
La literatura posee la facultad de volver soportables hechos terribles. Por medio del ritmo y la retórica, la palabra produce imágenes llenas de sentido. En muchos aspectos su poder reside en esto último. El amor y la muerte pueden llegar a ser experiencias crudas, pero la literatura las recubre de un modo que la mente y el espíritu son capaces de acomodar.
No es tarea sencilla, por otro lado. El escritor para lograr su cometido debe confrontar la realidad. Decía Tolstoi que era imprescindible mirar. Por ello no cerró los ojos ante los fusilamientos durante las guerras napoleónicas. José Revueltas, uno de sus mejores discípulos mexicanos, hizo lo propio cuando visitó el leprosario de Guadalajara. Miró lo desagradable.
Revueltas en ese sentido escribe: “Recordaba lo que se cuenta de Tolstoi cuando alguien le preguntó si él había visto, por sus propios ojos, algo semejante a lo que describe en La guerra y la paz cuando entierran vivos a unos prisioneros mal fusilados. La respuesta de Tolstoi es toda una lección: no negarse jamás a ver, no cerrar los ojos ante el horror ni volverse de espaldas por más pavoroso que nos parezca. Tolstoi vio a esos fusilados: cuándo y cómo, no importa. Yo tenía que ver a aquellos leprosos.”
Por supuesto, la observación no basta. También se requiere del uso adecuado del lenguaje, de un punto de vista crítico, donde a pesar del horror quien escribe no se quede en la superficie, en el simple escándalo, sino alcance a captar el principio humano de la experiencia. No sólo hace falta el registro del cronista. Hay que capturar la subjetividad implicada en la escena. ¿Quién sufre? Pero, sobre todo, ¿por qué sufre? A veces la invención es la única capaz de adentrarse en las grietas de la experiencia. Sólo mediante la invención el sentido es creado. El acto trasciende su temporalidad contingente y se convierte en arquetipo.
El escritor en ese aspecto llena los vacíos, aquellos lugares donde los hechos permanecen mudos. Al revisar esto, quizás los escritores completemos mucho mejor nuestra labor. El escritor a fin de cuentas recibe la encomienda de crear literatura. Pero entonces, ¿qué es la literatura?
Lejos de apelar a las teorías formalistas o estructuralistas, donde los argumentos enredan toda una maraña de conceptos sin dar en el clavo, recurriré a una definición del novelista Mauricio Carrera. Más o menos escribe: “¿Acaso la literatura no es más que el hallazgo de que la realidad desilusiona, pero la palabra asombra?”
No podría estar más de acuerdo. La realidad es amarga, es inconclusa, no permite encontrar una catarsis, un espacio de calma sin importar las adversidades. Nada de esto sucede a menos que la palabra la reconfigure, le proyecte otra luz donde los hechos melancólicos, tristes o violentos posean otro resplandor, y no porque estos sean degradados o infantilizados, mucho menos idealizados, sino porque mediante esa luz adquieren sus verdaderas dimensiones, adquieren su verdadera dignidad.
Revueltas agrega: “La realidad necesariamente debe ser ordenada, discriminada, armonizada dentro de una composición sometida a determinados requisitos. Pero estos requisitos tampoco son arbitrarios; existen fuera de nosotros: son digámoslo así, el modo que tiene la realidad de dejarse que la seleccionemos.”
Muchos podrán aseverar que el autor de El apando está refiriéndose a un cierto tipo de literatura llamada desde el siglo XIX como realismo. No obstante, al revisar su estilo advertiremos que la escritura para Revueltas iba más allá de esos límites. La literatura puede hacer uso de la invención más desbordada sin dejar de abordar un tema en las justas implicaciones humanas.
Ejemplos hay muchos, pero vayamos al origen. Recordemos aquel memorable pasaje de los caballos de Aquiles en la Ilíada.
“Los corceles de Aquiles lloraban, fuera del campo de la batalla, desde que supieron que su auriga [Patroclo] había sido postrado en el polvo por Héctor, matador de hombres. Por más que Automedonte, hijo valiente de Diores, los aguijaba con el flexible látigo y les dirigía palabras, ya suaves, ya amenazadoras; ni querían volver atrás, a las naves y al vasto Helesponto, ni encaminarse hacia los aqueos que estaban combatiendo.”
Nótese cómo el poeta con la invención de los caballos inmortales permite a la historia generar un impacto más poderoso ante la desolación de la muerte. ¿Quiénes resentirían peor la caída de Patroclo? El arrepentimiento de Zeus es el medio empleado por Homero para penetrar en la subjetividad de los animales divinos:
“¡Ah infelices! ¿Por qué los entregamos al rey Peleo, a un mortal, estando ustedes exentos de la vejez y la muerte? ¿Acaso para que tuvieran penas entre los míseros mortales? Porque no hay un ser mas desgraciado que el hombre, entre cuantos respiran y se mueven sobre la tierra”
Las palabras del dios son duras, pero a la luz del sufrimiento de los caballos se vuelven ligeras. Las abrazamos con un dejo de orgullo, y hasta si se quiere condescendencia hacia aquel que sostiene la égida.

Colaboración a cargo del fotógrafo Saúl Sifuentes.


Colaboración a cargo del fotógrafo Saúl Sifuentes.
