Hasta pronto, Gilberto

El Pensador Amateur | Federico Sáenz Negrete | @FSAENZN

Adiós Gilberto, hasta pronto.

Qué breve y apresurado momento para agradecer tu inteligencia, tu sabiduría, tu calidez, tu entusiasmo, tu humilde grandeza, tu grandeza humilde.

Compartir contigo un trago era asistir al desfile del conocimiento, al malabarismo de las ideas, al cóctel de las anécdotas, al inagotable gozo de las posibilidades abiertas, al eterno instante del recuerdo.

Gracias por la hermandad que nos dejas. De pronto, una cauda de hombres y mujeres de tu tierra, nuestra querida Comarca, nos descubrimos hermanos en un enorme dolor por tu ausencia, en una fraterna convivencia con tu gigantesco legado.

Cuánto talento se tejió a tu alrededor, la lista de los dolientes me ha dejado embelesado con el recuento del tamaño de los que te lloran. La gente que tanto admiro habla de ti con una sinceridad conmovedora. ¿Qué tiene esta tierra para que nazcan aquí personas tan valiosas?

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¿Será el infinito horizonte que no limita o la perenne sequía que obliga al esfuerzo decidido y muchas veces, por desgracia, a emigrar siempre con la idea de volver algún día? Es esta incertidumbre del futuro que nos obliga a estirar la mano para arañar la saliente y escalar otra roca con entusiasta estoicismo.

Que enorme hueco nos dejas, querido amigo, que silencio va a rodear tu ausencia. Extrañaremos tu extenso universo, increíble amalgama de conocimientos que compartías en cada plática plena de variopinta y gozosa constelación de ideas.

Gracias, Gilberto, por esta breve oportunidad de convivir con tu grandeza, tan frágil, tan humana, tan cercana y fraterna.

Los atardeceres laguneros serán aún más rabiosos pues un nuevo hortelano se reintegra al Jardín del Eterno en donde ella le espera.

Raúl Esparza... te la debía, maestro

El Pensador Amateur | Federico Sáenz Negrete | @FSAENZN

Como todos los grandes, Raúl Esparza era humilde en su trato y sereno en su mirada. Su amable sonrisa, su andar cuidadoso y asertivo, nos tendía la mano para recorrer con pasión el universo de sus trazos. Como buen lagunero, su naturaleza le impedía aceptar los encorsetados límites que seguido nos intenta imponer la realidad. Nunca se arredró ante las innumerables desventuras ni permitió que el desánimo coloreara sus lienzos, mucho menos su plática.

Cual Quijote del desierto empuñó sus pinceles para presentar épica batalla ante los demonios que nublan el entendimiento. Su agudo semblante de raigambre ancestral sabía discernir la luz fijando su vista en la entraña del color. Acariciaba la forma, la descomponía, la reinventaba mientras la mente le asignaba las tonalidades que su alma limpia y esforzada juzgaba preciso.

Envuelto en un torbellino creativo, se aplicaba a tallar la tela con los pigmentos necesarios evitando con su entrega el inquieto paso del tiempo. Daba dos pasos hacia atrás para captar la perspectiva y en un acto privado de piedad, viendo que lo hecho estaba bien, bendecía su trabajo con la grafía de su nombre.

La obra de Raúl Esparza

Su obra voló libre hacia los cuatro puntos cardinales olvidando muchas veces compensar con metálico el esfuerzo del artista.

No hay duda; su obra era de él y su obra era él. Para ser original no es preciso inventar lenguajes o acuñar vocablos inverosímiles. Para ser original, auténtico, tan sólo hay que ser congruente, de una pieza con la vibración de tus células conectadas a la transparencia del aire y dejarse llevar por la reverberación del viento escaldado ante la implacable bendición del Sol.

Raúl Esparza no se esforzó por ser único o diferente, no tenía tiempo ni energía para frivolidades, él tan solo tenía un mandato estético por cumplir y ese se lo dictaba su corazón al que fue siempre fiel.

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Somos infinitamente más ricos por haber convivido con el maestro. Su obra nos ennoblece los sentidos y su recuerdo nos aviva la nostalgia por un tiempo en el que la decencia era norma y la generosidad no se calculaba, cuando la sonrisa, pícara eso sí, se regalaba sin hacer cuentas.

Raúl Esparza navegó por nuestros desiertos poniendo su nombre a la utopía cromática de sus desvelos.

Con humilde y asertiva grandeza, acarició el barro y plasmó el universo en el Templo de la Encarnación. Infinidad de paredes atestiguan que es posible, muy posible, que un hombre camine por nuestras calles con la sencilla encomienda de entregar la vida en esforzada peregrinación buscando tan solo promover el bien, acariciar la verdad y entregarse a la belleza.

Te la debía maestro, te la debía...

Magda Briones

El Pensador Amateur | Federico Sáenz Negrete | @FSAENZN

Sentada en primera fila
atenta a la palabra que resume un libro
"El Flamboyan lagunero"
hazaña cultural, colectiva, en nuestro desierto.
Fuiste parte
importante
inspiradora.
Los bucles ya cansados de tu cabello
llenaron el espacio de recuerdos.
Apareció tu imagen agitando el oleaje y dirigiendo la corriente con el fuego de tu mirada.
Denunciaste tantas injusticias conteniendo rabiosa las lágrimas,
empuñando fiera tu delicada mano de frágil bailarina.
Todo era enjundia y consciencia
en aquellos tiempos.
Fuiste Electra, Medusa, Helena de Troya, Adelita, Soldadera,
luchadora social, artista plástica, filósofa,
en un tiempo que ya bailar era demasiada osadía para una mujer.
Poco te faltó para tomar un fusil e internarte en la Sierra,
a ese punto llegó tu desvarío metafísico por la entrega solidaria.
¿En que momento voló tu baile impetuoso hacia la provocadora escritura
y el pensamiento generador de espacio para las mejores causas,
abandonando paso a paso tu confortable mundo, inspirada activista social?
Siempre desde el arte, entregaste tu ser al semejante.
Prometeo encadenada, Segismundo, Quijote,
Juana de Arco, cómo sufres la actual petulancia,
la frivolidad, el desentendimiento del otro,
El frío cinismo, la cruel displicencia y el desprecio a lo trascendente.
Te aterra ver las grietas que crecen irresponsables y amenazan
las columnas de nuestra ecología.
Amaina la tormenta que amenaza tu calma
tu mirada proyecta una tranquila desesperanza, una sabia resignación
y un fugaz coqueteo con el recuerdo cuando encuentras que el otro
te sonríe porque habla tu idioma.
No Magda, el extraviado es el mundo
Sigamos respirando
salvemos el fuego.

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Cuento de navidad en el Mercedes Benz

El Pensador Amateur | Federico Sáenz Negrete | @FSAENZN

¡Es tardísimo!

Son las siete de la noche y la misa de navidad inicia a las ocho treinta. Para obtener lugar hay que estar ahí antes de las ocho , si no, te condenas a permanecer de pie en una ceremonia larga, hermosa y bien llevada, vale la pena ser puntual. Mi querida esposa no me perdonaría llegar tarde, demostraría falta de interés de mi parte a los proyectos de familia y no hay nada más alejado de la realidad.

El problema es que las ventas están a nivel del suelo, que va, a nivel del subsuelo, del sótano, y con tanto gasto la pasa uno muy estresado. Esta temporada navideña las ventas brillan por su ausencia, no sé si la gente no tiene dinero o no tiene confianza en el próximo año 2010 y prefiere guardar.
El caso es que el Mercedes Benz Elegance 380 modelo 2008, seminuevo, que pensaba vender para sufragar los gastos navideños sigue todavía en el aparador. Es un auto increíble, con solo doce mil kilómetros recorridos es una verdadera delicia. Para levantarme la moral me pienso ir en él a casa, en fin, lo que no se vendió pues ya no se vendió y cuando menos a levanto el ánimo, la cartera seguirá vacía unos días más.

Me despido de mi padre a quien vere de nuevo  en casa del tío Juan como a las diez en la reunión navideña de la familia de mi madre, los Negrete.

Salgo de la cochera del negocio, doblo hacia la derecha para enfrentar el semáforo de la Diagonal Reforma y mientras espero el verde, un hombre mayor, razonablemente bien vestido con chaqueta humilde pero bien cuidada y limpia, gorra de paisano y pantalones impecables me hace señas de que baje el cristal. Lo pienso dos veces pues no es bueno atender ese tipo de llamadas en la calle y menos cuando se conduce un automóvil tan caro como ese Mercedes Benz. Hay algo en su figura que me motiva a bajar el cristal para atenderlo, se ve de condición económica humilde pero acicalado, se ve viejo pero educado, en fin, algo me motiva a escucharlo, ¿Qué mal me puede hacer?

-          ¿Dónde queda el boulevard?... Me pregunta con toda propiedad y exactitud.

