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Adolfo Aguilar Zínser y el difícil arte de crear nuevos horizontes

junio 21, 2025

Para Martha Ketchum de Aguilar e hijos Domingo 26 de junio de 2005 Publicado originalmente en Milenio Laguna *Este artículo fue publicado originalmente en el diario Milenio Laguna. Con la autoría de Julián Mejía Berdeja, presidente de Renacer Lagunero, el texto fue publicado a propósito del fallecimiento de Adolfo Aguilar Zínser el 5 de junio […]

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Adolfo Aguilar Zínser y el difícil arte de crear nuevos horizontes

junio 21, 2025

Para Martha Ketchum de Aguilar e hijos Domingo 26 de junio de 2005 Publicado originalmente en Milenio Laguna *Este artículo fue publicado originalmente en el diario Milenio Laguna. Con la autoría de Julián Mejía Berdeja, presidente de Renacer Lagunero, el texto fue publicado a propósito del fallecimiento de Adolfo Aguilar Zínser el 5 de junio […]

Adolfo Aguilar Zinser y el difícil arte de crear nuevos horizontes red es poder
Julián Mejía Berdeja
junio 21, 2025

Para Martha Ketchum de Aguilar e hijos

Domingo 26 de junio de 2005

Publicado originalmente en Milenio Laguna

*Este artículo fue publicado originalmente en el diario Milenio Laguna. Con la autoría de Julián Mejía Berdeja, presidente de Renacer Lagunero, el texto fue publicado a propósito del fallecimiento de Adolfo Aguilar Zínser el 5 de junio de 2005. Con motivo del 20 aniversario luctuoso del político mexicano, aquí reproducimos íntegramente el texto dedicado a su legado y a su trabajo por México.*

Conocí a Aguilar Zínser en abril del 97 cuando en el marco de su campaña para ocupar un escaño en el Senado de la República acudió a la Universidad Iberoamericana Plantel Laguna a impartir una conferencia. Contaba ya con el referente que semana a semana me proporcionaban sus artículos, con el registro periodístico de su quehacer político y de la admiración que su intelecto despertaba entre los círculos de influencia. Sabía también de las constantes críticas que giraban en torno a su persona, así como de los motes y los términos con los que cómodamente se le quería etiquetar y que apostaban a su eventual marginación de la vida pública; expresiones que vistas en retrospectiva no eran otra cosa más que un claro signo de los tiempos y de la cultura contra la cual tuvo que luchar para hacer avanzar sus ideas.

Será difícil olvidar ese primer encuentro. La facha de Adolfo por si sola dejaría un imborrable recuerdo en cualquiera. Apariencia que, combinada con su entusiasmo, su mística reformadora, su inquebrantable fe en la sociedad civil, el espectáculo de su inteligencia, su disposición para escuchar y entablar dialogo, la calidez de su mirada y su proclividad al tuteo le daban un carisma quijotesco.

A partir de entonces nos mantuvimos en contacto. Convivimos en variadas ocasiones, ya sea en la capital del país o aquí en Torreón a donde gustosamente asistía a impartir conferencia en los eventos a los que le invitaba o bien a aquellos en los que servía de enlace. Así también, me tocó por momentos acompañarlo cuando atendiendo el llamado que le hacía Don Héctor Astorga acudía con presteza a nuestra comarca para recoger las inquietudes que los miembros del Barzón le presentaban.

La última vez que estuvo en estas tierras fue el 2 de junio del 2000, justo un mes antes de las elecciones que abrirían un parteaguas en la vida nacional. Con el propósito de que promoviera el voto útil entre los generadores de opinión y los grupos de influencia regionales, me di a la tarea de armarle una agenda que incluyó entrevistas con los medios y la celebración de distintas reuniones, resaltando de entre ellas la que sostuvo con los entonces integrantes del Consejo Lagunero de la Iniciativa Privada. La energía que en aquella ocasión lo envolvía y que se evidenciaba en su actitud y su lenguaje, eran propias de alguien que en la misión encuentra su sentido. Ni la adversidad política, ni los cuestionamientos externados sobre su persona lograban mermarlo, dado que, en él, había un verdadero creyente, un extraño boy scout que hacía del realismo político su mejor navaja suiza y que daba sus pasos de acuerdo con lo que indicaba la brújula de los principios.

