Estados de melancolía en la vejez

Por Agustín Palacio

Freud (1915) menciona: “la melancolía se singulariza en lo anímico por una desazón profundamente dolida, una cancelación del interés por el mundo exterior, la pérdida de la capacidad de amar, la inhibición de toda productividad y una rebaja en el sentimiento de sí que se exterioriza en autorreproches y auto denigraciones y se extrema hasta una delirante expectativa de castigo”. En este texto el autor hace mención a las similitudes existentes entre la melancolía y el duelo haciendo ver que lo que los diferencia es la perturbación del sentimiento de sí, tirado hacia el empobrecimiento del Yo.

En la vejez las pérdidas vitales, pueden llegarse a convertir en un profundo sentimiento de soledad y pesadumbre, ya que se han de extraviar partes que si bien muchas de ellas están puestas en el mundo exterior, siempre partieron de la catexia que el sujeto le imprimía a esas vivencias, sujetos y escenarios. Perder al Otro, implica perder algo de mí; la diferencia quizás con estados anteriores es que el sujeto estaba enmarcado por el devenir de un futuro que a ojos propios y quizás haciendo uso de la negación podría llegar a ser mejor, en el sentido de poder salir de la experiencia dolora del presente. En la vejez, este vehículo de salida se encuentra plagado de angustia, puesto que el futuro ya no es una forma de negar, sino más bien se puede convertir en algo angustioso, quizás por tanto, el escape es dirigirse hacia el pasado.

Recordaba hace algunos años cuando acudía con mi abuelo a que me contara historias del pasado para alguna tarea de la escuela; observaba lo inspirado que se encontraba tratando de remembrar aquellos sucesos donde él fue joven, trayendo a su mente aquellas personas, historias y conversaciones que de momento ya no se encontraban; era imposible parar a mi abuelo, podríamos llegar a pasar largas horas conversando de esas experiencias que a él y a mí nos resultaban atractivas. Me atrevería incluso a asegurar que mi abuelo se convertía en el oráculo del pasado, mientras yo al escucharlo imaginaba y fantaseaba dando voz y cuerpo a aquello que yo no había vivido. Al finalizar, a pesar de mi corta edad, lograba ver como sus ojos terminaban empañados de lágrimas, mismas que trataba de ocultar. Mi mente aún joven no podía discernir por qué mi abuelo estaba tan triste al contar vivencias tan satisfactorias. Con el paso del tiempo, mi abuelo fue envejeciendo aún más y yo fui madurando. Mi abuelo se convertía cada vez más en un personaje huraño, malhumorado, gritaba mucho y podía contenerse menos. Esto incluso, fue agravándose por la situación familiar: hijos en conflicto, destituciones y denigraciones hacia su rol, dificultades con mi abuela, la jubilación, la pérdida de sus hermanos, entre otras cosas. Llegué a pensar que mi abuelo no solo sentía que perdía las cosas del mundo real, sino que a medida que pasaba el tiempo, también perdía esos recuerdos que lo sostenían y que quizá lo defendían de observarse a sí mismo en la actualidad. Fui observador de cómo mi abuelo fue perdiendo vitalidad al punto de alejar y alejarse de personas que él amaba y que lo amábamos.

Son varios los autores que denotan las dificultades que se plantean en la clínica en los tratamientos del adulto mayor. Elliot Jaques (1965) menciona que el logro del adulto mayor es el reconocimiento bajo dos vertientes: la inevitabilidad de la propia muerte y la existencia de odio y/o impulsos destructivos dentro de sí. Esto, agregaría el autor ayuda a vencer los sentimientos de omnipotencia y la utilización de defensas maniacas como enfrentamiento ante lo inevitable. Ante el cambio de etapa en la vida, deviene una inminente reelaboración de la posición depresiva, puesto que esto implicará clarificar la incorporación de objetos buenos y malos que fruto del cambio pueden entremezclarse, produciendo regresiones constantes a manifestaciones de posición esquizoparanoide. Cuando en la falta de equilibrio, prevalece una oscilación prominente hacia el odio, la capacidad de destrucción, odio, resentimientos, grandiosidad y crueldad aparecen, pudiendo no ser mitigados por los aspectos más abrazadores de los objetos buenos (amorosos), al no ser cobijados, la protección no es sentida por tanto la destrucción no podrá ser cobijada por aspectos tiernos ni propios ni del exterior. Esto dará como resultado un conjunto de fantasías con índices persecutorios y mordaces, donde el adulto estará dirigido a defenderse con agresión. Las capacidades creativas como la sublimación y la reparación han de quedar lejos en este camino emprendido.

