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columnas, opiniones

Colectivo Cuerda Floja y el juego como un acto intempestivo

enero 24, 2024

Ensayos Sarmientos | Alam Sarmiento "No hay revolución que no comience en una re/evolución en nuestra concepción del tiempo"Darío Sztajnszrajber citando a Giorgio Agamben El tiempo El antes del después Estoy sentado en una butaca frente a un escenario, es un espacio pequeño y muy cercano, en el hay un grupo de personas tomando un […]

Colectivo Cuerda Floja y el juego como un acto intempestivo red es poder

columnas, opiniones

Colectivo Cuerda Floja y el juego como un acto intempestivo

enero 24, 2024

Ensayos Sarmientos | Alam Sarmiento "No hay revolución que no comience en una re/evolución en nuestra concepción del tiempo"Darío Sztajnszrajber citando a Giorgio Agamben El tiempo El antes del después Estoy sentado en una butaca frente a un escenario, es un espacio pequeño y muy cercano, en el hay un grupo de personas tomando un […]

Colectivo Cuerda Floja y el juego como un acto intempestivo red es poder

Ensayos Sarmientos | Alam Sarmiento

"No hay revolución que no comience en una re/evolución en nuestra concepción del tiempo"
Darío Sztajnszrajber citando a Giorgio Agamben

El tiempo

El antes del después

Estoy sentado en una butaca frente a un escenario, es un espacio pequeño y muy cercano, en el hay un grupo de personas tomando un taller de títeres de mesa facilitado por el Colectivo Cuerda Floja que viene de la ciudad de Durango. Cada persona trae en sus manos una hoja de papel periódico. 

Aparece entonces una indicación:

-Este primer ejercicio consiste en mantener erguida, en posición vertical esta hoja de papel periódico, para mantenerla así es importante no sostenerla desde arriba, sino que ella misma se sostenga. Hay que encontrar la manera de que se mantenga así. Hagan todo lo que tengan que hacer con su cuerpo, vamos a intentar darle anima, animar a nuestra hoja-.

Con un rostro lleno de dudas, una vez terminada la indicación, cada tallerista intento resolver lo que parecía una misteriosa, mística o absurda indicación.  Ocultando o mostrando un evidente desencaje, cada persona intento traspasar esos incomodos primeros segundos como bien pudo. Para suavizar parte de esa extraña sensación, el facilitador pidió, que desde el sonido del teatro apareciera un fondo musical que fueran acompañara a los talleristas en su acción. No sé si esto último ayudo a la tarea o si era lo más adecuado, lo que sí es seguro es que fue un elemento más de un complejo entramado de aconteceres que empezó a provocarme un peculiar sentir. De manera muy inesperada, apareció para mí, que solo era un espectador, una apertura a toda una experiencia. Esta experiencia derivo en una serie de ideas de las cuales intentare dar cuenta ahora.

El ahora del antes

Durante unos 20 o 30 minutos este grupo de personas descubrió algunas posibilidades con mayor o menor fortuna de cómo mantener erguida, “viva”, en posición vertical una simple hoja de papel periódico. 

Ahora me pregunto: ¿Cómo esto podría ser relevante? ¿Dónde están las razones que vuelven importante un acontecimiento así? Incluso si esto está enmarcado en una reflexión de la practica artística ¿Cómo y dónde puede esto ser digno de reflexión? ¿Cómo está ligado eso con el tiempo, la memoria y lo que el arte escénico es? 

Propongo ahora un camino/cuento/deriva de reflexión de como el antes del después afecto el ahora del antes.  

El sendero del juego, un acto intempestivo (camino/cuento/deriva)

En casi cualquier contexto de nuestro actual vivir, en casi cualquier actividad humana, está presente una manera dominante de percibir, vivir o habitar el tiempo. La manera en cómo nos vinculamos con este fenómeno está ligada, por un lado, a un modo instrumental con lo que nos relacionamos con casi cualquier cosa que sea el caso.  Es decir, algo que está ahí en el mundo (el tiempo, por ejemplo) para ser usado por nosotros (la humanidad) de manera efectiva; está ahí, en un mundo donde el principal objetivo es producir y consumir de forma certera y veloz. Donde los resultados y la ganancia son prioridad. Ni el arte, ni el teatro parecen escapar de esta manera dominante. Es cada vez más común que nuestras formas y concepciones de creación y producción de lo estético estén duramente intervenidas y atrapadas en las mismas reglas que demandan no perder, tener y acumular.  

