Algo entre Carolina y yo

⸺Lárguense de aquí, mocosos canijos.
⸺Léperos, malcriados.
⸺¡Maldosos!
⸺A ver con qué le salen al padre, cuando venga a confesar a los que van a hacer la primera comunión.
Los gritos venían de mi madre y de mis tías, de mi hermana, de las vecinas. De todas las mujeres que la tarde de cada viernes acudían a los lavaderos del pueblo.
La travesura se le ocurrió a mi hermano Luis. Luego de la escuela y de la comida nos juntábamos una docena de chamacos a jugar. Las edades iban de los ocho a los trece años. El nuestro, simplón y sin gracia, parecía un pueblo muerto, así que inventábamos juegos cuando nos cansaban los de siempre, contar historias o disputarnos los columpios o pasear en las bicicletas que no todos teníamos. Esa tarde nos quedamos sin ideas y le hicimos caso a Luis: ir a los lavaderos, donde a las mujeres se les movían las nalgas mientras restregaban la ropa.
Unos abrimos tamaños ojos ante la propuesta, pero mi hermano, lidercillo de la bandada, insistió:
⸺Se ven bien chistosas, parecen como las ancas de las mulas cuando caminan despacio porque llevan mucha carga. Hay de todos tamaños ⸺dijo haciendo ademanes circulares. Casi todos se rieron, y a mí no me quedó más remedio que acompañarlos.
La hilera de lavaderos de cemento blanqueado por el agua, por los jabones y las lejías y no sé si también por el sol y por el tiempo, se encontraba llena. En el aire viajaba el aroma de la jabonadura y desde media calle antes se oían el chapalear del agua en la que fregaban y esa especie de gorjeo disparejo que eran las voces de las mujeres hablando unas con otras, de repente cuchicheos, de repente carcajadas, casi nunca silencios. En los lavaderos se renovaba el alma del pueblo, no se trataba sólo de lavar, ahí las mujeres compartían penas y exageraban alegrías para tener algo que presumir.
⸺¿Y ahora qué se traen? ⸺dijo una que nos vio llegar repartidos en dos grupos silenciosos.
⸺Nada ⸺respondió el de la idea⸺, nomás venimos pasando, se nos ponchó el balón ⸺al oír esto, dos de las niñas no contuvieron la risa⸺, y venimos a sentarnos tantito ⸺concluyó, serio y reprimiendo con la mirada a las risueñas.
Las mujeres siguieron en lo suyo y nosotros nos sentamos a sus espaldas, en el suelo, en semicírculo, abrazando las rodillas y muy atentos, como si fuera a comenzar una función.
Cierto lo que había dicho Luis: las nalgas de las mujeres se diferenciaban en tamaño y en forma y no había mejor momento para comprobarlo que mientras lavaban. Y sí parecían grupas de caballo, de mula o de burro, meciéndose al ritmo del lavado. Me puse a pensar si cuando restregaban más rápido se debía a ropa más sucia y si cuando bajaban la velocidad era por lavar la ropa más nueva.
Pero mis compañeros empezaron a reír. Fue un niño el que soltó la primera risita y contagió a todas las niñas, luego todos, menos yo, que acababa de encontrar las nalgas más bonitas que había allí: las de Carolina, la hija de doña Tencha. Carolina, amiga de mi hermana mayor, iba a la secundaria que tres años antes se había instalado. Yo tenía doce años y ella andaría por los diecisiete. A pesar del vestido, pude apreciar sus nalgas redondas y firmes.
Las burlas y los murmullos alertaron a las mujeres y nos corrieron a gritos y a jicarazos de agua enjabonada.
⸺Si te vuelvo a ver haciendo babosadas con los demás, te voy a pegar ⸺dijo mi mamá, al anochecer, y me pellizcó el brazo para convencerme⸺, tú no deberías juntarte con esos maloras.
Dije sí mamá, no mamá, y no me atreví a denunciar a Luis porque hizo señas de que me callara. Seguramente a todos los del grupo los regañaron en sus casas y por eso al día siguiente volvimos a nuestros juegos normales.
Para mí ya nada fue igual. Esa noche batallé para dormir, pensaba en Carolina y en sus nalgas. Antes ya me había fijado en ella, en su cara bonita de ojos cafés y en el color rojo con que se pintaba la boca. Mi hermana decía que la consideraba su mejor amiga, y siempre andaban juntas. A veces podía estarme un rato con ellas, pero me corrían o se encerraban en el cuarto para contarse secretos. Mi situación en la casa siempre fue un tanto confusa, la polio me dejó una leve cojera y eso sirvió para que me consintieran pero también para que mi hermano, celoso por los mimos, se aprovechara y fuera abusivo conmigo, sin llegar a nada malo, cosas de la niñez.
Cuando Carolina me encontraba por la calle o al ir a nuestra casa, me sonreía y a veces hasta acarició mi mejilla o el pelo que me caía sobre la frente. Podía decirse que teníamos amistad, por eso no se molestó cuando volvió a verme en los lavaderos. Tal vez se sorprendió un poco, pero no se enojó y creo que hasta le gustaba. Yo sabía que lavaba sola su uniforme los martes y los jueves, y el resto de su ropa los viernes, junto con las demás mujeres.
Para evitar sospechas, a mamá le decía que Caro me revisaba la ortografía y a ella, que sólo ahí hacía la tarea a gusto, sin que nadie me distrajera. Llevaba mis cuadernos de la tarea o un libro de cuentos que fingía leer mientras admiraba su figura inclinada sobre el lavadero; descubrí que no sólo sus nalgas, esferas perfectas, ocupaban mi pensamiento, también sentía curiosidad por su escote, por esa raya profunda que divide el pecho de las mujeres.
En el pastel de mis trece años, Carolina me dio un abrazo e hice que durara lo más que pude; entonces supe que yo estaba cambiando, no era lo mismo mirar una cara linda que aquella inquietud que me nacía en la sangre y obligaba al corazón a bombear más fuerte y me producía cosquillas en la piel de todo el cuerpo.
Me acostumbré a soñarla, a soñar sus manos salpicadas de espuma, su vestido mojado a la altura del vientre y sus brazos estirados para tender la ropa en los mecates. Quise crecer rápido y acariciarle los hombros y la espalda sobre la que el sol de la tarde dejaba caer su última lumbre. Quería que pasaran los años y tener derecho a tocar sus brazos enjabonados y sus manos frías y enrojecidas. Y cada noche y cada mañana rogaba a Dios que la voz me engrosara para gustarle a Carolina. Me veía en el espejo y mi cara no era fea, de cuerpo no estaba tan mal, pero mi pierna coja, eso sí podría ser algo que a ella no le agradara. También estaba lo del pecado, lo de no tener malos pensamientos y lo de la fornicación, que la pobre catequista nos explicaba cómo podía, ruborizada y en voz baja. Seguro que lo mío era pecado, pero el primer mandamiento hablaba de amor, así que para justificarme, día tras día me convencí de que “el amor todo lo consigue” y de que “el amor es lo único que importa”.
A los quince años comencé a escribir poemas. Se los mostraba como al descuido, sin decirle que ella era mi musa. Los leía rápido, sonreía, volteaba a verme y me felicitaba: te quedan bien, me decía. Y eso era todo. Sin embargo, desde siempre, desde que la veía en los lavaderos, tuve la impresión de que en su mirada había algo para mí, algo especial.
Me fui a vivir con unos tíos en otro pueblo para hacer la prepa y regresaba en vacaciones. Un día supe que se casó. Dejé de acercarme pero no la olvidé. Años después fui a estudiar sociología, en la capital. Durante la carrera tuve algunos amoríos, compañeras de la universidad, chicas de pelo corto y rostro sin maquillaje, con cuerpo esbelto y mentalidad liberal. Pero yo acariciaba a Carolina en cada una de ellas, las besaba pensando en ella. Creo que cada vez que tuve intimidad, fue un ensayo para cuando le hiciera el amor al amor de mi vida. Sin embargo, en ninguna de mis idas a casa volví a verla.
Carolina tendría treinta años cuando terminé la carrera. El pueblo me recibió sin ocultar su extrañeza ante el nuevo aspecto que adopté: mi cabello, mi ropa, mis zapatos. Como sin querer, le pregunté a mi hermana por ella.
⸺Se separó. Tiene dos niños y trabaja para mantenerlos ⸺dijo y en seguida, frunciendo el gesto, me encaró⸺: ¿por qué te vistes así?
⸺¿Qué tiene de malo? ⸺pregunté jalando un poco mi camiseta con los dedos de ambas manos⸺. ¿Tiene algo de malo? ⸺insistí para acorralarla pues advertí que le faltaba valor.
⸺Puede que malo no ⸺murmuró⸺, pero es… raro.
Esa noche volví a soñar a Carolina, ya no como antes, sino en un sueño adulto, erótico. Decidí buscarla. Fui hasta su casa asumiendo que sus hijos estarían en la escuela. Toqué la puerta y nadie abrió. Me acerqué a la entrada abierta del patio y la vi. Enjabonada de las manos a los antebrazos, empeñada en blanquear el cuello de una camisa. El olor del jabón me remitió al pasado; el deseo, nacido en la pubertad y nunca cumplido, empezó a retumbarme en las sienes, en el pecho, en la garganta. En realidad, la voz no me engrosó nunca, pero procuré que sonara grave, como tantas veces la había ensayado; dije su nombre y volteó. Nos miramos. No abrió la boca y sentí sus nervios. Señaló la puerta para invitarme a entrar y no acepté, me quedé frente a ella. Vi que sintió vergüenza de su piel ajada y de su ropa sencilla. Pero enseguida paseé la vista por sus hombros y sus caderas, más amplias ahora. Me acerqué y ella no se retrajo. Se entretuvo en mi camisa azul y en el pantalón de vestir que no disimulaba del todo el zapato especial para la pierna coja, miró mi cabello corto y su curiosidad se atrevió a tocarlo con los dedos mojados, y sonrió. Fue la señal. La fresa de su boca, aquélla que me atrajo tantos años atrás, se abría ante mí, invitándome a morderla. Y acepté. Una de mis manos abarcó su talle y la otra buscó sus nalgas, ahora más llenas. Cerró los ojos, jadeante, y rocé su boca con la mía. Sólo un momento.
⸺No ⸺gritó⸺. Nunca, nunca, estaré con alguien como tú ⸺la voz fue de piedra⸺. Habrás vivido en la ciudad y tendrás un título universitario, pero eso no importa, aquí las cosas no cambian, somos los mismos de siempre ⸺su voz ya no sonaba dura sino derrotada al decir⸺: en el pueblo nunca se verá bien que haya algo entre tú y yo.

