
Está rondando en Facebook una publicación de una recicladora que recibió los libros de la biblioteca de la UVM, institución que dejó de operar a partir de este año en La Laguna, diciendo que aprovechen los libros antes de que los manden triturar. Los comentarios, mayormente, son de personas alarmadas lamentándose de que eso suceda, que qué mal ejemplo pone la universidad, que sólo en un país tercermundista sucede esto…
Como lector me parece una pena que los libros no se les sacara provecho para hacer una donación a otra biblioteca; como librero me hubiera gustado que ese acervo llegara a mis estantes como una donación o a un precio muy bajo; como ciudadano me hubiera gustado que al menos algunos libros se pusieran a disposición de quien los quisiera, en lugar de sólo botarlos y malbaratarlos en una recicladora. Por donde lo quiera abordar, es una lástima lo que sucedió, el pragmatismo por encima de los beneficios es algo más común de lo que parece. Sin embargo, encuentro algo hipócrita a quienes se rasgan las vestiduras por este hecho.
He comido de los libros por más de diez años, por lo que creo que mi punto es válido (aunque rebatible, muy). No existe una comunidad lectora que asista a las bibliotecas, tampoco a las librerías, y que las vuelva sustentables o rentables. Quienes tenemos un negocio que tenga que ver con los libros sabemos que difícilmente nos volveremos ricos y que es más voluntad, o terquedad, que negocio. La demanda de lectura es poca para toda la oferta que hay. Es un fallo multifactorial, desde la relación que un individuo tiene con un libro hasta las estrategias de promoción lectora, desde programas federales hasta iniciativas ciudadanas y de instituciones. La lectura no es algo que sólo suceda.
No dudo que la biblioteca que se fue a la recicladora haya tenido ejemplares que valieran la pena, alguna que otra joya y uno que otro libro inconseguible, sin embargo, en otras bibliotecas y librerías también hay libros que valen la pena, una que otra joya y libros inconseguibles. Así como también hay material obsoleto, malas obras y libros destinados al olvido. Que se pierda una biblioteca es una pena, pero no atender a las que aún existen es un crimen.
Me puse en contacto con la persona que vende ese lote de libros para comprar algunos, sólo me dijo: “Ven a la dirección y podemos hacer un trato”. Iré, aunque para estas alturas supongo que sólo quedarán libros de escaso interés para un comprador o muy especializados y que difícilmente se revenderán. Supongo que la literatura, que es lo que me interesa, fue lo primero en ser seleccionado… mejor dicho, rescatado.
Me llama la atención cuando este tipo de cosas suceden, para todos es una tragedia, pero en lo cotidiano no son usuarios ni compradores, y, poniéndome como mal pensante, tampoco son lectores constantes o con una relación profunda con el libro. Y no quiero desmeritar a quienes sí consumen libros y consideran este hecho una tragedia, porque sé que hay gente que genuinamente lo piensa, pero sí quiero señalar a quienes ven en el libro un objeto de estatus intelectual y no una herramienta para desarrollar el pensamiento crítico que propicia el diálogo.
La lectura, desde mi punto de vista, tiene la virtud de señalar lo que se encuentra mal en el mundo, y tiene la función de hacernos reflexionar sobre ello. Que se triture un libro, a estas alturas, no significa un despropósito, pues ese material se recicla para que el libro, como un fénix, resurja. Lo que sí considero un despropósito es hablar de las bibliotecas y de las librerías sólo cuando los libros se van al reciclaje o se cierran esos espacios.
Espero que este hecho sea un trampolín para quienes no tienen una relación cercana con los libros se aproximen a la lectura, que este hecho tan mediático se sume a la fila de esfuerzos que muchos realizamos día con día por construir una comunidad lectora, crítica y menos dispuesta a los atropellos y más formada para resistir y exigir.
Que esto se puede criticar, sí. Que se puede preveer, también.
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Les quiero. Leyendo.

Colaboración a cargo del fotógrafo Saúl Sifuentes.


Colaboración a cargo del fotógrafo Saúl Sifuentes.
