamente mientras cruzaba la calle. Por un rato se dedicó a vagar por los distintos senderos de la plaza, a veces regresando a medio camino sólo para aprovechar más tiempo la caminata. Salma dirigió la mirada a los cielos. Un azul apagado traspasaba por los huecos entre las hojas y los rayos del sol caían con particular brillo para la capital. Brisas otoñales transportaban el aroma de la plaza y le ayudaban a vivir un poco más. Salma sonrió por primera vez en el día. La vuelta por la plaza no estaba nada mal, igual y agarraba la costumbre de salir así los domingos en adelante.

Eso, si las ganas de salir con sus amigos no podían más que ella. Verdaderamente que eran sombra el uno del otro, ya habían ido a su depa más veces que su propia familia desde que pudo zafarse de casa de sus papás. No habían tenido una pelea seria en los años que llevaban. El Raúl luego era medio intensito, especialmente con ella, pero bueno, así era desde que se unió a la banda, el último en unirse.

Perdida en los recuerdos que sí tenía, Salma decidió medio por ocio, medio por accidente, ir al Quiosco Morisco. La madera al final de las escaleras crujió tantito por más que sus pasos no fueron agresivos. Salma echó tras su oreja derecha unos mechones de su cabello marrón para ver mejor los diseños de los pilares, techo y cúpula del quiosco. Los patrones en las losas se le presentaron como una respuesta clara pero infumable y consiguieron que regresara un ligero mareo.

Por instinto Salma desvió la mirada y eso la llevó a constatar la población del quiosco. No mucho: un par de familias domingueras, unos viejitos y algunos chavos. En este reconocimiento, dos figuras casuales pescaron su interés. Como los dos chavos estaban pegados a un pilar contrario a ella, Salma casi ni los notó al principio, pero solo casi. Procurando no parecer una acosadora o una metiche, Salma se centró en la pareja. 

Él estaba con la espalda perfectamente alineada con el pilar, lo mismo su pie derecho, la pierna arqueada en un triángulo casi cuadrilátero; ella estaba perfectamente alineada con él, su cuerpo sobres del momento. Los brazos de ambos recorrían sus cuerpos como boas buscando asfixiar a su presa. El beso sudaba pasión a todas luces, pero los gestos, las posturas y la escena en su conjunto conmovieron a Salma al punto que casi sintió envidia por el par de pubertos. 

Fue la casi envidia lo que detonó la memoria.

La escena se oscurece. Quién sabe qué hora es, pero le duele el pecho, entonces tal vez fue después de lo del Andy. Hay árboles, pero todo está iluminado, así que debe ser la terraza de la villa. A lo lejos, la tierra bruta en las orillas de Atizapán, separada solo por una malla ciclónica con una puerta mal cerrada. Cree recordar que los pies también le duelen, así que debe haber estado bailando. Siempre baila cada que quiere desahogar la tristeza.

Voltea de aquí para allá en la terraza, donde alguien (quién sabe) dijo que vio a sus amigos irse. Apenas los distingue pegados a un pilar de la palapa donde está la parrilla: son el Omar y la Moni.

Ella les grita:

¿Qué onda, weshes?

¿Qué se train?

¿Por qué tan…? 

 

Ella no terminó de preguntar.

No la escucharon de todas formas.

Los brazos de ambos son boas buscando asifxiar mejor el uno al otro en el beso. El acto suda pasión, pero los gestos, las posturas y la escena en conjunto expresan una ternura que deja a Salma pasmada en su tambaleo. Sonríe. Se traían ganas, todos lo sabían. 

Sobres pus, pinchis culos.

La sonrisa en el rostro de Salma fue la más amplia del día. Al fin, al menos algo que podía usar de munición a la hora de la guerra. Un ancla con la que resistir. Regresó del todo al presente. Una brisa tibia le bailó las ropas y rodeó su cuerpo. Igual ya para la casa.

Saltó del Quiosco Morisco y enfiló por el sendero correspondiente hasta la esquina de la Salvador Díaz Mirón y la Jaime Torres Bodet. Se estuvo un poco en el borde de la banqueta, viendo el paisaje. Parecía recién salido de los cincuentas, con la súper farmacia “Susy” en contraesquina, la cantina-salón “París” de frente por el flanco derecho y la estética “D’Marco” por el izquierdo. Las épocas de los edificios chocaban entre sí como un mar bravo contra los peñascos. 

Salma se dirigió al lado de la estética y subió al segundo piso de los tres que D’Marco llevaba en sus espaldas. El cerrojo de la puerta de su departamento tronó como una piedra contra el suelo al dar entrada libre a Salma. Ella tuvo que detenerse un momento para acostumbrarse a la baja de luz que se colaba por las dos ventanas que daban a la Torres Bodet. El departamento de Salma estaba perfectamente alineado con lo que es la idea de “departamento” en la capital: es decir que era una vivienda compacta, oscura y diseñada para alojar a lo mucha una familia pequeña, y a una sola persona para máxima holgadez. Es verdad, era más pequeño que el condominio de sus jefes, pero en parte esa fue la razón para salirse de ahí, y por otro lado, ya con encontrar algo así por el precio que pagaba era más que suficiente.

Claro estaba que el interior del departamento era un desmadre, con cajas de pizza arremolinadas al lado del bote de basura, los libros y papeles de la uni regados por la mesita de la sala (o lo que equivalía a una sala) y el suelo, y la ropa sucia amontonada en el sillón de piel falsa comenzando a descarapelarse. Los rayos de sol que traían las ventanas iluminaban la escena como en una de esas películas de detectives.

