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columnas, opiniones

Zona de guerra

abril 30, 2024

Entre el polvo, el calor y la nostalgia de la Comarca Lagunera he fraguado terrones de recuerdo que de a poco se han ido desmoronando en la distancia y en el tiempo. Antes de que una tolvanera matrera me lleve al olvido, quiero describir lo que no se lleva el viento negro: Hacia finales de […]

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abril 30, 2024

Entre el polvo, el calor y la nostalgia de la Comarca Lagunera he fraguado terrones de recuerdo que de a poco se han ido desmoronando en la distancia y en el tiempo. Antes de que una tolvanera matrera me lleve al olvido, quiero describir lo que no se lleva el viento negro: Hacia finales de […]

Zona de guerra red es poder

Entre el polvo, el calor y la nostalgia de la Comarca Lagunera he fraguado terrones de recuerdo que de a poco se han ido desmoronando en la distancia y en el tiempo.

Antes de que una tolvanera matrera me lleve al olvido, quiero describir lo que no se lleva el viento negro:

Hacia finales de los 70 era un preadolescente achaparrado por los complejos y embarrado de miedo de pies a cabeza. Aunque habitaba un terreno neutral en un chalet clasemediero en ruinas (Calle Galeana entre las avenidas Juárez e Hidalgo), hasta ahí llegaban las historias terribles de hordas juveniles que se mataban a pedradas y puñaladas por el puro placer de ganar la fama que jamás tendrían al dejar carne y pellejos en jornales mal pagados. Mejor la cárcel o el exilio a Ciudad Juárez o a Durango que la vergüenza de ser siempre un Nadie.

Así que mi zona de seguridad no rebasaba nunca las diez cuadras hacia el poniente, las cinco hacia al sur, las 12 al oriente y las 7 al norte; prácticamente mi entorno estaba minado de amenazas, golpizas inminentes, muertes terribles que seguramente me colocarían en el escarnio de las primeras planas de El Siglo de Torreón y La Opinión: "Muere niño apedreado por feroces pandilleros de la Vencedora".

Pero toda historia de miedo tiene un héroe, y yo, vulgar y tembloroso mortal habitante de la zona centro de Torreón, tuve el mío: el primo Jorge.

Alto, correoso, curtido de sol, el primo Jorge era, a sus 17 años lo que cualquier maldito describiría como un General de la temible y toponímica colonia La Polvorera.

En "La Polvo", dicen, y había que creerlo, mataban y enterraban vivos a sus adversarios. Por esos rumbos no entraban ni los de San Joaquín, ni los de La Mantequera, mucho menos los de la Constancia. Era posible entrar de la mano de una madre, un abuelo o rozando el codo del primo Jorge que se pintaba solo para mazorquear cualquier hocico insolente.

Algunas veces abordé un destartalado camión de los años 30 y pudieron comerme vivo sus pasajeros de no ser porque grité el nombre completo de mi primo y la rabia colectiva se transformó en nerviosa disculpa. Mi subdesarrollado cuerpo se agigantó ante la inesperada camaradería de los que habrían hecho de mí un grotesco alfiletero.

El reino cavernario de Jorge también fue mi espacio seguro a su lado y en mi mente no cabía la contradicción de que un hombre tan poderoso habitara una vivienda tan austera, sin piso, sin drenaje y con una letrina coronada con simétricos trozos de nota roja fijados en un clavo. En ese castillo fui feliz y poderoso, porque a la vuelta de dos cerros estábamos del lado de Durango, pescando charales en Villa Juárez o abandonando gatos por encargo que en dos meses regresarían a la colonia sin rencor contra sus desalmados amos.

En las asfixiantes noches de calor subíamos al techo chaparro de su casa para inventar constelaciones y aderezar la charla con historias de fantasmas atropellados. La última vez que escuché su voz tras el teléfono público de la Zona de Tolerancia, fue una madrugada en la que me contó con orgullo que ya tenía cartilla militar y podía hacer y deshacer en ese paraíso tan soñado que fue la "Zonaja", "El Zone place", en el que hasta el más santo se hacía "Mazón-ero".

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Poco tiempo después lo único que escuché de él fue la heroica forma en que murió, al lanzarse a las bravas aguas del Nazas para rescatar a un niño y morir juntos ante el abrazo desesperado del pequeño.

Un general no podía morir de otro modo y su cuerpo permaneció por más de 12 días bajo el agua, hasta que un clavadista que chocó contra la raíz sumergida de un árbol lo sacó a flote, casi en pedazos. Me negué a aceptar su muerte y di diez vueltas a la manzana de la funeraria antes de irme de nuevo a casa para llorar a mi héroe invencible, que se negó a morir como un Nadie.

Foto de la Semana

Colaboración a cargo del fotógrafo Saúl Sifuentes.

Comentarios de esta nota

  1. Ese compadre, buen texto Enrique como siempre y que padre que colabores con Jorge Y Gerardo, hay que hacer sinergia para que a todos los periodistas independientes les vaya bien

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One comment on “Zona de guerra”

  1. Ese compadre, buen texto Enrique como siempre y que padre que colabores con Jorge Y Gerardo, hay que hacer sinergia para que a todos los periodistas independientes les vaya bien

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