1: Me pidió que no volviera a buscarla y acepté. Era verdad lo que ella dijo: ni siquiera mi familia aceptaría que Carolina y yo tuviéramos algo. Llegando a casa de mis padres me encerré en la que había sido mi habitación de niña y con una mezcla de tristeza por lo que no podrá ser y de rabia hacia los convencionalismos que aún rigen la conciencia moralista del pueblo, comencé a hacer la maleta para irme a donde nadie le importara mi ropa masculina y mi cara sin maquillaje.

2: Me pidió que no volviera a buscarla y acepté. Era verdad lo que ella dijo. Ni siquiera mi familia aceptaría que Carolina y yo tuviéramos algo.

Desanduve el camino entre su casa y la de mis padres. Al verme entrar mamá me preguntó si quería merendar. No respondí. Con intención de hacer mi maleta e irme para siempre, me encerré en el que fue mi cuarto: paredes pintadas de rosa una y otra vez, en el fondo del ropero, las muñecas con las que nunca me gustó jugar, y un álbum de fotos viejas en las que destaca la de mi primera comunión. La foto absorbió mi interés, me senté en la cama para ver los detalles plasmados en ella: el vestido largo y el listón de seda en la cabeza. Estuve ahí, con los recuerdos bullendo en mi memoria hasta que mi madre interrumpió diciendo:
⸺Hija, ¿quieres merendar con nosotros?

3: Me pidió que no volviera a buscarla y acepté. Era verdad lo que ella dijo. Ni siquiera mi familia aceptaría que Carolina y yo tuviéramos algo.
Mi esperanza se desandaba como el camino entre su casa y la de mis padres. Al verme, mamá me preguntó si quería merendar. No respondí. Con intención de hacer mi maleta e irme para siempre, me encerré en el que fue mi cuarto: paredes pintadas de rosa una y otra vez, en el fondo del ropero, las muñecas con las que nunca jugué, y un álbum de fotos viejas: testimonios gráficos de mi infancia. Nacimiento, bautizo, cumpleaños, primera comunión y aquella de mis trece años en la que insistí fotografiarme junto a Carolina. En todas ellas, con vestido y listones en el pelo.
⸺¿Quieres merendar con nosotros? ⸺mi madre entró justo cuando se me salían las lágrimas⸺. Mi niña ⸺exclamó alarmada⸺ ¿por qué lloras?
⸺Ya no soy una niña ⸺reclamé mientras le daba la espalda y me secaba las lágrimas como si quisiera arrancarlas⸺ ¿No te das cuenta?
⸺Aunque pasen los años y seas toda una profesionista y te vistas tan seria que casi pareces hombre, para mí siempre serás mi niña ⸺dijo, y me dejé abrazar por ella.

Un cuento de Elena Palacios.

Flores de laurel en el jardín de Carmela

Por Elena Palacios

Carmela nació fea y nunca se compuso. Prieta y obesa, la nariz ancha y los dientes frontales grandotes y separados. Por eso me aborrecía, porque yo siempre he sido bonita. Sólo las mujeres somos capaces de entender la ignominia que pesa sobre las feas. 

Sin embargo la aversión era recíproca. Ella tenía algo que yo no: un jardín grande y primoroso, diez metros cuadrados en los que, con toda dedicación, plantó rosales de todos los colores. Y se le daban tan bien que la envidia como una nube oscura, llovía cuajadas gotas verdes sobre mí. Obsesivo, un reclamo me atormentaba cada vez que pasaba por su casa: ¿por qué esta tipa barrigona y vulgar, tiene el jardín que yo jamás tendré? 

Un jardín no se obtiene por gracia divina, hay necesidad de limpiar, de retirar el cascajo y los hierbajos, de abonar la tierra e invertir en plantas. Mis seis metros pedregosos siempre han estado lejos de parecer un jardín. Así, todo lo que planto se me seca. Lo único que ha sobrevivido en estos años es un laurel y no me gustan los laureles, pero a Carmela sí. Lo descubrí hace ocho años: un laurel joven, de florecillas blancas y recién plantado, se dejaba mecer por el suave viento de la mañana. 