Adolfo decía que los partidos no eran religiones y que la cerrazón doctrinaria estaba muy lejos de ser una virtud, pero muy cerca de ser un defecto y un grave obstáculo para la alternancia, tal vez por eso es que siempre pugnó por la ciudadanización de las cámaras e invitaba a la sociedad a que empezara a hacer uso de los partidos y dejara de aceptar dócilmente que los partidos hicieran uso de ella. Entregó su apoyo, no tanto a las personas con las que colaboraba sino al proyecto de transición hacia la democracia que tan firmemente promovió. Compromiso al que ubicaba, no tanto como la solución a los problemas, pero sí como la oportunidad para garantizar que de ahí en adelante habría un equilibrio real entre poderes.

Foto: Adolfo Aguilar Zínser.

El Aguilar Zínser de ese entonces, estaba convencido de que los tres primeros años de la administración foxista serían de transición, serían los años de la tregua política, los años en que las distintas fuerzas partidistas bajarían las armas y empezarían a realizar juntos las reformas estructurales y la del Estado. Después de todo, ése era el pacto. Creyó que este gobierno sería plural, creyó que este gobierno sería un reflejo del gran triunfo de la sociedad y no solamente del PAN, creyó que habría madurez, creyó que habría grandeza. Tal vez creyó mal.

Aunque se ha avanzado, aún está lejos el México que Adolfo hubiera deseado. Uno a uno fueron quedando en el camino los proyectos y los principios que impulsaron esta cruzada y en torno a la cual se dieron las convergencias que buscaban hacer de la alternancia el medio para cristalizar la tan ansiada reforma del Estado. No tuvo que esperar mucho tiempo para ver cómo el acceso al poder, el reordenamiento de las complicidades, la celebración de alianzas paganas, las absurdas polarizaciones y la frivolidad entronizada terminaron por provocar el extravío moral de los partidos y el secuestro de la vida republicana.

Quizá otra persona se hubiera sentido satisfecha, o embriagada de sí misma, tras haber visto cómo gracias a sus aportaciones se habían ampliado los campos para la participación ciudadana, se sentaban las bases que harían del legislativo un poder soberano y se hacía palpable la tan anhelada democracia. Quizá otra persona, pero no Adolfo; ni siquiera el haber protagonizado en su calidad de Embajador de México ante la ONU y de Presidente del Consejo de Seguridad de ese organismo, el último acto reafirmante de nuestra dignidad nacional, y de paso, haberse ganado el respeto y el reconocimiento generalizado de sus pares y de la comunidad internacional por su negativa a apoyar una guerra injustificada en Irak, pudieron moverlo de su centro, ya que Adolfo estaba muy consciente de cuál era la tarea pendiente aquí en casa.

En verdad que duele y preocupa la partida de Aguilar Zínser. Duele en lo privado por su singularidad humana, pero preocupa en el ámbito de lo público el gran vacío político dejado, pues con él se va no solamente un gran mexicano, un brillante estratega, un consumado analista y un incansable generador de ideas. Se va, un intérprete capaz de explicar, en términos muy accesibles, la complejidad del pensamiento y las propuestas generadas por personajes de igual e incluso mayor envergadura intelectual y política, pero carentes de sus habilidades comunicativas; habilidades capaces de darles resonancia y provocar efectos fuera del círculo de los iniciados. Así también y como prueba indiscutible de su capacidad interpretativa, de su sensibilidad política y de la correa de transmisión entre los distintos méxicos, que él era, contamos con el testimonio de sus artículos.

Colaboraciones en las que acostumbraba recoger los comentarios, vivencias e inquietudes de la gente más sencilla que se le acercaba para después citarlos; capturando en ellos su esencia, exponiendo sus implicaciones y encuadrándolas dentro de diagnósticos de nuestras realidades que invitaban al país a la reflexión y a corregir su rumbo.

Una partida muy preocupante puesto que el escenario actual no parece favorable. Difícil será el que nuestros representantes hagan a un lado su miopía partidista, asuman con responsabilidad su encomienda y se eleven de una vez por todas a la estatura de patriotas. Difícil también, el que alguno de nuestros más renombrados analistas políticos, o bien, alguna de nuestras superestrellas de la intelectualidad se anime a seguir sus pasos y renuncien a la comodidad, ya no de sus cubículos, sino de los espacios que a manera de plateas les ofrecen las grandes televisoras. Y aún si lo hicieran, tendríamos que esperar un considerable lapso de tiempo para llenar ese vacío, dado que la inexperiencia en la arena política que en su mayoría registran estos personajes, hace improbable el reporte de éxitos en el corto plazo.

