
El próximo 9 de abril iniciarán las campañas políticas para renovar las presidencias municipales en La Laguna de Durango, así como en el resto del estado.
Las condiciones de rezago que vive esta región son contrastantes si se comparan con las capitales de sus dos estados y el propio municipio de Torreón, Coahuila, que pese a su desorganización y mal gobierno, recibe más recursos y mayor atención por parte de los inversionistas foráneos y autoridades estatales.
Los dos principales municipios de La Laguna de Durango, Gómez Palacio y Lerdo, acumulan años de gobiernos caciquiles, que ensanchan las arcas municipales de las administraciones a costa del desarrollo de la comunidad.
En Gómez, la familia Herrera, ya sea con ellos al mando o con personajes afines al grupo, han gobernado con el único fin de beneficiarse a sí mismos. Pasan los años y las calles lucen igual o, peor aún, más deterioradas. Las unidades del transporte público tienen más de 20 años de antigüedad, las calles están dañadas y oscuras. La basura se acumula en las banquetas y bocacalles. El deterioro tristísimo de la otrora capital industrial de La Laguna es absoluto.
No es casualidad que la participación ciudadana en Gómez Palacio nunca llegue al 50% el día de las votaciones. La ciudadanía está cansada de gobiernos mezquinos y autoridades abusivas que se sirven con la cuchara grande a costa de las necesidades de los demás. Herreras, Vitelas, Campillos, Calderones, Rebollos. Los apellidos salen sobrando. Todos y todas han trabajado para órdenes totalmente alejados de los intereses de la ciudadanía.
En Lerdo, de igual manera, la doble administración de Homero Martínez Cabrera solo fue un refrendo de que las cosas siempre se pueden hacer peor. Las extorsiones no pararon. Fue el único municipio de La Laguna que tiene déficit en generación de empleos, llegaron pocas inversiones y la infraestructura terminó profundamente deteriorada.
En ambos casos, Gómez Palacio y Lerdo, la esperanza es un concepto desconocido para la ciudadanía. La nula coordinación metropolitana, la lejanía entre mandatarios y mandantes y la precarización de los servicios públicos son los aderezos perfectos que describen a dos gobiernos fallidos.
¿Cómo motivar a las personas a participar activamente en la renovación de los cargos públicos si todos y todas, sistemáticamente, han fallado? ¿Cómo creer que pueden haber administraciones eficaces si no existe voluntad política para trabajar por el bien de un municipio?
La Laguna de Durango está olvidada por el gobernador, Esteban Villegas, quien ha destinado el mayor de sus esfuerzos en adular a la presidenta de México, Claudia Sheinbaum y en gestionar, el poco recurso estatal, en seguir embelleciendo las calles de su ciudad, la capital del estado, a costa del bienestar de las familias laguneras.
Duele lo que pasa con La Laguna de Durango, territorio que da identidad a toda la Comarca Lagunera, la que abarca el mayor espacio territorial y la que también tiene la mayor cantidad de municipios.
Ya ni hablar de Mapimí o Tlahualilo o Cuencamé, que también se caracterizan por su eterno abandono y por la resistencia inobjetable de sus habitantes.
Por eso La Laguna de Durango se cuece aparte. Por eso la ciudadanía decide no participar, de manera masiva, como en otras entidades. Por eso en La Laguna no somos duranguenses, ni coahuilenses. Por eso no hay un entendimiento claro de qué se requiere para unificar a una región olvidada, sistemáticamente, por la autoridad estatal y cooptada, con íntima vocación, por quienes llevan la batuta en los ayuntamientos.

Colaboración a cargo del fotógrafo Saúl Sifuentes.


Colaboración a cargo del fotógrafo Saúl Sifuentes.