¿El boulevard me pregunto yo, cuál, el Independencia, el Revolución, el mismo Diagonal Reforma que estoy presto a tomar?

-          ¿Cuál boulevard? Le pregunto.

-          El grande… Me contesta.

¿El grande? Este tipo en qué época vive, así he oído que los historiadores le llamaban al boulevard Torreón, ahora Independencia, construido en 1952 en lo que era el lecho del tajo de la concha, un viejo canal de irrigación que parte del rio Nazas y va a desembocar hasta San Pedro de las Colonias irrigando todos los ranchos que encuentra en su camino, un verdadero entramado de ramales que activa los cultivos que habrán de producir lo más valioso de la economía de la Comarca. ¿Qué le pasa a este tipo? ¿Por qué le llama así?

-          ¿A quién busca ahí? Le pregunto pensando en mi interior que estoy cometiendo una estupidez al entablar conversación con un tipo que trae el calendario bastante atrofiado.

-          A Bredee, busco el rancho de Bredee.

Tómala, todo mundo conoce que el rancho de don Ernesto Bredee iba desde la colonia Los Angeles donde hasta hace poco estuvo su casa, y ahora es una plaza comercial, hasta lo que ahora es la colonia San Isidro. Bueno, seguramente va por ahí cerca y no me desvío gran cosa en mi camino a casa.

-          A ver, súbase, yo lo llevo.

Sin pensarlo dos veces, el hombre, con sorprendente agilidad para la edad aparentada se sube al Mercedes y le tengo que decir que se ajuste el cinturón de seguridad a lo que me responde que para qué. En fin, con paciencia le ayudo a sujetarse. (¿Qué estoy haciendo subiendo al Mercedes a las siete de la noche a un viejo humilde, aunque bien vestido y por el aroma, recién bañado? Se refiere a sitios y nombres que hace ochenta años no existen. Yo que leo mucha historia de la ciudad y que me junto con viejos que narran sus vivencias y  mis abuelos que eran amigos de todos los terratenientes de la región me tenían bastante enterado de casi todas las historias,  nunca pensé toparme con alguien que siguiera en esa época. ¿En qué problema me estaré metiendo?).

-          Aaaay, qué pena. Me dice el hombre cubriéndose el rostro mientras iniciamos el trayecto. - Usted con la prisa que debe de tener por ir a su cena de Navidad y este viejo necio importunándolo.

-          No qué va, encantado lo llevo. (Pienso para mis adentros, a fin de cuentas es una buena acción de Navidad, ¿No?) Así que vamos a casa de Bredee.

-          Sí.  Dice el buen hombre. - Voy a un sitio que está después de con Bredee, mi esposa trabaja en una casa más allá de con Bredee.

-          Allá lo llevo.

Pienso para mis adentros, a fin de cuentas, qué tanto me desvío, cinco o seis minutos a lo mucho y seguro que me cuenta en el cielo esta buena obra en un día tan importante. Si no va uno a ser generoso en Navidad, entonces cuándo.

-          Aaaay que pena.

Insistió el hombre mientras llegábamos al sitio en donde estuvo la casa de los Bredee y que ahora es una plaza comercial. El hombre se quedó viendo aquello como quien no entiende nada, como quien de pronto pierde piso y no sabe qué ocurrió. Se serena, se voltea hacia mí y me dice:

-           Así no estaba esto…

-          Pues claro que no santo señor, pero dígame donde trabaja su mujer.

-          Aaaay que pena, usted con la prisa que debe tener y yo aquí importunándolo. Me repite otra vez.

-          Que no hombre, que no hay problema, pero dígame ¿dónde trabaja su mujer?

-          Aquí cerca, en la colonia Los Angeles, en la calle Navarro, si , Navarro. Me dice esperanzado de  no equivocarse.

Que bárbaro, pues si ahí pase mis primeros veinticinco años de vida, nada menos que mi barrio, conozco a todos y cada uno de los vecinos.

-          ¿En casa de quién trabaja su mujer?

-          No sé el nombre pero reconozco la casa. Me lo dice ya dudando, lo que me empieza a preocupar.

La calle Luis Navarro de la Colonia Los Angeles tiene 4 cuadras y es cruzada por la ave Zuloaga (en honor de Don Leonardo), la Urrutia, la Amador Cárdenas, la Joaquín Serrano y por último la Adolfo Aymes. La recorremos a vuelta de rueda y el buen hombre no reconoce ninguna casa.

-          Aaaay que pena. La duda empieza a dominar su cara. -  Es una casa grande… de adobe.

-          Nooo. ¿De adobe?

Nunca se hizo una casa de adobe en la colonia los Angeles. Fundada en 1945 siempre ha tenido residencias de alto nivel económico, todas de ladrillo, jamás ha tenido una casa de adobe. ¿Qué le pasa a este hombre? Ya son las siete y media y ya debería yo de estar arreglándome para ir a la misa de Navidad y estoy perdiendo el tiempo en un Mercedes de lujo con un viejo humilde vestido con su mejor ropa y recién bañado que no recuerda la casa donde trabaja su …

Momento. ¿Una casa grande de adobe? Esta colonia fue parte de los ranchos de Don Leonardo Zuloaga, de hecho le llamaban el ombligo de Doña Luisa en honor a Doña Luisa Ibarra de Zuloaga su viuda y al hecho de que por estar en alto estaba protegido contra las crecientes del rio. Luego el Coronel Carlos González Montes de Oca compró esta parte de sus propiedades y trabajó los ranchos. ¿No habría por acá una casa de algún capataz o de algún administrador? Todavía recuerdo que en la siguiente calle, la Feliciano Cobián, iniciaban terrenos todavía con surcos de cultivos no tan lejanos en el tiempo. Cruzando hacia la ampliación los Angeles estaba el rancho de Don Hilario Esparza a donde íbamos a comprar las mejores sandias del mundo, luego ese rancho se fraccionó en lo que ahora es la colonia las Margaritas.

¿En qué época vive este viejo? Mi mujer no me va a creer en el laberinto espacio tiempo en el que me metí por andar de buen samaritano. Detengo el auto y ya molesto le digo al hombre.

-          A ver, haga un esfuerzo y dígame a dónde lo llevo.

-          Aaaay que pena, usté con la prisa que tiene y yo quitándole su tiempo y encima en este coche tan elegante que…

-          Ya, ya, párele, a ver, concéntrese, haga un esfuerzo que ya son las siete con cuarenta y cinco minutos y está a punto de estallar mi paciencia. (La de mi mujer seguramente estaba haciendo erupción en esos momentos).

Me dice el buen hombre:

-           Aquí a la derecha, rumbo al rancho de Hilario, por el tajo del coyote, por ahí.

Doy vuelta en la Adolfo Aymes, tomo la Feliciano Cobián y doy a la derecha en el Boulevard Constitución, antiguo tajo del Coyote (llevaba agua a las haciendas de Andrés Eppen) y me detengo en una gasolinera cercana. Detengo el auto y me bajo pidiéndole al hombre que hiciera lo mismo. Pensé seriamente dejarlo ahí, total, lo encontré en la calle y lo dejo en la calle, que resuelva su vida como pueda, ya son las ocho en punto y debería estar listo para ir a misa, ni modo que me vaya así sin bañarme, realmente la jornada de trabajo deja su aromática huella en mi humanidad y no es conveniente que me presente así a una celebración de tanto abrazo como Navidad. Soy hombre maritalmente muerto.

-          A ver buen hombre, dígame a donde lo llevo (pensé ir a tirarlo al DIF pero nada más de recordar que está por el rumbo del Mercado Alianza me temblaron las piernas)

-          Aaaay qué pena, yo dándole la lata y usted con este carrazo perdiendo el tiempo conmigo.

Hay momentos en la vida en que algo te dice que las cosas no marchan como debiera, que el guión se está saliendo de control, que las cosas están a punto de perder los límites y que la ley de la gravedad está a punto de ponerse en huelga,  que en cualquier momento tiembla la tierra, cae un aerolito y se inicia la espiral destructiva de un tornado.

Realmente me empecé a asustar.

¿Tan grave fue mi error? ¿Abrí una puerta a una dimensión equivocada? ¿Cómo le hago ahora para llegar a tiempo a donde yo debería de estar? Siempre me reprende mi esposa de que pierdo el tiempo en discusiones inútiles, de que hablo de más, de que me esfuerzo demasiado en entender a la gente y en complacerla. ¿Cómo le voy a explicar que no llegué a casa para llevarla a la misa de Navidad por andar paseando por la ciudad a un viejo menesteroso vestido con sus mejores ropas, recién bañado y encima en un Mercedes 2008 que ahora recuerdo no tenía seguro contra daños y accidentes? Si el tipo era parte de una estratagema para robarme el automóvil pues en ese momento perdía la friolera de quinientos mil pesos, suma estratosférica por el ángulo que se le vea.

