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House of Cards: La lista de Epstein y la política de influencers

diciembre 26, 2025

"Hay dos tipos de dolor: el dolor que te hace fuerte, y el dolor inútil, el dolor que es solo sufrimiento. Yo no tengo paciencia para las cosas inútiles". Esa frase, pronunciada por Frank Underwood mirando directamente a la cámara en la primera temporada de House of Cards, nos mostró a un personaje diferente; un […]

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House of Cards: La lista de Epstein y la política de influencers

diciembre 26, 2025

"Hay dos tipos de dolor: el dolor que te hace fuerte, y el dolor inútil, el dolor que es solo sufrimiento. Yo no tengo paciencia para las cosas inútiles". Esa frase, pronunciada por Frank Underwood mirando directamente a la cámara en la primera temporada de House of Cards, nos mostró a un personaje diferente; un […]

House of Cards: La lista de Epstein y la política de influencers red es poder
Francisco Díaz
diciembre 26, 2025

"Hay dos tipos de dolor: el dolor que te hace fuerte, y el dolor inútil, el dolor que es solo sufrimiento. Yo no tengo paciencia para las cosas inútiles".

Esa frase, pronunciada por Frank Underwood mirando directamente a la cámara en la primera temporada de House of Cards, nos mostró a un personaje diferente; un personaje que dice lo que piensa por encima de lo políticamente correcto. Con un cinismo quirúrgico, Underwood rompía una pared imaginaria para explicarnos cómo funcionaba realmente el mundo y decir —que tal vez era lo que nos dejaba helados muchas de las cosas que alguna vez hemos pensado, pero jamás nos atrevimos a verbalizar.

Mientras el ciudadano común va a las urnas creyendo en el voto (así se lo han inculcado), en los ideales y en la democracia, House of Cards nos mostró un poco de la Realpolitik: esa política que no se hace en el pleno del Congreso, ni en los debates televisados, ni en las plazas públicas; esa es para el pueblo. La verdadera política se hace en habitaciones cerradas, entre humo de puros, botellas de vino de diez mil dólares y acuerdos sellados con dinero, poder y sexo con menores.

Cuando salió la serie de Netflix en aquel 2013, la consideramos una dramatización exagerada, una ficción oscura sobre lo podrido que está el sistema en Washington. Creíamos que Underwood era una caricatura
del mal.

En ese momento, el mundo no experimentaba el fenómeno Trump, ni los conflictos de Ucrania o Medio Oriente; todavía estaba en relativa calma. Hoy, ante la infame Lista de Epstein, entendemos que los guionistas se quedaron cortos. La realidad superó a la ficción y nos mostró la verdadera constitución de la élite global.

Jeffrey Epstein no construyó simplemente una red de tráfico sexual (esa ya existía antes de él); construyó un verdadero House of Cards, en donde cada carta sostenía a la otra mediante el chantaje, el placer prohibido y el poder compartido.

La lista no es solo un registro de pasajeros del "Lolita Express"; es la bitácora de la Realpolitik moderna. Nos confirma que las decisiones que mueven al mundo, las guerras que se inician y las crisis económicas que se gestionan, se pactan en islas privadas y mansiones en Nueva York, donde la moneda de cambio no son las leyes, sino la perversión compartida. Y ahí, tu voto y el mío poco importan.

Si yo tengo un video tuyo haciendo algo inconfesable con una menor, protegeré mis intereses. Así se legisla, así se gobierna y así se negocia en las sombras. Y si no tengo eso, iré sobre tus empresas o intereses. Pero, como nos enseñó la serie, la gente común jamás tendrá acceso a esas negociaciones. Jamás.

Nosotros somos el rebaño que espera afuera mientras los lobos cenan, y se nos prepara la
información a la que tendremos acceso. Sin embargo, el sistema ha encontrado la manera perfecta de distraernos de esa podredumbre: la política de influencers y realities. Como no nos pueden mostrar la realidad, nos dan un show. La política actual ha mutado en un reality show permanente y banal.

Vemos a políticos que actúan como influencers, preocupados más por el like, la tendencia en TikTok, los tenis de moda o la polémica viral del día, que por la gestión pública (imposible no acordarse de Samuel García). Nos venden una narrativa frívola, brillante y editada, diseñada para mantenernos entretenidos discutiendo estupideces: si tal candidato baila bien, si tal candidata usa tal marca, o tal vez nos dan a elegir sobre alguna reforma menor. Mientras tanto, en el sótano del poder, la estructura real sigue operando bajo las reglas de Epstein.

Es el truco de magia más viejo del mundo: mira mi mano derecha (el influencer sonriendo en Instagram) para que no veas mi mano izquierda (el político viajando al "Lolita Express"). Lo que estamos viendo con el goteo de nombres de la lista de Epstein no es justicia; es humo, humo y simple humo para preparar las elecciones que se vienen el año que entra.

Nos muestran la punta del iceberg, una punta cuidadosamente seleccionada para causar escándalo sin provocar el derrumbe.

Vemos fotos perturbadoras que parecen sacadas de una película de terror psicológico, como esa imagen de Jeffrey Epstein junto a Michael Jackson (uno no sabría cuál hoyo tapar), o leemos nombres de príncipes, académicos y actores (casi lloro con la foto de Chomsky). Pero el núcleo duro, los videos, las grabaciones, la evidencia real que compromete a la estructura del poder, eso nunca saldrá. No puede salir.

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¿Por qué? Porque si se liberara todo, si se abriera la caja de Pandora de Little St. James, no caería una persona ni un partido; caería el sistema entero.

El imperio gringo —o lo que queda de él— se vendría abajo. La corrupción moral es transversal y absoluta. No es un tema de demócratas contra republicanos; ambos partidos están metidísimos hasta el cuello. Desde los Clinton hasta el mismo Donald Trump, pasando por la realeza europea y los titanes de Wall Street que manejan nuestros fondos de retiro. Todos volaron en esos aviones, todos asistieron a esas
cenas.

Si se tirara de la manta con fuerza, tendríamos que descabezar gobiernos, disolver instituciones financieras y quemar estudios de cine. Occidente no soportaría verse en ese espejo. Por eso, el sistema se protege a sí mismo. Nos lanzan un nombre para que Twitter se incendie un par de días, nos dan un chivo expiatorio (como Ghislaine Maxwell, condenada mientras sus clientes siguen libres), pero el pacto de silencio se mantiene.

La lista de Epstein es la prueba definitiva de que vivimos en dos mundos paralelos. En el de arriba, el de la Realpolitik, la pedofilia y el abuso son simplemente "hobbies" de élite, lubricante para cerrar negocios, secretos guardados bajo siete llaves que garantizan lealtad mutua. En el de abajo, en el nuestro, nos conformamos con darle like a la última payasada del político de moda, creyendo que participamos en la democracia, cuando en realidad solo estamos consumiendo el contenido gratuito que nos tiran para que
no preguntemos qué pasa realmente en la isla.

Al final, cuando apagas la pantalla y dejas de ver el show de los influencers, te quedas con la fría verdad que Frank Underwood nos escupió a la cara y que nos negábamos a aceptar: "La democracia está sobrevalorada". Lo único real es el poder. Y el poder ha decidido que es mejor vendernos humo, darnos algunas escenas de la película de Calígula, pero jamás, jamás, nos dejarán ver la película completa.

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