
Homero ya había sido traicionado por los poetas trágicos. Ya en el siglo V a. de C. Esquilo, Sófocles y Eurípides manipularon los textos de la Ilíada y la Odisea. Fueron sus primeros críticos, los primeros en refutar las hazañas de los superhombres, los primeros en evidenciar el absurdo de las conductas divinas, en rechazar la soberbia de los reyes. Virgilio hizo otro tanto con la Eneida, algunos siglos posteriores, cuando narró el engaño del Caballo de Troya y la destrucción inhumana de la ciudad, y no podemos olvidarnos de Dante, por muchos considerado precursor del Renacimiento. La escena de la Divina Comedia donde Odiseo (Ulises para los romanos) aparece arrepentido de sus acciones en el infierno es memorable.
“Maestro -le repuse-, al escucharte
estoy más cierto, pero ya he notado
que así fuese, y decírtelo quería:
¿quién viene en aquel fuego dividido,
que parece surgido de la pira
donde Eteocles fue puesto con su hermano?”
Me respondió: “Allí dentro se tortura
a Ulises y a Diomedes, y así juntos
en la venganza van como en la ira;
y dentro de su llama se lamenta
del caballo el ardid, que abrió la puerta
que fue gentil semilla a los romanos…
Si revisamos dichas obras, no se entienden los clamores que la película de Christopher Nolan ha causado. La reacción de Elon Musk, el hombre más rico del mundo, al prometer una versión completamente apegada al libro, producida con Inteligencia Artificial, sólo demuestra su conservadurismo rancio y su ignorancia.
Nolan no es ajeno a la tradición del ciclo de la Guerra de Troya. No es el primero ni será el último que retomará sus personajes bajo nuevos simbolismos. El director anglosajón siguió los ejemplos de sus antecesores. Aprovecha el recurso ya conocido de abordar una historia pretérita para analizar el presente. Es contradictorio cómo se apela a la tradición con el objetivo de salvaguardar o proteger una obra tan clásica como la Odisea; sin embargo, desde el origen de esa misma tradición el pastiche y la parodia fueron parte central de su fuerza. A Homero, además de las épicas mencionadas, también se le adjudica la Batracomiomaquia, una guerra similar a la troyana, pero con la diferencia de que es peleada entre ranas y ratones.
Quizás Homero habría sido olvidado si trescientos años después de la creación de sus obras fundamentales los atenienses no hubieran inventado el teatro. El drama fue la cualidad específica de ese periodo, bien conocido por su decadencia a raíz de la Guerra del Peloponeso y la peste. A este momento histórico del arte griego se le ha nombrado como el “Periodo clásico”, y a más de uno esta etiqueta sin duda habrá confundido. Lo cierto es que fue un tiempo convulso, lleno de miseria, de muerte y de locura. Los poetas trágicos lejos de hacer loas al pasado, más bien lo criticaban, por ser la causa de tanto sufrimiento. Para ellos la mirada de la épica resultaba arcaica. La caída de Atenas bajo el yugo espartano demostró que la manera de entender el mundo debía modificarse con urgencia.
Bajo ningún sentido dicho momento fue tradicionalista. En la tragedia griega el carácter de los personajes homéricos muchas veces se modificó según lo requiriera el argumento, según lo requiriera la denuncia pública. Aunque en la actualidad Esquilo, Sófocles y Eurípides son poetas centrales en el canon mundial, sus reputaciones para sus contemporáneos no siempre fueron tan positivas. Padecieron el repudio, la amenaza de muerte, el ostracismo, y al menos el último tuvo que abandonar la polis para salvaguardar la vida.
Aunque la película de Nolan posee cualidades estéticas interesantes, no es en la alteración de la historia donde se encuentra su originalidad. De hecho, si seguimos la ruta de pensamiento que he establecido, salta a relucir que el filme de la Odisea sigue el mismo procedimiento que los poetas trágicos implementaron. No sorprende, por otra parte, si consideramos la formación literaria de su director.
Más allá de su talento poético, lo que más admiro de Esquilo, Sófocles y Eurípides es su increíble modernidad. Pensémoslo bien: son hombres que vivieron hace dos mil quinientos años. Un despistado diría que son hombres primitivos, más primitivos que los individuos de la Edad Media, con todas sus supersticiones católicas y toda la filosofía de la escolástica.
La historia no es progresiva. El pasado ateniense en más de un aspecto es en esencia superior en tanto modernidad que nuestro presente. Sin duda lo fue más que el del Medievo, a pesar de estar situado en el tiempo un milenio atrás.
La modernidad de los trágicos griegos está en la concepción de lo humano. Son ellos los primeros en plantear el contrato social y la democracia en textos como la Orestiada, Antígona o Las bacantes, por citar algunos ejemplos. Son ellos los primeros en criticar la brutalidad y la injusticia de la guerra, son ellos los primeros en criticar la tiranía de los poderosos.
Casi todas las obras de estos extraordinarios poetas han sido perdidas en la barbarie de los siglos. Sin embargo, por fortuna, ha quedado un puñado de sus trabajos en los cuales es posible identificar una mirada de mundo humanista y, como ya he insistido, moderna.
En estos momentos cuando uso el término “moderno”, pienso principalmente en una sociedad laica, regida por la razón, donde el conocimiento no se transmite como dogma sino como experiencia, como observación compartida.
