
Todos los días convivimos con el desierto. En ocasiones lo ignoramos, víctimas de la rutina incómoda solo dirigimos insultos hacia el clima hostil de la región. Sin embargo, si prestamos atención a los detalles, nos daremos cuenta que lejos de haber vencido al ecosistema nos hemos mimetizado. La cultura y la naturaleza de un lugar se encuentran estrechamente enraizadas: sin una, no hay otra. Si aspiramos a un desarrollo sostenible, en todos los sentidos, debemos de transitar hacia una visión más amable con nuestro entorno.
El desierto es intenso y oscila entre los extremos. El carácter local se asemeja a esto; hay una dosis implícita de violencia y a su vez, un gran mérito de supervivencia y cooperación. ¿Cómo se puede crecer en condiciones tan adversas? Los habitantes y la flora de la región tienen respuestas silenciosas a esta cuestión. El ambiente es cálido con tonos sepia, el viento corre, existe un silencio cómodo con ecos de olas petrificadas. Y en medio de este espectáculo seco, emergen espinas y aguijones, cascabeles y cantos a capela. La vida brota en el desierto, con sus peculiares mecanismos de defensa.
Sería un engaño pensar que hay poca vida. Contra todas las expectativas, el panorama árido no ahuyenta a los residentes. Existe cierta melancolía: hubo una gran laguna, hubo oro blanco, hubo uvas. Las cosas desaparecen, pero la vida se aferra. Surgen adaptaciones necias que permiten que sigan brotando elementos coloridos en el paisaje opaco. En este espejismo, la lógica no funciona.
Te puede interesar | El misterioso caso de La Laguna
Se pudo fundar una urbe en el lugar menos probable y las calamidades inherentes al terreno atrajeron posibilidades. Se plantó con poca agua, se forjó una identidad confusa, nació una ciudad espontánea. Las glorias del pasado se encuentran cubiertas de polvo, pero el polvo es parte del desierto que nos acoge. Torreón pudo ser algo que ahora no es. Si aprendemos a respetar y a querer este lugar, La Laguna todavía puede ser.

Colaboración a cargo del fotógrafo Saúl Sifuentes.


Colaboración a cargo del fotógrafo Saúl Sifuentes.

El desierto me recuerda que no todo es contaminación aquí en la ciudad, estar lejos de todo y apreciar hasta el color de las espinas moradas de las cactaceas hasta los atardeceres amplios y frescos
Buen comentario, gracias 👏🏻
Tienes razón, y el desierto tiene los mejores cielos.
En el desierto mantener la vida consume energía. Una vez que esta acaba, la materia inerte se conserva. Adquieren las cosas y los huesos una patina especial de tiempo y lunas. Los grabados en las piedras envejecen bien.
Al final no habrá quien les vea.
El desierto está lleno de vida, solo hay que detenerse, verla y disfrutarla
Gran comentario, muchas gracias.