
Todas las mañanas llevo a mi hija a la escuela. La ruta no es larga, pero es suficiente para volverse loco. Desde el privilegio de ser conductor, recorrer Torreón es entrar a una película de miedo, un terror psicológico que dura todo el rato que uno está al volante.
Imagina el traslado: uno lidia con semáforos desincronizados, baches que parecen cráteres, agentes de vialidad al acecho, calles cerradas, obras viales improvisadas y cientos de conductores que, expuestos al mismo horror cotidiano, están ansiosos, irritables y sin control, muchos de ellos con la violencia al frente, listos para irse a los puños con cualquiera.
Hablando de salud mental, una estadística que nos falta es saber cuántos accidentes viales ocurren bajo un estado de estrés acumulado al volante. Cuántos ocurren porque los conductores están siempre de prisa, tratando de resolver el día a día: dando volantazos para esquivar calles quebradas, o pisando el acelerador para alcanzar el verde, con el hastío de estar siempre atrapados en un rojo mal sincronizado que las autoridades no se dignan a corregir.
Las pésimas obras viales que se han hecho últimamente no son un fenómeno aislado. La falta de planeación urbana y, en general, la ausencia de criterio de servicio público en la gestión del tránsito y la movilidad, son el reflejo de un problema más profundo: el desinterés por construir una ciudad sostenible y mentalmente habitable.
No se trata solo de ahorrar minutos de traslado con obras multimillonarias. Eso no sirve. La gente simplemente saldrá seis o diez minutos más tarde y se verá atrapada en el mismo tráfico, con la misma ansiedad vial que, por lo menos, contribuye —o quizá explica— el fallecimiento de 46 personas y más de cinco mil choques anuales en Torreón.
Y no es una exageración. Raymond W. Novaco, profesor de la Universidad de California e investigador pionero en la psicología del transporte, demostró que la fatiga, el estrés y la frustración del conductor no solo deterioran el bienestar emocional, sino que aumentan directamente la probabilidad de accidentes, agresividad y errores al conducir. Según su estudio, los trayectos diarios en entornos caóticos y mal diseñados elevan la presión arterial, afectan el ánimo en casa y en el trabajo, y erosionan la calidad de vida de las comunidades.
La realidad es que si algo caracteriza a nuestra ciudad es la ausencia de planeación vial y empatía urbana. Las obras se anuncian como “modernización”, pero rara vez contemplan un enfoque humano: ciclovías desconectadas, banquetas inaccesibles, transporte público obsoleto y calles diseñadas solo para el automóvil. La movilidad aquí no está pensada para mover personas, sino para mover tráfico.
La verdadera tragedia no está en perder tiempo, sino en perder salud. En ciudades con planeación deficiente, explica Novaco, la exposición constante a situaciones de congestión, ruido y hostilidad vial activa respuestas fisiológicas de estrés comparables con las de un entorno laboral tóxico. A largo plazo, eso puede derivar en hipertensión, ansiedad o depresión.
Torreón es, en ese sentido, una ciudad que enferma a quienes la transitan.
Y lo más paradójico es que la mayoría de las soluciones oficiales se limitan a más concreto y más carriles, cuando la evidencia demuestra que eso solo aumenta el tráfico y prolonga el malestar. Lo que se necesita no son más obras espectaculares, sino una política de movilidad con enfoque psicológico y humano: rediseñar rutas, educar emocionalmente a los conductores, promover el transporte público, reducir el ruido y, sobre todo, considerar la salud mental como un indicador urbano.
Porque manejar en Torreón no debería sentirse como sobrevivir a un campo de batalla. Debería sentirse como lo que realmente significa una ciudad: un espacio compartido, ordenado, donde moverse no implique perder la cabeza.
Fuentes: Psychology of Transportation, Vanguardia.

Colaboración a cargo del fotógrafo Saúl Sifuentes.





Colaboración a cargo del fotógrafo Saúl Sifuentes.



