
“Crecer es recuperar la seriedad
con la que jugábamos de niños”
Todo parece indicar que somos seres finitos, que moriremos irremediablemente, algo de nosotros está acercándose a su ocaso, a su fin. Esta condición efímera y la capacidad de darnos cuenta de ella, es lo que tal vez nos hace mirar con mayor atención ciertos momentos y aspectos de la vida.
Desde muy niño, no sé si por fortuna o no, el mes de diciembre para mí, es un espacio de tiempo en el que con mayor fuerza me dispongo a sentir/pensar en eso que ya paso, en eso que se está acabando, en eso que acaece, que va dejando de ser y que deja una huella particular en mi memoria, como si algo de eso que se apaga, intentara permanecer de alguna forma, resistiendo a desaparecer totalmente.
Aunque cada vez me hace menos sentido esta hegemónica percepción y concepción del tiempo lineal, contado desde un calendario inventado e impuesto, la sensación de termino no desaparece, me guste o no, mi ser cultural esta fundado en esta manera de vivir/pensar el tiempo.
Organizar así la temporalidad, pasado, presente y futuro, posibilita algo desde donde hoy quiero compartir eso que ya pasó, eso que desde que lo viví, me hizo pensar en otros pasados que se ligan con ese presente que lo detono, pero que, además, activan ahora en otro presente sensaciones reales, claras, singulares, que de alguna manera lanzan preguntas hacia lo que viene.
Esta narrativa temporal que habla de lo que ya fue, de lo que ya no está, me hace recordar/pensar en los convivios memorables, en las fiestas y festejos, pero particularmente me hace traer al presente esa peculiar celebración occidental del llamado año nuevo. Les cuento entonces.
El pasado miércoles 18 de diciembre de 2024, en un foro de la ciudad de Monterrey, Nuevo León, llamado Espacio Expectante, en el marco de su Festival de Artes Vivas, que como centro cultural independiente organizan cada año, pude ver por fin la pieza llamada SUKHA la insurgencia del gozo de UDÂNA Plataforma de creación escénica.
Como es habitual en las obras que conforman el repertorio de esta agrupación dirigida por Sandra Milena Gómez, la pieza no aborda un solo tema, sino que, a partir de una memoria singular y especifica se desarrolla todo un entramado de imágenes y movimientos cargados siempre de vida, esa vida que está ocurriendo, que se está acabando y que termina construyendo el camino, la historia o el devenir de lo que hasta hoy vamos siendo y de lo cual podemos hablar.
Nos reciben varios pies descalzos en una noche fría y lluviosa, enseguida se nos pide amablemente a los que acudimos como espectadores que nos deshagamos también del calzado que traemos puesto, mientras que Andrea, una de las bailarinas de UDÂNA, pone música en una pequeña bocina. Ella, de manera alegre, se pone a bailar y nos invita a pasar.
Adentro, sin más trucos, ya nos esperaban tres presencias sobre el escenario (Sandra, Erándeni y Danae) ubicadas en la penumbra al fondo del escenario. La música que Andrea tenía en su pequeña bocina se apaga y entonces comienza a sonar una percusión que podíamos ver en forma de círculo verde proyectado en la pared de fondo. Ese sonido verde que retumbaba y que por lo menos a mí, en ese momento me recordó el latir de un corazón vivo, mi corazón vivo. Después de retumbar algunas veces ese tambor, las bailarinas que se encontraban en el fondo caminaron hasta acercarse al público y llegar al borde del escenario, entonces, apareció poderosamente la voz de Sandra y el viaje empezó a ocurrir. Acompañado de una bella composición sonora y musical, original de Andrés Solís, se hizo presente entonces:
El cuerpo
La carne
Los huesos
El dolor
El deseo
El deber
Todos y cada uno de los mecanismos que nosotres mismes hemos creado para extirpar todo gozo
Y de pronto… un recuerdo
De pronto empezó a ocurrir un pasado
La celebración por el nuevo año en la calle del barrio, la champeta, la salsa, el ballenato y ese caminar bailando que brotaba de aquellos cuerpos en éxtasis en ese momento.
Con una sutil y brutal contundencia apareció entonces la barda de la casa de la abuela, y unos ojos brillantes, los ojos de Sandra siendo niña, esos ojos que yo conocería 20 años después y que ahora viajaban 34 años de ida y vuelta para traer a esa mujer descalza llamada Rosmary.
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“Una joven entre 18 y 20 años, negra, grande, hermosa… de mirada tierna y saludo alegre… bailando sola de manera impetuosa, con sus ojos cerrados y sus brazos abiertos, mostrando su pecho a la luna y al año nuevo… su cadera moviéndose cadenciosamente” así es como describió la voz de Sandra a esta mujer.
Este testimonio lo oímos desde una grabación, desde un registro cuyo matiz, para mí, fue la mayor y mas profunda nostalgia. Creo que pocas veces he gozado tanto la nostalgia.
“Sus pies descalzos fue lo que mas me cautivó”, se escucha en la grabación, mientras yo con mis pies descalzos siento eso mismo, me siento cautivado por ese momento, por esa imagen, por saber de alguien que, por alguna razón, a diferencia de la mayoría que estrena zapatos en año nuevo, decidió bailar descalza. Entonces se abrió un vórtice que hoy no quiero cerrar con palabras y pensamientos. La imagen de los pies desnudos bailando en una fiesta me hizo recordar más de una celebración con personas queridas bailando así. Y entonces apareció una insurgencia y se mantuvo por varios días, sin pretender más nada, apareció el suave gozo de la mirada de una niña, de los pies descalzos, de lo suave, fácil y cariñosos que es la insurgencia del gozo. Esa insurgencia que es como la seriedad con la que jugábamos de niños.
Gracias UDÂNA
Erándeni Yáñez
Andrea Bautista
Danae Peguero
Diana E.R
Sandra Milena Gómez
Andrés Solís

Colaboración a cargo del fotógrafo Saúl Sifuentes.


Colaboración a cargo del fotógrafo Saúl Sifuentes.
