
Hay algo en nuestra manera de vivir, hay algo en el actual modo de percibir nuestra existencia que hace que, mayormente, estemos dispuestos a rechazar o huir de todo aquello que nos aparece como incontrolable, incalculable, impredecible, inconveniente o injusto. Estamos temerosos o indispuestos para eso que llamamos incertidumbre.
Nuestros actos y el cálculo que hacemos de su eficacia no solo están llenos de un afán de control, sino que también se han alimentado de una inmensa e inquietante ansiedad en la búsqueda de que éstos sean totalmente certeros y eficaces.
Parece ser que lo que más nos domina es un intento para que todo ocurra según el plan, nuestro plan. Sin embargo, nunca o casi nunca lo que planeamos ocurre como lo pensamos; frustrados, buscamos una solución inmediata; al no encontrarla nos vamos hacia el otro extremo, nos dirigimos y nos quedamos atrapados en la creencia de que entonces es mejor no planear, es mejor sólo dejarse llevar.
Navegamos a la deriva, pero no por un acto de libertad, sino para no tener la angustia de fallar. Por fortuna erramos, también fallamos en el plan de no fallar, de no calcular o calcular en extremo.
En marzo de 2023 me enteré que un buen amigo y un grupo de personas cercanas a él estaban a punto de llevar a cabo uno de esos actos que se desmarcan de los dos extremos antes mencionados. No sé si consientes o no, pero este grupo de personas entusiastas, se lanzaron al vacío para intentar hacer algo desde la incertidumbre que, normalmente, nos invita a no hacer.
Esta aventura sucedió impulsada por sentidos que para mí son alegremente misteriosos y prefiero se queden así, pero que intuyo, se acercan más a las razones y los sentidos que alimentan y dan vida a un acto de amor.
Sembrado directamente en el semidesierto del sur de Coahuila, abonado por la amistad y sostenido por el sueño de hacer comunidad, en esos días no tan lejanos de la primavera del 2023, se gestaba el ahora llamado CHIOSCO DE LA MORELOS; un lugar, una utopía que desde su concepción fue pensado como un espacio- tiempo donde se pudieran reunir muchas, muches y muchos errantes inquietos que por algún designio razonable, o no, y por algún tiempo, se encuentran o se encontraban habitando Torreón, Gómez o Lerdo, ciudades que en algún pasado muy remoto pertenecieron al mar de Tetis.
Con esa huella ontológica, misteriosa y mitológica es que puedo distinguir el gesto de crear un espacio- tiempo como el CHIOSCO. Desde la mirada de quienes aman y comprenden el lugar en el que están sin anteponer o negociar nada.
Aldo, Daniela y su tribu (de sangre o amistad), son de esas pocas personas que logran ver en La Laguna (en el otrora mar de Tetis) un lugar que abraza y reúne. Es tan plena y entregada su forma de ver nuestro territorio, que incluso atraen la mirada de otras personas que, sin la influencia, la visión y/o la amistad que tienen con los integrantes de esta dichosa tribu “chiosquiana”, jamás hubieran volteado a ver o deseado visitar y conocer un lugar como la Comarca Lagunera.
Es para mí evidente que la mayoría de los que habitaron, pasaron o configuraron, aunque sea por un momento el CHISOCO, compartieron en algún grado y de alguna manera esa percepción similar a la que sus gestores tienen de La Laguna.
Una mirada que no transacciona para reunir, o no congrega para ganar, sino que simplemente se dispone a convivir. Sostener la mirada donde nos es normal, donde no ocurre lo que está de moda, donde no hay requisitos para tener libertad de ser lo que se es. Esto es lo que mantuvo en su centro el CHIOSCO y tal vez es por eso que, mientras tuvo sus puertas abiertas, convocó al ritual del convivio (a veces dionisiaco, a veces apolíneo) con tanta fuerza.
Hay muchas maneras de crear un lugar donde se pretende la reunión y el convivio. La tendencia mas generalizada es que, en su diseño de gestión, lo que se busque como primer requisito, es que, al hacerlo, al crear un espacio- tiempo así, esto retribuya de manera rápida, certera y eficaz a quien lo propone o lo gesta. Esto no es criticable o un problema en sí mismo; el tema es que ese sea el único motor, que ese esa sea la única razón y sentido de hacer algo así.
Un proyecto, un lugar, un foro, un espacio-tiempo para que se sostenga colectivamente, es fundamental que no le pertenezca y beneficie solo a alguien o a algo en lo particular, sino que pueda, sin pretenderlo, volverse un bien común. Quienes crean un proyecto colectivo, tal vez deban saber que poco a poco tienen que ceder espacio o dejar ir lo que han creado en todos los sentidos posibles. Claro que esto no es cómodo, pero tal vez por eso, el amor y pensar- hacer el bien común ya no es están común.
Desde mi punto de vista así paso con esta utopía efímera, con el CHIOSCO. De alguna manera encontró en sus gestores y en su ser el deseo de pensar y dar espacio al otro, a lo otro, a la otredad y desde ahí suceder.
Perder, ceder, aceptar y dialogar con la diferencia, pero sobre todo querer que ocurra. Querer querer. Ceder un poco el espacio y el deseo de poder, para retirarse y darle espacio al que está por venir. Preparar la casa para quien va a llegar y de manera muy hospitalaria recibirle.
Pienso que así es como se hace posible que el extranjero, el errante del desierto y el de casa quieran pertenecer, estar, ir, reunir, cantar, soñar, cuidar, amar, tener un buen pretexto para ganar perdiendo. Rompiendo con la tan habitual formula de acumular, convencer, poner fronteras, expulsar, tolerar para luego no hacerlo, tener poder y ganar en tiempos donde agobia perder.
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Como todo acto de amor en tiempos donde es mas importante la guerra, la denuncia y el reclamo; donde es importante el negocio, la victoria y el poder; este acto terminó por ser como es todo lo que es, se volvió finito, se acabó, dejos de ser. En diciembre de 2024 agotó su existencia por lo menos en la forma que se había materializado al nacer, dejando un vacío en ese lugar donde existió por un momento.
Sin embargo, tal vez eso es lo que caracterice un bien común, ser para dejar de ser y transformarse como las semillas, evolucionar en su manera de existir para de ahí derivarse en nuevas formas y poder seguir siendo un bien común, sin que nada ni nadie se lo pueda apropiar.
Como dice Iñigo (uno de esos errantes que pasó por este desaparecido espacio-tiempo):
“Siempre quedará, un alto al fuego, en medio de la tempestad,
En estos tiempos inciertos, todo cabe imaginar
Siempre podremos soñar, en el CHIOSCO o en cualquier otro lugar
Si ustedes ponen de su parte para que juntos aún podamos cantar”
¿Qué hacemos con los actos de amor? ¿Respondemos a ellos con el mismo arrojo? O ¿Sólo nos beneficiamos de ellos y calculamos hasta donde nos convine? ¿Qué es lo que queda por hacer después de un acto de amor en estos tiempos de incertidumbre? ¿Y si el acto de amor es posible gracias a lo que perdemos, a lo que se va, a la incertidumbre?
Gracias a todas y todos los que configuraron un espacio tiempo donde amar fue posible.

Colaboración a cargo del fotógrafo Saúl Sifuentes.


Colaboración a cargo del fotógrafo Saúl Sifuentes.
