Los desechables

Por Alfredo Loera

Ahora estaba adentro de ese hueco, adentro de ese pequeño espacio, aislado de las cosas, de la luz; ahora estaba metido ahí, como dentro de sí, pero como afuera de todo; ahora estaba en esa especie de limbo ilógico y falso; de ese limbo diminuto, donde sólo su respiración cabía, y su cuerpo engarruñado, como si él mismo fuera una especie de pústula; ahora estaba ahí metido, respirando su propio olor, su propio sudor, su piel irritada al contacto con el forro sintético; sus pelos y cabellos cada vez más húmedos, su aliento cada vez más reseco. Ahora estaba ahí, metido con su propia mierda, de día y de noche, ya confundida con sus muslos y su sexo, que se percibía inservible entre la oscuridad, abajo, ahí donde después su ser se extendía hasta los pies descalzos, perdidos en la penumbra de esa pequeña cápsula del amontonamiento, donde él había permanecido ¿ya cuánto? ¿Dos días, tres días?, amarrado de las cuatro extremidades, encuerado como un pequeño lechón, al que se le tiene ahí para comerlo y cagarlo, para cagarlo.

Abría los ojos, los volvía abrir más, para encontrar en esa penumbra cuadrada, de uno por uno y medio, una salida; en esa oscuridad hecha por los hombres, en esa oscuridad perecedera, encerrada como él, con él, en la existencia de los hombres. Abría los ojos para distinguir algo que pudiera ayudarle a escapar de ese cuadrante de su cuerpo, ensombrecido a fuerza de madrazos y culatazos, a fuerza de patadas, amenazas, sonrisas y mentadas de madre; para salir de ahí, sin realmente saber para qué.

Abría más bien los ojos como una inercia; buscaba una salida, empujado por esa misma fuerza extraña, porque estando ahí adentro le llegaba la sensación de que de cualquier manera no tendría ningún caso escapar. ¿Para qué huir de ese hoyo lleno de sí mismo, de su cansancio de días, de esa imposibilidad para dormir? (creyó que sólo los animales y los hombres tienen esa facultad); ¿para qué salir si de pronto le parecía que él ya no era nada? Sólo una masa descoyuntada con cabeza, piernas y brazos; con pelos e intestinos. ¿Para qué salir si le parecía que ya nunca podría andar erguido en dos extremidades? Pensaba que de ahora en adelante sólo podría arrastrarse por el suelo, pero ya ni siquiera como una serpiente, ni como un gusano, sino como algo completamente nuevo, algo que la luz del mundo nunca habría visto.

Tal vez, por eso era necesario permanecer ahí en ese limbo, en esa oscuridad, donde los elementos se combinaban entre sí, para engendrar las cosas más atroces. Él ahora se sentía como una de esas cosas amorfas, sin cuerpo, pero con masa; sin sentidos, pero con sufrimiento, con conciencia de sí mismo.

Nunca había tenido tanta conciencia de sí mismo, no hasta que lo metieron ahí, no hasta que lo dejaron ahí, consigo, como en una especie de burla, en un intento por embriagarlo con sus propios eflujos; como si de esa manera ya comenzara a descomponerse, y a cada instante transcurrido estuviera más listo para la muerte. Pero no una muerte en la que se terminara con una vida, no una muerte en la que se liberara un espíritu, sino una muerte en la que el hombre se convertía dentro de la escala zoológica en desecho, ya ni siquiera en estiércol para la tierra, sino en erosión, pero ni siquiera eso, en vómito de tierra, en usurpación de los miembros que se acumulaban en las profundidades.

Y sin embargo, él estaba ahí, metido, pudriéndose ya, para ya nunca más andar, para ya nunca más entender el espacio; ahí en sí mismo, tratando de ver, de encontrar algo que le pudiera ayudar a escapar, por pura inercia.

Curiosamente, debía aprovechar la oscuridad para hacerlo, sólo en esa soledad cuadrada tenía el tiempo para hacerlo, esa especie de sensación de estar en movimiento aunque este fuera entre las deyecciones de su cuerpo y su respiración viciada. Sólo en las tinieblas le era posible buscar. Y por eso lo intentaba, porque en realidad no lo hacía. (Una cosa como la que él pensaba era, ya no sería capaz de llevar a cabo ninguna acción humana; entonces sólo era como si estuviera moviéndose en similitud con las aguas de un gran drenaje. De acá para allá, en corrientes internas que acarreaban toda clase de desperdicios). Intentar una salida de sí mismo ya no al mundo sino a otra naturaleza, a otro tipo de existencia que nada tuviera que ver con la humana. Sólo en ese encerramiento se sentía con tiempo para ello. Porque cuando abrían la oscuridad, lo que de este lado, en un mundo apócrifo, sería la cajuela, él o eso se sorprendía, y ya sin comprender la luz se paralizaba, le daba la sensación de no tener tiempo para moverse dentro de su cuerpo y observaba de nuevo las cosas que creía conocer en otra experiencia: veía como rostros de seres extraños, rostros que le sonreían desde lo alto, con miradas extraviadas en otras oscuridades, especie de fragmentos donde el tiempo ya también sin tiempo existía; donde los pensamientos se habían convertido en otras inercias, en otras repeticiones sucesivas e interminables, de palabras huecas, sin ya realmente significado.

Los observaba a los ojos, a esas semillas infértiles incrustadas en esas carnes y cráneos extrañamente presentes, como fantasmas o seres que habían usurpado sus cuerpos de los elementos, presencias que no tendrían coherencia con los elementos. Los observaba asustado y descubría cuán parecido era a lo que tenía en frente. Tan parecido que comprendía sus lenguajes vacíos, sus ademanes huecos. Tan parecido que de pronto también encontraba familiares sus voces. Tal vez por eso le daba la impresión de ya no poder moverse, porque recordaba en lo otro, su antigua condición de hombre. Y entonces era cuando podía escucharlos (sin saber cómo), que se fuera con ellos, que ya llevaba mucho ahí metido, que había chela, coca, lo que quisiera, que había morritas, para que se chingara una, dos, para que ya no estuviera ahí metido, que ya se saliera. Ya salte, escuchaba.

Le parecía que esos sonidos no eran palabras sino otra cosa, y sin embargo precisamente eso eran, palabras. Estúpidas palabras de hombres. Entonces la voz emanada de esas bocas lo confundía, porque así, al encontrarse con la temible voz del ser humano, se convencía más de que ya no sería capaz de salir de ahí; pero no porque no pudiera, eso justamente le pedían, sino porque lo encontraba inútil, absurdo, no porque no tuviera ningún sentido, sino porque así sólo confirmaba la estupidez de su existencia. El hecho de que pudiera caminar en dos extremidades era la confirmación más grande de la estupidez.

Y sin embargo, a pesar de todo, las palabras, esas incoherencias en sus bocas, siempre buscaban su respuesta; las palabras también emanaban por la suya, sin que él pudiera controlarlas. Palabras que dentro de ese lenguaje vacío expresaban intentos de persuasión: de que lo dejaran ir, de que éramos los mismos. Eso resultaba lo más contradictorio de todo lo que se escuchaba balbucear, que éramos los mismos. Los otros lo miraban sin verlo por la borrachera y lo encerraban otra vez en la penumbra y lo dejaban, con la presencia más repulsiva que pudiera acompañarlo, consigo mismo, para que “lo volviera a pensar”, pero aquí pensar ya no significaba más que algo desatinado.

Cuando lo volvían a encerrar era cuando a su conciencia regresaban imágenes de su antiguo estado, cuando se consideraba un hombre, un ser humano, un estudiante. Cuando recordaba sus ahora imbéciles planes de una supuesta vida completamente incomprensible con la realidad en la que se hallaba.

Apenas algunos días atrás había llegado a Monterrey. Aún en su conciencia recordaba cuando salió de los andenes de la central camionera, cuando vio a Juan, un amigo, cuando lo saludó.

—¿Qué pedo, cabrón? ¿Cómo estás? 

Había llegado a eso de las siete de la noche y estaba emocionado, porque iba a vivir por primera vez solo, sin sus padres, en un departamento con Juan, un viejo amigo de la secundaria, que ya algunos años tenía en Monterrey. Estaba emocionado porque había sido aceptado en la facultad de medicina de la Autónoma de Nuevo León; emocionado porque seguramente irían a tomarse unas chelas para festejar su arribo.

Salieron al estacionamiento y él echó la maleta en la cajuela del carro de Juanito, como él le decía; jamás creyó que en una hora él mismo estaría adentro de un espacio similar.

Subieron y con la música a todo volumen, tomaron una de las avenidas del centro. Hablaron de lo chido que era que estuviera en Monterrey, de lo bien que le iba a ir, ahora que había sido aceptado con los Tigres.

—El lunes te llevo, carnal, para que veas lo de las inscripciones —le dijo su compa—, pero por ahora hay que echarnos unas frías.

Él asintió alegre, en esa vida irreal, que nada tenía que ver con esta otra, en la que por primera vez conocía el interior de su ser, el olor de sus orines en las piernas.

Así estuvieron y Juan dijo que se las tomaran en el depa: cómo él sabía, el Barrio Antiguo ya estaba muerto.

—No hay pedo, mi Juanito —contestó él—, vamos al depa, será nuestra primera pedota.

Entonces, tomaron Ruiz Cortines.

A medio trayecto vieron que extrañamente había un tráiler atravesado en el bulevar. El tráfico que los acompañaba en los otros carriles se frenó al igual que ellos. Él se preguntó, como todos, por lo que había pasado, por lo que estaba pasando. Juanito comenzó a presionar el claxon, los otros conductores hicieron lo mismo. Después de mirar algunos segundos lo que estaba en frente, fue cuando se percataron de los hombres. No eran muchos, pero comenzaron a acercarse a los automóviles. Abrieron la puerta de su lado y lo sacaron. No opuso resistencia. Estaba confiado en que nada ocurriría. Pensó que se robarían los carros y nada más. Lo hicieron que corriera hacia el lado posterior del tráiler. No vio bien lo que los demás hacían, perdió de vista a Juan. Lo hicieron que se quitara la ropa y los zapatos. Lo apresuraron. Confundido, sin pensarlo, obedeció. Le sorprendía la contundencia de los rifles de asalto, que no dejaba de observar; luego, le dieron de madrazos y le amarraron las extremidades. No sintió dolor. Tampoco supo por qué se metió a la cajuela, a la oscuridad, donde las voces y los rostros le dijeron.

Después ruidos en el exterior. Él estaba calmado. Sintió que el carro se movía, pensó que ya pronto lo dejarían libre. Pero sólo se encontró consigo mismo, con esas tinieblas que lo contenían y que cada vez más le demostraron lo que en verdad era, lo que en verdad siempre había sido.

Ahora sólo quedaba esperar a que se pudriera, que poco a poco se convirtiera en una mancha de salitre; sin embargo, cada que abrían la cajuela y le preguntaban si quería un tequilita, era como si no le permitieran consumirse.

—Te vamos a pozolear —decían—, el comandante me dijo que te avisara.

Ahora él se percataba de su verdadera condición. ¿Para qué tomar ya una cerveza o un tequila, para que cogerse a una de las morritas que le habían arrimado, con ese miembro inútil? Sabía que eso de cualquier manera podría ser una broma, un método, en el siempre perspicaz ingenio del hombre, para seleccionar a los que se desechaban primero.

Porque él había visto los videos, quién no lo había hecho, en los que con sierras eléctricas o cuchillos, a mano, decapitaban a los desechables. Siempre pensó, en su otra experiencia, que eso ocurría sólo a cierto tipo de personas, pero resultaba que todos eran el mismo.

Los mutilados al momento de ser desmembrados estaban tranquilos. Ni siquiera respiraban agitados. Él en la oscuridad cuadrada de la cajuela, con su cuerpo estúpidamente sensible al calor y a su propia humedad, lo estaba menos que los que había visto en los videos y quienes oían el motor encendido de la sierra eléctrica. Los desechables nada hacían, sólo miraban a la cámara, como si ya no estuvieran; como si ellos, como él ahora, se preguntaran para qué irme, para qué salir de esto, para qué erguirme y andar en dos extremidades sobre las calles; como si ellos también descubrieran que hacerlo sería la confirmación de la necedad. Entonces era cuando la sierra, que en ese momento encontraba su verdadero y original uso, se acercaba a los cuellos, como tímida, ni siquiera con la contundencia con la que se ataca a los troncos de madera, como si el operador tuviera la precaución de no quebrar la cuchilla rodante, no joderla, al contacto con los troncos de carne ya corrupta. Los desechables entonces aceptaban el golpe en sus gargantas. La sierra se alejaba como si primero fuera necesario marcar un canal por donde guiarse al cercenar las cabezas. El desechable con la yugular rota, con la tráquea rota, se balanceaba un poco como queriendo no perderse su propia decapitación, como si no quisiera ser un necio que se negara.