El estómago de Salma se sintió pesado. La digestión del plato de chilaquiles la empujaban a echarse en la cama y acabar de una vez el domingo. El ligero dolor que aún sentía en su mano, brazos y músculos la llevaron a aceptar la tentación. Un bañito y a dormir fue el plan.

El plan fue interrumpido por un sonido que nació en su recámara: una vibración sobre una superficie lisa. 

Salma se dirigió al buró al lado de su cama, tan desentendida que parecía hecha jirones. No alcanzó a contestar, sólo a desconectarlo y mirar la pantalla. 

Era Mónica.

Era la cuadragésima llamada que le hacía. El número se amontonaba bajo la hora y la fecha, de la que Salma se hizo consciente por primera vez en el día: 7 de noviembre. 

Los nervios se le echaron para atrás, el estómago experimentó un retortijón en protesta por la súbita alarma. Salma se aclaró la garganta mientras desbloqueaba el celular y marcaba a Mónica. Se calmó pensando que quería saber que estaba bien, que llegó a salvo a casa.

Riiiiiiiiiiiiing.

Riiiiiiiiiiiiing.

Riiiiiiii-

“¡Salma! ¡Chingado! ¿Dónde andabas?”

“Perdón, perdón, perdón, Moni,

fui a desayunar y dejé el celular

en la casa.

Ey, ¿cómo te fue con -?”

“Ahorita no, Salma.

¿Con quién fuiste a desayunar?

¿Fuiste sola?

No se fue el Ra contigo?”

“Achis, no,

no se fue conmigo”.

“¿Segura, Salma?

¿Segura, segura?”

“¡Segura, Moni!

¿Pa’ qué te miento ahorita?

¿Pues qué te traes?

Andas muy -”

“¡Pues que no encontramos al Ra! Eso traigo”.

“¿Co-cómo que no lo encuentran?”

“¡Pues que nomás no!

No llegó a su casa ayer, sus jefes no saben nada, no contesta el celular.

Nosotros no recordamos ni madres, pero como alguien cree recordar

haberlos visto juntos,

entonces pensamos que se habían ido los dos”.

“¡A-achinga! ¿Según quién?

Si desde que nos separamos no lo volví a ver en -”.

El Raúl y ella. El Raúl y ella.

El recuerdo aparece en la mente de Salma y ella se aferra a él, primero por instinto, luego porque ya no pudo soltarlo.

Hace frío. El viento de la noche y la arboleda baila alrededor de Salma. Los pasos de Raúl se oyen a su lado. Es tarde, pero el sol aún no está cerca. A lo lejos, la música de la fiesta es un murmullo. Algo recuerda del Raúl hablando de ver el cielo estrellado, lo que se pudiera a las afueras de la ciudad. A ella también le gusta mirar las estrellas cuando se puede. En ese sentido, son muy parecidos.

Llegan a un paraje exactamente igual a los demás. Platican de algo por un rato, quién sabe de qué. Ella mira el cielo. Siente el brazo de él queriendo rodearle los hombros. Intenta besarla. Ella se aparta.

No, así no.

Por favor, Salma.

Me gustas mucho.

Pus tu a mí no, sácate.

Ándale, Salma, ¡ándale!

¡Qu’ te saques!

El brazo se convierte en una llave. Dan tumbos por el pasto rasposo y la tierra fría. Los movimientos de ambos son erráticos, bruscos y a la vez fluidos. La molestia, el enojo, la incomodidad y la frustración  se arremolinan en la mente de Salma, y al calor del momento toma lo primero que siente en la tierra y lo azota en la frente de Raúl. A duras penas Salma se levanta, mientras que él se queda yerto frente a ella, tirado sin más. Los ojos dispersos de Salma se centran en Raúl.

¡Pinchi Ra! ¡Te pasas!

¿No que muy muy?

 

Raúl responde sólo con su silencio. El enojo etílico de Salma le hace gritar:

Sobres, pinchi chistosito.

El mismo enojo apenas le deja a Salma llegar tambaleándose a la villa. Del camino su mano deja ir la piedra casi sin notarlo.

Llega a la villa, pero casi de inmediato piensa ‘a la chingada’ y sale de la casa sin buscar a sus amigos. Quién sabe cómo llega al Oxxo/gasolinera cerca de la villa y para al primer taxi que se deja.

Vámonos, por favor. Ya, a la chingada.

La respiración de Salma se volvió un bufido conforme su mente regresó al presente. Corrientes frías le viajaron por el cuerpo y la cabeza se sintió a la vez ligera como si estuviera drogada, y pesada como si hubiera corrido un maratón. El dolor en su mano de pronto comenzó como una cicatriz recién hecha. En el teléfono, la voz de Mónica se escuchó:

“¡Salma!

¿Qué traes?

¿Te acordaste de algo?”

El teléfono descendió junto con el brazo de ella, que cayó más que descender ordenadamente, casi sin notarlo. En el trayecto, se escuchó con menos intensidad.

“¡Salma!”

Salma miró a su cuarto, luego al techo, luego a la nada, luego a todo. La boca se mostró abierta, derrotada en silencio durante unos segundos antes de dejar ir:

“No mames”. 

El estómago dio un retortijón.

Y el plato de chilaquiles terminó como una pasta rugosa a medio digerir en el suelo del departamento.