
— ¿Sabes qué, güey?, ve y chingas a toda tu reputísima madre. — dijo el ciudadano a un petiso recolector de placas del centro de Torreón, quien lo multó por haber rebasado, cinco eternos minutos, el límite establecido por el parquímetro.
La frustración y la ira y el odio y el desprecio hacia una persona que se dedica, al menos ocho horas diarias, a caminar las deterioradas calles del centro para destornillar y llevarse placas vehiculares fue astronómica. La gente que estaba alrededor del ciudadano percibió esa mentada de madre como una llamada de auxilio, como un hartazgo generalizado ante las políticas públicas punitivas, y represoras y hambreadoras del ayuntamiento de Torreón y su alcalde, el magnate, fantasmagórico y limitado Román Alberto Cepeda.
— No, no, no, no, no, no, no me hables así, ¿por qué me la mientas?— contestó el quitaparquímetros, con voz temblorosa y el miedo atascado en sus pantalones, al ciudadano después de haber recibido la mentada de madre, que se escuchó casi tan afinada y tan atinada y tan acertada como el vibrato de una soprano en el punto más importante de una pieza operística.
Digo "el ciudadano", porque el berrinche mostrado ese día no fue un hecho aislado. En Torreón la recaudación por multas viales y parquímetros se ha disparado en los últimos años gracias a la digitalización del servicio, a la cero tolerancia de las personas que, cumpliendo sus sueños desde que eran niños, se dedican a destornillar placas y también gracias a que el personal de la dirección de vialidad se ha multiplicado como las cucarachas en el verano, las chiquitas, esas que se aferran a cualquier insecticida y generan una profunda repulsión cuando se acercan.
Tan solo al cierre de marzo de 2025, (último dato disponible en el apartado de transparencia del municipio de Torreón, porque desde que desapareció el Instituto Coahuilense de Acceso a la Información y el Instituto Nacional de Acceso a la Información y Protección de Datos Personales la transparencia se convirtió en un sueño casi inalcanzable), el ayuntamiento recaudó 14 millones 035 mil 552 pesos en multas viales, lo que equivale a 155 mil 950 pesos diarios, cifra superior al mismo periodo de 2024.
— Te hablo como me dé mi chingada gana, güey. Pinche vividor de mierda, seguro así te traen todo el día tus patrones hambreados y ladrones. — contestó el ciudadano al quitaparquímetros que ya mostraba una cara dominada por el temor. No sabía si lo iban a madrear o si la humillación iba a continuar o si él tenía que responder con un golpe o con una mentada o con algo que lo hiciera sentir vivo y útil, al menos, para proteger su dignidad.
— Le voy a hablar a seguridad pública. — amenazó el servidor público, que más bien es recaudador público, al ciudadano que, fanfarrón y prepotente y con una insultante arrogancia, sonrió con ironía y, con los brazos cruzados, le gritó aún más fuerte.
— Háblale a quien quieras, pendejo, me la pelan.
El quitaparquímetros, ya no dijo nada, sus manos del doctor Parkinson no tenían control. El ciudadano, con el berrinche al cien por ciento, se montó a su carro e iba a azotar la puerta, pero se acordó que ya no tenía placa y que tampoco tenía la multa, entonces se bajó del vehículo, y con la bravuconería de un mal perdedor, dijo.
—¿y la multa, güey?, dámela.— el quitaparquímetros, muy ofendido por el trato recibido, le dio la multa al ciudadano y le aventó al hueco que está entre el cofre y el parabrisas los tornillos, todavía para, que cuando el multado pagara su multa, tuviera las herramientas para volver a colocar su placa, que, sobra decirlo, está vencida.
Las recaudaciones por multas viales y parquímetros son históricas. Las filas en garantías sobrepasan a la misma instalación, no por nada las infracciones ya no se van a pagar en el estacionamiento subterráneo de presidencia, sino que mudarán la oficina recaudadora a las antiguas instalaciones del tribunal de justicia municipal, en la Colón, contiguo a las suites donde se hospedaba a la gente que manejaba en estado de ebriedad o drogada o a aquellos que cogían y orinaban y cagaban y se peleaban en vía pública, como los clientes de la Mexa.
El breve diálogo (si al insulto sin respuesta se le puede llamar diálogo), entre el ciudadano y el quitaparquímetros sólo es el reflejo de una reacción desorbitada que está motivada por la política represora que busca castigar y recaudar, antes que ciudadanizar y llamar la conciencia y al civismo.
¿Para qué tener ciudadanos y ciudadanas mejor informados y educados si, con modales y con buenas decisiones, el Ayuntamiento de Torreón no recaudaría las carretadas de efectivo que ingresa día a día?
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En Torreón las autoridades, si se les puede llamar así, no buscan el orden, ni la paz social, buscan dinero, poder, imposiciones, redes clientelares y negocios. Tan es así que hay proveedores ligados a funcionarios públicos que se salen de sus empresas para poder cobrar por dentro y por fuera. No por nada en Torreón se construyen obras caras e inútiles como los desniveles viales que no han ayudado en nada a la disminución de tráfico ni a generar condiciones más dignas de traslado para las personas que no tienen vehículo o que simplemente deciden no usarlo.
— Me pasé de verga con el quitaparquímetros. Fui como #LadyRacista, me porté como lo que más detesto, como una persona ordinaria y corriente y salvaje — , platicó días después el ciudadano, con la cola entre las patas, con la idea de que, si se volviera a encontrar a ese insignificante servidor público, le daría el costo de la multa, en efectivo, como indemnización para que repare la dignidad que, ese día, fue vulgarmente pisoteada.
Con civismo y responsabilidad, el ciudadano ya pagó su placa vencida. Desembolsó más de 300 pesos porque decidió no aprovechar el descuento por pronto pago. Prefirió no ir por la placa para ya no pagar el servicio de una aplicación móvil que, además, no avisa ni envía alertas cuando el reloj está por terminar.
Ahora, como si se tratara de un dueño de carro Onappafa, (organización orgullosamente lagunera, fundada por un profesor que de maestro no tiene nada), las placas de su vehículo se mantendrán a salvo de las manos de ese quitaparquímetros, o de sus compañeros y compañeras que, a decir verdad, no tendría la capacidad de distinguirlos. Hoy las placas se mantendrán adentro del auto, en casa, resguardas de las acciones punitivas, recaudatorias e insaciables del gobierno de Román Alberto Cepeda que, dicho sea de paso y para terminar este texto, es uno de los peores en la historia de mi querido Torreón.

Colaboración a cargo del fotógrafo Saúl Sifuentes.


Colaboración a cargo del fotógrafo Saúl Sifuentes.