-          Dígame a dónde lo llevo, no me conteste aaay qué pena… le advierto, mejor concéntrese y dígame a d-ó-n-d-e l-o  l-l-e-v-o.

-          A casa de mi sobrino en la veintinueve.

Me cachis, ahora sí estallé. Eso está del otro lado de la ciudad, justo de donde venimos, para qué me hace traerlo hasta acá (que es por donde yo vivo, por eso no se me hizo difícil hacerle el favor). Ahora voy a tener que llevarlo a casa de su sobrino en la veintinueve, que está casi de donde partimos, dejarlo ahí y volverme a regresar, qué horror, ya no llegue a tiempo.

-          Aaaaay que…

-          ¡Cállese carajo! , súbase y vámonos a dejarlo a la veintinueve de una vez.

Agarro el celular y le marco a mi mujer, tomo aire profundo y le comunico que debido a una emergencia llegaré tarde que se vaya sola a la misa y ahí la alcanzo. Se hizo el silencio que me caló profundo, he de haber sudado bastante pues este tipo de emociones me alteran hasta el límite de mis nervios. Ok, me contesta hasta eso bastante amable, ahí te esperamos.

-          Aaaay que…

-          ¡Ya por favor! Le interrumpo. - Vamos a casa de su sobrino, entre qué calles esta su casa.

-          Entre la Matamoros y la Allende, por la veintinueve.

Vaya, me sonó congruente. Tomé el boulevard Independencia y luego la calle doce que funciona bastante bien como eje vial, en la Juárez doblé a la izquierda para enfilarme rumbo a la casa del sobrino. Todo ese trayecto lo hicimos en silencio, pobre viejo, el par de gritos que le pegué para interrumpir su predecible disculpa había roto la relación, asunto que me importaba poco.

No puedo describir con exactitud cómo me sentía, no sé si ridículo, si estúpido, si fuera de personaje y de guión. Algo extraño estaba pasando. Me sentía el conejillo de indias de alguien que estaba jugando una broma usándome como instrumento. Me llegué a sentir en el cuento de Navidad de Scrooge, ese millonario miserable que se le aparece el espíritu de la Navidad en el famoso cuento de Charles Dickens.

Debo de ser sincero, eso me empezó a gustar, como actor frustrado, imaginarme dentro de un cuento o una película me provoca una diversión que me llena de contento, una pícara sonrisa regreso a mi rostro. De pronto algo me vino a la mente que no me gustó. Scrooge muere para que en ultratumba se le aparezcan los espíritus de la Navidad y le reclamen su tacañería. No, eso no, no en este Mercedes sin seguro contra daños y no hoy que es Navidad y encima que voy tarde a misa, no por favor…

Agudicé mis sentidos para no cometer ningún error de tráfico que diera pie a que se cumpliera en mí el guion del cuento. No me gustaban las coincidencias hasta el momento. Un miserable (en el cuento el niño era el miserable y Scrooge el viejo pero ahora, adaptado a mí, el miserable era el viejo y el conductor del Mercedes, pues Scrooge el tacaño. No quería yo morir asi que hice alto en los cruceros correspondientes a pesar de que la prudencia te indica de que por seguridad no te detengas en los cruceros cuando estén sin autos y encima oscuro. Llegamos al cruce de la Juárez y la veintidós, a una cuadra de Funerales Serna y el semáforo me tocó en rojo. Hice alto total no sin temor, qué mejor sitio para ser asaltado. Si este viejo era parte de un esquema de asalto pues yo había mordido el anzuelo y ese era el sitio perfecto. Me distrajo paseándome por toda la ciudad para llevarme a ese sitio y asaltarme con total impunidad. Pensé seriamente pasarme el rojo pero hice acopio de mi paciencia y me mantuve quieto.
Mal se puso en verde iba a oprimir el acelerador pero algo me hizo esperar. Volteo hacia la calle que cruza con la veintidós y que ahora tenía el semáforo en rojo y veo venir a toda velocidad una camioneta Explorer modelo 1994 color negra con calcomanía de onappafa que al aproximarse al crucero oprimió el pedal de frenos provocando un estruendoso y amenazante chillido de llantas al derrapar angustiosamente en el pavimento. Llegado al cruce y no habiendo reducido significativamente la velocidad, lo cual atestigua el pésimo estado de sus frenos, el imprudente conductor decidió oprimir el acelerador y continuar su camino pasándome como bólido a unos centímetros del cofre. Uuuuuf, ahí hubiese muerto de acuerdo al guión de este cuento modificado de Navidad, uuuuff, uuufff, qué barbaridad, en qué lío estoy metido, qué sigue Dios mío, qué sigue, yo solo quería ir a misa de Navidad con mi familia y se me ocurre en mal momento bajar el cristal del Mercedes para atender a un viejo que me hacia aspavientos.

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Las piernas me temblaban, por la Juárez di vuelta a la izquierda en la veintiséis. Crucé la Morelos, la Matamoros, en la Allende y  di vuelta hacia la derecha para tomar rumbo a la veintinueve y dejar al viejo. En la veintinueve di vuelta a la derecha rumbo a la Juárez para que por fin reconociera la casa de su sobrino. No podía creerlo, volvió a poner cara de que no reconocía el lugar. No, francamente ahora si estaba yo a punto de cometer alguna tontería, cuando alguna neurona le funcionó y me dijo:

-           ¿Dónde queda la Pepsi?

Otra vez, hace sesenta años la Pepsi Cola estaba instalada en la Juárez y 25, justo donde ahora esta PALSA. Seguí por la veintinueve hasta la Juárez. Efectivamente, en la esquina de la veinticinco está ahora Palsa, bueno, al menos ya traemos el rumbo correcto.

-          Por ahí es, me dijo.

Casi en trance producido porque dos o tres neuronas le funcionaron simultáneamente, espeta:

-          Después esta el café Monky.

Sí efectivamente ahí estaba la instalación original del Café Monky que ahora construyo moderna factoría en la Ciudad Industrial pero ahí inicio sus operaciones.

-          Luego sigue una farmacia en la esquina. Dijo el viejo que estaba francamente iluminado.

Efectivamente, brincaba yo de gusto a pesar de que ya eran las ocho con cuarenta y cinco de la noche y para entonces el padre Carlos Martínez ya estaría dando el sermón de Navidad, ahí está, ahí está en la esquina la farmacia que el iluminado viejo dijo, ya van tres señas correctas, la Pepsi, el café Monky y ahora la farmacia, bien, bien, bien.

-          Después de la farmacia, viven los Trujillo y luego los Méndez, mis sobrinos.

Casa de los Trujillo decía un letrero en la casa aledaña a la farmacia, Dios mío, gracias, gracias, estoy volviendo a la dimensión correcta, ya me voy saliendo del cuento ese en el que me metí por andar bajando el cristal del Mercedes. Enseguida de la casa de los Trujillo estaban unos jóvenes tomando cerveza que, al vernos, saludaron al viejo.
Gracias Dios mío, lo conocen, los conoce, aquí es. Me estacioné y raudo me lancé a abrirle la puerta al viejo. Los sobrinos, cerveza en mano, se abalanzaron a abrazarlo.

Llegada espectacular del viejo, en Mercedes modelo 2008 y encima con chofer güero.

Uno de los sobrinos se me acercó demasiado cerca como para darle un golpe a su tufo de malta y alcohol y me abordó:

-          Tons qué maestro, aliviánenos con un           six.

 El resto de los sobrinos se encaminaron hacia mi persona que instintivamente ya se había subido al coche, lo había encendido y en movimiento volví a bajar el cristal del Mercedes pero esta vez para mover rítmicamente la palma de mi mano y despedirme de los sobrinos que querían redoblar su dotación Navideña de cerveza. Adiós, viejo que me trajiste angustiado por toda la ciudad en un momento en que mi familia me esperaba en misa.

Cerré el cristal del auto y jure no volverlo ni siquiera a tocar. Me sentía de vuelta a la realidad, ni yo me creía lo que me acababa de suceder a pesar de haberlo vivido en carne propia.

Llegué raudo a la casa, me bañé en tiempo récord, me puse un traje obscuro y me fui a misa.
Mi familia estaba de pie pues llegó tarde por esperarme hasta el último minuto. Me coloqué al lado de mi mujer y le dije el clásico:

-           No me vas a creer lo que me pasó… Ella,
sabia que es, ni se inmutó.

Es justo decir que mi mujer pasó una incómoda cena de Navidad pensando que tenía un esposo irresponsable y de alguna manera tenía razón. Mis sobrinos se morían de risa con los retazos del relato que yo estaba dispuesto a revelar, mis hijos me veían con esa sospechosa sabiduría que tienen, asumían que decía la verdad pues nunca les he mentido. Sonaba realmente increíble el relato pero ellos saben que me suceden situaciones poco comunes, que las historias se entretejen en mi camino con la misma creatividad con la que yo enfrento mi lucha diaria por lograr una subsistencia decente.

