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Nuestra voz desde el anexo: la escritura más allá de lo literario

julio 8, 2026

Diecisiete mujeres escriben su testimonio, sus motivos y razones por las cuales comenzaron a consumir drogas. La mayoría de ellas afirma haberse enganchado con el cristal. No buscan justificarse; simplemente dar a conocer sus experiencias. Hacen uso de las palabras para de esta manera otorgar significado a lo vivido. El volumen fue el esfuerzo conjunto […]

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Nuestra voz desde el anexo: la escritura más allá de lo literario

julio 8, 2026

Diecisiete mujeres escriben su testimonio, sus motivos y razones por las cuales comenzaron a consumir drogas. La mayoría de ellas afirma haberse enganchado con el cristal. No buscan justificarse; simplemente dar a conocer sus experiencias. Hacen uso de las palabras para de esta manera otorgar significado a lo vivido. El volumen fue el esfuerzo conjunto […]

Nuestra voz desde el anexo: la escritura más allá de lo literario red es poder
Alfredo Loera
julio 8, 2026

Diecisiete mujeres escriben su testimonio, sus motivos y razones por las cuales comenzaron a consumir drogas. La mayoría de ellas afirma haberse enganchado con el cristal. No buscan justificarse; simplemente dar a conocer sus experiencias. Hacen uso de las palabras para de esta manera otorgar significado a lo vivido.

El volumen fue el esfuerzo conjunto de la promotora de lectura Sandra Ríos Agüero y de los escritores Elena Palacios, Claudia Marcela Soto y Jaime Muñoz Vargas.

Es un libro importante no sólo por su tema, pues aborda una de las problemáticas sociales más urgentes de nuestro tiempo, sino también porque es una muestra de esa idea de Witold Gombrowicz donde explicaba que la escritura, a diferencia de otras artes, no está bajo el dominio estricto de los escritores.

El argumento pone la atención en la naturaleza misma de la escritura, pues esta nunca es contralada a voluntad por el escritor profesional, a diferencia de lo que sucede con un pintor, un escultor o un músico. Alguien ajeno a la técnica de dichas disciplinas difícilmente superará la ejecución de los expertos. Pero con la escritura las cosas son distintas. Gombrowicz en más de un ocasión explicó, no sin ironía, que por una lado están los escritores de tiempo completo: esos seres extraños que pasan la vida intentando redactar alguna página memorable, para ser recordados por la tradición; pero que por otro lado están los escritores de una sola vez, aquellos que nunca se propusieron formar parte del gremio, y que de la nada, con toda impunidad, casi sin esfuerzo, irrumpen en el mundo literario y por la mera fuerza de la experiencia vital esbozan sin problema algunos párrafos mucho más relevantes que aquel hombre o mujer de letras enfrascado en la eterna lucha con la hoja en blanco.

Esa es la naturaleza de Nuestra voz desde el anexo. Las diecisiete mujeres, autoras de sus páginas, no son escritoras profesionales. Son escritoras en un sentido más auténtico. Logran transmitir una realidad, más aún, una mirada de mundo. No es mi intención parecer en estas líneas condescendiente, pues admiro en gran medida el estilo del libro, el cual por momentos alcanza un vigor y un ritmo digno de los mejores prosistas.

El grupo, según explica Sandra Ríos en la nota introductoria, surgió a raíz de la lectura, pues coordinó un grupo dedicado a esta actividad en el Centro de Rehabilitación de Adicciones Empieza a Vivir. “Las sentí más concentradas [que un grupo anterior de varones también internados en un centro], en las historias que leíamos, y eso me motivaba a seguir llevando libros para que pudieran tenerlos a su alcance”. Y, como es natural, una cosa dio origen a la otra, sobre todo después de la visita hecha por Elena Palacios. “El conocerla y platicar con ella fue una gran experiencia -ahonda Sandra-: ver en persona a una escritora, resultó algo increíble para ellas. Y fue ahí que algunas se motivaron tanto que me dijeron ‘me gustaría escribir mi historia’”.

Las historias fueron escritas y el libro fue publicado en 2023 bajo el sello de Leer Libres Ediciones.

Ahora bien, ¿dónde se encuentra el aporte fundamental del volumen para las letras de nuestra ciudad? Desde hace un tiempo, he estado pensando en la dicotomía literatura y escritura. Para mí la escritura es mucho más vasta que la literatura, pues la escritura carece de una forma determinada. La literatura por el contrario está sujeta a los géneros, por decir la narrativa, la lírica, la dramaturgia o el ensayo. Son vasos que ya poseen una disposición para ser llenada, pero eso al mismo tiempo los vuelve rígidos y en ocasiones obsoletos. La realidad es mucho más compleja, y una muestra de ello son las vidas de las diecisiete autoras de Nuestra voz desde el anexo.

