
Caminar en los límites de América Latina, es caminar sobre un suelo que nos debe la verdad de 2,400 personas que han desaparecido de manera forzada. El desierto coahuilense guarda secretos que las cifras oficiales no alcanzan a captar.
Recientemente, en la Feria Internacional del Libro de Coahuila, se nos convocó bajo un título doloroso pero necesario: “Territorio Herido: intervenciones militares y violencia en América Latina” y tuve el privilegio de ser moderadora, de aprender y escuchar de primera mano en una mesa de diálogo donde la literatura y la academia se unieron para demostrar que, cuando los tribunales fallan, la palabra es la única forma de justicia que nos queda.
La escritora argentina Selva Almada y la investigadora Stela Maris Rodriguez pusieron sobre la mesa una realidad incómoda: nuestras cicatrices están conectadas por hilos de violencia institucional y simbólica.
Los números nos permiten observar que la sombra de la violencia sigue en nuestros países.
Desde la dictadura militar en Guatemala, con un saldo de 200 mil muertos y 45 mil desaparecidos, hasta los "vuelos de la muerte" en Argentina, donde el Río de la Plata dejó de ser paisaje para convertirse en un cementerio clandestino con más de 30 mil desapariciones hasta la Operación Cóndor que fue una red de terror coordinada que dejó más de 50 mil muertes y buscó derrocar no solo gobiernos, sino la voluntad y la organización de los pueblos.
Y hoy en México, enfrentamos una noche oscura que supera las 43 mil personas desaparecidas tras la declaración de la guerra contra el narcotráfico.
Las cifras son duras y tan grandes que van perdiendo impacto, por eso la literatura viene y nos rescata de ese adormecimiento.
Sin embargo, la violencia no comienza con la desaparición forzada. Como bien señala Stela Maris, la violencia empieza en las palabras. El lenguaje sexista y la descortesía machista son el mapa donde se traza la agresión física que vemos después en nuestro territorio.
Es en el discurso cotidiano donde se prepara el terreno para atrocidades mayores, como los 1,017 cuerpos exhumados que aún siguen sin ser reclamados por sus familias en Coahuila. Si no sanamos la palabra, difícilmente sanaremos el suelo que pisamos.
Frente a este panorama, surgen los cómodos discursos del gobierno que piden dar la vuelta a la página, como si eso lograra sanar y no perpetuar la violencia.
La censura y el silencio oficial son formas de evitar la responsabilidad y perpetuar las vejaciones.
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Es aquí donde la literatura asume un rol esencial. Libros como los de Selva Almada, como “Una casa sola”, que abordan la desaparición desde los espacios físicos que dejan de ocupar no buscan el espectáculo de la violencia, sino convertir el silencio en una crónica para preservar la memoria colectiva.
Nombrar a los que ya no están, cuando se pide “dar vuelta a la página” es un acto de justicia.
Mientras las autoridades piden perdón y olvido están las madres, los padres, las esposas y los hijos esperando. Están las casas que dejaron de habitar esperandolos y está un territorio herido esperando a ser escuchado. Aunque seamos forzados a “darle la vuelta a la página” la palabra siempre encontrará una grieta por donde escabullirse.

Colaboración a cargo del fotógrafo Saúl Sifuentes.


Colaboración a cargo del fotógrafo Saúl Sifuentes.