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Era cuando la sierra con su sonido ahora sí entraba de lleno hasta el hueso, para ahí detenerse por segunda vez al encontrarlo, como creyendo que no iba a haber obstáculo. Los ojos del decapitado permanecían abiertos, como si así tuvieran que estarlo para comprender lo que le pasaba al cuerpo, porque el cuerpo se convertía en algo completamente distinto, ya no en coherencia, sino en algo no geométrico, en algo que así desarmado ya no podría aceptar la tierra. En esos ojos por extraño que pudiera parecer también se presentía una sonrisa. La terrible sonrisa humana.

La sierra pasaba y era cuando el cuerpo adquiría su presencia, los hombros, los brazos, el pecho apagado por la sangre. La mirada ya sin mirada. La cabeza burlona, como la que se tendría para reírse, pendiendo ya por un pellejo, que la sierra torpemente buscaba. La cabeza de cabeza, como buscando algo perdido en la espalda del tronco ajeno, como si el cuerpo tuviera que tomar esa posición para saber algún extraño truco, para encontrar los hilos negros que lo moverían sin saberlo por el mundo, para encontrar lo que hay en esos sitios a las espaldas, en las nalgas, para por primera vez verse y olerse, para saber lo que es uno, lo que debe tirarse en una bolsa.

Él había visto los videos. Lo que pasaba en esas bodegas, en esas ciudades, en ese mundo que él había caminado, jalado por los mismos hilos. Ahora, él también ahí almacenado, sentía cómo las extremidades lo abandonaban, cómo las extremidades se repartían; cómo su cabeza descoyuntada se rodaba como si nunca le hubiera pertenecido, como si las cabezas no fueran parte de los hombres. Sentía sus piernas sueltas allá en el rincón de la cajuela, su sexo esparcido en bolas de pelos por el forro sintético, sus brazos inertes, ya lejos, como grandes larvas, de tal manera que le daba la impresión de que comenzaban a comerlo. En ese pequeño espacio, la cabeza estorbaba al tronco, y éste se encontraba completamente deshabitado, pues, había comenzado a perder su nombre.

Xalapa, Veracruz - Julio de 2012

Código rojo

Sábado de cuentos | Alfredo Loera | @alfredoloeramx

El resplandor de la televisión era la única luz en la sala y don Esteban se encontraba absorto con sus gafas sentado en el sofá. Había permanecido ahí desde la tarde. Según su costumbre, observó la puesta del sol por la ventana, tomó una taza de café negro y se puso a ver la novela de las siete. Para esas horas, ya bien entrada la noche, toda la casa se hallaba en silencio, pues veinte años atrás había quedado viudo.

Ahora transmitían una película de gánsters. Don Esteban no tenía gustos muy exquisitos; más bien, se trataba de pasar el tiempo, de soportar la soledad, pero en especial de soportar la vejez. La semana pasada había cumplido setenta y cinco años, no estaba seguro, en algún momento perdió la cuenta, tal vez, desde la muerte de su esposa, pero no podía aseverarlo; quizás un poco antes, cuando el último de sus hijos se fue de la casa.

La película estaba entretenida. Normalmente, al terminar la última novela, a eso de las diez, apagaba la televisión y se acostaba en el cuarto del fondo, donde tenía su antigua cama. Sólo que esa ocasión, sin saber la causa, no se paró de inmediato, como pudo, a duras penas, con sus débiles piernas, sino que decidió quedarse a ver el noticiero, y después la película.

El mundo ya no era el mismo. Las imágenes detrás del hombre que daba las noticias le parecían las de un sueño, las de una especie de pesadilla. No entendió casi nada o, en todo caso, los detalles le aburrieron. Siempre era lo mismo. El gobierno corrupto, la crisis de la crisis de la crisis; las guerras en países llenos de locos y gente bárbara. Lo que sí era diferente, según recordaba, era la consciencia de la muerte tan cercana, pero no por sus años, sino por la forma que había adquirido la vida; quizás todo era culpa del gobierno, pero ahora, tenía la sensación de que se trataba de algo distinto; algo que había visto en sus hijos, en algunos de sus nietos. Se le manifestaba sin que pudiera realmente explicarlo. Pensaba que era la indolencia, la insensatez que se extendía a lo largo de la ciudad.

Por eso, esa noche, en que la cercanía de la muerte le apesadumbraba más, la transmisión de la película lo tranquilizó un rato. Los efectos de sonido de la vieja película de los ochenta le daban la sensación de estar en otro tiempo, cuando su esposa aún no moría, cuando todavía era dueño de la miscelánea y sus hijos estaban solteros y se iban a los bailes del barrio. El lenguaje de los personajes, aunque violento, aún en esos años era honorable. Le gustaba la dignidad respetada por el villano. Observaba las persecuciones en los viejos carros, parecidos a lanchas, emocionado. Los balazos de los tiroteos donde los personajes se resguardaban atrás de las puertas y las paredes de las casas. Le gustaba el sonido de esos balazos, no como los de ahora que en la noche, casi siempre, cuando intentaba conciliar el sueño, se oían secos. Era extraño que no se hubieran oído esa noche. Pensó que el ruido de la tele se los había ocultado. Tuvo curiosidad. ¿Se estaba quedando sordo? Tomó el control y silenció la tele. Aguzó la oreja. Nada: no se oía nada. Miró un instante los movimientos en la pantalla, los cuales sin sonido le parecieron inverosímiles. Presionó otra vez el botón del control y se escuchó una explosión, luego más balazos. Sin embargo, eran desiguales, no concordaban con las imágenes de la pantalla. Volvió a silenciar el aparato. Sí, allá se oían. Eran balazos en la noche, en la realidad, de cuando era un viejo.

*

Ya se les había hecho común que se suspendieran las clases. Desde el inicio de los asesinatos a plena luz del día, en los semáforos, cuando de un carro, como si nada, salían hombres con AK-47 y acribillaban a un conductor, y las balaceras nocturnas de varias horas, la dirección de la universidad había sido muy consciente. De nada iba a servir tener alumnos muertos. Incluso, que se diera el caso donde un estudiante de la institución hubiera perdido la vida por estar en los salones o salir tarde rumbo a su casa: iba a ser muy mala publicidad. No era la primera vez que a Roberto le cancelaban su clase, lo que en ocasiones resultaba un alivio, pues aun así recibía su pago, y llegaba temprano a su departamento, a eso de las once de la noche. Lo extraño esa vez había sido la cara de terror de la coordinadora. No sólo él lo notó desde el pizarrón absurdamente anticuado de gises, sino también los veinte estudiantes desde sus bancos. La licenciada les había dado el aviso con la garganta cerrada y los ojos completamente dilatados. Aunque sus palabras habían sido las mismas que otras noches: “Muchachos, por su seguridad se suspenden las clases. Todos directo a sus casas.” Esta vez no era únicamente algo preventivo, sino se trataba de una amenaza inminente.

Los estudiantes se pusieron de pie y tomaron sus cosas. Roberto todavía con el gis en la mano los miró salir en pequeños grupos. Algunos se notaban asustados; otros, un poco incrédulos y sonrientes. La mayoría de ellos eran trabajadores de maquilas automotrices y textiles de la ciudad, donde se producía mercancía para enviarla a los Estados Unidos. Se encontraban ahí para sacar el título, en el turno nocturno de la universidad, que había encontrado su nicho de mercado en toda esa gente. Roberto se despidió de dos o tres muchachas, apenas menores que él por dos o tres años, y comenzó a borrar sus anotaciones en el pizarrón para disponerse a salir, un tanto aliviado de que otra vez su jornada terminaba temprano.

Miró su explicación del eterno “verb to be” y fastidiado borró. Tomó sus cosas y dejó el salón. El pasillo ya no mostraba a nadie y caminó hasta la oficina de la coordinadora para firmar su salida. Ahí se encontró con otros maestros y le llamó la atención la consternación de la atmósfera; estaba mucho más pesada que otras noches. La coordinadora explicaba: Había caos en la ciudad. Habían bloqueado algunas avenidas principales, incendiado autobuses, camiones de carga, tráilers. Lo peor de todo: habían llamado a la dirección: amenazaban con asesinar a todos los que se encontraran en el edificio después de las diez.

Todos salieron de la oficina espantados. Roberto se quedó al último, como si le costara reconocer el miedo corriendo por sus venas. Era una sensación antigua, pero de algún modo irreconocible, como si se tratara de la rememoración de otro tiempo, aquel de sus antepasados, pero jamás experimentada en su vida. Salió a la explanada principal. La coordinadora, apoyada de otros maestros, vociferaba a los estudiantes que todos debían irse en los próximos cinco minutos.

*

A pesar de los rumores, se había atrevido a ir él solo, porque creía estar enamorado. No estaba seguro. No le gustaba la idea. Le agradaba convencerse de que estaba ahí porque por primera vez se comportaba como un adulto. Cursaba el segundo semestre de administración. Tres semanas atrás uno de sus amigos lo había llevado ahí.

La verdad es que era un teibol común y corriente; incluso, no era de los más lujosos de la ciudad. No obstante, desde la primera noche, Miguel se había hecho asiduo por Isis, una de las muchachas más cotizadas del sitio. Era delgada, de cintura estrecha, bellos senos y caderas amplias. Su rostro era delicado. Su cabello largo y lacio le alcanzaba la mitad de la espalda. En verdad él creía que la amaba. Había sido a primera vista, cuando la vio salir al escenario y contonearse sobre la tarima y saltar sobre el tubo, vestida con la tanga. Ese cabello ondulando al menear por esa espalda esbelta lo había hechizado. Llamó al mesero para preguntar su nombre y pedirle que se sentara junto a él. Con ella lo supo desde el principio, no le importaba gastar su escaso dinero.

Cuando ella se paró frente a él, se olvidó de todo. Era como si de pronto esta mujer llamada Isis se hubiera convertido en su novia. Al menos así la trató desde el primer momento. Así se burlaron sus compañeros en los pasillos de la universidad días después, lo cual  por un tiempo lo hizo dudar de volver. Pero lo cierto era que la traía entre ceja y ceja. La soñaba, la extrañaba y el siguiente fin de semana convenció a los amigos de visitar el lugar de nuevo, sin importar los rumores, las muertes, las balaceras, que cada día se incrementaban casi como una enfermedad incurable. No podía negar que la segunda ocasión estuvo nervioso. No sólo la deseaba, sino la amaba. ¿Cómo podía amarla? Era una teibolera, con cientos de clientes a quienes trataba con la misma amabilidad y sonrisa. ¿Los trataba igual a todos? No estaba seguro. Desde la primera noche advirtió una empatía diferente. No lo sabía, al menos no lo supo hasta que ella estuvo de nueva cuenta frente a él. La sentó en sus rodillas. Ella era como su novia. Quizá mejor que una novia. No podía ser que esa amabilidad fuera la misma con todos.

*

Ciertamente la ciudad se había vuelto extraña. Pero ¿desde cuándo? No podía saberlo. Había sido como un cáncer que fue creciendo y no se manifestó sino demasiado tarde, igual que el cáncer que mató a su esposa. No importaba lo viejo que estuviera, las arrugas y las manchas de sus manos no le servían para nada, sino para sentirse todavía más confundido que en su juventud. Ahí se oían, de un modo sordo, tan distintos a las películas. Por eso, tal vez, tiempo atrás tuvieron dificultad para distinguirlos. Los balazos en la noche enrarecida no sonaban como balazos y sin embargo eran balazos. Tal vez eso era lo más frustrante de todo, el hecho de no saber, de no conocer, de no comprender. La vejez, los setenta y cinco años y las débiles rodillas se le presentaban ridículos, tan cerca de la muerte y aún sin ser capaz de entender lo que ocurría, sin ser capaz de reconocer los ruidos de la noche, los ruidos de esa noche tan desconocida.