Hablamos por última vez el pasado 27 de enero. Lo hicimos en el contexto de las reacciones generadas por el evento convocado por la Asociación Nacional para la Reforma del Estado (ANRE), mismo que tuvo su realización apenas un par de días antes en las instalaciones del Casino Campo Marte. Lo busqué en aquella ocasión con el propósito de saludarlo, conocer los motivos de su ausencia e intercambiar puntos de vista sobre el noble esfuerzo desarrollado por Muñoz Ledo. Al visualizar su rostro en el otro extremo de la línea, lo veía tal y como lucía en sus últimas fotografías: cansado, demasiado acabado para sus años, con un aire triste y la mirada apagada. Un rostro muy distinto al de cuando lo conocí, como si el cúmulo de vilezas y la mezquindad de la que fue objeto (aún después de su muerte) hubieran surtido su efecto.

Fue larga esa conversación, en ella coincidimos en la falta de compromiso demostrado por las principales fuerzas políticas en torno a este tema, así como en su paradójica proclividad a citarlo, trivializarlo y hacer de él un ornamento retórico que les sirve como centro de mesa. En un tema alabado en lo público pero relegado en lo privado. Dimos como un hecho el que no se aprobaran durante este sexenio ni las reformas estructurales, ni la reforma del Estado y contemplamos la posibilidad de que uno de los motivos inconfesos por las cuales no se hayan realizado, responde al deseo, de todos los partidos, de llegar a gobernar este país con toda la fuerza y las metafacultades del presidencialismo. Es decir, con la mayoría relativa y el control absoluto de ambas cámaras.

Ante estas circunstancias le sugerí que paralelamente a la labor de convencimiento realizada con las elites políticas, también se buscara ganar para esta causa la voluntad de la cúpula económica, por considerarla a mi juicio, como la única capaz de comandar el respeto de los partidos y garantizar la fructificación de estos esfuerzos. De igual forma, le expuse la necesidad de inyectarle una buena dosis de espíritu misionero a la asociación e invitar a algunos de sus miembros destacados a recorrer el país promoviendo esta reforma, esperando lograr con ello, el que la sociedad les exija a sus representantes el que la conviertan en una realidad. No olvidemos -le dije- que es de ahí de donde provienen la mayor parte de nuestros legisladores; son producto de su entorno político-cultural y precisamente a eso le responden, por lo que es necesario influir directamente en esos espacios y no enfocar todas las energías a la torre de marfil que hasta cierto punto es la Ciudad de México.

Tras haberme escuchado, y con palabras que todavía hacen eco en mi memoria, Aguilar Zínser procedió al agudo despliegue de su análisis:

“A diferencia de lo que ocurre con las reformas estructurales, a los grandes grupos económicos no les interesa el que se llegue a cristalizar la reforma del Estado, dado que son ellos los principales beneficiarios de los vacíos de poder que se han generado. Vacíos que les han permitido ejercer a través de su dinero una mayor influencia sobre los partidos, subordinando a sus dirigencias y haciéndolas orbitar alrededor de sus intereses. Los medios de comunicación tampoco están dispuestos a gastar esfuerzos a favor de esta reforma o a contribuir a la elevación del diálogo, basta con ver el vacío que le hicieron las televisoras al evento realizado en Campo Marte. No están dispuestos, a menos que el gran capital les marque esa línea, y aun así presentarían resistencia, porque un gran porcentaje de sus entradas provienen de los recursos que el gobierno y los partidos invierten en publicitarse…El esfuerzo realizado por Porfirio es muy bueno, es un gran esfuerzo, pero llega teniendo todo en contra, empezando por una contienda presidencial adelantada y la falta de apoyo real, no escenográfico, por parte del Ejecutivo."

Creo que será muy difícil cubrir los costos de no haber iniciado a tiempo la transformación de los poderes públicos, de haber abandonado en los hechos el cumplimiento de esa encomienda y haber facilitado con ello el ensanchamiento del sistema. Será muy difícil renovar la confianza ciudadana, el concientizarlos sobre la importancia de esta tarea y motivarlos después a impulsarla a través de su activismo. Se necesita construir y articular un gran movimiento reformista surgido directamente desde las bases de esta sociedad; uno que aglutine a las organizaciones sociales, las asociaciones civiles, los organismos no gubernamentales, los colegios de profesionistas, los círculos académicos y a las cámaras empresariales compuestas por pequeños y medianos empresarios.

Esta misión será tal vez, aún más demandante de lo que fue el haber instaurado la democracia, puesto que al no contar con un referente claro de cuál es la causa por la que se lucha-como en su tiempo lo fue el de terminar con la hegemonía del PRI-entonces se corre el riesgo de que no prendan estos esfuerzos. Se está luchando, no contra una partidocracia cleptómana, responsable por la captura del estado, sino por eliminar el sistema que la hace posible y por refundar desde sus cimientos la república.

