
La designación de Miguel Riquelme como alcalde de Torreón define a la perfección el concepto de imposición. El gobernador Manolo Jiménez decidió, el Congreso obedeció y la comunidad empresarial agachó la cabeza y rindió pleitesía.
Román Cepeda falleció e inmediatamente comenzaron a sonar nombres conocidos: Eduardo Olmos, Luis Jorge Cuerda, José Antonio Gutiérrez Jardón y el propio Miguel Riquelme fueron las opciones que trascendieron entre el círculo rojo. La decisión la iba a tomar el gobernador Manolo Jiménez Salinas, líder político del estado. Pasaron 27 días de la muerte de Román Cepeda para que se tomara la decisión. Al Congreso llegó un solo nombre: Miguel Ángel Riquelme Solís. El dictamen primero llegó a la Comisión de Puntos Constitucionales y Justicia, donde fue aprobado sin discusión ni argumentación alguna. Después pasó a la sesión del pleno, en donde se llevó a cabo una votación secreta.
Con 22 votos a favor, cero en contra y cero abstenciones, Miguel Ángel Riquelme fue designado como nuevo presidente municipal de Torreón para concluir con el trienio que tiene como fecha de expiración el próximo 31 de diciembre de 2027.
Así, con opacidad, sin discusión ni consultas ciudadanas, Miguel Riquelme regresó a Torreón para prometer lo que dejó inconcluso en su primer mandato. Garantizó abastecimiento de agua, pero no lo cumplió en su primer mandato. Prometió transporte público, pero él fue copartícipe del fracaso económico y político que representó el Metrobús Laguna. Reiteró que la seguridad será prioritaria, pero hay que recordar que en su administración policías estatales asesinaron a personas migrantes y dos funcionarios cercanos a él fueron ultimados.
En la toma de protesta de Riquelme Solís, la única cara sonriente era la de Manolo Jiménez Salinas. Todos los demás se veían serios, desencajados, como si estuvieran angustiados, como si supieran que los tiempos venideros pudieran ser grises y desoladores y que no se mal entienda, el gobierno de Román Cepeda fue caótico, desaseado, poco transparente, pero trabajaba con el equipo que él eligió y que él acostumbró a ciertas maneras. Hoy, con Miguel Riquelme, podría volver el sectarismo, las venganzas mediáticas, las persecuciones políticas y la represión que tanto distinguió a sus gobiernos.
En unos meses, Manolo Jiménez podría arrepentirse de la designación. Miguel Riquelme nunca ha sido un político popular en Torreón. Su elección como alcalde la ganó por un margen muy pequeño y gracias a una alianza partidista. Su victoria como gobernador fue definida en el Tribunal Electoral del Poder Judicial de la Federación. El proceso electoral de aquel año no fue claro, no fue transparente y mereció ser anulado.
Después de ser gobernador y creyendo que tenía el respaldo de Torreón, Riquelme Solís puso a consideración de la gente su gestión al lanzarse como candidato por el Senado de la República, ¿el resultado? Perdió el escaño de mayoría frente a Cecilia Guadiana, de Morena.
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Manolo Jiménez, al imponer a Miguel Riquelme, podría perder al segundo municipio más importante del estado en 2027. La ciudadanía no confía del todo en las maneras del ex gobernador de Coahuila, sin embargo, genera muchas simpatías en el empresariado, a quienes siempre apoyó, dio estímulos y generó todas las condiciones necesarias para que se enriquecieran a costa de la salud ambiental y de la mano de obra pauperizada de la población trabajadora.
Preocupante la elección de Miguel Riquelme por las formas, por los fondos. En Coahuila la democracia no existe, se vive verdadero autoritarismo, pero no existen voces opositoras fuertes ni resistencia civil con el apoyo necesario para hacer frente a un político que se ha caracterizado por su intolerancia, poca transparencia y manejo opaco de las finanzas públicas.

Colaboración a cargo del fotógrafo Saúl Sifuentes.


Colaboración a cargo del fotógrafo Saúl Sifuentes.