Desgraciada gorda. ¿Por qué poner un ordinario laurel de hojas verde triste en medio de las rosas?  Qué absurdo. Ya sospechaba que mi vecina provenía de familia corriente y ésta era la prueba.

Aguanté la tentación de llamar a su puerta y pedir explicación por el laurel, pero me fui sin voltear, con la mirada en alto, para mostrar mi dignidad. Le dije todo a mi esposo: que Carmela y yo nunca nos habíamos caído bien, le conté de sus rosales y del laurel en su jardín. Me escuchó con calma y aunque no dijo nada, sentí su apoyo, tal vez mi indignación despertó su más tierna solidaridad. ¿Qué piensas hacer?, me preguntó más tarde, pero no contesté. 

Pasé el día pensando y cuando por fin se hizo de noche no pude dormir, esperé a que diera la una para levantarme. Me vestí, tomé el cuchillo grande y salí en pantuflas. Ignoro si Pepe notó mis movimientos, quise creer que no. 

Me metí al jardín de Carmela y de prisa desenterré el laurel. No hubo problema pues la tierra aún estaba floja. Resultó tan fácil llevármelo que me dio en pensar por qué la ballena fue tan estúpida de no proteger más a la planta. ¿Acaso no se le ocurrió que yo podría llevármelo? Tal vez ni lo pensó, la grasa de su panza le atrofiaba las ideas. 

El arbusto durmió en el fregadero de la cocina, para que sus raíces mantuvieran la humedad; yo regresé a mi cama, me acurruqué con mi marido; con la piel fría por mi incursión nocturna y con tierra en las uñas, pero satisfecha.

Más de Elena Palacios: Fuego azul

Por la mañana, de rodillas y aprisa planté el laurel en el hueco que aguardaba. Era posible que la envidiosa intentara recuperarlo, pero me arriesgué. Cuando fui por tortillas miré de reojo a la casa de Carmela, me espiaba tras la cortina, pero no salió a reclamarme, por el contrario, al notar que la vi, se retiró.

Siempre le rogué a Pepe que me arreglara el jardín, que pusiéramos césped y plantas bonitas. Pero él, perezoso y tacaño, no cumplió jamás lo que tantas veces prometió.

Repito, nunca me han gustado los laureles, se parecen a Carmela: toscos, corrientes, de silueta desparramada. En cambio, a Mamá Juanita, que es mi abuela, anciana pueblerina y sin refinamiento, cualquier planta que dé flores, le parece buena. Por eso hace ocho años compró ese laurel blanco y me lo regaló. Lo recibí con una sonrisa y le pagué con un beso, prometiéndole que enseguida lo plantaría. Con el cuchillo de la cocina hice un pozo y lo planté. El arbusto ha estado ahí desde entonces, salvo aquella ocasión en que tuve que rescatarlo de Carmela, que lo vio, le gustó y me lo robó para ponerlo en el centro de su jardín.

Fuego azul

Por Elena Palacios

⸺Llevo horas esperándote ⸺reclama Liliana y sus ojos chispean⸺, ¿y el frasco de café y el azúcar?

Ángel se acerca a besarla en la mejilla y murmura:

⸺No vengo solo.

La mujer disimula la sorpresa cuando al instante un hombre alto y apuesto aparece bajo el marco de la puerta.

⸺Buenas noches, tú has de ser Lili ⸺y luego de besarla en cada mejilla la toma de las manos estirando los brazos para verla de arriba abajo⸺. Angelito no mintió: eres preciosa.

⸺Gracias ⸺la palabra sale un poco nerviosa⸺. Ángel dijo que tomaría un trago contigo, pero no que vendrías ⸺dice más controlada y sonriente⸺. Pasa, ¿Javier, verdad?, estás en tu casa.

Javier responde que sólo un momento pues tiene otro compromiso. Se sienta en el sofá que la mujer de su amigo le señala. De la recámara llega el llanto de un bebé.

⸺En seguida regreso ⸺se disculpa Liliana⸺, se despertó la niña. Ángel, no seas descortés, ofrécele algo a Javier ⸺ordena pellizcando con la voz a su marido. 

Con un gesto, el invitado da a entender a Ángel que no haga caso y mientras el anfitrión entra a la cocina, Javier admira el buen gusto de los muebles y la decoración. Desde afuera la casa es muy parecida a las demás en esos fraccionamientos de mediana categoría, pero por dentro se siente la impresión de hallarse en un pequeño departamento de lujo. Según le contó Ángel, no tienen sirvienta pero Liliana, además de su incuestionable buen gusto, se esmera en el orden y la limpieza.

⸺Tienes una casa muy elegante ⸺reconoce ante Ángel que trae dos vasos y una botella en la mano.

⸺Gracias, hermano, viniendo de ti, ese comentario vale mucho.

Liliana aparece con el bebé en brazos. Es aún un pequeño bulto arropado entre inquietas sabanitas rosa pastel. Unos minutos de arrullo materno bastan para que la niña vuelva a dormir.

⸺Lamento mucho el contratiempo ⸺dice Javier en voz baja⸺, ya me voy pero escuché que necesitan algo de la despensa, vi que a unas calles está un minisúper, ¿quieren que les traiga algo?

Antes de que su marido reaccione, Liliana enrojece y para no despertar a la niña, ahoga la exclamación:

⸺Cómo crees, qué pena.

⸺Pero, mi amor ⸺interviene Ángel⸺, mi amigo puede dejarme en la tienda.

⸺No, no tiene caso que vuelvas a irte a esta hora ⸺dice como lo diría una madre al hijo adolescente⸺. En todo caso, que Javier sea tan amable de llevarme al súper ⸺se acerca a su marido y le pone la criatura en los brazos⸺. Tú tardas mucho para todo, mejor voy yo y regreso rápido.

Ángel sólo atina a acomodarse a la pequeña mientras Liliana y Javier se dirigen a la puerta.

⸺No la despiertes ⸺advierte a su esposo antes de salir.

Ángel mira la carita de su hija dormida mientras da un repaso mental a la tarde de ese día.

Tenía ocho años sin ver a Javier. Fueron compañeros durante la preparatoria, en las que él se aficionó a estudiar y su amigo a enamorar chicas No dudó cuando a través de las redes sociales su amigo le avisó que estaría dos días en la ciudad, antes de tomarse unas vacaciones en Estados Unidos. Javier desempeña un puesto gerencial en una empresa importante en la capital. Quedaron de verse en el bar del hotel que hospeda a Javier. 

Es un tipo genial, piensa Ángel, siempre con ese don de gentes, con esa seguridad para todo, si no lo admirara le tendría envidia; lo que sí me cae mal es que me diga “Angelito”, como si yo fuera un pobre hombrecito y no lo soy.

Ángel no es que sea bajo de estatura, pero apenas sobrepasa ese rango. De complexión delgada y piel muy blanca, tiene las manos finas y las uñas recortadas y limpias. Lo que más sobresale en su rostro son los ojos, no por grandes, sino por pequeños y con una cierta expresión caricaturesca. Al graduarse de ingeniero civil consiguió empleo en una dependencia del gobierno en la que le va bien. Pero se enamoró de Liliana, de sus ojos azules y de sus modales de niña rica. Gastó sus ahorros en ella: ropa, zapatos, algo de joyería; y en la casa: muebles, decoración. Él no tiene auto, dentro de un año que termine de pagar la casa comprará uno, mientras se conforma con que Liliana disponga de la camioneta de señora, regalo que enganchó con el aguinaldo hace tres navidades y que está a punto de saldar.

