
Nuestra tradición literaria siempre estará en deuda con Jaime Muñoz Vargas. La deuda no sólo se deriva de sus libros de narrativa, sino en mayor grado por darle densidad a un ambiente literario raquítico.
Si hacemos un símil astronómico de nuestra literatura local, la mayoría de sus actores son más parecidos a cuerpos fugaces; a lo mucho podríamos compararlos con cometas que transitaron por el sistema con un libro o dos, y que después desaparecieron en la noche de los tiempos. Fue común ver en sus trayectorias un pequeño resplandor, que luego de una chispa prometedora, terminó chamuscado como un simple cerillo.
Hay más de un caso con este comportamiento. Hoy en día es mucho más fácil convertirse en autor: basta con imprimir los ejemplares y presentarlos bajo comentarios en ocasiones excesivos. No falta quien diga que ha revolucionado la literatura con una plaquette de poemas o con un tímido libro de cuentos. Todo esto es tragado por Cronos. Nada, casi nada de esto permanece.
Dentro de la ignorancia histórica de nuestro momento, se olvida el verdadero sentido de una obra literaria. Para nada se escribe con el objetivo de alcanzar los 15 minutos de fama, tampoco para obtener el aplauso del público, los likes de las redes sociales, ni siquiera para merecer los premios y las becas.
La escritura ante todo es testimonio, evidencia de una búsqueda humana. La escritura es el vestigio del pensamiento y la imaginación, y estas para dejar de ser efímeras y banales requieren de cierta gravedad, de cierta persistencia, y con esto no me refiero a lo solemne, sino al trabajo consciente de su posición en el mapa estelar de los escritores nacionales y mundiales.
En otro tiempo, gasté mucha tinta y saliva en criticar el provincianismo cultural de mi ciudad. Aún era joven y todavía me escandalizaba. He desistido de tan ingrata tarea. No por ello he dejado de advertir esa falta de perspectiva en muchas de las escrituras locales. Mi intención con estos comentarios no es desmotivarlas ni crearme enemigos, pero también es justo señalar el peso de las distintas trayectorias. La de Jaime Muñoz Vargas en nuestro sistema sería equivalente a la de los grandes planetas gaseosos, situados más allá del cinturón de asteroides, pero por eso mismo más determinantes en los pequeños astros.
Yo pienso a Jaime Muñoz como un astro masivo con un sinnúmero de lunas circundando en la oscuridad a las espaldas de los nuevos y no tan nuevos escritores del momento. Su influencia para ojos ingenuos es invisible. No advierten que sin su órbita todo el entramado del sistema colapsaría. Más aún, es su presencia la que nos protege de los rayos cósmicos, que, en nuestra realidad, fuera de la metáfora, sería el olvido total.
Muchos nombres si llegan a ser recordados lo harán porque Jaime Muñoz se ha dignado a mencionarlos en alguna de sus reseñas. El vestigio que quedará para las generaciones futuras será el de su órbita. Si el sistema se derrumba, lo cual no me sorprendería, y alguien deseara reconstruirlo tendría que partir desde la escritura del autor de Ruta Norte Laguna. Ningún escritor contemporáneo de nuestra ciudad es equiparable, ni siquiera los que han obtenido reconocimiento nacional. La razón de esto es la siguiente: aunque de algún modo han saltado a sistemas más prestigiosos, no dejan de perder su posición de satélites. El único escritor que a raíz de su obra ha consolidado una posición central es quien motiva estas líneas.
Hace algunas décadas libros como Leyenda Morgan, Parábola del moribundo, Juegos de amor y malquerencia, fueron acreedores a los premios nacionales San Luis Potosí, Rafael Ramírez Heredia y Jorge Ibargüengoitia. También destacaría títulos como El principio del terror y Ojos en la sombra. Si no me equivoco no hay ningún autor local que haya merecido más premios que Muñoz Vargas. No obstante, su labor no se reduce a dichos galardones. Se deslinda de los autores de premios, para enrolarse en aquellos escritores de época.
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Alguien podría preguntarse. ¿A qué se debe que Loera sea tan generoso después de los años? No soy generoso. Pero es cierto que hace falta hablar más de su trabajo. En ese sentido, no es la primera ocasión en que abordo su obra. En un artículo titulado “Apuntes sobre el debate de la llamada narrativa del Norte”, allá por el lejano 2017, en la revista Texto Crítico, ya había hecho un análisis de una de las novelas más interesantes escritas por un lagunero. Me refiero a Juegos de amor y malquerencia.
No basta con escribir pequeños comentarios a su trabajo. Se necesita que las generaciones posteriores emulemos esa tenacidad y ese oficio que a lo largo de las décadas se ha manifestado en su blog Ruta Norte Laguna. Pero no sólo debemos aprender de la versatilidad de su prosa, sino también de su maestría cuentística, que vuelve a consolidarse con su más reciente libro Prohibido soñar de pie, del cual destaco cuentos como “Dentro del cine”, “Taller literario”, “Irene Olavarría”, “Ya tengo tu dirección” y “A tus brazos otra vez”. Hará falta leerlo más a menudo, escribir más sobre él, aprovechar su gravedad, circundar sus influencias. Ya habrá tiempo… ya habrá tiempo.

Colaboración a cargo del fotógrafo Saúl Sifuentes.


Colaboración a cargo del fotógrafo Saúl Sifuentes.

Coincido a plenitud con tu análisis, Alfredo. Renombrar a Jaime en ese ámbito cósmico que señalas, es por demás pertinente. Ojalá que de manera puntual, personas como tu u otras, analicen no solo la obra de Jaime sino también su aportación personal e intelectual para nutrir el ambiente literario lagunero.