El capítulo final de nuestra larga transición hacia la democracia está aún por escribirse; concluirá, con la instauración de un sistema que propicie la formación de mayorías estables de gobierno, la ciudadanización de las cámaras, la rendición de cuentas obligatoria y el funcionamiento de las instituciones por encima de las controversias. Así es como concluye este capítulo, pero deberá iniciar por la reforma cultural del pueblo mexicano.

Se hará, efectivamente, con el concurso de las cúpulas, pero también con el reclamo, las aportaciones, el respaldo y la vigilancia de la sociedad civil organizada en torno a esta gran tarea; porque de ahí en adelante el estado mexicano deberá tener en ella a su promotora, a su juez y a su garante”.

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Recuerdo muy bien como sus palabras orientaron mi ánimo ya que ante mí se trazaba una alternativa; una por construir a través de la Asociación Nacional para la Reforma del Estado. Esa hubiera sido, no la primera vez en la que compartíamos el mismo anhelo, pero sí la primera en la que como compañeros compartiríamos una misma barca. A pesar de esas reflexiones y de haber abierto la posibilidad de que en octubre estuviera de visita por estas tierras, seguía sin poder borrar de mi mente la impresión que me causaron sus últimas imágenes. Movido por esa combinación de emociones le recordé que contaba con mi amistad, le expresé mi admiración y le hice un reconocimiento por su valor y por la trascendencia de su lucha.

—“¡Adolfo, hay horizontes que esperan ser creados, ¿no lo crees?!”

—“¡Así es mano, aún hay mucho por hacer!”

Tras ese intercambio siguió la inevitable despedida. Adolfo tenía propósitos, veía un camino…y tenía también un renovado espíritu en su voz.

P.D. De entre las personas que tuvieron el privilegio de trabajar para Aguilar Zínser y con las que llegué a tener trato, quisiera destacar la de su leal amiga y asistente personal Georgina Romero, alguien a quien no tengo el gusto de conocer personalmente pero cuyo discreto esfuerzo y fe en las causas promovidas por Adolfo a lo largo de tantos años en cierta medida hicieron posible el grato recuerdo que él nos deja. Para ella también va mi más sentido pésame.

¿Quién fue Adolfo Aguilar Zínser?

Adolfo Aguilar Zínser (Ciudad de México, 2 de diciembre de 1949 – Tepoztlán, Morelos, 5 de junio de 2005) fue un destacado académico, diplomático y político clave en la transición democrática de México. Estudió Derecho en la UNAM, Relaciones Internacionales en el Colmex y obtuvo una maestría en Administración Pública en Harvard . A lo largo de su carrera, combinó la docencia —en la UNAM, CIDE, ITAM y universidades de EE. UU.— con la función pública, como jefe de Informes Presidenciales, coordinador en asuntos internacionales en el gobierno de Vicente Fox y consejero de Seguridad Nacional.

De 1994 a 1997 fue diputado por el PRD, y de 1997 a 2000 ocupó una senaduría plurinominal con el PVEM, aunque siempre mantuvo su independencia: nunca militó activamente en partido alguno.

En 2002 fue nombrado embajador de México ante la ONU, convirtiéndose en uno de los presidentes rotativos del Consejo de Seguridad durante la crisis por la invasión a Irak. Defendió con firmeza el principio multilateral y rechazó cualquier apoyo mexicano a la intervención militar estadounidense.

En 2003 pronunció un discurso muy crítico sobre la subordinación de México a Estados Unidos, calificándolo de “patio trasero” y “noviazgo de fin de semana”, lo que provocó su cese tras la presión de la Casa Blanca y la solicitud de renuncia por parte del presidente Fox.

Tras dejar la ONU, continuó como analista, escritor y presentador de televisión, hasta su muerte en un accidente automovilístico en 2005. Su legado —como intelectual incómodo y defensor de la soberanía nacional— sigue vigente en el debate público .

One comment on “Adolfo Aguilar Zínser y el difícil arte de crear nuevos horizontes”

  1. Solo una precisión. Adolfo....nunca dijo que México era patio trasero de los E.U.A.; ese término lo acuñaron los medios que cubrieron esa conferencia. El lo que dijo que diversos libros y artículos en la historia, consideraban a México como "patio trasero" de los E.U.A. Adolfo NUNCA DIJO ESO RESPECTO AL PAPEL DE MÉXICO EN SUS RELACIONES CON ESTADOS UNIDOS.

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