Esa tarde vistió y calzó lo mejor que pudo. Llegó al bar cinco minutos antes de lo acordado y tuvo que esperar siete más antes de que Javier apareciera. Al aparecer su amigo, Ángel se dio cuenta de los murmullos despertados en la mesa vecina ocupada por tres mujeres. 

Javier también iba bien vestido, pero tan diferente. Mientras él llevaba saco y corbata, Javier confiaba en su galanura vistiendo ropa informal. Fina, eso sí. Fina y muy costosa.

Los amigos se saludaron con un abrazo fuerte y bebieron, no un trago, como había dicho Liliana, sino una botella de wiski de buena marca. Platicaron de todo: de la escuela y de que qué había sido de tal o cual compañero. Recordaron viejas bromas y Javier quiso saber del trabajo y del matrimonio de Ángel. Luego se dedicó a hablar se sí, de su éxito en los negocios y con las mujeres. Se les fue el tiempo sin sentir, como ahora, en que ya pasaron casi treinta minutos y su esposa no regresa.

El brazo de Ángel se acalambra y al querer masajearlo despierta a la bebita que primero hace pucheros y enseguida empieza a llorar. El hombre se levanta del sillón y comienza a pasearse por la sala para arrullar a la niña pero no lo consigue. Ha de tener hambre, piensa y se dirige a la cocina.

Con un solo brazo y malos modos, busca un recipiente y pone a hervir agua. No para de arrullar a la pequeña y ésta no para de berrear. 

⸺Igualita de gritona que tu madre ⸺dice en voz alta y con expresión de fastidio⸺, yo quería un hombrecito⸺, y la niña llora más. 

Como no logra callarla, la ignora. Sus ojos de caricatura se concentran en la lumbre de la estufa. Flama de hipnótica belleza azul. Ardiente azul, como los ojos de Liliana cuando olvida todo problemilla doméstico y se permite entregarse a la pasión. Azul de mar sereno que se vuelve furia cuando ella pierde la paciencia. 

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“Debes dejar que el agua burbujee cinco minutos”, murmura Ángel, remedando la voz de su mujer. Escucha el clic de la puerta.

⸺Ya regresé ⸺avisa Liliana sin gritar, pero suficiente para que el llanto de la niña retome fuerza, como si diera quejas de su padre.

El azul furioso de los ojos femeninos es una ráfaga de fuego sobre su marido.

⸺¿Qué le hiciste? ⸺reclama mientras le arrebata a la pequeña.

⸺Pues nada, ¿por qué tardaste tanto?, hace casi una hora que…

⸺Ya, chiquita ya ⸺consuela a su hija⸺. No exageres, Ángel, había mucha gente. ¿Qué le hiciste a la niña?

⸺Pues nada, mujer, qué le iba a hacer, tiene hambre. ¿Y de verdad tanta gente como para que tardaras tanto? ⸺en el tono de su voz gotea la desconfianza.

⸺Ay, Angelito ⸺dice sin ganas y dándole la espalda⸺, en cuanto la niña termine su biberón me voy a dormir.

⸺No me digas Angelito ⸺reclama, pero Liliana ni lo escucha, va camino a la recámara sin dejar de hacer mimos a la niña.

En la habitación y desde su lado de la cama, Ángel observa los movimientos de su mujer. Liliana pone a la pequeña dormida en la cuna. Luego se mete al baño a lavarse los dientes y la cara. Se sienta ante el tocador. Sabe que su marido la observa pero finge concentrarse en lo que hace. Toma una toallita de algodón y la humedece con el líquido transparente de una botella. Se pasa la toallita por la cara y el cuello. Después abre un tarro de crema y toma un poco para untarse en la frente, las mejillas, el mentón, el cuello, el escote. Busca un envase más pequeño en el que moja las yemas de los anulares. Unta la crema haciendo círculos alrededor de los ojos cerrados. Ángel la mira en silencio, pensando qué pudo haber pasado en esa casi hora de su mujer con su amigo de la prepa. 

Liliana concluye su rutina mientras suspira profundo y una leve sonrisa contrae sus labios. Al fin abre los ojos. Por el espejo, Ángel ve esos ojos en los que hace rato hubo tanta furia. Ahora no, ahora la mirada azul de su mujer sólo trasluce el apacible fuego del antojo satisfecho.

Agrillamiento de morada

Por Elena Palacios

Día uno: no quise matarlo. Nunca desestimé las palabras oídas a mi padre hace más de cincuenta años: no los mates, los grillos son inofensivos, no traen la suciedad de las cucarachas. Pero tuve que hacerlo, lo maté. Era él o mi cordura. Apareció hace dos semanas. Varias veces me levanté a buscarlo, sin resultado. Por ninguna parte de la casa vi esa especie de extraño intruso nocturno, que según dicen, produce su canto al frotar las alas. Tal vez los grillos sean buenos si los escuchas a lo lejos. Dan a la noche una especie de halo mágico y familiar al mismo tiempo, pero se vuelve una tortura oírlos tan cerca que impiden descansar. En esos días estuve enfermo, y en medio de la fiebre, no sé si el grillo cantaba o era sólo mi imaginación, no sé si era real o yo alucinaba. Recuperada la salud volví a escucharlo. Lo busqué en las habitaciones, en el baño, en la cocina, pero no lo hallé. Se burlaba, como un ventrílocuo que pone su voz donde le da la gana. Hasta que de tanto pensar dónde podría esconderse, la idea apareció: busqué el insecticida y fui a la puerta del baño, la parte inferior del marco está carcomida por el óxido. Agité el envase y sentí que quedaba poca sustancia. Rocié el hueco. El grillo enmudeció enseguida. 

Entre morboso y culpable, imaginaba lo que posiblemente sucedía en el interior del marco: un grillo o tal vez una familia entera de grillos, moría envenenada por mí. El silencio continuó y una hora después di una segunda rociada. El problema despareció: no más grillo; aunque nunca vi el cadáver, lo más seguro es que lo había matado. Esa noche y las dos siguientes dormí tranquilo.

Día cuatro: se me fue la calma, el grillo volvió. ¿Es otro grillo o es que tuvo la capacidad de resucitar?, después de todo estamos en Pascua. No puede ser su hijo, ni su viuda, pues sólo el adulto macho de la especie canta. Llevo dos horas en el intento de dormir y no puedo. Es terrible. Es la revancha del grillo muerto. Fue fácil dar con su primer escondite pero ahora resuena dentro del cuarto; enciendo la luz y se calla, apago y vuelve a grillar. Ya busqué en los rincones y no hay huecos en los que pueda esconderse y yo tendría que mover cada pesado mueble para encontrar al perturbador. A pesar de la confusión trato de ubicarlo. Parece sonar más fuerte en la ventana. La cierro para comprobar si el ruido disminuye, y no, suena igual. Pego la oreja en la pared e increíblemente el sonido se magnifica ahí. Increíble, repito, porque no puede ser: la pared está entera, no hay donde se esconda. Empiezo a sentir miedo, es una casa demasiado grande para el grillo y para mí.

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Día siete: es la muerte. Llevo tres noches sin dormir bien. Es contradictorio: espero con ansias la jornada nocturna para dormir, pero el grillo aparece junto con ella; no el grillo, su sonido, pues no  consigo aún ver al insecto; luego quiero que amanezca pronto para que se calle, pero temo a la luz del sol porque me obliga a dejar la cama e ir a trabajar.

