
Monumento a qué, sino es a la Revolución, al turismo tal vez.
Piensa su pueblo que llamarlo como fue en el pasado satura su significación tan vacía. El lugar está disecado, lo llamamos Revolución como le diríamos a un gato que ha muerto y lo han momificado, le decimos así por cómo se ve, pero ya no es lo que fue. Es un símbolo que debería dolerle al país aristocrático, o debería ser uno que rasque en la herida presente y motive a los sirvientes a armarse de valor y proclamar la quietud de espíritu que todo buen indio mexicano busca.
Monumento al pobre, al perdido, al con mugre que no sabe dónde dormir, al güero de ojo azul que paga con dólares; monumento a la contaminación, al corrupto. A ver, símbolo de nuestra nación, quién debe admirarte sino eres ya el gastado concebir de tu país, eres el resultado de una joya fundida hasta derretirse en el olvido; eres piedra, grava que aguanta la lluvia de lágrimas del nacionalista doble cara.
De ninguna manera eres Revolución; no, si no inspiras a tu pueblo, no eres Revolución si no eres más que el espacio de una multitud sin dientes; no, mi buen monumento, eres solamente el suspiro del viejo que recuerda cómo hubo hombres que lucharon por las buenas costumbres. Hazte centro comercial, o mercado, anda, por primera vez representa a tu país.

Colaboración a cargo del fotógrafo Saúl Sifuentes.


Colaboración a cargo del fotógrafo Saúl Sifuentes.