En fin, tomé una copa de buen rioja, aspiré con profundidad el aroma, bebí un trago largo, paladee el milenario sabor de la uva fermentada y mirando hacia lo más profundo del jardín recordé que no le pregunté al viejo cómo se llamaba….

Vaya sincretismo. (Día de Muertos)

El Pensador Amateur | Federico Sáenz Negrete | @FSAENZN

“Sincretismo: proceso, generalmente espontáneo, consecuencia de los intercambios culturales acaecidos entre los diversos pueblos.” Wikipedia.

“Catrina Fest” , “Desfile de día de Muertos”, “CalacaFashion” , “Muertosdance”. Oooorale.

Estamos presenciando la explosión de una nueva faceta de nuestra muy arraigada tradición del día de muertos. Hace cuarenta años, los norteños sabíamos que allá en el sur, sobre todo en Pátzcuaro Michoacán, llevaban a cabo una hermosísima velada en honor de los difuntos plena de color, flores, música comida y rituales en la que fundían la tradición cristiana con la prehispánica. Luego en los ochentas vimos como la Secretaría de Educación se esforzó por aclimatar en todo el país la hermosa tradición presente hasta entonces en el centro y sur del país. Se promovió la instalación de altares de muertos que fueron muy bien recibidos. Hoy es muy común celebrar en todas las instituciones, públicas y privadas, al difunto elegido para conmemorarlo mediante arte en papel, frutos, bebidas, comidas y recuerdos del personaje elegido. Acá, ese día, solamente acostumbrábamos ir al panteón a lavar la tumba, darle una superficial arreglada, corregir desperfectos y rezarle al muerto, hasta ahí.

En un momento, alrededor del 2005, propuse un sincretismo entre el divertido pero “extranjero” Halloween y “nuestra” tradición del día de muertos. Propuse un peregrinaje de casa en casa solicitando “ofrenda para mi muerto” que los niños, ataviados de calaveras, cargaban en altar portátil que transportaban en sus hombros. Los de la casa aceptaban otorgar una ofrenda siempre y cuando pasasen los niños a rezar un Ave María por el difunto presente en el altar de la casa. Así, combinaba la diversión de Halloween con la piedad del día de muertos. Mi propuesta no ha “prendido”.

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Pero ándale que al productor de “Spectre”, una de las últimas películas de la serie “James Bond” se le ocurrió inventar un desfile de muertos para crear una atmósfera impactante en la cinta que filmó sus primeras escenas en la Ciudad de México en el 2015. Agradó tanto la propuesta que ha iniciado un relanzamiento de nuestra tradición. Prepárense. El desfile de muertos llegó para quedarse. Ayer escuché en la radio al Lic. Enrique De la Madrid,  Secretario de Turismo que, dentro de las actividades para relanzar la marca “México” en el mundo, está el magno desfile de muertos en un horario que se acopla al festejo de la carrera Fórmula 1 que se celebra en la CDMX en estos días. Partirá del Ángel de la “Independencia” y terminará en el zócalo, justo como la peli. (Sin la escena del helicóptero, no sueñen)

Si esto no es sincretismo, entonces me regreso a primaria.

Los pedigüeños de Torreón

El Pensador Amateur | Federico Sáenz Negrete | @FSAENZN

Don José, así le voy a decir pues no conozco su nombre y escribo esto un 19 de marzo, es un viejecito que no se quita la sonrisa de su rostro ni para dormir, eso creo. No es que la tenga congelada, ni tatuada, ni tampoco creo que su esfuerzo mercadotécnico por obtener limosna le haya hecho diseñar un acercamiento amable y alegre hacia el cliente en lugar del típico lastimero que explota la culpa y que utilizan casi todos los pedigüeños.

No, Don José es un tipo que se te acerca flotando en los semáforos y te sonríe, pero te sonríe en serio y a fondo, con una honestidad y certeza que te cautivan. Bajas de inmediato el cristal de tu ventanilla y le compartes una moneda a lo que sin inmutarse te da las gracias y flota hacia el siguiente auto.

Al ponerse la luz verde, te alejas preguntándote si lo que te pedía era una moneda. No lo dudé en ese momento. Estamos acostumbrados en México a recibir al menos tres peticiones de ayuda en cada semáforo y vaya que en un día pasamos por al menos treinta de ellos en nuestro diario peregrinar y más allá de la simple transacción o intercambio que se lleva a cabo cuando extiendes tu mano para entregar una moneda, hay un flujo de humanidad que va quedando en desuso, estamos ignorando que la persona que tenemos enfrente tiene nombre e historia,  que una larga cadena de desaciertos e infortunios, muchas veces ajenos a sus ilusiones, la obligan a pedirnos ayuda.

Esa sonrisa tenía un significado que no supe descifrar en su momento. Me pareció tan hermosa y cautivadora que compré boleto y le di una moneda, como si Don José estuviese vendiendo su sonrisa. El también tomó la moneda sin chistar y dando por terminada la transacción, se dirigió al siguiente automóvil, hay que aceptarlo, pero hay algo que quedó flotando en el ambiente que me hace dudar. Como si en ese preciso crucero fuese necesario, por aquello del equilibrio emocional del universo y demás asuntos tan de moda, que dos personas intercambiaran una sonrisa. Lo de la moneda lo inventamos nosotros y quedamos bastante conformes ambas partes del negocio monetario, pero ese extra que también se llevó a cabo es parte del guión que alguien más escribió para que esto siguiese funcionando.

Don José es bajo de estatura, muy bajo debería decir. Dicen que eso es el rastro que la deficiente alimentación dejó en su humanidad. Es de clara raigambre indígena, probablemente del estado de México o de Tlaxcala, tal vez del estado de Hidalgo o… de San Luis Potosí, no sé. Su mirada no se borra de mi mente. Sus ojos son de un azul extraño que denota algún ancestro español o en un descuido hasta principios de catarata. Es una mirada que no estorba a la sonrisa franca que comparte de manera intuitiva.

He aprendido a considerar a Don José como parte del paisaje, un oasis amable que se resuelve con una moneda y que es olvidado al siguiente semáforo, la vida es un ferrocarril con innumerables estaciones y cada una compite para hacerte olvidar la anterior.
Siempre me he propuesto conversar con Don José aprovechando el par de minutos en los que la luz roja impone sus condiciones. He planeado preguntarle de dónde es, cuántos hijos y nietos tiene, dónde viven, por qué se dedica a mendigar, etc.

Siempre ha estado ahí, huérfano de asistencia, con la misma disposición, día tras día, en el mismo crucero, como si hubiese obtenido la concesión de algún sindicato de esos que en este bendito país abundan.

Para muchos como yo, todos los mendigos son iguales. Personas que el infortunio de la vida los ha orillado a solicitar ayuda de sus semejantes para poder sobrevivir.

El cruce de la ciudad  para ir de una actividad a otra permite que pases por muchos semáforos y tomes nota de la cantidad y variedad de pedigüeños que pueblan los cruceros, es evidente que ante la espantosa crisis económica que sufrimos, ante la escases y mala distribución del trabajo, hayan florecido otras actividades lucrativas, algunas más legales que otras.

Abundan historias del excelente negocio que representa dedicarse a tan humillante profesión. Los que observan detenidamente dicen que en las tiendas de conveniencia, donde estos hermanos en desgracia entregan su morralla para obtener billetes y consumir sus alimentos, saben perfectamente a cuánto ascienden los ingresos de estas personas y hablan de cantidades bastante atractivas.

En alguna ocasión le comenté a mi compañero de trabajo en la desaparecida Operadora de Bolsa

-          Memo, esos indígenas que tocan el saxofón en el crucero, obsérvalos, analiza su horario, es de tres horas diarias y llegan a la tienda de la esquina a intercambiar monedas por billetes, ven, vamos a ver a cuánto ascienden sus ingresos.

Nos sorprendimos bastante, hasta le llegué a comentar:

Tú y yo, de corbata, con facha de gente decente, con rastros de cultura, con aplomo, con seguridad, ¿no obtendríamos un poco más si nos dedicáramos a eso?

Guillermo soltó una macabra carcajada que no requirió mayor comentario, asunto concluido, para él, para mí, no.  Desde entonces, siempre me han intrigado los pedigüeños y no fue hasta que Don José se cruzó por mi camino que vine a recapacitar de nuevo sobre este tema.