Pienso en Prometeo encadenado, escrita por Esquilo, donde Zeus, el dios supremo de la cultura griega, es representado como un tirano intransigente e iracundo. Prometeo es castigado por dar el fuego y la libertad a los mortales, y por ello estará enclavado en una montaña por la eternidad. La liberación es muy sencilla, explica Océano dentro del drama: basta con solicitar el perdón, con retractarse ante la autoridad, sin tomar en cuenta la injusticia de sus actos.
Lo miro, ¡oh Prometeo! y yo quisiera
Aconsejarte bien. Eres prudente;
Conócete a ti mismo, y tus costumbres
Amolda al tiempo, pues monarca nuevo
A los dioses impera. No pronuncies
Esas palabras duras y punzantes,
Porque Zeus te oirá desde la altura,
Y su ira de hoy parecerate juego,
Si de nuevo se indigna. Esa altiveza
Destierra de tu mente, y a los males
Algún remedio busca. Mis consejos
Quizá parezcan viles y abatidos;
Mas ya ves, Prometeo, qué mercedes
A la soberbia lengua galardonan.
No eres humilde…
Esquilo en esta tragedia ofrece una mordaz crítica a las estructuras del poder. En ellas, para establecer las jerarquías, el criterio no está en la argumentación ni en la defensa de las igualdades individuales; más bien, está en la capacidad de reprimir, de imponer la propia voluntad, en la erradicación del otro.
Prometeo decide persistir en su postura a pesar de que eso implique su destrucción. Quizás para nosotros, habitantes del 2026, la blasfemia no sea evidente. Pero representar a Zeus bajo las cualidades de lo tiránico en el siglo V a. de C. resultaba fuera de lo convencional.
Pienso también, sobre todo, en Las troyanas, escrita por Eurípides. La representación del drama ante el público ateniense propició el ostracismo de su autor y su decisión final de escapar a Macedonia. Es la otra cara de la moneda de las épicas de Homero. Aquí los héroes como Aquiles y Odiseo son representados como saqueadores, violadores de mujeres, asesinos de niños. Se rompe la fantasía del heroísmo bélico. El poeta pone el énfasis: nada hay de admirable en destruir las ciudades a cenizas, nada hay de ejemplar en la erradicación de los pueblos.
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Las troyanas, como su título lo indica, se concentra en la microhistoria de las mujeres subyugadas por la guerra. Ahora que sus hombres están muertos, ellas forman parte del botín de los griegos. Serán esclavizadas y llevadas cautivas a lugares lejanos del hogar. Hécuba será tomada por Odiseo; Casandra por Agamenón; Andromaca por Neoptólemo; Helena volverá con su esposo, Menelao, igual que un trofeo para exhibir, y Polixena será sacrificada en la tumba de Aquiles.
TALTIBIO: ¿Hablas de Polixena o preguntas por otra?
HÉCUBA: Sí, esa. ¿A quién la suerte la ha uncido?
TALTIBIO: Se le ha ordenado servir a la tumba de Aquiles.
HÉCUBA: ¡Ay de mí, infeliz! ¡Para el servicio de una tumba la engendré! Pero, vamos a ver, ¿qué costumbre es esa, amigo, qué ley de los helenos?
Como ya es evidente, el texto contradice el punto de vista de Homero y pone de relieve sus falacias. Para la Atenas de aquel tiempo esto fue una completa blasfemia, que se volvió insoportable pues Eurípides no sólo buscó refutar al bardo original sino denunciar la matanza de Melos perpetrada por los atenienses durante la Guerra del Peloponeso. “Como quiera, la matanza de Melos, escribe Gilbert Murray, produjo una impresión exacta en el espíritu de hombres como Tucídides y Eurípides.”
La película de Nolan en ese sentido es más tímida que los autores del pasado. El filme aún intenta justificar el imperialismo, la conquista, el saqueo. Insinúa que la destrucción puede perdonarse si se paga el daño material. Odiseo al final de la cinta parte junto a Penélope con mercancías para recompensar a las víctimas.
Eurípides, por el contrario, radicaliza su postura cuando nos recuerda un secreto a voces, algo que hicieron los héroes: esos hombres ejemplares, llamados dentro de su mundo los justos. El poeta no tiene misericordia y abre nuestros ojos ante lo terrible bajo las palabras del heraldo Taltibio. Astianacte, hijo de Héctor, un niño pequeño, arrancado de los brazos de su madre, Andrómaca, para divertimento de los ejércitos ha sido lanzado desde las torres de Troya.
TALTIBIO: Van a matar a tu hijo, para que te enteres de tu gran mal.
ANDRÓMACA: ¡Ay de mí! ¡Qué mal, mayor incluso que el de mis bodas, estoy escuchando?
TALTIBIO: Odiseo (Ulises) se impuso a todos los griegos cuando propuso…
ANDRÓMACA: ¡Ay, ay, una vez más! ¡Que padecemos males inconmensurables!
TALTIBIO: … sino arrojarlo desde lo alto de las torres de Troya.

Colaboración a cargo del fotógrafo Saúl Sifuentes.


Colaboración a cargo del fotógrafo Saúl Sifuentes.