La luz del televisor continuaba resplandeciendo en su rostro ajado, se reflejaba en los cristales espesos de sus gafas. Ya no podía concentrarse en la trama de la película. Ahora para él también lo que se proyectaba en la pantalla era un cuento de niños. Esas balaceras de revolver parecían una estúpida pantomima. A pesar de su leve sordera, otra vez se escuchaba la ráfaga en el horizonte. Volvió a silenciar el televisor y se puso de pie con dificultad. Se acercó despacio a la ventana sosteniendo la taza de café frío que había permanecido ignorada por varios minutos en la mesita de la sala. Observó la calle solitaria. Todo lucía tan normal. Cualquiera diría que estaba paranoico, que escuchaba cosas inexistentes, como cualquier otro anciano con insomnio, temeroso de la muerte. Pero no era así. Esta vez el estruendo se escuchó nítido. Estos cabrones ya empezaron con las granadas, se dijo. Han de estar en el bulevar.

Y esa conjetura no le alivió, ni le generó certeza de nada. La vejez le estorbaba para comprender. Él lo advertía. ¿Por qué se mataban entre ellos si la ciudad daba la impresión de estar tan tranquila? Intentaba imaginarse las armas, el tiroteo, a partir de los ruidos. Pero no podía, la mente no le daba para visualizarlo con nitidez, ni los motivos, ni los hombres. Las pocas veces que salía de casa, durante el día, a pagar la luz o el agua, no veía nada fuera de lo común, la misma miseria y mediocridad de siempre, sólo esa indolencia de las generaciones actuales. ¿Eso era? ¿Eso era el origen de esas balaceras por la madrugada? Era incapaz de clarificarlo. Se sentía impotente. Le frustraba. Iba a ser una noche larga.

*

Roberto subió a su Atos blanco. Lo acababa de sacar de la agencia tres meses atrás. Era un carro bueno, según sus pretensiones. Había tenido cierta indecisión en aceptar la deuda, pero lo cierto era que lo necesitaba para ruletear las clases, para ir de un lado para otro a lo largo del día, de una preparatoria a otra, de una universidad a otra. No podía fiarse de que la máquina le fallara. Así perdía más dinero, y además se evitaba molestias. Eso le ocurrió constantemente con la carcacha que tuvo antes, de continuo se descomponía. Algunos conocidos le aconsejaron que no se endeudara, en especial, porque sus trabajos, aunque múltiples, no eran nada seguros: sin prestaciones, ni antigüedad, sin saber si sería contratado los siguientes semestres; sin saber las materias asignadas: muchas ocasiones las aceptó a pesar de desconocer completamente el tema. Necesitaba el dinero, no podía darse el lujo de ser correcto y confesar que esa no era su área, mejor se ponía a estudiar: inglés, literatura, historia, contabilidad, física, química, lo que viniera. Pero para eso necesitaba más tiempo, al menos llegar lo más pronto posible a su departamento para estudiar, aprenderse de memoria los conceptos, las soluciones correctas, sin estar del todo seguro de la razón de ello. Ese Atos nuevo a pesar de la deuda lo hacía sentirse más seguro. Tener mayor control, según consideraba. Al menos no le fallaría y no lo dejaría tirado en medio de la noche. En especial, en medio de noches como esa donde se había decretado el código rojo, pues las bandas del crimen organizado que asolaban al país entero se disputaban la ciudad. 

Ya se oían, los balazos, las detonaciones, ya se oían. Las escuchó al bajar el cristal de la ventanilla, a lo lejos se oían, indefinidas, pero no por eso ausentes. Los otros carros del estacionamiento ya se alejaban. La pequeña universidad nocturna quedó vacía. Aun así algunos estudiantes caminaban por la acera contigua. Roberto se sintió solo y miserable de ver a un grupo de ellos. Apenas dos o tres años menores que él. Le resultaba extraño, en ocasiones, dirigirse como el profesor. Pero ese distanciamiento que le molestaba en los pasillos del edificio fue lo que le animó a arrimar el vehículo a la acera oscurecida. Eran dos muchachas y un muchacho.

—¿Adónde van? Yo los llevó.

Los estudiantes sin pensarlo subieron al pequeño auto. Roberto sin decir nada aceleró. Extrañamente, no había mucho que comentar. Agarró rumbo hacia el bulevar que los llevaría a la zona céntrica. Le pareció raro cómo parecía que la ciudad se vaciaba sin que nadie pudiera notar cómo. Roberto, por instinto, escrutó el panorama de casas silenciosas, comercios cerrados, carros estacionados, iluminados por arbotantes melancólicos. ¿En verdad había tanto peligro? Intentó relajarse y volteó a ver a la chica que iba sentada en el copiloto. Era linda, de cabellos rizados, largos y castaños. Vestía unos jeans y una chamarra ligera de mezclilla. Pensó en sonreírle, ser amable, pero el terror en esos ojos un tanto infantiles lo detuvo. Miró hacia adelante, a lo largo del trayecto que había tomado. Entonces, como si no comprendiera lo que pasaba, aguzó el oído para poder distinguir algo: ahí se escuchaban, como ecos, las detonaciones. Continuaba sin saber de qué parte provenían. De pronto, se le vino a la mente que ese esfuerzo resultaba inútil. No importaba: venían de todas partes. La ciudad entera a pesar de la aparente calma frente a sus ojos estaba inmersa en un tiroteo.

Por pura inercia al ver el semáforo en rojo detuvo el pequeño Athos. No pasaba nadie. La luz amarilla de los arbotantes de la avenida hacía que el lugar se sintiera más solo.

—Sabe qué, profe —dijo una voz a sus espaldas-, mejor dele, dele. Hay que darle rápido. No vaya a ser que nos agarren aquí.

Tenía razón, pero también le extrañó que ese joven, que igual pudiera ser un amigo suyo, se lo dijera, y más aún, que estuviera ahí sentado en el asiento posterior y que apenas se hubiera dado el tiempo para observarlo por el espejo. Era moreno y delgado, de ceja poblada y ojos negros e incisivos, muy parecidos a los suyos. Al lado de él se hallaba la otra muchacha de la cual también, sin comprender la razón, se había olvidado. Era un poco más llenita, de cabello lacio hasta los hombros. No pudo ver más, pues como si hubiera descubierto su descuido, aceleró.

—¿A dónde van, muchachos? —se le ocurrió decir.

—¿Usted a dónde va, profe? —contestó el estudiante. Las otras dos estaban absortas. Habían delegado el dialogo a su compañero.

—Yo voy para la Colón e Hidalgo, pero no importa a dónde vayan, yo los llevo.

—Es que sabe qué, profe, nosotros vamos hasta Gómez.

Para llevarlos tendría que pasar por el río. Precisamente la frontera entre los dos cárteles. No iba a ser buena idea cruzar esa noche, mucho menos en medio de la disputa. No lo pensó mucho.

—Entonces tendrán que quedarse en mi casa —les dijo y nadie comentó nada.

*

El humo del cigarro inundaba por completo la cabina. Los dos hombres fumaban dentro de ella, vestidos con sus uniformes de municipales. Fredy, que ocupaba el asiento del piloto, había decidido estacionar la patrulla en un lugar apartado, detrás de una de las colonias más ricas, entre los muros de la cerrada y el canal de riego que hacía una barrera urbana con otra colonia mucho menos ostentosa cercana al aeropuerto. Por esa parte el camino era de terracería y por lo mismo no transitaba ningún carro. Por demás, había unos árboles ficus frondosos y con la altura suficiente para dar la sensación de resguardo.

Él y su compañero, Ramiro, estaban a oscuras. A lo lejos, cualquiera que pasara sólo distinguiría el brillo incandescente de los cigarros cuando daban las caladas.

Se oía los disparos en el horizonte de la noche. De vez en cuando se comunicaban por el radio para verificar si ya había acabado el tiroteo y poder salir.

—¿Qué mamada? —dijo Ramiro— Yo la neta ni de pendejo salgo contra esos cabrones. Pinches pistolitas pedorras que traemos. Además, yo tengo familia.

A pesar de que habían decidido no intervenir como todos en la corporación, no dejaban de sentirse culpables.

Fredy lo escuchaba mientras observaba las luces del otro lado del canal. De pronto se escuchaban. Le parecía contradictoria, por otra parte, la calma. Esas casas con gente dormida o despierta, oyendo el desmadre del cártel. La verdad es que nadie podía hacer nada. Estas eran mamadas de los federales y el ejército. Ellos eran los que no se ponían de acuerdo con los cárteles.

—Sí, compa, no hay que meternos —contestó—, aquí nos quedamos.

—¿Verdad que sí? No estamos tan pendejos como para jodernos así por nada. De todas maneras es cosa de que ya pacten. Que lleguen a un acuerdo y nos dejen trabajar en paz.

—Ei, esperemos que ya con este desvergue arreglen algo.

Fredy no se hacía ilusiones. Tampoco era que se hubiera metido de policía para cambiar nada. Ya no era un niño. Nadie de sus compañeros era un niño. Se había metido a la corporación para sobrevivir. De chingar a que me chinguen, mejor chingar. Como todos en esta pinche ciudad, en este pinche país. No eran ningunos niños, aunque se acordara que de morro jugaba a los carritos, a las persecuciones, y con su boca hiciera el ruido de la sirena, el ruido del derrapar de las llantas. Mientras exhalaba el humo y continuaba mirando las luces del otro lado del canal, al rememorarlo no pudo evitar dibujar una leve sonrisa. Cuanta mamada se imagina uno de chavalito. Pero la realidad era otra. Por eso, como decía el pinche Ramiro, quien desde un rato atrás había terminado su cigarro y ahora miraba absorto hacia la nada, lo mejor era estarse quietos ahí hasta el amanecer. Se trataba de sobrevivir. Eso era lo único importante. De cualquier modo, desde las primeras semanas de entrar a la corporación, notó que el comandante estaba con el abecedario. De pendejo que iba a hacer algo en contra de sus intereses. Sólo quería que lo dejaran trabajar: detener borrachos, parejitas furtivas y, si bien le iba, la buena acción del día, como ayudar a alguien si se ponchaba, ir a verificar si alguien robaba una casa habitación. Puras cosas comunes, eso era su chamba y eso era ser buen policía. Eso era lo único importante, lo que bastaba, lo que estaba dispuesto a hacer. Por eso se convenció de salirse de las maquilas. De chingar a que te chinguen, mejor chingar.

*

Lo cierto es que esa noche el lugar estaba medio lúgubre. Tal vez porque era temprano. Había pocos clientes. En la ciudad se decía que ya no era bueno salir de noche, porque existían amenazas de toque de queda, de que iban a reventar comercios, universidades, restaurantes, moteles, antros, todo lo que estuviera abierto después de las diez de la noche. Miró su reloj y apenas eran las ocho. Al venir conduciendo, tuvo temor de que estuviera cerrado; cuando lo encontró abierto, lo poseyó la idea de que esas historias de las balaceras eran puros rumores. Seguramente, se daban con más frecuencia que unos años atrás, pero a él nunca le había tocado nada, nunca había visto nada. Por otra parte, necesitaba verla. La semana había sido larga y la extrañaba. Necesitaba sentarla en las rodillas, oler su cabello lacio y ver sus ojos, que a pesar de llevar pupilentes verdes a él le parecían bellísimos. Pidió una cerveza y el mesero inmediatamente se la sirvió. Comenzó a beber, y al dar el primer trago pensó que si la noche estaba tan muerta, tal vez ella aceptaría irse a otra parte. La vez anterior no quiso, porque le dijo que aún había muchos clientes. Eso lo fastidio, pero muy probablemente esta vez sería otra cosa. Una de las muchachas salió al escenario y empezó a bailar para los pocos comensales.

*

Después de pasar unos momentos cerca de la ventana, sintió cansadas las piernas. Regresó al sofá a seguir mirando la tele. El resplandor no paraba. La película había terminado para dar espacio a los infomerciales. Pero él ya no miraba las imágenes proyectadas. No le decían nada. Se quedó con la mente en blanco unos minutos. Sólo escuchaba a lo lejos las ráfagas, taca taca taca, taca taca taca. Buscaba imaginarse a los hombres que estarían disparando, porque desde luego se trataba de hombres, como él, aunque no tan viejos. No podían ser otra cosa que hombres, a pesar de que nadie pudiera detenerlos. Todo resultaba tan absurdo, ¿cómo era que la policía no hacía nada? ¿cómo era que el gobierno se notaba tan rebasado? En sus tiempos nada de eso ocurría, pero ¿era porque estas bandas ahora resultaban mucho más poderosas? No estaba seguro. En el barrio, pensándolo mejor, sí había visto a los cholillos que vendían la droga, a la gente del punto, como les decían. Pero al sentirlos tan insignificantes, no podía creer que ese tipo de hombres fueran los del cártel, los mismos que ahora a lo lejos realizaban las detonaciones. ¿Cómo era que ahora tuvieran tanto poder? Pues según recordaba, siempre habían existido, siempre habían estado ahí. Tenía la sensación de que, de no ser porque estaba viejo, él mismo podría hacer algo. Tenía la intención, mas no estaba del todo seguro, no podía comprenderlo a cabalidad. Esa misma confusión fue la que lo hizo ceder para cerrar la miscelánea que tenía instalada en la parte frontal de la casa. A regañadientes lo hizo, pues sus hijos lo obligaron con continuos reproches después del tercer asalto. Sin saber realmente por qué, aceptó. Tal vez porque, por la edad, ya estaba cansado de trabajar, independientemente de si lo asaltaran una cuarta ocasión o no. Lo de los asaltos era lo de menos, que lo encañonaran no le importaba, la merma era la pérdida del dinero. Pero por eso ya nunca traía el fajo de billetes en la bolsa, sino sólo el cambio para atender la venta.