De niño, recuerdo, no había mendigos en los semáforos, se limitaban a las banquetas. Eso sí, es un gremio que siempre ha utilizado estudios de mercado bastante razonables para establecer sus puestos de venta. Siempre a la salida de los templos para exigir congruencia entre el golpe de pecho y el compartir la riqueza, a la salida de las oficinas del pago del agua y la electricidad para que las migajas cuantiosas las regales, a la salida de las cantinas para que apoquines y mitigues la culpa, y así nos podemos ir. Siempre eligen con excelente tino un sitio con altas posibilidades de ser vistos y de llamar la atención de clientes con recursos disponibles y animo predispuesto. Me llamaba mucho la atención cuando mi edad era de un dígito, que contingentes de gente mayor llegaba al bote de basura de la casa, justo cuando se sacaban los desperdicios para que el camión recolector los recogiera. Hurgaban cuidadosamente e iban tomando todo aquello que fuese de utilidad. Lo hacían con tal pulcritud que nadie podría notar que habían hecho su trabajo. Era gente que llegaba resignada, paciente, sosegada, a hacer su trabajo. Me impresionó ver lo contento que se ponían cuando descubrían un buen trozo de alimento. Lo guardaban atesorándolo y en alguna ocasión llegué a ver desde la ventana de mi cuarto escondiéndome tras el amparo de las cortinas a las que abría una rendija suficiente para observar en secreto, que envolvían el tesoro bajo el manto protector de  un trapo limpio. Seguramente que ese tesoro sería el alimento estelar para su familia en la cena. Varias veces alguna lágrima recorrió mi infantil rostro ante esas lecciones de la vida. Osea que lo que yo desprecio ante el gozo de mi abundancia, es recogido con veneración por un adulto que espera así comprar un día más en la lucha por la supervivencia.

Eso me causó una simpática paradoja. Por un lado, me enseñó a valorar enormemente lo que mi padre tenía la fortuna de poder entregarme para mi bienestar, así fuese el vestido que me cubría, el alimento que me mantenía vivo, la escuela que me instruía, etc. Me acostumbré a no desperdiciar nada, a utilizar todo hasta sus últimas consecuencias y a terminar toda la comida que me servían y a valorar el trabajo de los que me atendían. Pero, si no desperdicio nada, ¿de qué se va a alimentar el pedigüeño? Bueno, esa paradoja era muy compleja para un niño de nueve años.

Siempre me ha parecido un despropósito poco inteligente que haya personas que carezcan de todo, no es saludable, no es ético, no es conveniente, no es estético, no es… justo.

El ruido de los furibundos conductores que hacían sonar sus bocinas me hizo volver al momento presente. Por andar recordando tramos de mi vida, no caí en cuenta que me había tragado un turno del semáforo viendo la mirada de Don José que sostenía su mano y me miraba sin inmutarse ante el viaje que emprendí y que habrá durado cuatro minutos. Don José soportó estoico en la postura apropiada mientras yo iba de mi infancia a mi trabajo en casa de bolsa. Algo le habrá pasado a él también porque en lugar de dejar al tonto que no reaccionaba, hubiese ido a recolectar sus ingresos con los que venían detrás y sobre todo aprovechando el hecho que mi descuido alargó la fila hasta el límite del record Guinness.

No, Don José no se movió, Ese día no le di moneda. Cuando el concierto de bocinas y mentadas me despertó de mi efímero sueño, solo atiné a devolverle la sonrisa y a arrancar veloz para lograr aprovechar el verde y huir de la vergüenza ante los enfurecidos conductores.

Fue la primera vez que no le di una moneda a Don José y, lamento decirlo, la última vez que le vi.

A la mañana siguiente, pensando en mi descuido del día anterior, me había preparado con dos monedas para compensar el desfalco que mi inoportuno sueño le causó a sus finanzas. No lo vi. Lo busqué entre las filas de coches pensando que había modificado su estrategia de recolección y no di con él. Lo busqué atento en el siguiente semáforo pensando que habría emprendido alguna estrategia de relocalización o de exploración de nuevos mercados y… nada.

Probablemente se enfermo, alguna gripa inoportuna o algo así, seguramente que en un par de días lo veremos de nuevo en su puesto de combate. Tendrá algo así como setenta y cinco años pero se ve de una pieza, hecho de madera antigua, de la buena. Don José estará pronto en el semáforo de siempre, seguro que sí.

Pasaron los días y Don José no aparecía. Le pregunté al que vende diarios si lo había visto:

-          ¿Quién, el viejito de la guaripa? No, ni su rastro.

No me hago ilusiones, la vida sigue su camino y hay asuntos que hay que asimilar, no tienen remedio.

A los pocos días, un hombre mal encarado con espíritu refunfuñon, armado de silla de ruedas, sustituyó a Don José en el semáforo. Como si el sindicato que controla el gremio hubiese guardado el sitio los días prudentes para esperar la recuperación de Don José y ante la baja inevitable por causas de fuerza mayor, hubiesen decidido sustituirlo por el siguiente miembro en el escalafón sindical.

No lo pude asimilar. Cambié mi ruta para no pasar más por ese crucero. No podía entender que un viejecito con una sonrisa celestial ya no formara parte de mi paisaje. La última vez que le vi fue la primera vez que no le di moneda. Fue la ocasión en que penetré en su mirada y me quedé atrapado en ella, abriendo una ventana a los recuerdos de mi infancia y del inicio de mi vida profesional. Fue el día en el que escuché ese estruendoso concierto de bocinas y mentadas que despertaron de mi ensueño.

No, Don José ya no sería parte de mi vida. Ese enorme hueco lo he intentado llenar enterándome de la personalidad de la exageradamente variopinta multitud que puebla los cruceros de mi ciudad.

Así he aprendido a admirar a José Luciano, un enanito en silla de ruedas que aplica heroicamente sus cortos brazos para hacer rodar las ruedas de su instrumento y avanzar con gracia entre los coches para ofrecer su botecito y recibir ayuda. El sudor que cae de su rostro y recorre su infantil gesto lo enmarca la sonrisa de alguien que, simplemente, le echa ganas. El me dijo el nombre de Don (hay personas que vaya que se ganan ese título) Manuel Pérez, capítulo aparte en el tema de la dignidad y el estoicismo.

Don Manuel Pérez vendía semillas en el crucero de la esquina en donde está mi trabajo. Seguido le compraba, sobre todo cuando el Santos tenía partido pues es imposible ver un partido de fútbol que te interesa sin estar bajo la terapéutica bendición de despepitar calabazas. Lo de la cerveza es para que no se atragante uno, es peligroso no aligerar el proceso de la digestión con un buen líquido hecho de malta y lúpulo.

Don Manuel era un tipo de pocas palabras, más bien de cero palabras. Se limitaba a espetar el nombre de su producto y nada más. Un día apareció con muletas pues le habían amputado una pierna. Su trabajo lo hacía con enorme dificultad pero con una entereza y determinación que me daban diariamente una lección de vida que voy a apreciar por siempre. Sucedió lo que su enfermedad ¿diabetes? Tenía que provocar. Le amputaron la otra pierna y ahora apareció con su esposa empujando su silla de ruedas. Don Manuel, con su cachucha de siempre, seguía pronunciando el nombre de su producto con la misma fiereza. Recibía la moneda, entregaba su mercancía y al siguiente cliente. Nunca pidió nada más allá de los diez pesos que valía la bolsa de semillas. Hombre escueto, austero, resignado, fiero, digno, estoico… ejemplar.

De nuevo, el fluir de la vida se impuso.

-          Qué le pasó a Don Manuel. Le  pregunté a José Luciano que se aplicaba con esmero a hacer rodar las ruedas de su silla por entre los automóviles.

-          Murió en febrero señor. Sentenció el hombrecillo tan grande en tantos aspectos, excepto en su estatura corporal.

Alberto Flores es un hombre siempre tiznado de la cara. Se dedica a escupir fuego en los semáforos y tiene una personalidad y figura muy particular. Alguna parálisis sufrió de niño que tiene unas extremidades inferiores que apenas lo sostienen. Tiene que apoyarse en una muleta que le ayuda a compensar la debilidad de sus piernas. Lo que le falta de fuerza en los pies le sobra en la mirada. Tiene una cara de persona inteligente que te sorprende.

-          Gracias jefito. Me contestó cuando le acerqué una moneda y se la puse en su mano.

-          Oye, ¿cómo te llamas?

-          Alberto Flores jefito

-          Y qué, a poco no sabes hacer otra cosa, tienes una cara de gente inteligente que no puedes con ella.

-          No pos si le sé a la electrónica pero…

Las bocinas impidieron seguir con la conversación. Ese pero… puede encerrar todas las historias que quiera uno fabricar. Desde una posible discriminación por su estado físico, hasta algún pecadillo inconfesable que le haya impedido participar en la economía formal.

Su esposa, fiel, le pedalea el triciclo donde le transporta como si fuera mercancía. Allá va la pareja siempre cambiando de crucero, sabedor de que la saturación va en contra del éxito de alguien que se dedica al negocio del espectáculo.

Tengo tiempo que no he visto a Alberto, espero que esté bien en donde quiera que esté.