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Para Jaques, si no se supera este estado mental, el odio y la muerte se niegan y rechazan, y son reemplazados por fantasías inconscientes de omnipotencia, inmortalidad mágica y misticismo religioso, que son los equivalentes de las fantasías infantiles de indestructibilidad y de protección bajo alguna figura idealizada y generosa. El encuentro del adulto con la muerte (pérdida) puede manifestarse a través de una negación rígida que en muchos casos detona estados de depresión o melancolías extremas. Ante ello el autor, sostiene la importancia de trabajar a la par del reconocimiento, en la renuncia; es decir, en la perspectiva de que ha de ser imposible lograr todo lo que queremos en esta vida, así como retener todo aquello que en su momento hemos conseguido. Se ha de trazar un camino clínico en donde la realidad pueda ser sentida con el displacer de perder pero a la par de la posibilidad de haber ganado muchas cosas más. La gratitud, la confianza, el reconocimiento y la admiración hacía si, han de constituir elementos que subyacen a las alternativas de poderse reparar, renunciando, de fortalecer el YO aceptando coherente y consistentemente el devenir de la propia vida.

La desolación del amor; El último tango en Paris

Opinión | Agustín Palacio

A finales de la segunda guerra mundial, se robustecen los temas y las luchas relacionadas a la emancipación de la mujer de las actividades que anteriormente eran idealmente designadas a ellas. En este sentido, mujeres de Estados Unidos y gran parte de Europa consiguen como triunfo mediático el derecho al voto dejando de ser ciudadanas de segundo nivel, esto quizás causado por la inclusión “accidental” de grandes masas de mujeres en la fuerza laboral. La militante sufragista y fundadora del Partido Nacional de la Mujer, Alice Paul, creía que la 19ª Enmienda no era suficiente para garantizar la plena igualdad de las mujeres. En 1923, presentó la Enmienda de Igualdad de Derechos ante el Congreso para consolidar los derechos constitucionales de la mujer. Sin embargo, muchas otras feministas se opusieron a esta legislación porque ponía en riesgo las protecciones laborales de las mujeres.

La segunda oleada feminista recorre la década de los 60´s, atestiguando objetivos que irán más allá de lo conseguido a través de la inclusión de la mujer en lo político. Los ejes argumentales eran: la redefinición del patriarcado, el análisis de los orígenes de la opresión en la mujer, rol de la familia, división sexual del trabajo, el trabajo doméstico, la sexualidad y la reformulación de los espacios públicos y privados, además del estudio de la vida cotidiana. Se argumentaba lo siguiente: “No puede darse un cambio social en las estructuras económicas, si no se produce a la vez una transformación en la relación entre los sexos”.

El nuevo feminismo asume como desafío demostrar que la naturaleza no encadena a los seres humanos y les fija su destino: "no se nace mujer, se llega a serlo" (S. de Beauvoir). Se reivindica el derecho al placer sexual por parte de las mujeres y se denuncia que la sexualidad femenina ha sido negada por la supremacía de los varones, rescatándose el orgasmo clitoriano y el derecho a la libre elección sexual.