Cualquier día: no sé qué día de la semana es. Ya no importa. No puedo más. El grillo se apoderó de mi vida. La voz de sus alas rebota entre las paredes. Me paro sobre la cama y escucho el maldito canto como si procediera del interior del techo. Hoy abandoné el trabajo. No funciono. En el poco rato que duermo sufro pesadillas en las que miles de grillos inundan la casa, me rodean, se meten por mi nariz, por mis orejas, los veo brincar en el bote de leche y en el excusado. 

Ya no me reconozco en el espejo. Estoy enfermo. El insomnio forzado me dicta la única solución: taladrar muebles, paredes y techo.

Último día: taladré todo: el colchón, las almohadas, el clóset, los muros; me llevó mucho tiempo, pues a cada momento paraba para rascarme las orejas y las fosas nasales, es una comezón insoportable. La casa semeja una zona de guerra: todo destrozado, igual que mi temple. Empiezo a sospechar dónde se esconde el grillo. Es algo tan lógico como su primer escondite. La respuesta ha sido obvia todo el tiempo: el grillo se instaló en mi cabeza, en mi mente. Tiemblo y estoy deshidratado. Una vez más, tomo el taladro. Coloco la única broca que queda. Conecto el aparato, lo pongo en el suelo porque ya no tengo mesa ni otro mueble sano. Sentado frente al taladro, lo levanto y presiono el encendido. Apunto a mi frente, nunca más el grillo se burlará de mí.

La feliz navidad de Cuca

Por Elena Palacios

Es 23 de diciembre y tan temprano, las cobijas a cuadros rojos y blancos, negros y azules, ya cuelgan, recién lavadas, en los tendederos de Cuca. La fachada limpia: las macetas regadas, los adornos de cerámica sacudidos y, flanqueando la puerta principal, dos plantas de nochebuena, compradas en la alameda, caras para el presupuesto de Cuca, pero al menos, por temporada, es un gusto al que no quiere renunciar.

Es seguro que adentro, la viuda se afana también con las tres habitaciones, la sala comedor, y sobre todo, la cocina y el baño. No porque esto no sea la rutina del día, de la semana, de la vida, sino porque la navidad se halla terriblemente cerca, y Cuca espera, como cada año, que esta navidad sí sea una navidad verdadera, de ésas que se ven en la tele: la casa llena de luces y adornada, la mesa poblada de delicias, los aromas a canela y a pino, las mejillas de los niños: cálidas y sonrosadas, y el corazón de los adultos, contagiado de ternura y generosidad. 

Es 24 y comienza el atardecer. La casa de Cuca espera limpia y solitaria, pero van llegando hijos y nietos que ahogan el silencio con sus ruidos y la soledad con presencia, no con compañía. Los chiquillos buscan entretenerse, aunque sea a base de gritos y pequeños pleitos. Los adultos con sus prisas y sus quejas, todas de orden económico. Al padre muerto hace un año, ni se le extraña ni se le nombra. Llevaba muchos años ausente por voluntad propia. La forma de olvidarlo de Cuca, fue guardarle rencor. Un rencor callado apenas suficiente para no extrañarlo ni nombrarlo.

Es nochebuena. Desde la cocina, Cuca observa el escenario: ella sirve platos y vasos; todos cenan y conversan: que si las tiendas a reventar, que si la ciudad llena de zanjas, que si lo caro, que si las ofertas; los chiquillos con su gritería; los adolescentes asomados al mundo de las redes sociales, uno que otro adulto, igual; las hijas y las nueras, en el chismorreo; los varones pidiendo más tamales: no me des de queso, sólo de rojo. Luego toca abrir regalos. La alegría infantil, el desencanto adolescente, la obligación de poner buena cara de los adultos. Cuca abre un regalo, es un chal gris. A ver si te gusta, dice la hija. Se acerca un hijo y le entrega trescientos pesos: me pareció mejor dártelos para que te compres lo que a ti te guste. Cuca agradece y los guarda en su monedero. Otro hijo se acerca y la abraza, te debo el regalo, mamá, ya no me quedó nada, le dice al oído. No te preocupes, responde Cuca.

Ponen música, se ríen. Las envolturas rotas se quedan en el piso, en los sillones. Los niños juegan a perseguirse. Los adultos bailan, Cuca recoge la mesa y se pone a limpiar. Después se sienta en el sofá y mientras mira distraídamente a los que bailan, dice a una nieta: enséñame tu muñeca nueva

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Cuca sale a despedirlos hasta afuera: Dios los bendiga, manejen con cuidado. Préstame doscientos, te los pago en enero, junto con tu regalito, pide en secreto el hijo. Al fin, todos se van. 

Termina de recoger, apaga las luces, todas. Luego se arrepiente y enciende los foquitos de la ventana y los del árbol de navidad. Regresa al porche y recoge las dos macetas de la flor roja, simbólica de la navidad, las coloca junto al abeto artificial. Se lava los dientes y se pone la ropa de dormir. Se mete en su cama, la misma en la que duerme sola desde hace más de veinte años. La reciben las sábanas frías, poco a poco, su cuerpo entrará en calor. Cierra los ojos. Suspira en calma. Recuerda las navidades de su niñez y la primera que pasó junto a su marido. Luego las demás: las de sus hijos cuando eran pequeños. Vuelve a suspirar, se acomoda de lado y mentalmente da gracias, porque eso es lo que se espera: ser agradecida y no quejarse, no pedir. Bastante tiene con su familia: hijos, nietos, nueras; y con que hayan estado esa noche con ella. Se queda dormida.

Es 25 de diciembre. Muy temprano, Cuca despierta alentada por el silencio de la calle, el silencio de su casa, de su habitación. El silencio de su vida. Da gracias, ahora sí con motivo: una vez más sobrevivió a la navidad. No una escena navideña de televisión como la que espera desde siempre, pero sobrevivió: no “la pasó sola” ni abrió las llaves del gas para morirse. Se levanta, va al baño y luego a la cocina. Calienta un café y dos tamales de queso: sus preferidos, los lleva a su buró y enciende el televisor. Le quedan tres o cuatro horas para ella antes de que llegue la familia al recalentado. Tal vez el otro año, piensa sin creerlo, tal vez el otro año la navidad sea mejor.

Vestida de blanco

Por Elena Palacios

Aunque no soy muy creyente, me acostumbré a visitar la capilla sabiendo que aquí la vería. Algunas veces se ocupaba en cambiar las flores de los jarrones y yo le ofrecía ayuda con cualquier pretexto; lo más común era encontrarla en el rezo, sus labios se movían sin llegar a abrirse, el murmullo de su voz me recordaba el zureo de las tórtolas; las manos juntas y la vista en lo alto, como esa imagen de la Virgen junto a la cruz. Ver a mi amada era lo mismo que ver un ángel y yo no podía sino admirarla en silencio. 

Hoy la espero en esta capilla donde la conocí hace tiempo y donde la busqué cada mañana. Llegará puntual, vestida de blanco y perfumada de lirios y de nardos. Los minutos que faltan forman un nudo de nervios que me rebotan de la garganta al estómago. Me acomodo la corbata y aliso imaginarias arrugas en el traje que compré para este día. Es la primera vez que uso traje y corbata.