Lewis es un joven con parálisis motriz, le digo así en recuerdo del actor irlandés que ganó el óscar con un personaje que tiene la misma enfermedad en la película “Mi pié izquierdo”. Incluso he dado rienda suelta a mis ánimos de actor y he imitado bastante bien los movimientos de alguien que la padece. Lewis carga siempre una bolsa de dulces, paletas o chicles. Se para frente a tu ventana y te obliga a aceptar uno o dos y a veces hasta tres. Te ves obligado a corresponderle dándole una moneda con el riesgo de que te vuelva a dar otros dos o tres caramelos por tu generosidad. A veces me sorprende sin una sola moneda y terco se para frente a mi ventana y con el caramelo me golpea el cristal hasta que me digno bajarlo y aceptarle su regalo.

-          Gracias pero no traigo. Aún así me dio dos caramelos. – A la vuelta de doy una moneda.

-          Grracciasss. Logra pronunciar retorciendo su cuello para lograr producir el sonido coherente y me vuelve a dar otros dos caramelos.

Qué barbaridad, este amigo tiene un talento innato de promoción, sería excelente director de lanzamiento de nuevos productos, bien por el Lewis. Me pregunto quién le lleva las finanzas o si alguien le regala los caramelos o si en realidad no está siendo utilizado por alguien que quiere posicionar una nueva línea de caramelos en el mercado, todo es válido.

El nombre real de Lewis es Gabriel Villegas Jiménez y me dice que le duelen las piernas, que tiene que estar parado demasiado tiempo y que le cuesta mucho soportar la fatiga.

-          Ignacio, chécate esas menonitas.

Resulta que tanto en Chihuahua como en Durango y Zacatecas hay eficientes comunidades de menonitas que en los treintas vinieron de Canadá, procedentes de Alemania, a trabajar y producir.
Las comunidades son en general muy prósperas pero, como en todos sitios, hay excepciones. Esas excepciones vienen a Torreón a vender galletas de avena en los semáforos.

Es un contraste ver entre el enjambre de franeleros que como chanates se amontonan en el parabrisas del ingenuo que no supo amenazar con su negativa, entre los vendedores de baratijas, mapas y novedades, entre los indígenas que solicitan ayuda, entre la enorme cantidad de fauna que puebla los cruceros, a espigados rubios y rubias ataviados como si estuviesen haciendo un casting para una película de Heidi.

-          Velas, son dos hermanas y parecen gemelas.

Una vez que hacían su recorrido en la fila del semáforo, cada una atendiendo una fila, repartiéndose el mercado de manera eficiente y ordenada, se subían al camellón y mientras la luz verde daba paso a la línea de coches muchos de ellos comiendo galletas, las dos gemelas recorrían el tramo que habían avanzado con rumbo al puesto de partida como si estuviesen recorriendo una pasarela de moda, erguidas, vestidas como si fiesta de disfraces se tratara, con paso de modelo europea en el desfile de modas más importante.

Esto solo se ve en Torreón.

Dónde más te topas a un gaitero, si un gaitero y encima haciéndolo bastante bien. Luego te lo topas tocando el violín, no solo Alberto entiende eso del fenómeno de saturación. Ya tengo su tarjeta pues ha creado un ensamble para amenizar fiestas y no digo aquí su  nombre porque no me ha pagado la publicidad.

En qué otro sitio te topas a un muchacho que lucha en las fuerzas inferiores del Santos por encontrar un sitio en el mundo del deporte y que, con una habilidad inaudita, alegra tu estancia en el semáforo haciendo que el balón recorra su cuerpo, tocándolo de un sitio a otro sin que se le caiga al suelo. Es tal su habilidad, su genio, su capacidad, que no me atrevo a definir si es deportista archi habilidoso o es simplemente un extraordinario mago ilusionista.

O al tipo manco con cara de broma que hace girar unos aros con un desparpajo y una alegría realmente sorprendentes. Lo escuché en la radio pues en la esquina de su sitio de trabajo, hay una estación y pues los locutores simplemente bajaron a entrevistarlo. Toda una estrella del mass media, y lo sabe.

O a los estoicos tarahumaras, dueños de una misteriosa e inquebrantable sabiduría. Se te acercan con una dignidad admirable a darte la oportunidad de que les ayudes y ante la negativa, para ellos absurda, repasan en la profundidad de su mirada una milenaria historia de lucha que en un segundo te relampaguea. Se marchan pacientes a continuar con su camino sin comprender el egoísmo que impera en estas tierras, para ellos, paganas.

O a las educadísimas niñas de etnia náhuatl que sus únicas palabras en castellano son “por favor” y “gracias” y las emplean con una gracia y alegría que aclara el momento y lo vuelve amable mientras su madre carga con el más pequeño de la familia en sus espaldas y recorre siempre cuesta arriba la línea de coches que aguardan impacientes en el semáforo implorándoles un mendrugo de pan.

El que de plano no se mide es Raúl Licerio Téllez que empuja su andador para avanzar penosamente hacia los autos a los que ofrece su sonrisa, una paleta y una bendición. 40 grados centígrados y la dificultad de dominar su cuerpo no le desaniman para mostrar una alegría que no sé de dónde saca, bueno, sí creo tener idea.

No puedo terminar este escrito sin hablar de Doña Cuquita.

Refugio Velázquez Aguilera es una mujer de, para mí, cien años. Ella dice que tiene ochenta pero cualquier observador agudo puede rastrear en sus arrugas los resquicios de una revolución que beneficio a pocos y perjudicó a tantos. En su mirada de asombro seguro hay rastros del comenta de Halley que en 1910 surcó nuestros cielos. En su caminar pausado se ve el peso tantas sequías y tantas tolvaneras, no, Doña Cuquita no puede tener menos de cien años.

En su ruta comercial, nos ha asignado el sábado como día de recolección y la esperamos con alegría pues su entereza, su decisión de afrontar la vida con fuerza y determinación nos dan ánimos para enfrentar nuestros problemas.

Era tal la fiereza con la que reclamaba su ayuda que le decíamos la rentera.

-          Ahí viene la de la renta. Decíamos en broma cuando la veíamos cruzar la calle con rumbo al negocio.

Ella también ha ido dejando su salud en el camino. Ya no camina, una nieta empuja su silla de ruedas y la fuerza de su centenaria humanidad alcanza para las dos. Da ternura verla llegar en invierno, arropada y enfundada en una enorme cantidad de mantas, coronada por un gorro de estambre que da el toque final. Sé que un día no vendrá más, pero su figura permanecerá de pie en mi imaginación soportando el vendaval.

Pero el que más me ha emocionado es un hombre sin brazos y sin una pierna
que vimos empujando su silla de ruedas con la única pierna que tiene. La empujaba
en reversa y torcía el cuello para ver su dirección. Era domingo, recién salíamos de misa
en la iglesia de San Pedro apóstol en la colonia San Isidro y nos dirigíamos felices a comer
en familia.

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Nos dimos cuenta del tipo que con enorme esfuerzo e increíble habilidad hacía avanzar
su silla de ruedas a pesar de contar solo con una pierna.

Di vuelta a la manzana para volverlo a encontrar. Mis hijos le reconocieron como uno de
tantos pedigüeños que pueblan la salida de la iglesia. Me detuve, bajé el vidrio y le ofrecí
veinte pesos (poco dinero pero una fortuna para estándares de una limosna). Y le comentamos
que era admirable su esfuerzo.

Agradeció el dinero y nos comentó que él estaba muy agradecido con la vida, que tenía salud,
no como tanta gente fregada que padecía de algún mal.

Por poco y me suelto llorando enfrente de él, tanta enjundia, tanta vitalidad, francamente me
desbordaron. Saque un billete de mayor denominación y se lo ofrecí en compensación a la
lección profesional de vida que nos acababa de dar.

Nos alejamos y por el retrovisor solo alcancé a ver a un hombre que no desfallece y que lucha
con las herramientas que tiene y no pide más.

Mis hijos, se llevaron en su corazón la semilla de la grandeza.

Me despido recordando a mi Tía Alicia Sáenz Larriva, hermana mayor de mi padre y que falleció a los ocho años en 1930. En enero de ese año, un día de crudo invierno, llegó a casa sin el abrigo nuevo que le acababan de regalar sus padres, mis abuelos. Aurora, su madre, mi queridísima abuela, la esperaba en la puerta de la casa y le clavó la mirada ante la ausencia del abrigo.

-          Ay mamacita, me topé a una niña pobre que tenía mucho frio. Que al cabo tu me puedes comprar otro, ¿sí?

Aurora fue incapaz de regañar a su hija, la abrazó y la llevó de la mano a la mesa para darle de comer. Ninguna de las dos sabía que ese año, el negocio familiar sucumbiría ante la espantosa crisis económica mundial y que Alicia, la inteligente y hermosa Alicia, moriría en unos meses de tifoidea, enfermedad no curable en aquel lejano y fatídico 1930.

Cliserio Reyes... el campesino lagunero que se atrevió a volar

El Pensador Amateur | Federico Sáenz Negrete | @FSAENZN

Es difícil controlar el deseo de navegar el cielo de la Comarca Lagunera. Es de un azul tan limpio e inocente que invita a descifrar la ecuación formada por planicies interminables y austeras coronadas por altas y desafiantes montañas. Sus cumbres ponen un alto al espejismo que amenazaba con prolongarse al infinito.