La luz del televisor de los infomerciales continuaba resplandeciendo en los cristales de sus gafas. Sí, no lo comprendía. No parecían tan fuertes. Ya no eran sus tiempos, desde muchos años atrás, desde la muerte de su esposa el mundo le parecía extraño. Muy probablemente no estaba viendo bien las cosas. Lo cierto era que en el último asalto ni le habían robado nada.

*

Roberto ahora conducía por una de las calles secundarias cercanas al aeropuerto. Había decidido evitar los grandes bulevares. La ciudad casi por completo se mantenía quieta. Le daba la impresión de que él y los estudiantes subidos en el Athos eran los únicos perdidos en el fuego cruzado que no se dejaban de escuchar, espectral a lo lejos. A pesar de esta sensación alucinante, Roberto se decía, al conducir, que era mejor no verlos y no hallarse con nada. Sin embargo, no era una ilusión, ningún ensueño, cada vez que se tranquilizaban, volvían a oírse con más estruendo, taca taca taca taca. Roberto intentaba convencerse de que había tomado una buena estrategia al transitar por vías secundarias hasta que en la calle estrecha tuvo de frente dos grandes faros luminosos. Por un instante, su mente no pudo convencerse de lo que ocurría. Su mente buscó por un segundo otras explicaciones. Era una camioneta grande la que estaba ante ellos. Lo más extraño es que venía a gran velocidad en sentido contrario y que no se detenía. Roberto no pudo dejar de titubear unos momentos. ¿Qué era lo que pasaba? Ya lo sabía, pero su cabeza no podía comprenderlo. Como pudo, orilló el Athos, y el otro vehículo pasó al lado a gran velocidad, como si no los hubiera visto.

*

Fredy desde el otro lado del canal, resguardado en la patrulla oscurecida, observó una camioneta Ford Lobo color gris llena de sicarios casi estrellarse con un Athos blanco.

—Pinches pendejos, les dicen que no salgan y ahí siguen. Por eso los matan, por hacerse los que no pasa nada. Pinches hijos de la chingada, tuvieron suerte.

Luego miró cómo el Athos después de evitar el choque con la camioneta, reanudó la marcha.

—Ya métanse, chingado —volvió a decir y tiró la colilla del cigarro. Notó que el pequeño Athos se perdía en las calles. Se volvió a mirar a su compañero que ya estaba dormido, y pensó en hacer lo mismo, así que se recargó en el respaldo y cerró los ojos. Luego, entendió que no tenía sueño y resultaba inútil.

—Pinche gente pendeja.

Después, otra vez se sintió extraño, con un dejo de culpa, mas comenzó a tranquilizarse, cuando recordó que él ni nadie de la corporación iban a poder hacer mucho. Nosotros sólo queremos trabajar. A mí nomás déjenme trabajar. De chingar a que te chinguen, mejor chingar. Él ya no era ningún pendejo. Intentó recordarse que por eso se había metido de policía, a pesar de que la paga era poca, porque él ya no era ningún pendejo. Sería muy pendejo de su parte salir a enfrentar al cártel. Él ya no lo era. Sacó otro cigarro y lo encendió. El Ramiro continuaba dormido en el asiento de al lado. Él ya no lo era. No lo era desde que renunció en la maquila. Y no era que la paga en la corporación fuera mejor. De hecho le pagaban casi la mitad que antes, pero lo que ya no pudo soportar fue la frustración, el maltrato, la jodidez de esa pinche empresa, al hijo de la chingada del supervisor, al pendejazo del gerente. Las pinches hora interminables en la pinche línea de producción de las partes de autos. Los pinches turnos. Las pinches horas extras enjaretadas de agüevo. Eso sí le encabronaba. Por eso él ya no era ningún pendejo. Ahora en esa noche ahí sentado en la patrulla fumándose un cigarro estaba mucho mejor. El pedo de los cárteles no era su pedo. Eran rollos del gobierno. Tenían que pactar para que los dejaran trabajar. Ese jale le agradaba más que estar en la pinche línea de la maquila. En las pinches horas extras ensartadas de agüevo. Por eso renunció. Porque el supervisor le dijo que si no se quedaba ya no regresara.

—Ahí’stá tu pinche jale —le dijo.

*

Isis ya sale al escenario. Miguel la observa junto a los otros clientes, y es cuando el comando entra a sus espaldas. 

*

Roberto después de evadir la camioneta ya no supo muy bien qué hacer. Miró a la muchacha a su lado derecho, quien en ningún momento se había vuelto hacia él. Luego, echó un vistazo por el retrovisor y encontró los ojos del estudiante.

—Dele, profe, para su casa.

Los balazo se oían cada vez más cercanos, pero Roberto, al intentar mirar a la otra chica quien estaba con la cabeza agachada sobre sus rodillas, no podía distinguir de dónde venían. Por la necesidad de moverse rápido a la zona poniente, decidió agarrar el bulevar, y ese fue su error. A unos cuantos metros resplandecían las llamas sobre un tráiler atravesado. Apenas tuvo tiempo de frenar para no impactarse. Al intentar dar reversa y retomar otro camino, varios hombres, que salieron de alguna parte, los alcanzaron. Apuntaron contra ellos sus AK-47. Roberto no supo por qué se detuvo. Días después se lo preguntó constantemente como en un delirio. Tal vez hubiera podido atropellarlos pero el sonido tan contundente de la ráfaga tirada al cielo lo paralizo. Abrieron las puertas y los sacaron a los cuatro. Eran hombres comunes y corrientes. Sólo que en ellos ya nada importaba. Vio cómo se llevaron a las muchachas, que gritaban y pataleaban mientras entre varios las cargaban. Se subieron a unas camionetas y desaparecieron. A él y al estudiante los dejaron junto al resplandor hirviendo del tráiler.

*

No le habían robado nada, porque la señora que también estaba en la miscelánea comenzó a gritar como loca, al ver que el otro hombre de unos treinta años, barbón de pelo negro, lo encañonaba frente a la pequeña caja metálica. La mujer gritó tanto que distrajo al asaltante. Don Esteban sólo se quedó parado sin saber lo que ocurría en ese mundo extraño, como ahora se paraba frente a la ventana para mirar la noche, donde nada se movía y podría parecer una noche apacible si no fuera por las detonaciones que no dejaban de escucharse como venidas desde el cielo. Siempre que lo recordaba jamás le era posible explicarse, cómo la mujer comenzó a darle de golpes con la bolsa hasta que el asaltante salió de la tienda.

Después de unos minutos cuando la señora se fue, él también salió a buscar una patrulla. Cuando la encontró y les contó a los policías lo sucedido, lo ignoraron.

Lerdo, Durango

Noviembre de 2020

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Polvo de ángel

Alfredo Loera | @alfredoloeramx

Ya tenía mucho sin saber de Alan, ignoraba dónde estaba metido. Esta noche tal vez podría encontrarlo.

Como siempre, regresó a las 5 de la mañana. Bajó de su taxi para deslizarse por la calle desierta hasta entrar a su casa. Iba jadeante, sin saber si era por miedo o por alegría. Le sudaban las manos con la camisa húmeda a pesar de la noche fresca. Temblaba tal vez porque el sudor hacía que el frío se sintiera más en su cuerpo delgado o porque se moría de los nervios. Anteriormente, había metido la llave en la cerradura con la esperanza de que por primera vez, en varios meses, no estuviera corrido el pasador; sin embargo, otra vez, como siempre, tuvo que dar tres vueltas a la llave para abrir la puerta.

A pesar de que la prueba más contundente de la ausencia de Alan era precisamente el cerrojo con llave, entró en la penumbra preguntando si había alguien. Nadie contestó. Conteniendo la respiración y tanteando entre los muebles caminó hasta alcanzar el interruptor. Prendió la luz: la sala y el comedor se hallaban tal como los había dejado; vacíos y en completo orden. Fue a su habitación para ver su cama perfectamente tendida. Tomó un baño para después dormir con desencanto.

Por alguna razón nunca esperaba que Alan llegase durante el día. Realizaba sus actividades normales; limpiaba el taxi y hacía las cuentas de la jornada anterior. Si necesitaba efectuar alguna reparación, la hacía. Ponía música. Algo de los setentas u ochentas. Cocinaba y comía pulcramente, en completo silencio. A veces le llamaban por teléfono amigas o amigos. Le hacían invitaciones para salir pero siempre decía que no porque iba a trabajar en su taxi.

La noche le agradaba porque las calles se abrían a su paso, los movimientos se notaban fácilmente; movimientos premeditados. Los carros pasaban con sus luces encendidas y así parecía que los conductores no querían ser vistos, que miraban atrás para asegurarse de que nadie los siguiera. A veces él también lo hacía, por el retrovisor, y la calle reflejaba la luz de los arbotantes, y más a lo lejos la penumbra como madera oscura.

Los viajes eran silenciosos, dormitaban todas las cosas, nadie deseaba saber nada que no fuera llegar hasta donde se dirigía.

La vida nocturna se convertía en una expectativa constante; todo se agitaba lentamente y las miradas venían siempre desde un estado de contemplación, como si todo fuera parte de una sola presencia. Por eso sabía que Alan, únicamente, vendría bajo ese halo, de otra manera no tendría ningún sentido. Pero tardaba demasiado; ya habían pasado cuatro meses desde la última vez, él no sabía si el encuentro se repetiría, se exasperaba porque su vida de pronto estaba llena de angustia. A sus cuarenta años ya estaba cansado.

Otra vez, al igual que las noches anteriores, bajó de su taxi y caminó despacio al cruzar la calle. Lo cierto era que no quería volver; sabía que lo que buscaba andaba por ahí entre las hojas negras, no en la brillantez de la lámpara del buró, que tendría que quedarse dibujando círculos para dar con él. Pero siempre llegaba el alba que tapaba con su gran losa la cúpula nocturna y su luz que no dejaba ver a la distancia.

Tuvo que dar tres vueltas al pasador. Miró la casa estática y no pudo evitar hacer la pregunta. Ciertamente ya no esperaba nada. Faltaban dos horas para el amanecer y no quería perderse ningún soplo de penumbra, como si se diera una última oportunidad de encontrar eso que se veía perdido para siempre.

Sin embargo, quién sabe por qué de pronto empezó a escuchar algo que daba vueltas, y tardó un poco en comprender qué era; tal vez se asustó, tal vez le daba terror que nunca pudiera encontrarlo, pero que Alan sí lo hiciera tan fácilmente. O que sin importar cuánto observara siempre se le escabullera, y más aún, posiblemente el hecho de haberlo esperado todo ese tiempo le molestaba más, no podía irse y pagarle con la misma moneda, con su ausencia, porque no podía darse el lujo de no verlo. Era un juego de azar, quién sabe cuándo se toparían otra vez.

Daba la impresión de que el sonido no provenía de la puerta. No era posible. Dudaba que fuera verdad, así que no hizo por levantarse a abrir. Pero las vueltas seguían su curso y cada una hacía que se preguntara quién es. Ya sabía quién era, pero de pronto pensó que no se trataba de Alan. Se desconocía quién o qué era: un asesino, un extraño, un intruso, pero no él, no podía ser él. Se llenó de miedo. ¿Quién es?, continuaba preguntándose. Se levantó con exaltación, quiso gritar: ¡quién es!

Ya tenía mucho tiempo sin escuchar eso que le sorprendió cómo sus oídos recordaban cuando se vieron por última vez. Y algo era diferente; ese deslizar de la puerta no se presentaba igual. Extraño resultaba que los retumbos le mostraran ciertos movimientos misteriosos.