Volteo hacia atrás y veo que el sitio está lleno. Es muy apreciada y nadie en el vecindario quiso faltar a la ceremonia. Ella fijó la fecha: segundo domingo de pascua. Es la última semana de marzo y lo quiso así para que la misa se adornara con azucenas blancas. Se lo dije varias veces: que parecía una azucena. 

La música del órgano avisa que vamos a comenzar. El cura se planta frente al altar para recibirla. Viene por el pasillo, con paso firme a pesar de la brevedad de sus pies. Toda de blanco, como tantas veces soñé. Trae en las manos un ramillete de rosas y su frente se adorna con florecillas cortadas antes de la salida del sol y que sus hermanas entretejieron con listones de seda.

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Por instantes cierro los ojos para juntar mis recuerdos de ella. Me enamoraron sus manos inmaculadas, como palomas de paz, el mechón rubio que siempre indomable escapaba del tocado, y sobre todo, me apasioné con sus pecas: polvo de oro salpicado en la palidez de las mejillas. 

Se lo dije: que la quería y la quiero, que no me lo tomara a mal, que le proponía casarnos, vivir juntos, tener niños, criarlos, hacernos viejos. La sorpresa de mi arranque le encendió el rostro y la vergüenza asomó por su mirada. No respondió, se fue abandonando las flores marchitas en el piso de mosaicos, a un lado del jarrón. Aún recuerdo el ruido de sus pasos al huir de mí, el vuelo de su falda como aleteo de mariposa asustada.

Pero soy paciente y seguí buscándola, haciéndome el encontradizo. Y logré descubrir su amor. Me quiere. Lo adivino por el calor que la recorre hasta calentarle las manos que a toda costa logro rozar; también por el fuego que enciende lumbre en sus pupilas. Me quiere y lo noto en el temblor que su boca no apacigua. Sé que me quiere porque la voz le vibra cuando me habla.

Ya no hay más pasillo, la espera acabó, vestida de blanco, la novicia se encuentra frente al altar, dispuesta para casarse con Cristo.

¿Yo?, yo soy el jardinero y el chofer del convento y usé los ahorros de dos años de trabajo para comprar un traje oscuro, una camisa blanca y una corbata fina. No podía presentarme de otra manera a esta ceremonia en la que pierdo a la mujer que amo.

Sin alas

Por Elena Palacios

No recuerda bien cuándo comenzó a mirar por la ventana, pero sí, que la tiricia la empujaba a hacerlo. Se trataba de un ansia de tener alas, como los pájaros, y escapar de ahí, de la alcoba matrimonial donde discutía con el marido, de la casa en la que sus sueños románticos se ahogaban, de su vida plana. Escapar volando, pero no era un pájaro, ni tenía alas, ni nada. 

Diez años después, más esbelta, más pálida, su pasatiempo es el mismo: mirar hacia afuera, ahora desde el ventanal en la planta alta de la casa de lujo. Sus hijos juegan basquetbol en la cancha. Agita la mano para saludarlos pero la ignoran, se entretienen en el juego. Hace rato que se le están yendo. Ya no es ella el eje de esos seres que antes dependían tanto de su cuidado.

⸺Vengan a comer ⸺grita. 

Voltean a verla sólo un instante y regresan a lo suyo.

Ella levanta la cara al cielo nublado e inhala, necesita aire, o al menos eso piensa. No puede quejarse de que no le dan su espacio. Hace mucho que no pelea con el marido. Cómo hacerlo, si vive tan ocupado que raramente coinciden.

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La mesa está puesta, la puso ella misma, con los primores que ha aprendido. Lo mismo se esmera con la comida. Ha ido acumulando recetarios a fin de no fastidiar a los niños con la rutina de unos cuantos platillos. 

⸺Suban a comer ⸺grita de nuevo. 

Los casi adolescentes recogen el balón y se disponen a entrar. 

⸺Lávense las manos ⸺ordena⸺, hasta el codo.

Obedecen a regañadientes mientras rezongan que siempre es lo mismo con ella.

No come, los vigila de pie, junto al ventanal abierto; entre los dedos tiene un cigarro ansioso al que da fumadas cortas y rápidas. Es día de cine y los chicos se disputan la elección de la película. 

Es lindo el día, huele a tierra mojada y el viento le acaricia la cara. Qué ganas de escapar, de fundirse con el aire… los hijos continúan discutiendo. Por un momento trata de imaginarse siendo otra, en otro escenario, con un guion distinto, pero no lo consigue.

⸺Mamá ⸺dice uno de los muchachos⸺, ¿verdad que…? ¿Mamá? 

⸺¡Mamá! ⸺gritan los dos al unísono. 

Pero ella, queriendo volar, sin ser pájaro ni tener alas ni nada, acaba de escapar por el ventanal.

El texto aquí mostrado forma parte de libro “Cuentos cortos para gente que duerme sola” de Elena Palacios. Su reproducción fue avalada por su autora.

Las uñas sucias

Texto por Elena Palacios

Salgo de mi escondite cada mañana, justo cuando las puertas del colegio se abren para recibir a los demás niños y comenzar la jornada. Los alcanzo y me confundo entre sus risas. No sé cuántos años tengo, pero me identifico con todos. Algunos días con los de ocho años; otros, con los más pequeños; y otros más, con los mayorcitos, de once, doce años. No importa, creo que el uniforme hace que yo pase desapercibido. Si entro al baño, puedo verme en el espejo: piel pálida, ojos redondos con ojeras grises y cabello muy liso, como si estuviera mojado. Tengo sucias las uñas, con una suciedad verdosa; las lavo o las escondo para que no me avergüencen pero al día siguiente vuelvo a tenerlas sucias. En mi mejilla izquierda hay un lunar parecido a una lágrima oscura cayendo del ojo.

Todos los muros del colegio llevan pintura verde, un verde tierno, como nieve esponjosa de limón. Hay cinco salones en la planta baja y una escalera de cemento que subo cuando quiero ir a los grupos de cuarto, quinto y sexto. Elijo el salón para pasar la mañana. Creo que hoy será segundo. Me gusta la voz de la maestra de ese grupo. Es grave y tranquila, como si nada tuviera poder para alterarla, pero descubro lo contrario cuando grita el regaño a algún mal portado, como ella dice. Ahí aprendí las tablas del dos a la del cinco, y también a dividir. Al principio no podía, pero esa maestra parece un ángel; aunque nunca he visto uno, imagino que los ángeles tendrán la cara y la voz así. Y que igual que ella, se pasearían entre nosotros los niños, custodiando nuestros logros y acariciando con ternura nuestra cabeza.

Los lunes, en cambio, subo a quinto. La profesora tiene la cara seria, la dureza de su mirada se agranda tras sus anteojos. Pero los lunes nos enseña a cantar, por eso subo. Me siento hasta atrás, a espaldas de un niño alto, para que no me vea y no molestarla.

