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'Romantizar' la falta de cuidado a la salud mental en La Laguna

octubre 24, 2025

El alcoholismo es una enfermedad que parece cool cuando no eres parte de su círculo cercano. Horacio la padecía y, desde mi ver, había construido toda una personalidad en torno a ella que lo convirtió en un personaje destacado de la vida nocturna en el centro de Torreón.

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'Romantizar' la falta de cuidado a la salud mental en La Laguna

octubre 24, 2025

El alcoholismo es una enfermedad que parece cool cuando no eres parte de su círculo cercano. Horacio la padecía y, desde mi ver, había construido toda una personalidad en torno a ella que lo convirtió en un personaje destacado de la vida nocturna en el centro de Torreón.

salud mental en la laguna
Gerardo Pineda Arciniega
octubre 24, 2025

Fotografía de Torreón Gacho.

Conocí a Horacio antes de arrancar a estudiar psicología y ya sabía que algo no andaba bien con su salud mental, pero no sabía bien a bien de qué se trataba. En su momento, a mis diecisiete, que lo veía en el Taller de Literatura del Isauro Martínez, Horacio llegaba o muy tarde o muy temprano y tomaba el asiento que le conviniera según su interés, porque a veces llevaba texto para revisar y, a veces, nada más comentaba desde atrás, haciendo uso de su desordenado hilo de ideas.

Cuando llevaba texto, estaba mal redactado. Era una mezcolanza de una narrativa que, mejor pensada, podría escurrir algo de genialidad, pero hacía falta trabajarla.

Más grande, leí textos crudos similares que tenían este no sé qué, todo reburujado, que parecía decir algo profundo. La coincidencia era que los autores, en definitiva, habían vivido cosas que daban para una historia increíble y que, por ese privilegio, tenían en su cerebro un pedazo de oro literario que necesitaba un proceso de depuración y limpieza arduo.

En el caso de Horacio, el proceso tenía que ser dejar de tomar tanto y ponerse a trabajar.

Cuando comencé a ir a cantinas y a tomar, me encontraba con Horacio en un clima distinto al del taller y descubrí, por lo menos, su enfermedad. El alcoholismo parece cool cuando no eres parte de su círculo cercano. Horacio lo padecía y, desde mi ver, había construido toda una personalidad en torno a eso que lo convirtió en un personaje destacado de la vida nocturna en el centro de la ciudad.

Había un Horacio que era encantador antes de perder el conocimiento: un sujeto sonriente, amable y divertido que parecía un mecanismo para conseguir, de patrocinio, una cerveza, un tequila o un cigarro. A veces, cuando se le negaba, aparecía una breve ventana de un Horacio más real, que todavía estaba sobrio y se permitía mostrar un semblante maduro, molesto, más que eso: una cara con una oscuridad interior que, para mí, se convirtió en un color distintivo de él, una suerte de aura que cargaba consigo.

Había otro Horacio que me tocó ver varias veces en Sonorama, cuando estaba en la Degollado: el admirado. En ese momento, el vendedor de libros representaba un atractivo por ser un cincuentón bailando techno sin pena con una caguama en la mano y los ojos cerrados, la mera vida.

En la vida de un alcohólico hay un breve instante de equilibrio, justo antes de que el vicio quebrante toda entereza y dignidad, el ebrio está bien, está feliz, está educado y, sobre todo, está en el éxtasis del olvido. En ese momento en el que ni ayer ni mañana importan, un oasis emocional que pronto pasa y se convierte en ese aparente lugar seguro.

Lo que sí sé, porque lo vi y lo escuché, Horacio era Horacio sólo cuando escribía. Ahí no era el tipo que necesitaba atención a su salud mental. Cuando uno escribe suele ser más honesto, porque nadie lo está viendo, pero sigue siendo un diálogo hacia afuera de uno mismo.

Lo vi escribiendo en cualquier lugar público y era la misma cara que tiene un futbolista corriendo con la pelota en medio del campo o un corredor de autos agarrado del volante, en concentración plena.

La literatura ha de haber sido ese paliativo que lo salvó por varios años y, por eso, se dedicó a ella como pudo. El arte suele ser el salvavidas de las personas cuando estamos a punto de ahogarnos en nuestros propios pensamientos insanos, en recuerdos que duelen, que lastiman por dentro y enferman las células.

Alguna vez, afuera del Isauro, platiqué con él y me habló de su vida, pero nunca entendí qué era verdad y qué era ficción. Ese buen señor se enmascaraba detrás de una personalidad inocente, de un vendedor de libros ambulante que presuntamente era de carrera veterinario y que, en los años de verlo con una periodicidad constante, me parece, no pudo aliviarse de ese virus del alma que lo tenía encadenado a lo que percibo como una depresión no tratada.

Lo cierto es que, independientemente de todas las caras que conocí de él: ¿cuántas historias como la de Horacio se cuentan en las calles de la Comarca Lagunera? Leyendas de sujetos que “romantizamos” por ser peculiares, pero que en realidad están sufriendo porque no hay una cultura de cuidado a la salud mental.

Coahuila es uno de los 10 estados con mayor tasa de suicidios; empecemos por ahí. Según el INEGI, la mayoría de los trastornos mentales en México se centran en la depresión y el alcoholismo: 7.59 y 7.1% respectivamente. En Torreón, hay 3 mil 935 personas con vulnerabilidad psiquiátrica por cada 100 mil habitantes.

De acuerdo con datos del Gobierno de México, hasta 3 de cada 10 personas en este país padecemos algún trastorno mental a lo largo de nuestra vida, y 2 de cada 3 no reciben tratamiento psicológico por falta de acceso o por el estigma social.

Además, Coahuila ocupa el quinto lugar nacional en violencia familiar; siendo la familia el núcleo de una estructura psíquica sana, es un dato relevante.

Como mexicanos, estamos convencidos de que la salud mental no es prioridad y, peor aún, cuando vemos a alguien que podría estar pasando por un problema, solemos pasarlo de largo.

Si bien la responsabilidad de cuidar la salud mental es individual, también es colectiva. No se trata de convencer a otros de tomar terapia, sino de empezar por hacerlo nosotros, compartir la experiencia y normalizar este cuidado.

A 16 de años de haber conocido por primera vez a un sujeto que, de primera mano se percibe carismático y después perturbador y profundo, un escritor en ciernes con un montón de matices, hoy me toca despedirlo en esta columna; Horacio Carreón falleció el martes 21 de octubre de 2025, y deseo que descanse al fin de lo que sea que quería dejar atrás.

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