Después de todo ahí estaba; lo miraba fijamente, al fin había vuelto y le dieron ganas de estrechar su cuerpo varonil y joven, le dieron ganas de tomar su espalda y besar su cuello. Pero había cambiado desde la última vez. Se asustó porque él llevaba 15 años siendo de la misma manera; teniendo la misma mirada, la misma expresión, la misma experiencia. Sin embargo Alan era otro. ¡Cuánto había crecido! Su cara se presentaba más imponente, más vieja, sin la ingenuidad de antes. Parecía que nada de lo que pudiera darle sería suficiente, se volvía incomprensible. De pronto quiso asirlo, seguía siendo hermoso.

Le asustaba que Alan hubiera cambiado tanto. Se descubrió molesto por la fatiga propia y por verlo a él tan entero. No obstante, tal vez lo que más exasperado lo tenía era su falta de consideración al no aparecer sino hasta cuatro meses después. Era fútil un reproche; pedirle que dejara su sigilo sería una estupidez. Qué envidia no poder ser como él.

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¿Por qué había regresado? Su mirada no buscaba lo mismo que en ocasiones anteriores, parecía querer encontrar algo que olvidó, que según él le pertenecía pero que no estaba a la vista, como si se lo hubieran escondido.

—¿Por qué tardaste tanto?

—Vengo de paso —pronunció Alan.

—¿De qué hablas?

—Sabes lo que busco, solamente eso.

—¿Por qué primero no te sientas? —respondió con un tono de reproche—. Ven siéntate —continuó—. ¿Por qué no te sientas?

Alan permaneció estancado en un gesto frío. Ninguna luz podría revelar su interior y menos para quien lo llamaba en ese momento.

—Siéntate —dijo exaltando la voz.

No osciló dentro de la noche ningún ruido. Un momento después ya no tenía ningún caso que se sentara, se había perdido el instante en el cual ellos se abrazarían; quién sabe dónde estaba ahora, no lo atraparon cuando pasó a su lado. Existía un vacío, así que no había forma de que lograran unirse. Únicamente quedaba otra línea monótona que se dirigía constante y contundentemente hacia la soledad mutua en un abandono a la tortura de sus monólogos nocturnos.

Se levantó:

—¿Por qué no dices nada? —dijo gritando—. ¿Por qué no contestas?

Sin embargo, Alan no se movió.

—Abrázame —continuó arrepentido.

Los brazos de Alan no se movieron; los tomó y se los puso en la espalda y miró su cara.

—¿Tienes ángel?

¿Qué esperaba? Sólo quería el polvo. ¿Qué esperaba?, pensó.

—¿Lo quieres? ¿Después de todo este tiempo sólo me buscas para eso?

Lo odiaba, quería que fuera de otra manera. Trataba de no delatar su resentimiento, pretendía no empezar una riña porque entonces la espera no habría valido la pena.

—¿Dónde está? —dijo Alan mientras se adelantaba a un librero al fondo de la sala.

—Ya no tengo, te lo acabaste la última vez.

Empezó a abrir los cajones, sacaba lo que había en su interior.

—Te dije que te lo acabaste.

Alan sabía que los polvos nunca se terminaban. Necesitaba hacer todo el numerito; cumplirle con favores para que le diera una miseria. No volvería a hacerlo. Se había prometido jamás volver a estar con él. Ahora se preguntaba por qué había ido. Necesitaba la droga, eso era todo. Y ahí estaba de nuevo. De pronto recordó la razón por la que dejó de hacer sus visitas nocturnas, no podía seguir. Tarde o temprano todo terminaría mal.

Alan se volvió mirando con desprecio; descubrió la anochecida casa arreglada, todas las pertenencias; mantenían la misma apariencia de siempre: las sillas en el mismo lugar, los adornos en la mesa de la sala continuaban ahí, tal como hacía cuatro meses, en completo orden. Miró la delgada cara de la que destacaba el brillo de los ojos negros en la penumbra. ¿Tan desesperado estás?, pensó.

Después de eso se sintió culpable. Tal vez el otro tenía razón; tal vez había sido muy desconsiderado por no aparecer hasta esa noche; sin embargo, el otro no entendía; nunca lo había buscado por algo personal, ni siquiera la última vez. Pero ahí estaba.

Se sentó a corta distancia. Posiblemente lo hizo porque aquel hombre estaba muy exasperado; su espera había sido larga y ahora lo que más deseaba era estar con él. O tal vez se sentó pensando en el PCP, por la ansiedad, porque ya no tenía otra cosa en la mente. Era un adicto. El sillón era muy suave, cómodo, daba reposo a cada parte del cuerpo, ése podría ser otro motivo para sentarse; irónicamente, en ningún otro lugar encontraría tanta comodidad como en esa casa. Y sin embargo no sabía por qué se estaba sentado junto a aquel hombre, no entendía el origen de su regreso. Era repugnante.

Se deslizaron los brazos por los lisos pectorales, por el abdomen inalcanzable, por la entrepierna abultada, por la droga. No, pensaba Alan. Reclinó la cabeza en el respaldo mientras trataban de besarlo, cuando intentaba hacerse para atrás. Y sin embargo había un tope. Le caía un peso enorme. Una lengua ajena y húmeda caldeaba sobre su rostro. Lo asfixiaba. Había vellos inmundos. Un pubis abismal. Y un rictus en las gesticulaciones. Había muerte. Alan se descubrió ahí, rompiendo su promesa de no volver. Lo que era ya no quería serlo porque se lo había prometido, sólo por eso. No valía nada. Todo era asqueroso. Tenía miedo porque él ya era algo que no conocía; todo se le escapaba de las manos, perdía el control de sus acciones, asumía las consecuencias de las estupideces cometidas por un extraño.

Sin embargo, no podía detenerse, no podía dejar de acariciar ese cuerpo insólito para él. No podía dejar de estar a su costado, no podía dejar de sacar la lengua para unirla con el otro. Sentía el vello del bigote, la barba bien recortada, incluso los rasgos finos de la barbilla ajena. No podía detenerse, lo cual le daba miedo, porque entonces se daba cuenta de que no tenía escapatoria, que jamás podría liberarse de aquel hombre. Quiso detenerse. No obstante, ya era demasiado tarde. A nadie le importaba. A nadie. En toda la ciudad, en toda la noche, a nadie le importaba. A nadie podía pedir auxilio. De pronto tuvo la necesidad de gritar, de decir que lo ayudaran, porque pensó que ya todo estaba decidido. Pero luego también comprendió que sería inútil decir algo. El pesado cuerpo sobre él, las piernas trenzadas con las suyas, el falo endurecido entre sus piernas, le hicieron ver que estaba solo, que quizá era el hombre más solo de toda la ciudad. Fue entonces cuando supo lo que tendría qué hacer. Cuando entendió que debía bajar sus pantalones. Jamás perdía el pudor, pues, lo hacía de un modo lento, como un niño, como la primera vez. Quizá de esa manera no se sentía tan culpable, quizá de esa manera pensaba que lo que hacía no lo denigraba, no lo hacía sentirse solo. Quizá lo hacía así porque de ese modo contenía sus verdaderos impulsos, esos deseos de llorar, de decirle al otro que lo dejara irse. Y sin embargo el otro no lo advertía, estaba excitado, más que nunca, lo tomaba con cierta violencia, pero al mismo tiempo con cierta ternura. El otro tal vez quería tranquilizarlo, decirle algunas cosas, pero Alan no escuchaba, no podía. Sólo sentía esa sensación extraña recorrerle el cuerpo, desde abajo, por toda la espalda, por los hombros, hasta la sienes. Quería que acabara pronto, quería decirle, por favor, no lo hagas más difícil, acaba pronto, acaba. Porque para él no era algo que tuviera un significado concreto, sino solamente un precio, una cantidad para descargar su desamparo ante las cosas. El otro lo apretó, hizo algunos movimientos bruscos, para después abrazarlo por la espalda, encima de él, relajado. Alan podía intuir su sonrisa, con su mejilla puesta sobre su hombro, lo cual se le hizo de lo más despreciable. El otro no se movía y hablaba, y Alan de pronto no comprendía la causa por la que el otro se engañaba. Entonces fue cuando quiso moverse, quiso quitarse, para recriminarle su estupidez, pero el otro no lo consintió. Así fue como empezaron a forcejear. Empezaron a verse a los ojos, a descubrir sus rostros, ahí los dos desnudos, probablemente por primera vez. Fue cuando Alan palpó lo pequeño que era el cuerpo ajeno, cuando se dio cuenta de lo viejo que estaba. Se sorprendió de constatar de pronto su miedo. Su soledad. Nunca lo supo. Cuando se le preguntó por qué lo hizo, dijo que no lo supo. Antes de irse incineró el cuerpo. Al salir por la puerta, el polvo de ángel ya no importaba.