Cada viernes entro al salón más temido por todos, el de sexto grado. La maestra es la directora, una anciana de ojos redondos y piel pálida. Lleva siempre una diadema de carey que le mantiene la frente despejada. Ahí también recibe los pagos de las colegiaturas, por eso sólo debo esperar a que alguien, niño o adulto, entre a pagar, entonces aprovecho y me cuelo sin que nadie se dé cuenta. El viernes de cada semana hay examen para sexto. Disfruto el ambiente de nervios y de tensión. Casi puedo oír el tamborileo en el pecho del niño que va a ser interrogado. Sufro angustia si se equivoca al responder, pero comparto su triunfo cuando acierta. Los mejores alumnos ganan una tarjeta blanca; los casi mejores, una azul; los que estuvieron bien reciben una amarilla. Cuánto anhelo tener mi propia colección de esos rectángulos perfectos de cartulina pero por más que alzo la mano o grito la respuesta, parece que la maestra no me escucha. Ha de ser, que a causa de la edad su oído se ha estropeado, pero si me aproximo para hablarle, puedo sentir su ligero estremecimiento ante mi cercanía.

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A veces visito el salón de preprimaria, nomás para ver a Ofelia, la profesora que me enseñó a leer. Voy a la hora del receso y mi vista embelesada se regocija al verla ofrecer sus dulces: gomitas azucaradas, tamarindos enchilados, monedas de chocolate y chamois que hacen toser. Pasa entre las filas con su charola de delicias y lleva el dinero en una bolsa del delantal. Admiro sus uñas limpias que despuntan en su piel morena.

Lo único ingrato en el recreo son los juegos de balón. Mi alma se encoge cuando los niños corren tras la pelota y se la disputan. Entonces huyo del patio y entro al aula; mientras las niñas se secretean e intercambian muñequitas de papel, tomo un gis y dibujo en el pizarrón. Dibujo un mar, sin olas y profundo, y a mí con traje de buzo. Jamás nadie me delata cuando la maestra vuelve y pregunta de quién son esos garabatos.

Cada tarde el colegio se muere. Agoniza en la alegría de cada niño que regresa a con sus padres. Una a una las voces se apagan; enmudecen los salones, los patios, la escalera. Me quedo un rato más ahí, entre los arbustos de laureles rojos y los árboles de granadas que prestan sombra a los bebederos. Asomo mi nostalgia por las ventanas de los salones. Duermo una siesta, arrullado por los ecos que se esconden entre el concreto y la madera. 

Al tenderse las sombras, un aroma a flores secas me conduce hacia la casa, ésa que de día nadie nota, será porque siempre permanece cerrada. No necesito luz para recorrerla, no tropiezo, la conozco de memoria. La mecedora siempre vacía, el espejo redondo y el baúl que guarda juguetes antiguos. Llego a la cama de latón donde duerme la anciana directora, dueña del colegio. La escucho sollozar en la negrura. He visto sus lágrimas mojar la almohada. Me atormenta su llanto, lo siento como una gruesa cadena que aprisiona mi espíritu. 

No me gusta entrar en sus sueños, pero siempre estoy ahí, en su pesadilla más cruel: es ella, joven y sentada en la mecedora, canta arrullos al hijo que acuna en su regazo. Luego ha de pasar el tiempo, porque la veo correr tras el niño que juega con una pelota. Un hombre viene y discuten, sus ánimos se alteran. En el patio, la esfera de hule brillante cae en la cisterna, el niño también, por querer rescatarla. Entonces la mujer de la diadema grita, se jala los cabellos, se desgarra el alma. Después sus gritos languidecen, hasta quedar en un gemido lastimero de animal en agonía. De vuelta en la mecedora, arrulla a su hijo muerto. En el piso, un charco crece con las lágrimas de la madre y el agua que escurre del cabello infantil.

La directora despierta jadeante y yo junto con ella. Soy liberado del horror de ese sueño. Se sienta en la cama, se sirve un poco de agua de la jarra que pone en la mesita de noche. Da dos tragos, reacomoda su almohada y con el cuerpo vuelto hacia la pared, reconcilia el descanso. 

Yo también tengo sed, Espero el compás de su respiración para beber pero la jarra es muy pesada. En mi intento de servirme hago caer el retrato del buró: es la foto de un niño, sé que soy yo, pero más pequeño, los ojos redondos y la piel blanca, el cabello liso como si lo tuviera mojado, y en la mejilla un lunar, como lágrima oscura que cayera del ojo.

Es muy tarde ya, casi la medianoche. Salgo del cuarto de mi madre sin hacer ruido. Atravieso el patio y regreso a mi escondite, la cisterna. Ignoro los años transcurridos, pero aún logro pasar a través de la ranura en la tapa del depósito. Tanto al entrar como al salir, me ensucio las uñas de lama húmeda y verdosa. Aquí descanso, hasta que mañana el colegio vuelva a abrir sus puertas y reciba a los niños, y yo pueda mezclarme entre sus risas y seguir viviendo de su alegría. 

El texto aquí mostrado forma parte de libro “Cuentos cortos para gente que duerme sola” de Elena Palacios. Su reproducción fue avalada por su autora.

Con la dirección rota

Por Elena Palacios

Te amo…

Las palabras de Celia son el eco de un susurro que me saca del sueño. Miro a mi lado y descubro que el cadáver aún duerme en mi cama, acurrucado junto a mí. Trato de descansar otro rato pero su voz, como el vuelo de una abeja, me zumba en el oído. La encuentro más linda que nunca, adoro verla, sonríe, como si soñara bonito, o como si le viniera al pensamiento un recuerdo feliz. 

¡Celia, mi amada! No sé bien si te maté o te suicidaste; no creo que eso le importe a nadie, sólo a mí, algunas veces. Aprieto entre las mías tu mano muerta y trato de entibiarla a fuerza de besos. Me resigno ante la impotencia de no generar reacciones, tú, sin embargo, desde la quietud absoluta sigues afectando mi vida. 

Hago lo de siempre: la cargo en el hombro. Hace tiempo que no pesa; una de mis manos presiona su espalda y la otra protege el quiebre de las piernas. Abro la puerta del auto y la siento con suavidad; le pongo el cinturón y acomodo su cabeza para que no se incline. Su pálida tez resalta con la luz de la luna. 

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Me siento frente al volante, miro de reojo a Celia y la consuelo. No te asustes, cariño, le digo, es cuestión de minutos, ya sé que te disgusta mi forma de conducir. Manejo de prisa hasta donde mismo, subo por ese camino de terracería en el que siempre me persigue la lluvia del anochecer. He hecho esto no sé cuántas veces, nunca da resultado, soy una especie de Sísifo, el titán griego, que por desafiar a los dioses fue condenado a una tarea inútil y eterna. Termino el trabajo, más con agobio que con cansancio físico, además al auto le urge ir al taller mecánico. 

Llego a casa y veo que dejé la puerta sin asegurar. En el baño de la entrada borro de mis manos cualquier residuo de tierra. Subo a la habitación, dejo las llaves sobre el polvo del buró, enciendo la lámpara y entonces la encuentro de nuevo. A Celia. En mi cama, con la misma sonrisa. Todo igual, excepto sus zapatos; y la imagen es difusa, semejante a cómo se recuerdan los sueños viejos, pero esto hace que ante mis ojos, sea aún más hermosa. 

No soy experto en estas cosas, pero no me sorprende encontrarla, es que de antemano supe los inconvenientes que esta obsesión iba a ocasionar.

Reinicio el rito, ahora la cargo en el otro hombro y frente al espejo, aliso un poco la tela del vestido, me dirijo al auto. En cada ocasión, Celia lleva zapatos distintos, y como si se tratara del rezo de una plegaria, su voz comienza a decir frases de amor, muchas, algunas repetidas, y sus labios se mueven como para besar y sonreír. Su cuerpo parece un templo de tan pulcro y silencioso; beso su boca que lleva sabor a secretos bien guardados. De su corazón abierto no escurre sangre sino una especie de bálsamo caro, del que producen los corazones muertos, ésos que tan alto nos cobran la estupidez de creer que uno puede dar amor aunque el destinatario no quiera recibirlo.

