
El flanco estaba abierto. La distancia entre Manolo Jiménez y Román Cepeda es clara, siempre fue clara. Desde Saltillo, el periodismo y la comentocracia construyeron un bloque crítico contra el alcalde de Torreón por su toma de decisiones, por presuntos casos de corrupción y por sacar al Grupo de Reacción del Mando Único para darle un carácter meramente municipal.
Así, Román le quiso decir a Manolo que en Torreón solo manda él, que nadie se puede meter, que él puede solo y que la seguridad o el negocio que gira alrededor de la seguridad, lo quería sólo para él, para su grupo, para alimentar sus propios intereses.
La seguridad es la gran joya de la corona. No solamente hablamos de que se mantengan bajos los niveles de delitos de alto impacto o que la percepción de inseguridad siga siendo muy baja; también hablamos de un negocio que gravita en las calles, en negocios legales e ilegales, en detenciones, en violaciones a los derechos humanos. Estamos hablando de las extorsiones y de los grandes flujos de efectivo que se mueven en las manos de las y los elementos de las policías.
Para nadie es un secreto que en Coahuila las policías municipales y estatales emprenden estrictas campañas de hostigamiento y extorsión contra la ciudadanía. No por nada son estas corporaciones, junto con las direcciones de vialidad, las peores evaluadas por las personas en la Encuesta Nacional de Seguridad Pública Urbana del INEGI. No por nada las y los policías trabajan con los rostros tapados. No por nada fueron utilizados para "inventar" una crisis con tal de que Manolo Jiménez retomara el control del gran negocio que implica patrullar las calles de Torreón.
A Román Alberto Cepeda se le terminaron los privilegios. Su halo de mando, de patrón y de dueño del municipio se le terminó. No supo manejar las crisis, no supo hacer política, no supo responder a los cañonazos que llegaron a través de medios de comunicación y de algunos personajes que tiene en su propia nómina. No supo manejar el poder, se volvió loco, perdió el control, se subió a un pedestal y ahí sigue enclavado, pero solo, sin apoyo, sin credibilidad, sin fuerza ni músculo.
La torre de naipes que construyó durante los últimos tres años se derrumbó con un ligero soplido. Las protestas bien organizadas de elementos de la policía municipal, junto con las riñas, disputas y escándalos de funcionarios municipales dieron el pretexto ideal para que Manolo Jiménez interviniera, para que pusiera a su director de seguridad pública, para que se alineara Torreón a sus reglas y para que todo el efectivo que nada en las calles de Torreón, a través de los policías, llegue a las mismas arcas, a las del palacio rosa de Saltillo.
Manolo Jiménez y Román Cepeda no son más que dos sujetos luchando por poder, por dinero, por presencia. Si les importara el interés ciudadano, lo que frenarían serían las extorsiones, las detenciones arbitrarias, las mordidas, los hechos de corrupción. A ellos les importa tener el control de la policía, el brazo armado del gobierno, el elemento implacable que genera millones de pesos todos los días en despojos, asaltos a la ciudadanía.
Hoy Manolo Jiménez se empoderó frente a Román Cepeda. Ya dejó claro que él manda. Román tuvo que doblar las manos. Por primera vez obedeció y agachó la cabeza, pero pareciera que la historia no ha terminado. Desde Saltillo sigue impulsándose la idea de que están buscando su dimisión. Torreón es un pastel muy seductor, apetecible. Román Cepeda se atascó de poder, perdió el control. Manolo Jiménez aprovechó el momento, ideó la estrategia y atacó. Mientras tanto la ciudadanía sigue en el aire, viendo cómo dos hombres blancos, atestados de privilegios, se pelean para ver quién la tiene más grande, como dos niños adinerados que no pueden aceptar un no por respuesta.

Colaboración a cargo del fotógrafo Saúl Sifuentes.


Colaboración a cargo del fotógrafo Saúl Sifuentes.