Una suave y fresca brisa empieza a soplar la tarde con ánimos de despedir el día. Para mitigar su cansancio,  el sol acaricia la curtida piel del joven campesino que está parado al inicio de la pista de aterrizaje.

Las nubes huyen de la trampa térmica que mantiene ahogada a esta enorme bóveda turquesa que rebasa la limitada capacidad de la mirada. Cuando el sol potente calienta la tierra, hace reverberar el aire que, temblando, se eleva en corrientes termales enredadas en remolinos, espirales de tierra sirven de armadura al temido demonio “cachiripa”, terror de la precaria mitología Irritila. Algunas nubes nostálgicas regresan con el viento vespertino atrapan los destellos de la rabiosa despedida del sol que se niega a abandonar su dominio.

La silueta de Cliserio desafía el paso del tiempo. Inmóvil, trata de comprender de un golpe secretos del universo que se deciden más allá de los increíbles colores que, con brochazos violentos, preparan el remanso de quietud que se avecina.

Los amigos de Cliserio encienden una fogata para conversar en silencio la agotadora jornada que cargaron en sus espaldas, arrojándola frente a las brasas de otro día que se extingue. La aparición del camino de Santiago, así le llaman a la Vía Láctea los laguneros más viejos, nos vuelve a recordar que lo más interesante de la vida está allá arriba.

Nuestro joven ejidatario sigue de pie cuando cae la noche, desafiando el peso de las estrellas mientras sus mayores ya han bebido unos cuantos tragos de sotol y se empieza a escuchar los lamentos del cardenche que va desgarrando despacio la cubierta de la noche.

Cliserio extiende sus brazos y le reclama al universo sitio en uno de esos aviones que llenan su imaginación. El silencio de su anhelo es acariciado por una extraña música.

Cantos cardenches, lastimeras predicaciones de los profetas de la soledad y el abandono, nos hablan de lejanos amores, de perdidas inocencias, de estoicismo inquebrantable, de ternura y resequedad, de navegación nocturna, mientras un lento y respetuoso trago de aguardiente apacigua los temores del alma.

La enorme extensión de terreno está ahí para que el más osado, el más valiente, se atreva a desafiar la limitación y el infortunio. No es difícil aceptar que un chiquillo de escasos diecisiete años, después de haber escuchado los relatos de sus mayores en esas tardeadas en las que se arroja al fuego las desdichas y las frustraciones, Cliserio se permitiera la “licencia” de imaginarse navegando los cielos a bordo de una de esas máquinas que despegaban y aterrizaban con tanta fuerza en el vecino aeropuerto.

Cliserio Reyes, muchacho de raigambre campesina, hijo de ejidatarios, acostumbraba “apersonarse” con los mecánicos del Aeropuerto de la Ciudad de Torreón recién inaugurado en 1946. Era ya común verlo sirviendo de “achichincle” entre los trabajadores del puerto aéreo que aceptaban la presencia del entusiasta joven que tocaba el fuselaje de los DC-3 con verdadero respeto e ilusión.

Tan cerca de los aviones y tan lejos de ser capaz de volar en ellos. Su condición económica y social creaba un abismo infranqueable, pensaría todo el mundo, pero no Cliserio.

Sus sueños le hacían volar, aunque fuese colgado de una de las alas de esos DC – 3 que iban y venían a la capital de la república haciendo escala en San Luis, Potosí.

Cliserio observó perfectamente la mecánica de aterrizajes y despegues. Sabía que dependiendo del viento los pilotos en coordinación con la torre de control, elegían el sentido del despegue y que antes de iniciar la carrera, el avión se detenía unos minutos para probar los instrumentos. Esos minutos podrían ser el momento adecuado para abordar el aparato y aferrarse a una de las alas traseras pues ya lo había practicado con aviones que estaban en mantenimiento. Su cuerpo ensamblaba perfectamente en el ala trasera y los pies se podrían apoyar en el empenaje, donde los “flaps” ensamblan con el ala. Practicó como insertar sus brazos para que quedase bien sujeto al ala cuando llevara a cabo su soñado vuelo, sueño de un niño campesino, qué le vamos a hacer.

Cliserio había nacido para materializar su ilusión. Qué día decidió emular a los héroes de la mitología griega, no lo sabemos, además, ni si quiera los conocía. Cliserio desconocía la historia y la geografía, nunca había leído nada que le permitiera poner en perspectiva su arriesgado e inverosímil plan.
Seguramente lo hizo una tarde cálida, parado en la pista de despegue del aeropuerto, de frente a un atardecer rabioso. Solía permanecer inmóvil mirando el horizonte, clavando la  mirada en la forma en que las aves derrotaban la ley de la gravedad. Se quedaba quieto hasta que la silueta parda de las montañas del final de la planicie era bendecida por el derroche de luz que ilumina el camino de Santiago cuando el incendio del atardecer se aquietaba al consumir su fogosidad.

Camino a su casa, paso a paso, iba fraguando su determinación, iba a desafiar la ley de la gravedad, iba a volar en uno de esos aviones que tanto acicateaban su imaginación, iba a poner en duda los férreos límites que las estructuras socio-económicas imponían a los habitantes de las urbes civilizadas. Cliserio tomó la determinación de inventar su futuro, de romper las barreras que lo aprisionaban, de demostrar que sí se podía.

Cliserio, como cualquier otro héroe de la mitología griega, decidió desafiar al destino.

“El 8 de octubre de 1950 el DC-3 matrícula XA-FUM de LAMSA cuyo vuelo 100 de Cd. Juárez a México en vuelo “chárter” al servicio de diputados y senadores que llenaban el avión, hizo escala en el aeropuerto de Torreón. Después de las revisiones de rutina, se preparó para continuar.
A las 11:30 pm el avión tomó la cabecera 12 y mientras los pilotos Capitán Jorge Guzmán Lavat y Capitán Guillermo Bueno probaban los magnetos, nuestro intrépido paisano se subió al ala y se aferro a la estructura lo mejor que pudo.”

“El avión despego y voló a 12,000 pies”

“El frio le adormecía todo el cuerpo. El frio era un látigo que le desgarraba la camisa y le destrozaba la espalda. Pensó que era el fin, que se caería pues ya no tenía fuerzas para sujetarse. El instinto de conservación lo estremeció y ya solo pensó que no debía soltarse…”

“Durante 59 minutos este joven osado surco los cielos de México. El piloto decidió regresar a Torreón pues sentía vibración en los controles.”

Afortunadamente giró hacia el ala en donde nuestro héroe se aferraba a la vida, de haberlo hecho hacia el otro lado, la fuerza centrífuga hubiese lanzado a Cliserio por los aires y su historia hubiese permanecido en el limbo.

“Al llegar, aferrado al ala, un joven congelado no respondía a los gritos, semiinconsciente y entumido.”

Fue auxiliado hasta que fue capaz de rendir testimonio ante el asombro de diputados, senadores y del personal de tierra del aeropuerto de Torreón.

El escándalo. Su hazaña produjo un verdadero suceso. Periodistas de todo el mundo registraron el hecho. La revista Time en su edición del 23 de Octubre de 1950 comenta el hecho con el título “Free loader”. Lo increíble del hecho, aunado a que se llevó a cabo muy lejos de la capital del país, donde “todo” ocurre o , más bien, donde todo lo que puede trascender  tiene la obligación de ocurrir, motivó a que la historia se fuera diluyendo poco a poco.

Cliserio fue encarcelado por intento de asesinato en tentativa imprudencial o algo así reza la jerigonza legal. Se organizaron colectas populares en la toda la Comarca para pagar la fianza y liberarlo. Dos médicos laguneros avecindados en la Cd. de México enviaron fondos suficientes para la defensa legal y Cliserio obtuvo la libertad, una libertad bastante menor a la que había obtenido aquella noche estrellada cuando desafió todo el catálogo de leyes y candados que fijan nuestras cadenas auto impuestas.

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Lo que debería sustituir a la historia de Ícaro en todos los libros de mitología, terminó en una pequeña compañía de fumigadores de algodón en los campos de Tapachula en el sureño estado de Chiapas, a donde muchos algodoneros laguneros emigraron ante la debacle algodonera que produjeron las sequias de 1958 en la Comarca Lagunera.

Nos queda en el paladar esta increíble y real historia de un joven osado que desafió al destino. Ahora, cuando lo recordamos, la resequedad en la garganta y lo desolado del panorama, nos recuerda que seguimos teniendo muchas de las carencias que Cliserio sufría en 1950.

Parado en la misma pista del aeropuerto, observo las pardas montañas del final del horizonte mientras me bañan los últimos rayos de un sol que se niega a abandonar su dominio. Dentro de unos momentos, el camino de Santiago me mostrará la ruta de navegación adecuada, solo espero estar a la altura de Cliserio e intentar desafiar esta camisa de fuerza con la que los laguneros tenemos que negociar todos los días en nuestra esforzada rutina.