Contrastantemente, dentro del feminismo surge también un grupo más conservador en donde se observa que una de las causas de las desigualdades entre los sexos es precisamente el placer sexual. Se mencionaba que la mujer ha sido un instrumento en el placer del hombre, por tanto, para dejar de serlo hay que negarse; e incluso sacrificar el deseo por la maternidad. Solo la negación sexual podría habilitar a la mujer a la conquista de un lugar más digno en la ramificación social.

El último tanto en París (1972), dirigida por Bernardo Bertolucci, es quizás el instrumento artístico que precisamente nos permitirá abordar ciertos enigmas, encuentros, cuestionamientos, pero no necesariamente arrojará respuestas de ningún tipo respecto a la relación de pareja, o como me gustaría mejor llamarlo: a la relación entre los sexos. Quiero hacer esta aclaración ya que, utilizando la representación heterosexual de la pareja, nos concretaremos al odiado hombre – mujer.

En el largometraje se plasma a una pareja de protagonistas cobijados por los sinsabores de su propia vida. Jeanne (Maria Schneider) una joven actriz de 20 años, que vive una lucha entre dos mundos: uno de ellos marcado por las aspiraciones de una familia conservadora donde se ve a la mujer como “comandante” del hogar y para ello hay que esbozar comportamientos perfectos que en el mejor de los casos serían catalogados como represivos y desiguales. Esto se observa en cómo se convierte en la musa de un joven director que filma cada paso de su vida, viéndola más como un objeto de estudio que como un sujeto que siente y vive. Jeanne entonces está atravesada por ideales contrarios propios de una sociedad cosmopolita en pleno siglo XX, por una parte, la continuación del ideal familiar que la encapsula y la cierne a ser un objeto de decoración y de placer de un hombre o la búsqueda de una libertad desconocida, añorada pero no abordada hasta ese momento.

París y sus calles se convierten en el ensayo de un encuentro fortuito. Lo extraño, incómodo, placentero y añorante se encuentran como esas entrecalles de la capital del amor. Ahí es donde nos presentan a Paul (Marlon Brando), un tipo que puede observarse como deprimente, aislado, da la impresión de ser como un cuerpo sin vida que camina sin un rumbo específico. No puede contactar, pero por el desarrollo de esta pareja, podemos decir que sí puede ser contactado o encontrado. Al igual que Jeanne, Paul se debate en mundos agotadores que lo desvitalizan; por una parte se encuentra un pasado traumático y tortuoso narrado de como un niño aprende a ser hombre y como la violencia y el desapego emocional en esta construcción que incluso es incuestionable provoca preguntas que no tienen respuesta; por otra parte en su mundo presente ha de vivir con el dolor del suicidio de su esposa, la cual, mantenía una relación extramarital con uno de sus inquilinos y amigo del Hotel del cual es dueño.

El conflicto de ambos protagonistas no sólo pone sobre la mesa la tan comentada pregunta de ¿desde dónde se es hombre y mujer?, sino que promete abrir el panorama a: ¿qué pasa cuando desde una posición determinada (elegida o no) decidimos ser hombres y mujeres?  Betolucci no trata de indagar en las causas, sino en los efectos de las elecciones.

¿Qué se elige? Se elige bajo los ideales, se elige en el cobijo de lo que nos hemos contado a lo largo de nuestra historia; incluso se elige a través de nuestras propias heridas. Un hombre y una mujer heridos, cada uno desde sus mundos, se encuentran en un lugar desconocido pero que luego cobijará la vida que se enlazará en esta relación de los amantes. Se elige el lugar en primera instancia porque en él se exterioriza lo que cada uno de manera interna posee. La suciedad de lo que consideran sus sentimientos, la falta de vida producida por elecciones que no les han convencido y de las cuales viven con culpa, los solos y vacíos que se sienten en su transcurrir lo que dota de un ambiente de orfandad y muerte; no es de extrañar entonces que se elija un departamento que posee esta misma condición. No hay lujo, no hay pompa; es un departamento miserable y sin atenciones.