Por otro lado, y de manera complementaria existe otra percepción que acompaña a esta menara instrumental de vivir. La percepción exacerbada del mundo visto desde el fragmento, dese la fragmentación, el mundo visto y percibido desde una profunda individualidad que anula lo otro, que hace que se desvanezca todo aquello que no sea YO, que desaparezca todo aquello que no siento, creo y conozco, dejando muy lejos la posibilidad de la experiencia de lo colectivo. 

Por ultimo y como consecuencia tal vez de lo anterior, del maridaje del tiempo eficaz y la supremacía del YO aparece una deriva, una lucha, una negación a todo aquello que se escapa del control, sobre todo con aquello que varía, que muta, que no se mantiene fijo o que nos recuerda que, en esta experiencia llamada vida, todo lo que aparece animado en algún momento acaece, muere o termina por desaparecer. Se le acaba el tiempo.

Ante eso y como reacción, no solo queremos ser efectivos con el tiempo y no perderlo, nos solo anulamos todo aquello que está fuera de nosotros, sino que además permitimos que nos empuje inútilmente a poner en primer plano, a reafirmar o remarcar lo más posible que si existimos, que no pasaremos desapercibidos. Que nuestro paso por esta escena llamada vida será recordada o más bien nunca olvidada. Creemos religiosamente que, si somos el centro de lo que acontece, burlaremos a lo que nos hace efímeros y que en ocasiones llamamos abismo o muerte. Si los demás me ven y me refirman entonces puedo estar tranquilo. Desaparecer es una terrible e indeseable posibilidad.

Así pues, entrampados en ese complejo tejido, dejamos de jugar, dejamos de perder el tiempo y difícilmente nos retiramos del centro de la escena. Dejamos de darle vida a una hoja de papel periódico, dejamos de intentarlo o cuando lo hacemos, lo realizamos buscando ser eficaces y veloces. Lo hacemos tomando el centro del escenario.    

El juego es un acto intempestivo. Se sale del tiempo o más bien de la manera hegemónica de pensarlo y habitarlo. El juego es todavía y por ahora (en algún momento el después del ahora lo devorara para hacerlo parte del mundo instrumental) un acto inútil desde la eficacia del producir y consumir. El juego no pretende acumular y tener, si lo hace pierde o empobrece su sentido.

Pensemos. Cualquiera que sea el juego, si alguien lo gana, o lo juega y lo agota, lo resuelve de manera permanente, el juego deja de ser y tener sentido. El juego es una manera de que una diferencia siga difiriendo. Un juego hace presente todo lo otro que no es Yo y le da su lugar. El juego nos ubica y nos da conciencia de donde radica nuestro ser, aunque lo haga de maneras muy misteriosas.  

El juego es un acto recreativo que resiste sin querer perdurar para siempre, resiste sin anular las diferencias, resiste a la idea lineal del tiempo, porque una vez que acaba puede volver a empezar. Pero sobre todo, el juego nos permite hacer un paréntesis en esa manera hegemónica de vivir el tiempo, nos desmarca de la angustia de nuestra consistencia de nuestro ser efímero, mesurando también nuestra frenética tendencia a anular la otredad en nuestra lucha por sobrevivir al olvido, mesura también ese afán volvernos el centro de todo, o por lo menos no dejarnos caer en  esa ilusión. Cuando jugamos, cultivamos la posibilidad de distinguir la diferencia en la repetición, donde dicha repetición aparece como una apertura donde lo mismo nunca será lo mismo.  

Poder distinguir o percibir que algo es diferente, requiere que de que ese algo se descoloque y nos descoloque de lo ya establecido, requiere también que cuando eso que se desmarque, no suceda por la férrea voluntad de algo o de alguien (es decir por la fuerza de lo individual o del fragmento) sino por lo que acontece (es decir por la fuerza de lo colectivo) por todo aquello que comprende un acontecimiento.

Cuando algo que se revela por la fuerza de lo colectivo, rasga la trama habitual que nos sostiene, dejando en esa red antes sólida, fisuras por medio de las cuales, por un momento, se puede ver, se pude percibir más allá de lo que se ha vuelto sólido, firme e inamovible. 

Para mí eso fue lo que ocurrió al ver a esas personas intentar durante unos minutos dar anima a una hoja de papel periódico. 