Gómez Palacio, Durango, diciembre de 2008

Algo entre Carolina y yo

⸺Lárguense de aquí, mocosos canijos.
⸺Léperos, malcriados.
⸺¡Maldosos!
⸺A ver con qué le salen al padre, cuando venga a confesar a los que van a hacer la primera comunión.
Los gritos venían de mi madre y de mis tías, de mi hermana, de las vecinas. De todas las mujeres que la tarde de cada viernes acudían a los lavaderos del pueblo.
La travesura se le ocurrió a mi hermano Luis. Luego de la escuela y de la comida nos juntábamos una docena de chamacos a jugar. Las edades iban de los ocho a los trece años. El nuestro, simplón y sin gracia, parecía un pueblo muerto, así que inventábamos juegos cuando nos cansaban los de siempre, contar historias o disputarnos los columpios o pasear en las bicicletas que no todos teníamos. Esa tarde nos quedamos sin ideas y le hicimos caso a Luis: ir a los lavaderos, donde a las mujeres se les movían las nalgas mientras restregaban la ropa.
Unos abrimos tamaños ojos ante la propuesta, pero mi hermano, lidercillo de la bandada, insistió:
⸺Se ven bien chistosas, parecen como las ancas de las mulas cuando caminan despacio porque llevan mucha carga. Hay de todos tamaños ⸺dijo haciendo ademanes circulares. Casi todos se rieron, y a mí no me quedó más remedio que acompañarlos.
La hilera de lavaderos de cemento blanqueado por el agua, por los jabones y las lejías y no sé si también por el sol y por el tiempo, se encontraba llena. En el aire viajaba el aroma de la jabonadura y desde media calle antes se oían el chapalear del agua en la que fregaban y esa especie de gorjeo disparejo que eran las voces de las mujeres hablando unas con otras, de repente cuchicheos, de repente carcajadas, casi nunca silencios. En los lavaderos se renovaba el alma del pueblo, no se trataba sólo de lavar, ahí las mujeres compartían penas y exageraban alegrías para tener algo que presumir.
⸺¿Y ahora qué se traen? ⸺dijo una que nos vio llegar repartidos en dos grupos silenciosos.
⸺Nada ⸺respondió el de la idea⸺, nomás venimos pasando, se nos ponchó el balón ⸺al oír esto, dos de las niñas no contuvieron la risa⸺, y venimos a sentarnos tantito ⸺concluyó, serio y reprimiendo con la mirada a las risueñas.
Las mujeres siguieron en lo suyo y nosotros nos sentamos a sus espaldas, en el suelo, en semicírculo, abrazando las rodillas y muy atentos, como si fuera a comenzar una función.
Cierto lo que había dicho Luis: las nalgas de las mujeres se diferenciaban en tamaño y en forma y no había mejor momento para comprobarlo que mientras lavaban. Y sí parecían grupas de caballo, de mula o de burro, meciéndose al ritmo del lavado. Me puse a pensar si cuando restregaban más rápido se debía a ropa más sucia y si cuando bajaban la velocidad era por lavar la ropa más nueva.
Pero mis compañeros empezaron a reír. Fue un niño el que soltó la primera risita y contagió a todas las niñas, luego todos, menos yo, que acababa de encontrar las nalgas más bonitas que había allí: las de Carolina, la hija de doña Tencha. Carolina, amiga de mi hermana mayor, iba a la secundaria que tres años antes se había instalado. Yo tenía doce años y ella andaría por los diecisiete. A pesar del vestido, pude apreciar sus nalgas redondas y firmes.
Las burlas y los murmullos alertaron a las mujeres y nos corrieron a gritos y a jicarazos de agua enjabonada.
⸺Si te vuelvo a ver haciendo babosadas con los demás, te voy a pegar ⸺dijo mi mamá, al anochecer, y me pellizcó el brazo para convencerme⸺, tú no deberías juntarte con esos maloras.
Dije sí mamá, no mamá, y no me atreví a denunciar a Luis porque hizo señas de que me callara. Seguramente a todos los del grupo los regañaron en sus casas y por eso al día siguiente volvimos a nuestros juegos normales.
Para mí ya nada fue igual. Esa noche batallé para dormir, pensaba en Carolina y en sus nalgas. Antes ya me había fijado en ella, en su cara bonita de ojos cafés y en el color rojo con que se pintaba la boca. Mi hermana decía que la consideraba su mejor amiga, y siempre andaban juntas. A veces podía estarme un rato con ellas, pero me corrían o se encerraban en el cuarto para contarse secretos. Mi situación en la casa siempre fue un tanto confusa, la polio me dejó una leve cojera y eso sirvió para que me consintieran pero también para que mi hermano, celoso por los mimos, se aprovechara y fuera abusivo conmigo, sin llegar a nada malo, cosas de la niñez.
Cuando Carolina me encontraba por la calle o al ir a nuestra casa, me sonreía y a veces hasta acarició mi mejilla o el pelo que me caía sobre la frente. Podía decirse que teníamos amistad, por eso no se molestó cuando volvió a verme en los lavaderos. Tal vez se sorprendió un poco, pero no se enojó y creo que hasta le gustaba. Yo sabía que lavaba sola su uniforme los martes y los jueves, y el resto de su ropa los viernes, junto con las demás mujeres.
Para evitar sospechas, a mamá le decía que Caro me revisaba la ortografía y a ella, que sólo ahí hacía la tarea a gusto, sin que nadie me distrajera. Llevaba mis cuadernos de la tarea o un libro de cuentos que fingía leer mientras admiraba su figura inclinada sobre el lavadero; descubrí que no sólo sus nalgas, esferas perfectas, ocupaban mi pensamiento, también sentía curiosidad por su escote, por esa raya profunda que divide el pecho de las mujeres.
En el pastel de mis trece años, Carolina me dio un abrazo e hice que durara lo más que pude; entonces supe que yo estaba cambiando, no era lo mismo mirar una cara linda que aquella inquietud que me nacía en la sangre y obligaba al corazón a bombear más fuerte y me producía cosquillas en la piel de todo el cuerpo.
Me acostumbré a soñarla, a soñar sus manos salpicadas de espuma, su vestido mojado a la altura del vientre y sus brazos estirados para tender la ropa en los mecates. Quise crecer rápido y acariciarle los hombros y la espalda sobre la que el sol de la tarde dejaba caer su última lumbre. Quería que pasaran los años y tener derecho a tocar sus brazos enjabonados y sus manos frías y enrojecidas. Y cada noche y cada mañana rogaba a Dios que la voz me engrosara para gustarle a Carolina. Me veía en el espejo y mi cara no era fea, de cuerpo no estaba tan mal, pero mi pierna coja, eso sí podría ser algo que a ella no le agradara. También estaba lo del pecado, lo de no tener malos pensamientos y lo de la fornicación, que la pobre catequista nos explicaba cómo podía, ruborizada y en voz baja. Seguro que lo mío era pecado, pero el primer mandamiento hablaba de amor, así que para justificarme, día tras día me convencí de que “el amor todo lo consigue” y de que “el amor es lo único que importa”.
A los quince años comencé a escribir poemas. Se los mostraba como al descuido, sin decirle que ella era mi musa. Los leía rápido, sonreía, volteaba a verme y me felicitaba: te quedan bien, me decía. Y eso era todo. Sin embargo, desde siempre, desde que la veía en los lavaderos, tuve la impresión de que en su mirada había algo para mí, algo especial.
Me fui a vivir con unos tíos en otro pueblo para hacer la prepa y regresaba en vacaciones. Un día supe que se casó. Dejé de acercarme pero no la olvidé. Años después fui a estudiar sociología, en la capital. Durante la carrera tuve algunos amoríos, compañeras de la universidad, chicas de pelo corto y rostro sin maquillaje, con cuerpo esbelto y mentalidad liberal. Pero yo acariciaba a Carolina en cada una de ellas, las besaba pensando en ella. Creo que cada vez que tuve intimidad, fue un ensayo para cuando le hiciera el amor al amor de mi vida. Sin embargo, en ninguna de mis idas a casa volví a verla.
Carolina tendría treinta años cuando terminé la carrera. El pueblo me recibió sin ocultar su extrañeza ante el nuevo aspecto que adopté: mi cabello, mi ropa, mis zapatos. Como sin querer, le pregunté a mi hermana por ella.
⸺Se separó. Tiene dos niños y trabaja para mantenerlos ⸺dijo y en seguida, frunciendo el gesto, me encaró⸺: ¿por qué te vistes así?
⸺¿Qué tiene de malo? ⸺pregunté jalando un poco mi camiseta con los dedos de ambas manos⸺. ¿Tiene algo de malo? ⸺insistí para acorralarla pues advertí que le faltaba valor.
⸺Puede que malo no ⸺murmuró⸺, pero es… raro.
Esa noche volví a soñar a Carolina, ya no como antes, sino en un sueño adulto, erótico. Decidí buscarla. Fui hasta su casa asumiendo que sus hijos estarían en la escuela. Toqué la puerta y nadie abrió. Me acerqué a la entrada abierta del patio y la vi. Enjabonada de las manos a los antebrazos, empeñada en blanquear el cuello de una camisa. El olor del jabón me remitió al pasado; el deseo, nacido en la pubertad y nunca cumplido, empezó a retumbarme en las sienes, en el pecho, en la garganta. En realidad, la voz no me engrosó nunca, pero procuré que sonara grave, como tantas veces la había ensayado; dije su nombre y volteó. Nos miramos. No abrió la boca y sentí sus nervios. Señaló la puerta para invitarme a entrar y no acepté, me quedé frente a ella. Vi que sintió vergüenza de su piel ajada y de su ropa sencilla. Pero enseguida paseé la vista por sus hombros y sus caderas, más amplias ahora. Me acerqué y ella no se retrajo. Se entretuvo en mi camisa azul y en el pantalón de vestir que no disimulaba del todo el zapato especial para la pierna coja, miró mi cabello corto y su curiosidad se atrevió a tocarlo con los dedos mojados, y sonrió. Fue la señal. La fresa de su boca, aquélla que me atrajo tantos años atrás, se abría ante mí, invitándome a morderla. Y acepté. Una de mis manos abarcó su talle y la otra buscó sus nalgas, ahora más llenas. Cerró los ojos, jadeante, y rocé su boca con la mía. Sólo un momento.
⸺No ⸺gritó⸺. Nunca, nunca, estaré con alguien como tú ⸺la voz fue de piedra⸺. Habrás vivido en la ciudad y tendrás un título universitario, pero eso no importa, aquí las cosas no cambian, somos los mismos de siempre ⸺su voz ya no sonaba dura sino derrotada al decir⸺: en el pueblo nunca se verá bien que haya algo entre tú y yo.

1: Me pidió que no volviera a buscarla y acepté. Era verdad lo que ella dijo: ni siquiera mi familia aceptaría que Carolina y yo tuviéramos algo. Llegando a casa de mis padres me encerré en la que había sido mi habitación de niña y con una mezcla de tristeza por lo que no podrá ser y de rabia hacia los convencionalismos que aún rigen la conciencia moralista del pueblo, comencé a hacer la maleta para irme a donde nadie le importara mi ropa masculina y mi cara sin maquillaje.

2: Me pidió que no volviera a buscarla y acepté. Era verdad lo que ella dijo. Ni siquiera mi familia aceptaría que Carolina y yo tuviéramos algo.

Desanduve el camino entre su casa y la de mis padres. Al verme entrar mamá me preguntó si quería merendar. No respondí. Con intención de hacer mi maleta e irme para siempre, me encerré en el que fue mi cuarto: paredes pintadas de rosa una y otra vez, en el fondo del ropero, las muñecas con las que nunca me gustó jugar, y un álbum de fotos viejas en las que destaca la de mi primera comunión. La foto absorbió mi interés, me senté en la cama para ver los detalles plasmados en ella: el vestido largo y el listón de seda en la cabeza. Estuve ahí, con los recuerdos bullendo en mi memoria hasta que mi madre interrumpió diciendo:
⸺Hija, ¿quieres merendar con nosotros?

3: Me pidió que no volviera a buscarla y acepté. Era verdad lo que ella dijo. Ni siquiera mi familia aceptaría que Carolina y yo tuviéramos algo.
Mi esperanza se desandaba como el camino entre su casa y la de mis padres. Al verme, mamá me preguntó si quería merendar. No respondí. Con intención de hacer mi maleta e irme para siempre, me encerré en el que fue mi cuarto: paredes pintadas de rosa una y otra vez, en el fondo del ropero, las muñecas con las que nunca jugué, y un álbum de fotos viejas: testimonios gráficos de mi infancia. Nacimiento, bautizo, cumpleaños, primera comunión y aquella de mis trece años en la que insistí fotografiarme junto a Carolina. En todas ellas, con vestido y listones en el pelo.
⸺¿Quieres merendar con nosotros? ⸺mi madre entró justo cuando se me salían las lágrimas⸺. Mi niña ⸺exclamó alarmada⸺ ¿por qué lloras?
⸺Ya no soy una niña ⸺reclamé mientras le daba la espalda y me secaba las lágrimas como si quisiera arrancarlas⸺ ¿No te das cuenta?
⸺Aunque pasen los años y seas toda una profesionista y te vistas tan seria que casi pareces hombre, para mí siempre serás mi niña ⸺dijo, y me dejé abrazar por ella.

Un cuento de Elena Palacios.

Flores de laurel en el jardín de Carmela

Por Elena Palacios

Carmela nació fea y nunca se compuso. Prieta y obesa, la nariz ancha y los dientes frontales grandotes y separados. Por eso me aborrecía, porque yo siempre he sido bonita. Sólo las mujeres somos capaces de entender la ignominia que pesa sobre las feas. 

Sin embargo la aversión era recíproca. Ella tenía algo que yo no: un jardín grande y primoroso, diez metros cuadrados en los que, con toda dedicación, plantó rosales de todos los colores. Y se le daban tan bien que la envidia como una nube oscura, llovía cuajadas gotas verdes sobre mí. Obsesivo, un reclamo me atormentaba cada vez que pasaba por su casa: ¿por qué esta tipa barrigona y vulgar, tiene el jardín que yo jamás tendré? 

Un jardín no se obtiene por gracia divina, hay necesidad de limpiar, de retirar el cascajo y los hierbajos, de abonar la tierra e invertir en plantas. Mis seis metros pedregosos siempre han estado lejos de parecer un jardín. Así, todo lo que planto se me seca. Lo único que ha sobrevivido en estos años es un laurel y no me gustan los laureles, pero a Carmela sí. Lo descubrí hace ocho años: un laurel joven, de florecillas blancas y recién plantado, se dejaba mecer por el suave viento de la mañana. 

Desgraciada gorda. ¿Por qué poner un ordinario laurel de hojas verde triste en medio de las rosas?  Qué absurdo. Ya sospechaba que mi vecina provenía de familia corriente y ésta era la prueba.

Aguanté la tentación de llamar a su puerta y pedir explicación por el laurel, pero me fui sin voltear, con la mirada en alto, para mostrar mi dignidad. Le dije todo a mi esposo: que Carmela y yo nunca nos habíamos caído bien, le conté de sus rosales y del laurel en su jardín. Me escuchó con calma y aunque no dijo nada, sentí su apoyo, tal vez mi indignación despertó su más tierna solidaridad. ¿Qué piensas hacer?, me preguntó más tarde, pero no contesté. 

Pasé el día pensando y cuando por fin se hizo de noche no pude dormir, esperé a que diera la una para levantarme. Me vestí, tomé el cuchillo grande y salí en pantuflas. Ignoro si Pepe notó mis movimientos, quise creer que no. 

Me metí al jardín de Carmela y de prisa desenterré el laurel. No hubo problema pues la tierra aún estaba floja. Resultó tan fácil llevármelo que me dio en pensar por qué la ballena fue tan estúpida de no proteger más a la planta. ¿Acaso no se le ocurrió que yo podría llevármelo? Tal vez ni lo pensó, la grasa de su panza le atrofiaba las ideas. 

El arbusto durmió en el fregadero de la cocina, para que sus raíces mantuvieran la humedad; yo regresé a mi cama, me acurruqué con mi marido; con la piel fría por mi incursión nocturna y con tierra en las uñas, pero satisfecha.