El lugar es importante porque es el escenario de los amantes. Son los sentimientos y los bordes con la realidad. Adentro son capaces de dar rienda suelta a sus pasiones desbordadas, a sus miedos más inaccesibles, a la pérdida de la propia inocencia y resguardarse de lo que se espera de ellos del otro lado de la puerta. Lo desolado inicial, va dando paso al llenado de experiencias que lo dotarán de vida.

Un punto relevante que borda Bertolucci es que el saber implica amar. Explicaré esto: el saber da contenido y esto mismo brindará la experiencia del amar al Otro. Una madre que por primera vez observa a su hijo y puede amarlo, es porque incluso antes del conocimiento físico hay un conocimiento mental. Esta madre, 9 meses atrás ha tenido la oportunidad de construir un cuerpo y una mente de su propio hijo; pensando en como sería su cara, que color de ojos tendría, a quién se parecería; hasta incluso plantearse que le gustaría que fuera. Este saber está relacionado a los ideales, y a través de ellos es que logramos amar. El ideal como el saber siempre viene de alguien más, luego nos encargaremos de absorberlo para llevarlo a la práctica. Amar al otro, implica saber del Otro, porque en ese saber se dará un encuentro con los ideales propios y ajenos que se disponen en la relación. Explico esto porque al principio los personajes tienen una clausula: no saber nada el uno del Otro; enalteciendo que solo se encontrarán para vivir experiencias carnales y que en el afuera -a pesar de no dejarlo evidente- no podrían hacerlo.

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No saber del Otro, es la desolación del amor. El no saber implica no sentirse en un lugar seguro, sin cobijo y sin contención. Implica a la par no abrirme a la experiencia del Otro, viviéndolo tal vez como alguien que podría destruirme y por lo cual hay que reservarse. No saber del Otro, implica la falta de presencia e intimidad. Donde la caricia podría tildarse solo como un acto natural y animalesco, pero no que produzca emociones. Trazar un puente entre la clausula propuesta y el saber, resulta complicado para la pareja, puesto que se comulga con la idea de que de hacerlo resultará el fin de la misma ya que eso significaría entrar en lo público y salir de lo privado. Entrar a lo público es el fantasma de los ideales otorgados e incorporados de la sociedad, pasando de como quiero ser (lo privado) a como debo de ser (lo público); aquí es donde incluso podemos observar otro elemento relacionado a la desolación estando presente como la dificultad de migrar o de equilibrar lo que quiero con lo que debo; lo que espero de mí y lo que el Otro espera de mí. El no tenerlo claro, habilita entonces a estados de confusión en donde se obtura o se destruye ambos mundos constituidos.

Bertolucci, esto lo plasma como “la muerte de los amantes”; no solo refiriéndome a lo evidente, sino que da lugar a comprender lo que nos habita (nuestros propios ideales y fantasmas), comulgar con el deseo por el conocer al Otro y por último hacer una negociación entre lo público y lo privado ¿Esto podría llegar a un buen puerto? Al menos lo que podemos observar en “El último tango en París” es que el asumir una nueva posición de cara al Otro; no necesariamente propiciará un movimiento en el Otro, es más, ni siquiera podría llegar a ser visto ese movimiento como algo que mejore a la constitución de los amantes, lo común incluso es rehusarse. El supuesto de los amantes es no permitirse lo público, no congeniar quizás por temor y culpa con lo que los ideales de afuera enmarcan. El paso de lo privado a lo público sería entonces la muerte de los amantes y por tanto una última forma de vivir la desolación del amor.

Para concluir, la desolación del amor formaría parte de uno de los desencuentros que hemos de tener con la pérdida, con nuestros deseos truncados y no satisfechos del todo, con la idealización que le damos al Otro haciéndolo responsable de nuestras propias faltas. No poderlo asumir, desgasta, quebrante y nos lleva a posiciones melancolizantes, desoladas y confusas, quedándonos estacionados o reiniciando el ciclo como sucede con Jeanne.

