
"Camina o muere" llega sin fuegos pirotécnicos o gran campaña de marketing, pero trae consigo una leyenda: la de “Basada en la novela de Stephen King”, lo que hizo que diera clic en el océano de opciones del streaming (tema para analizar en otra reflexión). La película nos narra la historia de un grupo de jóvenes que participa en el concurso de "La Larga Marcha", mismo que se lleva a cabo año con año dentro de un Estados Unidos distópico que no da fechas exactas, sino la descripción de un horizonte de escasez de recursos y un control autoritario por parte de los dirigentes.
Los cincuenta jóvenes elegidos para el concurso, en el que todos sin excepción quieren entrar, tienen que caminar sin parar por las rutas más recónditas del país. La regla es simple: el último en parar gana. Si te detienes o bajas la velocidad a menos de cinco kilómetros por hora, después de tres advertencias, mueres asesinado por los soldados que acechan a los participantes para cerciorarse del cumplimiento de las reglas. Al ganador, que en todo momento es seguido por las cámaras, se le cumple un deseo, además de recibir el reconocimiento nacional al que sirvió de inspiración.
El mismo día que pude ver la película fue la marcha de la Generación Z en la Ciudad de México. La marcha, que fue identificada como "marcha de la Generación Z" debido a que convoca a jóvenes de entre 13 y 28 años, hizo su convocatoria por medio de redes sociales bajo el eslogan del profundo amor al país, y sus demandas giraron en torno a un México más justo, seguro y libre de corrupción. El administrador del servidor del colectivo aseguró que será la primera manifestación oficial. Además, agregó su molestia por la desacreditación del movimiento, al que denominó como algo real y genuino.
En la película, los jóvenes que participan se sumergen en el concurso sin plena conciencia de lo que este significa, o tal vez ninguna conciencia. Llegan por emociones y deseos de venganza, o por algún tipo de trauma personal, pero sin plena conciencia de las opciones que tienen o tuvieron. En la marcha de la Generación Z, llegan a un escenario marcado por innumerables grandes marchas, algunas que reclaman cosas que pasaron hace más de 50 años, pero que cada año recordamos, aunque nunca cerramos.
En "La Larga Marcha", los concursantes entran en el juego del que solo adquieren conciencia cuando muere el primero de los concursantes. Esa ayuda y preocupación por los demás, o simpatía con la que llegaron, y que los "cuatro mosqueteros" idealizan para llevarla consigo, se va esfumando cada vez que se reduce el número de participantes. En la marcha de la Generación Z, se llega con una molestia generalizada pero abstracta; una molestia que corroe pero que no se concreta, una molestia que lastima, pero que no se define, y que se sumerge a pelear dentro de un ring delimitado tal vez por eso que les molesta, como el "General" de la película.
En el reto de "La Larga Marcha", los participantes que van quedando son presas del mismo juego: saben que tiene que haber un ganador, así que hay que dejar morir a los mosqueteros que se van quedando, aunque duela. El juego, a medida que avanzas, te va sumergiendo y borra el horizonte, lo difumina. La larga marcha de la Generación Z empieza y, como lo muestra su mensaje, no tienen claro el juego, no tienen claro la causa que quieren volver bandera. Como en la película, los participantes del juego al inicio serán muchos —aunque la marcha no logró una gran convocatoria esta vez, aseguro que serán muchos—. Pero jugarán un juego que viene marcado, un juego que tiene reglas claras y que, al menos al inicio, parecen no entender.
El verdadero antagonista en "La Larga Marcha" no son los otros competidores, sino el juego mismo. Es un sistema diseñado para desgastar la empatía y reducir a los individuos a un puro estado de competencia, donde está prohibido preocuparte por algo que no seas solo tú. Los soldados y el "General" solo son los administradores de ese desgaste. De forma análoga, la marcha de la Generación Z no se enfrenta solo a la corrupción o la injusticia, sino a un ring político y social que sabe cómo gestionar el descontento; que ya lo hizo parte del juego político con el “estás conmigo o contra mí”, el blanco y negro. El peligro aquí no es la bala de un soldado, sino el agotamiento; el riesgo de que esa molestia genuina sea absorbida por el sistema, canalizada hacia la irrelevancia o simplemente desacreditada hasta que la marcha se detenga por fatiga, sin haber cambiado nada y tener que dedicarse a lo único que se puede: a sobrevivir.
En la distopía de King, el ganador obtiene "su deseo", pero queda fundamentalmente roto, sin horizonte, habiendo sacrificado a sus compañeros por un premio que el "sistema define". La Generación Z inicia su propia larga marcha en un escenario real, pero igualmente agotador. El reto fundamental será si logran, en el camino, definir su propio "premio" y sus propias reglas. ¿Podrán transformar esa molestia abstracta en una bandera concreta y unificada? ¿O se verán forzados a seguir caminando en el juego de otros, viendo cómo sus ideales se "esfuman", como los mosqueteros de la ficción, hasta que el movimiento mismo colapse, devorado por la misma estructura que pretendía desafiar?
En lo personal, creo que la única solución es jugar otro juego.

Colaboración a cargo del fotógrafo Saúl Sifuentes.


Colaboración a cargo del fotógrafo Saúl Sifuentes.