Eso que me sucedió y supongo les sucedió, no paso por la eficacia de la acción si por el intento, por el juego, por la posibilidad, eso que habilitó el intento por resolver una tarea en apariencia absurda y profundamente innecesaria, poco rentable, nada eficaz ni trascendente. Una acción que no defendía ningún discurso, que no centralizaba el yo de nadie, sino por el contrario, lo movía del centro, lo opacaba, lo difuminaba, para dar paso al juego. Es decir, poder dar luz aquello que no obedece, rechaza o rompe, sino que integra, aquello que…

Juega

Juega 

                                                                                                                                                      Juega. 

 Eso que encuentra espacio, encuentra la grieta donde jugar. Esa cuerda floja donde aparece lo animado, lo que tiene vida y Es, aquello que no aparece fragmentado, sino más bien integrado. Aquello que desde la concepción de Carl Jung contiene lo femenino y masculino, lo real y lo onírico, la luz y la sombra, ese lugar donde se asoma una experiencia del mundo menos fragmentado y estático.

Animar algo no es solo darle vida, si lo pensamos, es darle su posibilidad de Ser, revelar que lo que puede Ser no se derrota ante la cosificación y el binario que intenta categorizar y volver absoluto y fijo eso que Es. Pero además tampoco se ve angustiado por vivir o morir, es decir por permanecer para siempre de la misma forma o tener temor por desaparecer.

Al escuchar la indicación:

(…) vamos a intentar darle anima, animar a nuestra hoja-.

 yo mismo me descoloque por que entre al juego que detono esa simple palabra…  anima… 

y esa acción

  animar. 

Recordé que así jugaba cuando niño, que tal vez a eso es a lo que Jerzy Grotowsky se refería en su idea del arte del principiante, que tal vez eso es lo que señalan muchas de las teorías del arte contemporáneo, del arte vivo, del arte de la presencia. 

Jugar desde ese lugar donde mi YO no es el centro si no el punto de encuentro con el otro y lo otro, donde la vivencia del tiempo puede jaquearse para encontrar otras posibilidades. 

Que se manifieste que hay algo de todo eso que hacemos, de todo eso que somo que está dejando de ser, que estamos acaeciendo, que lo que nos ocurre terminará y será olvidado. Y que solo así desde esa pérdida de tiempo, desde esa descentralización del YO y desde esa aparición efímera en la memoria es posible el acto intempestivo de jugar, de animar, de caminar por la cuerda floja. 

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El juego de caminar en la cuerda floja, el juego que nos permita comprender aquello que se mueve en las fisuras, en esas aperturas que revelan que no todo está fijo e inmóvil.   Esa disposición vital que se retira para que aparezca todo lo que Es. Crear desde la opacidad del Yo, la inutilidad de la acción y desde la fugacidad del tiempo que no pretende permanecer ni cristalizarse.      

El después fue un antes del ahora

El taller siguió. Se realizaron exploraciones y ejercicios con títeres de mesa de algunos de los espectáculos creados por este colectivo. En algunos momentos en solitario, otras en colaboración con alguien más, cada una de las personas que participaron en el taller hicieron ejercicios y exploraciones, ahora intentado dar vida o anima a un títere,  pero para ese entonces, para ese momento, para ese ahora algo ya no sucedía con tanta fuerza como con la misteriosa hoja de papel periódico. 

Entonces recordé.

Este mismo colectivo una noche antes presento una obra llamada Post mortem. Y algo distinto a lo que ocurría en el ahora del taller había presenciado una noche antes. 

Recordé 

Esa sensación, eso que paso cuando trabajaban en la primera parte del taller con el periódico se parecía más a la sensación que me provoco ver a Ana y Andrey (artistas del colectivo) a la hora de su presentación. Fue entonces cuando me di cuenta de todo lo que dije antes. Pensé que lo que hacían Ana y Andrey en su trabajo a diferencia de cada persona del taller era que:  

  1. Su juego era un acto intempestivo. Una posibilidad distinta de habitar el tiempo
  2. Su Yo no era el centro del acontecimiento escénico.
  3. Por lo tanto su escucha, encuentro y relación con lo otro y con el otro ocurría de una manera poderosa.  

Sin que así lo buscaran Ana y Andrey, en ese juego intempestivo, donde su presencia se difuminaba, aparecían de manera sutil y cariñosa. Al igual que una bailarina de danza Butoh, o de un actor de teatro NO, o de una presencia santificada del teatro pobre, o la presencia escénica de un teatro documental o performativo, ella y el jugaban al servicio de lo que en apariencia no es más que una cosa o un objeto, pero que al ser intervenido por sus acciones tomaba la posibilidad de Ser.    

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