
Admitámoslo: encender Netflix un viernes por la noche, en un momento en donde se predomina la cantidad por la calidad, suele ser un acto de arqueología en un vertedero.
Escarbamos entre montañas de contenido chatarra, series de adolescentes hormonales y documentales de true crime fabricados en serie, buscando algo que no nos insulte la inteligencia como esos dramas médicos en donde a punto de morir estás pensando en sexo con alguno de los doctores modelos de Calvin Klein que te rodean. Y de pronto, entre los escombros del algoritmo, aparece una joya rara, un reality show que contradice la naturaleza misma del género: Guerra de Cucharas (Culinary Class Wars), si bien no es algo al nivel de Breaking Bad, El silo o X Files, nos demuestra que aun dentro de género, en la basura hay niveles.
El título suena a otro programa genérico de competencia, pero basta ver el primer episodio para entender que estamos ante un fenómeno antropológico. El formato surcoreano enfrenta a 80 cocineros "Cuchara Negra" (el proletariado culinario: dueños de fondas, genios ocultos, cocineros de escuelas) contra 20 "Cuchara Blanca" (la aristocracia: chefs con estrellas Michelin, ganadores de Iron Chef y leyendas vivas de la industria), pero ojo, nadie está ahí gratis, a lo largo del Show se muestra cómo han llegado ahí cuando muchos mencionan haber estado en restaurantes por mas de 5 años en los puestos mas bajos, esforzando y viviendo en condiciones precarias, como decía mi abuela, hay que chingarle.
Lo que vemos en pantalla no es el drama prefabricado al que Occidente nos tiene malacostumbrados. No hay gritos histéricos o supuestos genios vestidos de payasos, no hay platos rotos contra la pared para subir el rating, ni historias lacrimógenas forzadas para generar empatía artificial o escotes super pronunciados listos para cocinar algo más que vegetales. Lo que hay es un respeto aterrador por el oficio, por la disciplina, por entender que esto es un proceso, una carrera de resistencia. Como cuando mi hija, que es una buena estudiante, me pregunta porqué no veo sus calificaciones y le digo, porque veo el proceso y todavía no tienes edad para que me preocupe el resultado.
Lo que este reality resalta, y muy bien, es eso, que todo tiene u proceso. Es un programa bien hecho porque pone en el centro lo único que debería importar: la capacidad humana de crear excelencia bajo presión, llevarnos al límite sin olvidarnos que somos humanos, y no payasos que pintan un cuadro con el pene, como otros Shows. Vemos a participantes de talla mundial, como el legendario Edward Lee, sudando la gota gorda junto a un chico que reparte comida china, ambos sometidos al mismo rigor, otro aprendizaje, nunca dejas de tener que demostrar, como en otros casos en donde se vive de sus regalías y suerte por estar cercano al poder o llevar un apellido x. Aquí no importa quién tiene más seguidores en Instagram, diga las peores estupideces o quién salió en la portada de una revista; importa quién domina el fuego, el cuchillo y el sabor, pero con un resultado final sometido a los mas altos estándares a nivel mundial, y eso da miedo, doblando a muchos.
El "espejeo" con nuestra realidad nacional es doloroso e inevitable. Si hacemos zapping a los programas de cocina en México —esos Master Chef Celebrity, Top Chef VIP y demás babosadas, lo que encontramos son puras payasadas. Es un insulto al espectador y a la gastronomía. Vemos a influencers que no saben hervir agua, a actores desempleados buscando cámara para revivir una carrera muera, a políticos lavando su imagen y a "famosos" cuya única habilidad es ser famosos, en ocasiones por nada.
En México, el reality premia el chisme, la alianza tóxica, el sabotaje y la mediocridad carismática, al grado de que su clímax puede tener más espectadores que una reforma judicial. Se celebra al payaso que hace reír, aunque su plato sea incomible. En Guerra de Cucharas, la incompetencia no tiene lugar. Vemos gente llegando a su límite físico y mental, cocinando durante horas sin perder la compostura, impulsados por una ética de trabajo que en nuestra televisión parecería alienígena, y en donde nuestros mejores exponentes quedarían fuera en la primera ronda (Me gustaría ver ahí a los jurados de master chef).
Hay un momento cumbre en la serie que resume esta diferencia abismal: la cata a ciegas. Los jueces, dos eminencias gastronómicas, prueban los platos con los ojos vendados. Justicia ciega real. Se anula el sesgo, se elimina el prejuicio de clase, los apellidos no ayudan. No les importa si el que cocinó es el chef más rico de Seúl o una señora que vende fideos en un mercado callejero; solo importa el resultado de su esfuerzo.
En los programas mexicanos, eso sería impensable. Nuestra televisión, fiel reflejo de nuestra sociedad, vive del "usted no sabe quién soy yo", del compadrazgo y de las jerarquías intocables, del poder. Allá, hacer trampa no se permite y la integridad del formato es sagrada.
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Aquí, culturalmente, celebramos al que "tranza para avanzar", al que corta camino, al que gana con astucia barata en lugar de con talento puro. Sin embargo, el programa también deja ver una grieta oscura, esa que mencionas sobre el deterioro de las culturas asiáticas. Al verlos trabajar, vemos el costo humano de esa perfección: una sociedad atrapada en una espiral de competencia suicida, ansiedad y autoexigencia brutal que ya cobra facturas. Vemos el miedo paralizante al fracaso en los ojos de los concursantes. Es una cultura que se está devorando a sí misma en su búsqueda de la excelencia, adentrándose en un colapso demográfico y social del que ya vemos las señales, el caso de Japón es de analizar.
Y aquí viene la ironía final: nosotros les llevamos la delantera en ese deterioro, pero por el camino opuesto. Mientras ellos se enferman buscando la perfección, nosotros nos enfermamos celebrando la mediocridad. Ellos colapsan por exceso de rigor; nosotros colapsamos hace mucho por falta de él, por cinismo, por creer que el esfuerzo es de tontos. Guerra de Cucharas nos enseña que hasta en la basura del entretenimiento hay niveles, me refiero al género de realitys. Ellos hacen arte de la competencia; nosotros hacemos circo de la incompetencia.
Ver a esos cocineros asiáticos presentar sus platos con las manos temblorosas por el esfuerzo, pero con la cabeza alta por el orgullo del trabajo bien hecho, es un recordatorio de lo que hemos perdido. En un mundo, y un país, donde cada vez más gente quiere ser famosa sin hacer nada, ver a alguien que se deja la vida en un plato de comida es un acto revolucionario. Ojalá algún día nuestros "realities", y nuestra realidad, entiendan que el respeto no se pide por el apellido ni por los likes, se gana en la tabla de picar.

Colaboración a cargo del fotógrafo Saúl Sifuentes.


Colaboración a cargo del fotógrafo Saúl Sifuentes.