Más de Elena Palacios: Fuego azul

Por la mañana, de rodillas y aprisa planté el laurel en el hueco que aguardaba. Era posible que la envidiosa intentara recuperarlo, pero me arriesgué. Cuando fui por tortillas miré de reojo a la casa de Carmela, me espiaba tras la cortina, pero no salió a reclamarme, por el contrario, al notar que la vi, se retiró.

Siempre le rogué a Pepe que me arreglara el jardín, que pusiéramos césped y plantas bonitas. Pero él, perezoso y tacaño, no cumplió jamás lo que tantas veces prometió.

Repito, nunca me han gustado los laureles, se parecen a Carmela: toscos, corrientes, de silueta desparramada. En cambio, a Mamá Juanita, que es mi abuela, anciana pueblerina y sin refinamiento, cualquier planta que dé flores, le parece buena. Por eso hace ocho años compró ese laurel blanco y me lo regaló. Lo recibí con una sonrisa y le pagué con un beso, prometiéndole que enseguida lo plantaría. Con el cuchillo de la cocina hice un pozo y lo planté. El arbusto ha estado ahí desde entonces, salvo aquella ocasión en que tuve que rescatarlo de Carmela, que lo vio, le gustó y me lo robó para ponerlo en el centro de su jardín.

Fuego azul

Por Elena Palacios

⸺Llevo horas esperándote ⸺reclama Liliana y sus ojos chispean⸺, ¿y el frasco de café y el azúcar?

Ángel se acerca a besarla en la mejilla y murmura:

⸺No vengo solo.

La mujer disimula la sorpresa cuando al instante un hombre alto y apuesto aparece bajo el marco de la puerta.

⸺Buenas noches, tú has de ser Lili ⸺y luego de besarla en cada mejilla la toma de las manos estirando los brazos para verla de arriba abajo⸺. Angelito no mintió: eres preciosa.

⸺Gracias ⸺la palabra sale un poco nerviosa⸺. Ángel dijo que tomaría un trago contigo, pero no que vendrías ⸺dice más controlada y sonriente⸺. Pasa, ¿Javier, verdad?, estás en tu casa.

Javier responde que sólo un momento pues tiene otro compromiso. Se sienta en el sofá que la mujer de su amigo le señala. De la recámara llega el llanto de un bebé.

⸺En seguida regreso ⸺se disculpa Liliana⸺, se despertó la niña. Ángel, no seas descortés, ofrécele algo a Javier ⸺ordena pellizcando con la voz a su marido. 

Con un gesto, el invitado da a entender a Ángel que no haga caso y mientras el anfitrión entra a la cocina, Javier admira el buen gusto de los muebles y la decoración. Desde afuera la casa es muy parecida a las demás en esos fraccionamientos de mediana categoría, pero por dentro se siente la impresión de hallarse en un pequeño departamento de lujo. Según le contó Ángel, no tienen sirvienta pero Liliana, además de su incuestionable buen gusto, se esmera en el orden y la limpieza.

⸺Tienes una casa muy elegante ⸺reconoce ante Ángel que trae dos vasos y una botella en la mano.

⸺Gracias, hermano, viniendo de ti, ese comentario vale mucho.

Liliana aparece con el bebé en brazos. Es aún un pequeño bulto arropado entre inquietas sabanitas rosa pastel. Unos minutos de arrullo materno bastan para que la niña vuelva a dormir.

⸺Lamento mucho el contratiempo ⸺dice Javier en voz baja⸺, ya me voy pero escuché que necesitan algo de la despensa, vi que a unas calles está un minisúper, ¿quieren que les traiga algo?

Antes de que su marido reaccione, Liliana enrojece y para no despertar a la niña, ahoga la exclamación:

⸺Cómo crees, qué pena.

⸺Pero, mi amor ⸺interviene Ángel⸺, mi amigo puede dejarme en la tienda.

⸺No, no tiene caso que vuelvas a irte a esta hora ⸺dice como lo diría una madre al hijo adolescente⸺. En todo caso, que Javier sea tan amable de llevarme al súper ⸺se acerca a su marido y le pone la criatura en los brazos⸺. Tú tardas mucho para todo, mejor voy yo y regreso rápido.

Ángel sólo atina a acomodarse a la pequeña mientras Liliana y Javier se dirigen a la puerta.

⸺No la despiertes ⸺advierte a su esposo antes de salir.

Ángel mira la carita de su hija dormida mientras da un repaso mental a la tarde de ese día.

Tenía ocho años sin ver a Javier. Fueron compañeros durante la preparatoria, en las que él se aficionó a estudiar y su amigo a enamorar chicas No dudó cuando a través de las redes sociales su amigo le avisó que estaría dos días en la ciudad, antes de tomarse unas vacaciones en Estados Unidos. Javier desempeña un puesto gerencial en una empresa importante en la capital. Quedaron de verse en el bar del hotel que hospeda a Javier. 

Es un tipo genial, piensa Ángel, siempre con ese don de gentes, con esa seguridad para todo, si no lo admirara le tendría envidia; lo que sí me cae mal es que me diga “Angelito”, como si yo fuera un pobre hombrecito y no lo soy.

Ángel no es que sea bajo de estatura, pero apenas sobrepasa ese rango. De complexión delgada y piel muy blanca, tiene las manos finas y las uñas recortadas y limpias. Lo que más sobresale en su rostro son los ojos, no por grandes, sino por pequeños y con una cierta expresión caricaturesca. Al graduarse de ingeniero civil consiguió empleo en una dependencia del gobierno en la que le va bien. Pero se enamoró de Liliana, de sus ojos azules y de sus modales de niña rica. Gastó sus ahorros en ella: ropa, zapatos, algo de joyería; y en la casa: muebles, decoración. Él no tiene auto, dentro de un año que termine de pagar la casa comprará uno, mientras se conforma con que Liliana disponga de la camioneta de señora, regalo que enganchó con el aguinaldo hace tres navidades y que está a punto de saldar.

Esa tarde vistió y calzó lo mejor que pudo. Llegó al bar cinco minutos antes de lo acordado y tuvo que esperar siete más antes de que Javier apareciera. Al aparecer su amigo, Ángel se dio cuenta de los murmullos despertados en la mesa vecina ocupada por tres mujeres. 

Javier también iba bien vestido, pero tan diferente. Mientras él llevaba saco y corbata, Javier confiaba en su galanura vistiendo ropa informal. Fina, eso sí. Fina y muy costosa.

Los amigos se saludaron con un abrazo fuerte y bebieron, no un trago, como había dicho Liliana, sino una botella de wiski de buena marca. Platicaron de todo: de la escuela y de que qué había sido de tal o cual compañero. Recordaron viejas bromas y Javier quiso saber del trabajo y del matrimonio de Ángel. Luego se dedicó a hablar se sí, de su éxito en los negocios y con las mujeres. Se les fue el tiempo sin sentir, como ahora, en que ya pasaron casi treinta minutos y su esposa no regresa.

El brazo de Ángel se acalambra y al querer masajearlo despierta a la bebita que primero hace pucheros y enseguida empieza a llorar. El hombre se levanta del sillón y comienza a pasearse por la sala para arrullar a la niña pero no lo consigue. Ha de tener hambre, piensa y se dirige a la cocina.

Con un solo brazo y malos modos, busca un recipiente y pone a hervir agua. No para de arrullar a la pequeña y ésta no para de berrear. 

⸺Igualita de gritona que tu madre ⸺dice en voz alta y con expresión de fastidio⸺, yo quería un hombrecito⸺, y la niña llora más. 

Como no logra callarla, la ignora. Sus ojos de caricatura se concentran en la lumbre de la estufa. Flama de hipnótica belleza azul. Ardiente azul, como los ojos de Liliana cuando olvida todo problemilla doméstico y se permite entregarse a la pasión. Azul de mar sereno que se vuelve furia cuando ella pierde la paciencia. 

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“Debes dejar que el agua burbujee cinco minutos”, murmura Ángel, remedando la voz de su mujer. Escucha el clic de la puerta.

⸺Ya regresé ⸺avisa Liliana sin gritar, pero suficiente para que el llanto de la niña retome fuerza, como si diera quejas de su padre.

El azul furioso de los ojos femeninos es una ráfaga de fuego sobre su marido.

⸺¿Qué le hiciste? ⸺reclama mientras le arrebata a la pequeña.

⸺Pues nada, ¿por qué tardaste tanto?, hace casi una hora que…

⸺Ya, chiquita ya ⸺consuela a su hija⸺. No exageres, Ángel, había mucha gente. ¿Qué le hiciste a la niña?

⸺Pues nada, mujer, qué le iba a hacer, tiene hambre. ¿Y de verdad tanta gente como para que tardaras tanto? ⸺en el tono de su voz gotea la desconfianza.

⸺Ay, Angelito ⸺dice sin ganas y dándole la espalda⸺, en cuanto la niña termine su biberón me voy a dormir.

⸺No me digas Angelito ⸺reclama, pero Liliana ni lo escucha, va camino a la recámara sin dejar de hacer mimos a la niña.

En la habitación y desde su lado de la cama, Ángel observa los movimientos de su mujer. Liliana pone a la pequeña dormida en la cuna. Luego se mete al baño a lavarse los dientes y la cara. Se sienta ante el tocador. Sabe que su marido la observa pero finge concentrarse en lo que hace. Toma una toallita de algodón y la humedece con el líquido transparente de una botella. Se pasa la toallita por la cara y el cuello. Después abre un tarro de crema y toma un poco para untarse en la frente, las mejillas, el mentón, el cuello, el escote. Busca un envase más pequeño en el que moja las yemas de los anulares. Unta la crema haciendo círculos alrededor de los ojos cerrados. Ángel la mira en silencio, pensando qué pudo haber pasado en esa casi hora de su mujer con su amigo de la prepa. 

Liliana concluye su rutina mientras suspira profundo y una leve sonrisa contrae sus labios. Al fin abre los ojos. Por el espejo, Ángel ve esos ojos en los que hace rato hubo tanta furia. Ahora no, ahora la mirada azul de su mujer sólo trasluce el apacible fuego del antojo satisfecho.

Agrillamiento de morada

Por Elena Palacios

Día uno: no quise matarlo. Nunca desestimé las palabras oídas a mi padre hace más de cincuenta años: no los mates, los grillos son inofensivos, no traen la suciedad de las cucarachas. Pero tuve que hacerlo, lo maté. Era él o mi cordura. Apareció hace dos semanas. Varias veces me levanté a buscarlo, sin resultado. Por ninguna parte de la casa vi esa especie de extraño intruso nocturno, que según dicen, produce su canto al frotar las alas. Tal vez los grillos sean buenos si los escuchas a lo lejos. Dan a la noche una especie de halo mágico y familiar al mismo tiempo, pero se vuelve una tortura oírlos tan cerca que impiden descansar. En esos días estuve enfermo, y en medio de la fiebre, no sé si el grillo cantaba o era sólo mi imaginación, no sé si era real o yo alucinaba. Recuperada la salud volví a escucharlo. Lo busqué en las habitaciones, en el baño, en la cocina, pero no lo hallé. Se burlaba, como un ventrílocuo que pone su voz donde le da la gana. Hasta que de tanto pensar dónde podría esconderse, la idea apareció: busqué el insecticida y fui a la puerta del baño, la parte inferior del marco está carcomida por el óxido. Agité el envase y sentí que quedaba poca sustancia. Rocié el hueco. El grillo enmudeció enseguida. 

Entre morboso y culpable, imaginaba lo que posiblemente sucedía en el interior del marco: un grillo o tal vez una familia entera de grillos, moría envenenada por mí. El silencio continuó y una hora después di una segunda rociada. El problema despareció: no más grillo; aunque nunca vi el cadáver, lo más seguro es que lo había matado. Esa noche y las dos siguientes dormí tranquilo.

Día cuatro: se me fue la calma, el grillo volvió. ¿Es otro grillo o es que tuvo la capacidad de resucitar?, después de todo estamos en Pascua. No puede ser su hijo, ni su viuda, pues sólo el adulto macho de la especie canta. Llevo dos horas en el intento de dormir y no puedo. Es terrible. Es la revancha del grillo muerto. Fue fácil dar con su primer escondite pero ahora resuena dentro del cuarto; enciendo la luz y se calla, apago y vuelve a grillar. Ya busqué en los rincones y no hay huecos en los que pueda esconderse y yo tendría que mover cada pesado mueble para encontrar al perturbador. A pesar de la confusión trato de ubicarlo. Parece sonar más fuerte en la ventana. La cierro para comprobar si el ruido disminuye, y no, suena igual. Pego la oreja en la pared e increíblemente el sonido se magnifica ahí. Increíble, repito, porque no puede ser: la pared está entera, no hay donde se esconda. Empiezo a sentir miedo, es una casa demasiado grande para el grillo y para mí.

