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colaboraciones, destacadas

A flor de piel

noviembre 16, 2018

Contradicción El espectro de las emociones humanas es tan amplio como complejo y, en ocasiones, incomprensible. Al paso de los días, por ejemplo, sigo impresionada por las decenas de mensajes en redes sociales en contra de la migración centroamericana en México. ¿Cuál es la emoción que motiva a quien escribe semejantes discursos xenofóbicos, racistas, clasistas, […]

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A flor de piel

noviembre 16, 2018

Contradicción El espectro de las emociones humanas es tan amplio como complejo y, en ocasiones, incomprensible. Al paso de los días, por ejemplo, sigo impresionada por las decenas de mensajes en redes sociales en contra de la migración centroamericana en México. ¿Cuál es la emoción que motiva a quien escribe semejantes discursos xenofóbicos, racistas, clasistas, […]

Contradicción

El espectro de las emociones humanas es tan amplio como complejo y, en ocasiones, incomprensible. Al paso de los días, por ejemplo, sigo impresionada por las decenas de mensajes en redes sociales en contra de la migración centroamericana en México. ¿Cuál es la emoción que motiva a quien escribe semejantes discursos xenofóbicos, racistas, clasistas, casi chauvinistas? La respuesta sería probablemente no una sino una lista larga de emociones involucradas en el proceso de recepción de las noticias, relación del mensaje con el contexto personal, con los referentes cercanos, elaboración de juicios y luego las emociones que se involucran al decidir expresar la postura, y al recibir retroalimentación de nuestro mensaje. En todo ese recorrido cognitivo, hay reacciones emotivas.

Ya ha sido evidenciada la tremenda incongruencia del rechazo mexicano a este fenómeno social, frente a las expresiones de indignación en años pasados durante la campaña anti-migratoria, anti-mexicana de Donald Trump. Nos decíamos aterrorizados entonces, y ahora parecen compartir la sintonía y replicar el odio miles de los antes indignados. Y es que las emociones, cuando pasan sin detenerse de manera consciente por el raciocinio, suelen provocar contradicción. Y me temo que, aun pasando por procesos minuciosos de análisis y reflexión, nuestra naturaleza contradictoria nos plantea constantemente pruebas.

La batalla de los hemisferios

Habrá personas más capaces que otras para equilibrar la mente y el corazón. En mi caso, me temo que hace años ganó la batalla el hemisferio cerebral derecho, y aunque hay intentos sistemáticos por fortalecer mi lado lógico y matemático, las emociones llevan la batuta en mi toma de decisión. Por un lado, esa característica me permite relacionarme más íntimamente con el mundo, y por otro, también me obliga a alejarme cada vez más de él. Los vínculos afectivos personales que sostengo son pocos en número, pero importantes para mi propia supervivencia. En cuestión de meses y producto de una crisis familiar y económica, estos lazos tuvieron que estrecharse para convertirse en mi ancla a tierra firme, y hube de arrojar por la borda pesadas cargas para conservar la embarcación.

Así he maniobrado en la tormenta personal más reciente: entre días en que soy presa absoluta de la tristeza o la desolación, y días de prudencia y calma. En mi terquedad por encontrar una respuesta lógica a estos cambios de emoción, he consultado especialistas médicos, he investigado sobre trastornos de depresión, ansiedad y bipolaridad, temiendo que mi estado anímico pudiera escaparse de mi control y deberse a una condición de salud mental. El último médico se ha tomado el tiempo de escucharme atento por horas antes de sacar la infalible libreta de prescripción. “No, María, usted no tiene un trastorno mental.

Usted está viva, es una persona sensible y su cerebro y su cuerpo sólo están respondiendo ante los estímulos de su alrededor”. Recomendó terapia y acompañamiento, y hasta ahora no he vuelto a recurrir a la medicación.

En esto no quedamos, corazón

Dicen los que dicen que saben, que al buscar pareja sentimental en realidad buscamos un complemento. Desde Platón hemos comprado la idea de que venimos incompletos a este mundo y en el amor romántico encontramos la respuesta a la inevitable soledad de ser humanos. Y entonces buscamos y tenemos afortunados encuentros. Todo lo demás que ocurre tras ese encuentro escapa del mito de felicidad eterna para convertirse en rutina, a veces en tedio, en conflictos, en desencuentros, y en el mejor de los casos, en comprensión y trabajo duro cotidiano por preservar la unión.

Y tras el desencuentro, puede que enfrentemos la separación. Para mí, todas las separaciones han provocado diferentes escenarios y niveles de duelo. La separación de las amigas, de algunos miembros de la familia, y del compañero amado, me ha provocado altos grados de ansiedad y desesperación. Me cuesta trabajo emocional, físico y mental, concebir que para otros el amor tenga límites de tiempo, espacio, condiciones y términos para su existencia y demostración. No quiero decir que las personas estén obligadas a continuar amando de por vida, sino que trato de develar el misterio de la creación y destrucción espontánea de eso que llamamos amor. Puede ser, como me ha sucedido a veces, que el ser amado ya no corresponda con el ideal que nos enamoró, que ni siquiera podamos ya sostener una conversación, pero ¿cómo hacen para borrar de tajo y demostrar durante la ruptura, semejante indiferencia hacia aquella o aquel al que antes le habían jurado amor y atención?

En los juzgados familiares hay evidencia contundente de la validez de mis dudas. Padres que alevosamente dejan sus trabajos con tal de no otorgar pensión; esposas decididas a exprimir hasta el último centavo para cobrar venganza por lo que sea que haya arruinado su relación; abogados promoviendo venganzas más que justicia en nombre de aquel corazón que se rompió; la miseria encarnada en procesos miserables de ruptura, en ajustes de cuentas al estilo de los que el Viejo Oeste presenció.

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