Enciendo el auto y conduzco. Me duelen los antebrazos al forzar la dirección del vehículo para dar vuelta. Paseo por los lugares donde nos vimos y caminamos juntos; sin embargo, siempre termino en el sitio que marqué para sepultarla. Esta vez no quiero ir ahí; viajo durante un tiempo largo mientras escucho la tersa respiración de Celia. Celia que propone, jura y suplica. Pero las voces que desde siempre hablan en mi cabeza, me convencen, con su labia fascinante, de que todo anda bien. 

Es mentira, nada marcha bien. Necesito ayuda. Lo sé. Lo he sabido desde que comencé a amarla tan apasionada y obsesivamente. Necesito que alguien haga por mí lo que no consigo: deshacerme de este amor perene que invade mi mente; borrarlo de la cama y de mis hombros, de mi vida y de lo único que me queda: un auto con la dirección rota.

El texto aquí mostrado forma parte de libro “Cuentos cortos para gente que duerme sola” de Elena Palacios. Su reproducción fue avalada por su autora.

Golpes en la madera

Cuento por Elena Palacios

Semanas antes la larva devoraba los restos del cascarón; al verse libre se aferró al hinojo y comenzó a alimentarse de sus hojas; incansable, como una máquina creada exprofeso para comer. Era difícil abstraer mi interés de sus acciones, confieso que siempre me he dejado llevar por el morbo que produce en mí el ciclo de la vida. 

Imposible evocar mi infancia sin que en la memoria aparezca mi padre, y junto a su recuerdo, el de los perros. Nerón, el criollo amarillo que ya estaba cuando nací, tantas veces atropellado en la calzada y siempre vuelto a recuperar, atendido por papá; no merecía el nombre porque era manso. Recuerdo su muerte en una tarde triste y amarilla también, tumbado sobre las baldosas rojas, junto al lavadero, cubierto de un fluido pegajoso atractivo para las moscas; debí espantarlas para que Nerón muriera sin acoso, me acuclillé ante su agonía, sentí tristeza y me quité de ahí, sólo fue compasión sin utilidad. 

Después vino Duque, un dóberman de mandíbulas enfurecidas. No era nuestro, sino un encargo de cuidarlo que papá aceptó, igual que antes aceptara otros. Permanecía encadenado en el patio del fondo y a pesar de la cadena y de mis doce años, procuraba no pasarle cerca. Duque estaba cuando mi padre murió. 

La oruga crecía tanto que por lo menos tres veces tuvo que cambiar de envoltura.

Por esos mismos días la muerte rondaba nuestra casa. Ponía huellas aquí y allá: nubes negras, puertas que crujían, aullidos de Duque, y una lechuza que sobrevolaba el patio todas las noches, enloqueciendo a mamá; además de las rosas, que recién abiertas, se marchitaban.

Palmo a palmo, las garras etéreas de la muerte se adueñaban de mi padre, de su cuerpo y de su lucidez. Papá ya casi no comía y en su mente se enredaban los pensamientos, los recuerdos viejos y los de la noche anterior. 

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Desapercibida entre las ramas del hinojo, la oruga comenzó a fabricar una crisálida oscura de manchas moradas, refugio en el que durante varias semanas se procesaría el milagro de la metamorfosis.

El corazón de papá estalló un jueves, mamá andaba en la cocina y yo en la escuela. No me lo dijeron, el director sólo me mandó a casa, pero lo supe al ver en nuestro porche a mis hermanastras que jamás nos visitaban. Lo supe también porque el sol se ocultó y porque el dóberman lanzaba aullidos tristes dilatados en la espiral del sonido, pero sobre todo lo supe por la angustia en mi estómago y la ingrata sensación de pesadez en los riñones.

Encargaron un ataúd al carpintero distante dos calles y nunca supe cómo fue que yo alcanzaba a oír los martillazos sobre los clavos en la madera. Parecían toquidos en la puerta; golpes ansiosos, exigentes, y al momento tristes, cansados. Era como si el alma de mi padre tocara en una puerta que nunca se abriría para él. 

En el patio de atrás se daban también unos golpes que nadie oía, y, que por tanto, era como si no existieran: los de la mariposa rompiendo el capullo. Otros ruidos ocupaban el aire: los sollozos de mamá, el murmullo de los rezos, la murmuración de mis hermanastras. Aunque nadie la oía, la mariposa completaba su ciclo. Fui testigo porque algo me atrajo al patio, algo me hizo vencer el miedo a Duque y antes de que la oscuridad colmara en el cielo, vi a la mariposa emerger de la crisálida, tenía las alas oscuras, húmedas y aún replegadas.

Dos hombres trajeron el ataúd y lo metieron hasta el cuarto de papá. Mi madre me ordenó besar la frente pálida y helada. Sacó del ropero una sábana nueva bordada con hilos color oro viejo, la puso dentro del féretro y luego los hombres colocaron a mi padre. Iba sin zapatos, con calcetines negros, un pantalón oscuro de casimir y una camisa de franela. Parecía dormido porque sus ojos y su boca quedaron bien cerrados, el cabello corto, en orden, como de costumbre. Pero era un cadáver, sus manos unidas sobre el vientre, descoloridas, como su cara. Lo velamos en la estancia, entre un crucifijo de pedestal y dos luces con capelo rojo, además de veladoras y flores.  

Me dieron de cenar una pieza de pan y un vaso de leche, luego me mandaron a dormir. No era mi cama ni mi cuarto y nos amontonamos mi hermano pequeño, mis primas y yo. 

Desperté con el aleteo. Dejé la cama sin hacer ruido, salí del cuarto, descalza sobre el piso tan frío, como si debajo también hubiera muerte. Caminé a la estancia y la escena se me presentó con cierto dejo de la irrealidad que hay en los sueños: el cajón de madera con mi padre adentro, las luces mortecinas y a mi madre sola, sentada en un sillón donde dormía, o eso aparentaba. La mariposa estaba ahí, inmóvil, como un sello negro estampado en el cielorraso de la estancia. Habían transcurrido seis horas desde que rompiera el capullo, poco a poco extendió sus alas y fue su revoloteo lo que me despertó. 

Por la mañana, mamá ordenó cerrar el féretro. El carpintero sostenía varios clavos en la boca mientras con el martillo encajaba el primero en la madera. Busqué a la mariposa sin encontrarla. 

En el panteón la caja fue bajada con cuerdas. A punto de que vaciaran la tierra, grité no lo hagan, me miraron y tuvieron lástima de mí, pero seguí insistiendo: ¿que no oyen?, ¿no oye los ruidos, mamá? 

Todos me compadecían, lo advertí en sus miradas, pero era cierto, dentro de la caja algo continuaba vivo. 

Otra vez se hizo de noche, la muerte se había ido y la gente también. Ya podía dormir en mi cuarto y en mi cama, pero resultó imposible, el morbo me obligaba a pensar en el desconcierto de la mariposa, en sus alas quebrándose al golpear entre las maderas del ataúd de papá.

El texto aquí mostrado forma parte de libro "Cuentos cortos para gente que duerme sola" de Elena Palacios. Su reproducción fue avalada por su autora.