La escritura permite comprender. Estoy convencido de que el poder de las palabras permite soportar los dolores más extremos. A mí escribir en más de una ocasión me ha salvado y creo que las creadoras de este volumen también encontraron un refugio en esta inocua acción. Pero para ello la escritura necesita perder sus bordes, dislocar sus convenciones. Quien se anime a leer esta compilación encontrará una muestra de ello.

En un segundo orden de ideas, no dejaré de mencionar otro hecho de relevancia. Me atrevo a hacer el siguiente comentario por otra idea de Sandra Ríos en la nota introductoria. Por otra parte, no señalarlo equivaldría a no darle su estatura real a la colección de testimonios. La idea dice así: “A partir de ahí, y durante varias semanas, en cada sesión de lectura, iban escribiendo sus historias. Las motivaba saber que eso que ahí estaban plasmando iba a tener un buen propósito: ayudar a otros”.

El objetivo está cumplido. En una primera lectura cada una de las autoras se dirige a un interlocutor personal, a un lector individual, quien recibe la advertencia del peligro del consumo de sustancias.  No obstante, ya en el conjunto de las diecisiete voces el mensaje se magnifica. En su totalidad las distintas historias, por inferencia, ponen de relieve un hecho social. Espero en las siguientes líneas ser lo suficientemente claro. Me conformo con dejar en estos párrafos un indicio que los lectores acepten como propuesta.

Es patente que a un adicto se le juzga moralmente por su enfermedad. Todavía continuamos con el anacronismo de concebir el actuar de las personas bajo las categorías de lo virtuoso y lo vicioso. Seguimos bajo la superada ética aristotélica. Desde luego en las conclusiones del griego todavía es posible encontrar elementos vigentes. Sin embargo, bajo el marco del capitalismo tardío las categorías de lo virtuoso y lo vicioso dejan de ser operativas.

Las mujeres que escribieron el libro se disculpan por haber sido adictas, cuestión comprensible dado el contexto en el que viven, donde, como ya he mencionado, a un adicto se le considerada un vicioso. Es común escuchar frases como “ya vas a seguir con tu vicio”, “puro vicioso”, etc. No obstante, para comprender mejor la problemática, hecho que al menos para mí se vuelve claro, primero es necesario observar que en nuestra época la adicción a una sustancia más bien es la consecuencia del contexto económico.

Por supuesto no estoy reinventando el hilo negro, pero al escuchar sus testimonios advierto que al menos en el mundo que las rodea hay un juicio hacia su actuar desde un punto de vista moral, cuando las adicciones bajo la explotación laboral y la precariedad económica son un síntoma, pues a veces la única forma en que un individuo puede soportar la explotación laboral es mediante el consumo de drogas.

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Bajo esta lógica el cristal sale relucir. ¿Por qué el cristal es la droga más consumida? La razón es evidente: uno de sus principales efectos es el aumento en la capacidad fisiológica para mantener el trabajo arduo, durante horas, sin descanso. De ahí que los trabajadores en las diferentes fábricas lo utilicen. Es ahí de donde sale el plusvalor que alimenta al capital. ¿Por qué el narcotráfico no termina? Muy sencillo: es una manera de generar capital.

Mirna G. en su testimonio escribe:

“Yo tenía un amigo que vendía cristal, por eso se me hacía fácil obtener la droga. Empecé a quitarle cristal a ese camarada. Luego le pregunté a Eliza cómo se fumaba y me explicó. Entré al baño de la fábrica y empecé a hacerlo. Fume tres o cuatro veces. Empecé a sentir ese calor y esa energía que me gustaron. Al trabajar sentía esa ansiedad por hacerlo todo rápido; fue algo que me fascinó. Seguí haciéndolo toda esa noche y todos los días”.

No asevero que cada uno de los casos tenga su origen en la dinámica de la productividad y el plusvalor. También sucede que el estado económico de las personas está por completo colapsado, y en el abandono, sin otro recurso para sobrevivir, sólo se confronta el vacío con la evasión de la droga. No lo sé, estimado lector, al menos esa es una de las principales conclusiones a las que llegó después de leer Nuestra voz desde el anexo.

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