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Día siete: es la muerte. Llevo tres noches sin dormir bien. Es contradictorio: espero con ansias la jornada nocturna para dormir, pero el grillo aparece junto con ella; no el grillo, su sonido, pues no  consigo aún ver al insecto; luego quiero que amanezca pronto para que se calle, pero temo a la luz del sol porque me obliga a dejar la cama e ir a trabajar.

Cualquier día: no sé qué día de la semana es. Ya no importa. No puedo más. El grillo se apoderó de mi vida. La voz de sus alas rebota entre las paredes. Me paro sobre la cama y escucho el maldito canto como si procediera del interior del techo. Hoy abandoné el trabajo. No funciono. En el poco rato que duermo sufro pesadillas en las que miles de grillos inundan la casa, me rodean, se meten por mi nariz, por mis orejas, los veo brincar en el bote de leche y en el excusado. 

Ya no me reconozco en el espejo. Estoy enfermo. El insomnio forzado me dicta la única solución: taladrar muebles, paredes y techo.

Último día: taladré todo: el colchón, las almohadas, el clóset, los muros; me llevó mucho tiempo, pues a cada momento paraba para rascarme las orejas y las fosas nasales, es una comezón insoportable. La casa semeja una zona de guerra: todo destrozado, igual que mi temple. Empiezo a sospechar dónde se esconde el grillo. Es algo tan lógico como su primer escondite. La respuesta ha sido obvia todo el tiempo: el grillo se instaló en mi cabeza, en mi mente. Tiemblo y estoy deshidratado. Una vez más, tomo el taladro. Coloco la única broca que queda. Conecto el aparato, lo pongo en el suelo porque ya no tengo mesa ni otro mueble sano. Sentado frente al taladro, lo levanto y presiono el encendido. Apunto a mi frente, nunca más el grillo se burlará de mí.

La feliz navidad de Cuca

Por Elena Palacios

Es 23 de diciembre y tan temprano, las cobijas a cuadros rojos y blancos, negros y azules, ya cuelgan, recién lavadas, en los tendederos de Cuca. La fachada limpia: las macetas regadas, los adornos de cerámica sacudidos y, flanqueando la puerta principal, dos plantas de nochebuena, compradas en la alameda, caras para el presupuesto de Cuca, pero al menos, por temporada, es un gusto al que no quiere renunciar.

Es seguro que adentro, la viuda se afana también con las tres habitaciones, la sala comedor, y sobre todo, la cocina y el baño. No porque esto no sea la rutina del día, de la semana, de la vida, sino porque la navidad se halla terriblemente cerca, y Cuca espera, como cada año, que esta navidad sí sea una navidad verdadera, de ésas que se ven en la tele: la casa llena de luces y adornada, la mesa poblada de delicias, los aromas a canela y a pino, las mejillas de los niños: cálidas y sonrosadas, y el corazón de los adultos, contagiado de ternura y generosidad. 

Es 24 y comienza el atardecer. La casa de Cuca espera limpia y solitaria, pero van llegando hijos y nietos que ahogan el silencio con sus ruidos y la soledad con presencia, no con compañía. Los chiquillos buscan entretenerse, aunque sea a base de gritos y pequeños pleitos. Los adultos con sus prisas y sus quejas, todas de orden económico. Al padre muerto hace un año, ni se le extraña ni se le nombra. Llevaba muchos años ausente por voluntad propia. La forma de olvidarlo de Cuca, fue guardarle rencor. Un rencor callado apenas suficiente para no extrañarlo ni nombrarlo.

Es nochebuena. Desde la cocina, Cuca observa el escenario: ella sirve platos y vasos; todos cenan y conversan: que si las tiendas a reventar, que si la ciudad llena de zanjas, que si lo caro, que si las ofertas; los chiquillos con su gritería; los adolescentes asomados al mundo de las redes sociales, uno que otro adulto, igual; las hijas y las nueras, en el chismorreo; los varones pidiendo más tamales: no me des de queso, sólo de rojo. Luego toca abrir regalos. La alegría infantil, el desencanto adolescente, la obligación de poner buena cara de los adultos. Cuca abre un regalo, es un chal gris. A ver si te gusta, dice la hija. Se acerca un hijo y le entrega trescientos pesos: me pareció mejor dártelos para que te compres lo que a ti te guste. Cuca agradece y los guarda en su monedero. Otro hijo se acerca y la abraza, te debo el regalo, mamá, ya no me quedó nada, le dice al oído. No te preocupes, responde Cuca.

Ponen música, se ríen. Las envolturas rotas se quedan en el piso, en los sillones. Los niños juegan a perseguirse. Los adultos bailan, Cuca recoge la mesa y se pone a limpiar. Después se sienta en el sofá y mientras mira distraídamente a los que bailan, dice a una nieta: enséñame tu muñeca nueva

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Cuca sale a despedirlos hasta afuera: Dios los bendiga, manejen con cuidado. Préstame doscientos, te los pago en enero, junto con tu regalito, pide en secreto el hijo. Al fin, todos se van. 

Termina de recoger, apaga las luces, todas. Luego se arrepiente y enciende los foquitos de la ventana y los del árbol de navidad. Regresa al porche y recoge las dos macetas de la flor roja, simbólica de la navidad, las coloca junto al abeto artificial. Se lava los dientes y se pone la ropa de dormir. Se mete en su cama, la misma en la que duerme sola desde hace más de veinte años. La reciben las sábanas frías, poco a poco, su cuerpo entrará en calor. Cierra los ojos. Suspira en calma. Recuerda las navidades de su niñez y la primera que pasó junto a su marido. Luego las demás: las de sus hijos cuando eran pequeños. Vuelve a suspirar, se acomoda de lado y mentalmente da gracias, porque eso es lo que se espera: ser agradecida y no quejarse, no pedir. Bastante tiene con su familia: hijos, nietos, nueras; y con que hayan estado esa noche con ella. Se queda dormida.

Es 25 de diciembre. Muy temprano, Cuca despierta alentada por el silencio de la calle, el silencio de su casa, de su habitación. El silencio de su vida. Da gracias, ahora sí con motivo: una vez más sobrevivió a la navidad. No una escena navideña de televisión como la que espera desde siempre, pero sobrevivió: no “la pasó sola” ni abrió las llaves del gas para morirse. Se levanta, va al baño y luego a la cocina. Calienta un café y dos tamales de queso: sus preferidos, los lleva a su buró y enciende el televisor. Le quedan tres o cuatro horas para ella antes de que llegue la familia al recalentado. Tal vez el otro año, piensa sin creerlo, tal vez el otro año la navidad sea mejor.

Vestida de blanco

Por Elena Palacios

Aunque no soy muy creyente, me acostumbré a visitar la capilla sabiendo que aquí la vería. Algunas veces se ocupaba en cambiar las flores de los jarrones y yo le ofrecía ayuda con cualquier pretexto; lo más común era encontrarla en el rezo, sus labios se movían sin llegar a abrirse, el murmullo de su voz me recordaba el zureo de las tórtolas; las manos juntas y la vista en lo alto, como esa imagen de la Virgen junto a la cruz. Ver a mi amada era lo mismo que ver un ángel y yo no podía sino admirarla en silencio. 

Hoy la espero en esta capilla donde la conocí hace tiempo y donde la busqué cada mañana. Llegará puntual, vestida de blanco y perfumada de lirios y de nardos. Los minutos que faltan forman un nudo de nervios que me rebotan de la garganta al estómago. Me acomodo la corbata y aliso imaginarias arrugas en el traje que compré para este día. Es la primera vez que uso traje y corbata.

Volteo hacia atrás y veo que el sitio está lleno. Es muy apreciada y nadie en el vecindario quiso faltar a la ceremonia. Ella fijó la fecha: segundo domingo de pascua. Es la última semana de marzo y lo quiso así para que la misa se adornara con azucenas blancas. Se lo dije varias veces: que parecía una azucena. 

La música del órgano avisa que vamos a comenzar. El cura se planta frente al altar para recibirla. Viene por el pasillo, con paso firme a pesar de la brevedad de sus pies. Toda de blanco, como tantas veces soñé. Trae en las manos un ramillete de rosas y su frente se adorna con florecillas cortadas antes de la salida del sol y que sus hermanas entretejieron con listones de seda.

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Por instantes cierro los ojos para juntar mis recuerdos de ella. Me enamoraron sus manos inmaculadas, como palomas de paz, el mechón rubio que siempre indomable escapaba del tocado, y sobre todo, me apasioné con sus pecas: polvo de oro salpicado en la palidez de las mejillas. 

Se lo dije: que la quería y la quiero, que no me lo tomara a mal, que le proponía casarnos, vivir juntos, tener niños, criarlos, hacernos viejos. La sorpresa de mi arranque le encendió el rostro y la vergüenza asomó por su mirada. No respondió, se fue abandonando las flores marchitas en el piso de mosaicos, a un lado del jarrón. Aún recuerdo el ruido de sus pasos al huir de mí, el vuelo de su falda como aleteo de mariposa asustada.

Pero soy paciente y seguí buscándola, haciéndome el encontradizo. Y logré descubrir su amor. Me quiere. Lo adivino por el calor que la recorre hasta calentarle las manos que a toda costa logro rozar; también por el fuego que enciende lumbre en sus pupilas. Me quiere y lo noto en el temblor que su boca no apacigua. Sé que me quiere porque la voz le vibra cuando me habla.

Ya no hay más pasillo, la espera acabó, vestida de blanco, la novicia se encuentra frente al altar, dispuesta para casarse con Cristo.

¿Yo?, yo soy el jardinero y el chofer del convento y usé los ahorros de dos años de trabajo para comprar un traje oscuro, una camisa blanca y una corbata fina. No podía presentarme de otra manera a esta ceremonia en la que pierdo a la mujer que amo.

Sin alas

Por Elena Palacios

No recuerda bien cuándo comenzó a mirar por la ventana, pero sí, que la tiricia la empujaba a hacerlo. Se trataba de un ansia de tener alas, como los pájaros, y escapar de ahí, de la alcoba matrimonial donde discutía con el marido, de la casa en la que sus sueños románticos se ahogaban, de su vida plana. Escapar volando, pero no era un pájaro, ni tenía alas, ni nada. 

Diez años después, más esbelta, más pálida, su pasatiempo es el mismo: mirar hacia afuera, ahora desde el ventanal en la planta alta de la casa de lujo. Sus hijos juegan basquetbol en la cancha. Agita la mano para saludarlos pero la ignoran, se entretienen en el juego. Hace rato que se le están yendo. Ya no es ella el eje de esos seres que antes dependían tanto de su cuidado.

⸺Vengan a comer ⸺grita. 

Voltean a verla sólo un instante y regresan a lo suyo.

Ella levanta la cara al cielo nublado e inhala, necesita aire, o al menos eso piensa. No puede quejarse de que no le dan su espacio. Hace mucho que no pelea con el marido. Cómo hacerlo, si vive tan ocupado que raramente coinciden.

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La mesa está puesta, la puso ella misma, con los primores que ha aprendido. Lo mismo se esmera con la comida. Ha ido acumulando recetarios a fin de no fastidiar a los niños con la rutina de unos cuantos platillos. 

⸺Suban a comer ⸺grita de nuevo. 

Los casi adolescentes recogen el balón y se disponen a entrar. 

⸺Lávense las manos ⸺ordena⸺, hasta el codo.

Obedecen a regañadientes mientras rezongan que siempre es lo mismo con ella.

No come, los vigila de pie, junto al ventanal abierto; entre los dedos tiene un cigarro ansioso al que da fumadas cortas y rápidas. Es día de cine y los chicos se disputan la elección de la película. 

Es lindo el día, huele a tierra mojada y el viento le acaricia la cara. Qué ganas de escapar, de fundirse con el aire… los hijos continúan discutiendo. Por un momento trata de imaginarse siendo otra, en otro escenario, con un guion distinto, pero no lo consigue.

⸺Mamá ⸺dice uno de los muchachos⸺, ¿verdad que…? ¿Mamá? 

⸺¡Mamá! ⸺gritan los dos al unísono. 

Pero ella, queriendo volar, sin ser pájaro ni tener alas ni nada, acaba de escapar por el ventanal.

El texto aquí mostrado forma parte de libro “Cuentos cortos para gente que duerme sola” de Elena Palacios. Su reproducción fue avalada por su autora.