¿De qué me sirve?

El pensador amateur | Federico Sáenz Negrete | @FSAENZN

¿Para qué quiero a un médico que habla y habla pero no me diagnostica la enfermedad y no me ayuda a recuperar la salud? ¿Para qué necesito a un sastre que en lugar de confeccionar el traje que requiero se suelta hablando y hablando de anécdotas y me presume su ideología sin realizar su trabajo?

¿Qué utilidad me representa un plomero que en lugar de eliminar la fuga de agua, en lugar de reparar la tubería rota, me habla de historia y me construye mitos de mafias que operaron en el pasado? ¿De qué me sirve una cocinera que deja los alimentos en la tarja, no los lava, no los pica, no los mezcla, no prepara ningún platillo, pero eso sí, me habla y habla sin cesar de lo bien que cocina y de lo maravillosa y nutritiva que es su gastronomía?

¿En qué dimensión vive el vendedor de la mueblería que en lugar de mostrarme los sillones que necesito para mi casa, se dedica a sermonearme y a indicarme su superioridad moral porque pertenece a tal o cual asociación? ¿En qué mundo vive el chofer del autobús de transporte que apaga el motor y me suelta un discurso de tres horas hablando de las bondades de la patria provocando que pierda la mañana y no llegue nunca a mi destino?

¿En qué cabeza cabe que un ingeniero en lugar de manejar con precisión las medidas, los pesos, los tiempos, en lugar de ensamblar con precisión las piezas, deja que todo se acomode de manera aleatoria argumentando que él no es corrupto como los anteriores ingenieros y que no importa si no hay precisión siempre y cuando haya “honradez”?

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¿Qué locura se ha apoderado del país que tolera a un merolico que simula gobernar desde el púlpito diciendo estupideces que fascinan a cuando menos la mitad de la población que no se da cuenta que dejar la embarcación al dictado de las ocurrencias puede provocar el más doloroso de los naufragios?

¿Cómo es posible que un taimado encantador de serpientes sepulte con palabras a una República, sumamente injusta, corrupta e imperfecta, pero República, transformando a sus tibios ciudadanos en obedientes y dóciles súbditos que con la promesa de recuperar el paraíso perdido se dejan llevar alegres rumbo al matadero?

Siempre me pregunté cómo fue posible que la gente buena apoyara a Hitler y encima con entusiasmo. Nunca pensé que recibiría , en mi propio país, una lección en vivo y en tiempo real. Esta pesadilla nos va a salir muy cara. Por lo pronto, los sueños han sido secuestrados y los anhelos, falsificados. No sé si logremos despertar a tiempo, las tinieblas oscurecen el entendimiento.

Alianza Federalista: la patria siempre será primero (lo que se pueda salvar)

El pensador amateur | Federico Sáenz Negrete | @FSAENZN

Fueron electos antes del 2018 y provienen de diferentes partidos: PAN, PRI, PRD, MC y un independiente. Son Gobernadores de Estados Libres y Soberanos federados a la República Mexicana según consta en la Constitución de 1824, la que se promulgó después del derrumbe del Imperio Mexicano, denominación con la que iniciamos nuestra vida independiente. En 1823, las provincias de dicho Imperio decidieron erigirse en Estados Libres y Soberanos, redactaron sus Constituciones y formaron una República Federal Representativa que llamaron Estados Unidos Mexicanos.

Los Gobernadores tienen la enorme responsabilidad de negociar con los poderes Federales los recursos de los diversos ramos que son indispensables para llevar a buen término las gestiones de inversión y bienestar para su población.

El presupuesto es el corazón de un gobierno, lo demás son buenas intenciones.

Son diez y ya gobernaban cuando en el 2018 se escuchó el grito de la ciudadanía exigiendo un cambio radical en la manera de llevar los asuntos del país. No más dispendio, no más corrupción.

Algunos Gobernadores de inmediato buscaron adaptarse. Los postulados que esgrimía el actual Presidente de la República no eran ajenos a los ideales de todos los ciudadanos y de todos los Gobernadores. Las dudas estaban en si el presidente electo iba a ser capaz de cumplir lo que prometió en campaña, si tenía la capacidad organizativa para montar un operativo que rescatara a la Nación de los males añejos que le impedían crecer y lograr justicia, si el abanderado de Morena podría acotar la corrupción y resolver el estancamiento económico.

Hablar es fácil, lo complicado es delinear acciones que materialicen las ideas.

El candidato triunfador prometió pacificar de inmediato al país decretando el fin de la delincuencia organizad. Pan comido, no tenía mayor ciencia, ya podíamos trazar un antes y un después, México por fin había cambiado.

Miguel, Enrique, Javier, Jaime, aguantaron rechiflas en sus propios estados cuando recibían al Presidente electo en sus primeras giras. Los ciudadanos envalentonados, alentados por la incipiente estructura territorial del partido del Presidente, buscaban chivos expiatorios para descargar su ira.

Para Silvano, José, Francisco, José Ignacio, Diego Sinhué y Martin, también se fueron complicando las cosas. El Presidente nombró a Delegados Estatales que fungirían como virreyes y se prepararían para ser candidatos a gobernar los Estados, iban a contar con los recursos para hacerlo. Se cancelaron inversiones importantes y se delinearon otras de muy dudoso empaque. El primer presupuesto anual dejó en claro que fuera del Sureste, no había más país. El segundo presupuesto confirmó las peores expectativas. Ahora que el tercer presupuesto está por negociarse, que fueron extinguidos los fideicomisos, queda ratificado que no hay nada para el norte, casi nada para el centro y todo va para el sureste en proyectos que a todas luces serán deficitarios, destructores netos de riqueza.

La templanza de los Gobernadores hizo crisis con la epidemia de Covid. Han tenido que estirar los presupuestos abusando de la imaginación y creatividad de sus equipos de trabajo para sobrevivir con recortes sobre recortes al presupuesto.

Decidieron, después de meditarlo mucho, unirse en una Alianza Federalista que se esforzaría por evitar la destrucción del orden Federal en manos de prácticas Centralistas.

Los Gobernadores han decidido asumir su responsabilidad y enfrentar con gallardía, con pundonor, con responsabilidad, el desprecio y el abandono con el que el Gobierno Central trata a los Gobiernos Estatales de la Nación. Arrinconados por el arbitrario austericidio de las finanzas nacionales, por la inclemente discriminación que sufren a la hora del reparto del presupuesto, se dieron cuenta de que no tienen otra opción.

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Casi nadie acepta que una parte de la República se separe, que una provincia o estado deje a la Federación abandonando el Pacto Federal. Sin embargo, todos estamos de acuerdo en que una colonia explotada, ninguneada, humillada, se emancipe, se libere del yugo opresor, abandone la humillante situación.

Cabe la pregunta de si a la luz de la reciprocidad fiscal y después de analizar los recursos que los Estados de la Alianza Federalista aportan al presupuesto Nacional y se compara contra los recursos que la Federación gasta o invierte en dichos Estados ¿Éstos son tratados como miembros de una Federación o como simples colonias explotadas a las que se les extrae la renta pero no se les reintegra lo suficiente para que puedan sobrellevar con dignidad su destino?

Esta pregunta es clave.

Los Gobernadores conocen la respuesta y la población de los Estados que gobiernan también. Este Gobierno Federal, Centralista, ha traicionado los principios Federalistas con los que se fundamenta el orden Constitucional de nuestro país.

Enfrentan los diez Gobernadores de la Alianza una disyuntiva muy sencilla pero muy perturbadora.

El barco se hunde, es posible salvarlo en su totalidad o es momento de rescatar a tiempo las partes que están bajo su mando. Hay que salvar a los Estados, los más posibles, los que cada quien tiene a su responsabilidad, del naufragio que amenaza con destruir el país y convertir a la Nación en un remedo de pequeño municipio administrado por un ignorante soberbio y mal intencionado.

Son tiempos difíciles, tiempos de definición. Bien hacen los Gobernadores Aliancistas en pedirle a la población cerrar filas. Estamos a tiempo, el Presidente aún puede reconciliar al país. La Patria, lo que se pueda salvar, es primero.

Somos el Estado de La Laguna

Por Federico Sáenz Negrete

El Estado de La Laguna es necesidad urgente para México. Somos un volcán desactivado, Somos tormenta amordazada, huracán ninguneado, terremoto congelado, ríos secuestrados, lagunas olvidadas. Defendemos una reseca consciencia que nunca se agrieta, lanzamos un grito que retumba en las montañas, un susurro que araña las estrellas. La Laguna existe y nunca se detendrá. Late en nuestro interior una violenta llamarada que busca la paz. La Laguna, esperanza productiva que estará ahí, latente, a la espera de que gobierne la cordura. Lucharemos hasta la última tolvanera.

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