
El tipo de víctimas de las desapariciones en México cambiaron en los últimos años. Anteriormente, las personas de entre 18 y 29 años eran el objetivo principal de este delito; en principio, para ser reclutados y obligados a desempeñar trabajos forzosos, pero también víctimas de la violencia generada por el crimen organizado y las malas políticas públicas que desencadenaron en una espiral de violencia que aún no tiene freno.
Con el paso del tiempo, la edad promedio de las víctimas bajó y se instaló entre los 14 y 18 años. Adolescentes, casi niños que son cooptados, muchas veces con engaños, y desaparecidos y torturados y utilizados como mercancía para garantizar el funcionamiento de las estructuras criminales mexicanas.
Darwin Franco, director de Zona Docs y periodista especializado en la cobertura de desaparición forzada y derechos humanos, ofreció el taller "Estrategias para investigar desapariciones: resistencias, patrones y violencias estructurales", como parte del primer festival de periodismo El Norte no Olvida, organizado por el portal Heridas Abiertas y reflexionó sobre casos emblemáticos de violación a los derechos humanos como el hallazgo del campo de entrenamiento del Rancho Izaguirre, en Jalisco o la zona de exterminio en Patrocinio, Coahuila.
En México se estima que existen hasta 200 colectivos de búsqueda de personas desaparecidas. Los primeros surgieron hace veinte años, en los estados de Coahuila, Nuevo León y Chihuahua, región donde se agudizó la inseguridad cuando Felipe Calderón inició la guerra contra el narcotráfico.
Con el paso de los años y la violencia, la violencia se trasminó a prácticamente todos los rincones del país e hizo eco y hogar en Jalisco, uno de los epicentros de la desaparición forzada en México y sede de la organización criminal más poderosa e influyente del presente.
"El aparato institucional está dado para desaparecer y para no investigar las desapariciones", comentó Darwin Franco. La violencia estructural es aquella que no depende de la acción directa de una persona, sino que se reproduce a través de condiciones territoriales, sociales, económicas e institucionales.
En Coahuila, por ejemplo, el gobernador Manolo Jiménez y desde los tiempos de Rubén Moreira y Miguel Riquelme se presume un modelo de seguridad envidiable. Pero han habido nulos o pocos avances en materia de hallazgos e identificaciones de personas desaparecidas.
En Coahuila hay un acumulado histórico de 3,688 personas desaparecidas y no localizadas, según los datos más recientes validados por la plataforma Red Lupa y el Instituto Mexicano de Derechos Humanos y Democracia, de las cuales el 78.7% son hombres y el 20.9% mujeres. Además, 460 personas tenían menos de 18 años cuando fueron desaparecidas, de las cuales 252 son niños y 208 niñas.
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Los casos de desaparición en Coahuila aumentaron a partir de 2008 y los picos más altos se registraron en 2010 y 2011, con 525 y 515 casos, respectivamente. Torreón continúa como el municipio que concentra más desapariciones de Coahuila, con 1035, en los siguientes peldaños están ubicados Saltillo, Piedras Negras, Acuña y Monclova.
Para Darwin Franco lo sucedido en Patronio, Coahuila y el Rancho Izaguirre, en Jalisco, tiene similitudes y puntos ancla. Ambos fueron descubrimientos de grupos de búsqueda y, por la dimensión mediática, sometieron al Estado a una presión sin precedentes.
"En el caso de Patrocinio y Rancho Izaguirre, sin los colectivos, no se hubiera sabido nada", dijo el también académico.
El director de Zona Docs explicó que Patrocinio no es solamente el lugar donde se encontraron restos. Es un territorio que permite observar cómo se acumulan distintas capas de violencia.
Es así que hoy el objetivo de las y los periodistas no debe ser cuantificar los restos encontrados, sino qué condiciones están provocando que estos procesos se repitan. Tal como sucedió con lo encontrado en el Rancho Izaguirre, centro de reclutamiento del crimen organizado descubierto diez años después del primer hallazgo de restos en Patrocinio, ejido de San Pedro de las Colonias, Coahuila.
“En el ámbito periodístico nos constituye construir memoria porque esa memoria ayudará, en un futuro, a entender lo que estaba pasando”, concluyó el periodista.

Colaboración a cargo del fotógrafo Saúl Sifuentes.


Colaboración a cargo del fotógrafo Saúl Sifuentes.
