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Conciertos sold out y festivales sobrevendidos: cuando la música se volvió lujo y estantería social

abril 3, 2026

Boletos impagables, accesos VIP y experiencias diseñadas para redes sociales reflejan cómo los eventos musicales han dejado de ser espacios populares para convertirse en escenarios de aspiración, exclusividad y consumo dentro de la nueva aristocracia contemporánea. Otro Pal’ Norte, otra oportunidad para escuchar a los melómanos veteranos decir “hace diez años, te daban tu boleto […]

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Conciertos sold out y festivales sobrevendidos: cuando la música se volvió lujo y estantería social

abril 3, 2026

Boletos impagables, accesos VIP y experiencias diseñadas para redes sociales reflejan cómo los eventos musicales han dejado de ser espacios populares para convertirse en escenarios de aspiración, exclusividad y consumo dentro de la nueva aristocracia contemporánea. Otro Pal’ Norte, otra oportunidad para escuchar a los melómanos veteranos decir “hace diez años, te daban tu boleto […]

Conciertos sold out y festivales sobrevendidos: cuando la música se volvió lujo y estantería social red es poder
Daniela Dena
abril 3, 2026

Boletos impagables, accesos VIP y experiencias diseñadas para redes sociales reflejan cómo los eventos musicales han dejado de ser espacios populares para convertirse en escenarios de aspiración, exclusividad y consumo dentro de la nueva aristocracia contemporánea.

Otro Pal’ Norte, otra oportunidad para escuchar a los melómanos veteranos decir “hace diez años, te daban tu boleto para el Corona Fest comprando un six” o “a mí todavía me tocaron los boletos generales a 500 pesos”. Y es que, si Kurt Cobain siguiera con vida, podemos estar seguros de que se daría otro tiro en la cabeza al enterarse de que el costo por boleto para conciertos y festivales promedio supera los escandalosos 75 dólares que costaba un ticket para un show de Madonna en 1993. Sorpresa que lo hizo terminar con la cara desencajada.

Tras el catártico encierro del 2020, consecuencia de la pandemia, el regreso masivo de los eventos musicales fue el camino para llevar el éxtasis del momento al máximo. Giras mundiales, festivales de tres días liderados por un line up que prometía aglomerar a cinco de tus 10 artistas más escuchados en Spotify Wrapped. Sin embargo, la ideología de “este momento es todo lo que existe”, consecuencia de la llamada “iluminación” tras haber sido separados del resto de la comunidad por más de un año, se tornó, poco a poco, difusa y etérea. La realidad nos alcanzó. Nada ha cambiado.

Los eventos posteriores al covid-19 regresaron, no solo con la tarea y el compromiso de satisfacer el hambre y la sed de los amantes de la música, sino que tuvieron el camino libre para definir cómo se forjaría la nueva dinámica entre el público, el ídolo y, ¿por qué no?, el monopolio, también llamado, industria musical.

Artistas que eligieron seguir trabajando como se hacía en la “vieja escuela” recurrieron a giras conjuntas con músicos de su categoría y evitar ser descatalogados de la lista del momento; y aquellos que decidieron hincarse ante la tormenta, adaptaron su concepto y esencia a grandes escenarios pulcramente curados para lucir estéticos en un cómodo formato vertical, logrando un mejor engagement en TikTok y, ¿por qué no?, mantenerse vigente más de cinco horas después del concierto.

¿Es ese realmente un problema? ¿Escenarios cuidadosamente diseñados y perfeccionados a cambio de una exorbitante suma de dinero que promete hacer valer cada uno de los MSI que te brinda tu banco de confianza? En redes sociales cada vez es más recurrente leer comentarios  como “si no lo pueden pagar, no vayan”; sin embargo, enlodarse las suelas de los tenis y rogar por una cerveza helada tras horas en el sol esperando escuchar a tu artista favorito, no parece ser el arte aristocrático burgués que, cuentan, distinguía a la nobleza en el pasado. Pero sí es nuestra aristocracia moderna.

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Los conciertos y festivales se han vuelto la alfombra roja para figuras que nos hemos encargado de catalogar como realeza del siglo XXI. Un desfile de “influencers” y “figuras del internet” dándole un nuevo estatus a los shows musicales, sumado a la angustia aspiracional promedio de ser parte de la conversación del momento en redes sociales, han puesto a la población a merced de organizadores y boleteras que decidirán el valor de cada centavo que un asistente promedio esté dispuesto a dar a cambio de un metro cuadrado en el recinto del evento.

La alta demanda y el poco discernimiento entre eventos por parte de la población llevan a artistas con más de 15 años en el anonimato a llenar tres fechas continuas en el foro GNP de Ciudad de México, dejando a aquellos melómanos, que han dedicado su vida a la música, a la deriva.

Los tiempos de los boletos generales en 500 pesos, la cheve y el vaso conmemorativo por 60 pesos y una playera pirata de 150 pesos en los puestos extraoficiales no tienen cabida en el nuevo modelo de negocios que presenta eventos donde, año con año, se agregan más fuegos artificiales, vestuarios y shows perfectamente coreografiados, y que posiblemente se harán virales en redes antes de que lleguen a tu país. Estás listo para disfrutar la experiencia y de las otras ocho en puerta para el primer semestre del año.

La duda sigue siendo: ¿qué pasará con los eventos musicales en los próximos años? ¿Estamos viendo el mismo efecto que sacudió a la afición del Santos Laguna luego de trasladar a su afición de “hueso colorado” a las instalaciones del TSM? Por ahí cuentan los tíos que se la pasaban “con madres” en el viejo estadio.

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