Esto pues nos lleva a entender que transcurrir del deseo al amor, puede haber solo un paso, pero ¡cuán difícil es ese paso!; sería como bailar un buen tango sin tropezarte, sin mirar abajo y siempre conectado a la mirada íntima del Otro; todo en un mismo momento.

La mano que toca su vagina

La vagina como centro unificador del placer femenino contiene funciones vitales a nivel especie. Desde su prevalencia hasta su cuidado pero, ¿qué hay de las funciones a nivel individuo?, ¿qué hay de la vagina como herramienta para alcanzar la plenitud que toda mujer desea?

A partir de esto me tomé la labor de investigar por distintos medios la percepción de una actividad que aún en amplios sectores sociales del país se piensa que únicamente es parte del descubrimiento sexual de los hombres y que exime a la mujer de su práctica y su entendimiento. Señoras y señores hablo ni más ni menos que la masturbación.

La vagina y la masturbación femenina

Entendamos primero, la masturbación es una actividad que comúnmente se hace en solitario, que nace de un deseo prácticamente biológico y/o psicológico a partir de la auto-estimulación de los órganos genitales, es un acto de liberación y de contacto, de cercanía y aceptación pero también de culpabilidad y rechazo; una forma de comparecencia biológica fundida con los afectos de todo ser humano, es el preludio de la vida sexual y uno de los actos más placenteros.

Mi pregunta es: ¿Qué hay de malo en masturbarse? En gran medida la respuesta corresponde a un factor cultural, donde la mentalidad asciende a que hombres y mujeres únicamente pueden plantearse el placer con propósitos reproductivos, pero hay una clausula en este modelo de pensamiento que dice lo siguiente: “el hombre es hombre”.

¿Cuántas veces no hemos escuchado esta respuesta y otras más de nuestras abuelas, tías, o algún tipo de persona que justifica algo que el hombre puede hacer y que la mujer ni siquiera debería intentarlo? ¿ Y saben que es lo más sorprendente de esto? Que las personas que lo mencionan son mujeres castradas.

La envidia del pene hacia la vagina

En el artículo anterior, hablé de la envidia del hombre a la vagina de la mujer, pero ¿qué hay del proceso contrario? La envidia del pene.

El pene a diferencia de la vagina, es una parte del cuerpo que se encuentra a la vista, físicamente observable y no escondido; la única parte de la vagina que puede asemejarse al pene es el clítoris, sin embargo, este último puede llegar a tener una medida máxima de 1 centímetro.

Darwin en su libro titulado “La Evolución del hombre”, menciona que la mujer se encuentra subdesarrollada al no haber podido conformar un pene como el hombre o del tamaño de éste. Esta postura consideraría al macho en una posición de mayor rango que la mujer, es decir, pene sobre vagina.

Freud retomó esta conceptualización recreando la teoría de la envidia del pene, donde la mujer se siente castrada al no haber podido desarrollar un miembro como el de su hermano y/o su padre, a esto se le agrega un factor predominantemente cultural donde hombres y mujeres le rinden tributo al pene.

Esto da respuesta a que en la familia mexicana se espere que el primer miembro nacido de una pareja sea hombre para verificar el triunfo y/o éxito de la cópula sexual, incluso se puede ver en el jugueteo o la interacción que tiene la madre con el pene de su hijo así como el trato especial que las mismas le brindan.

En algunas ocasiones he escuchado a algunas madres mencionar que los embarazos de varones son menos frustrantes, se pasa por menos síntomas y en general suelen ser menos difíciles que al estar embarazadas de mujeres.

Todo esto nos lleva al mismo punto, los mensajes de manera inconsciente que se dirigen a las mujeres y que desembocan en una zona corpórea, húmeda y gratificante: la vagina.

El gran prejuicio que engloba a la vagina

La vagina debe conservarse en plena castidad, pureza y en posición de receptáculo para el gran miembro masculino, si a ésta no deviene el miembro, deberá convertirse en virgen perpetua para lo que reste de vida.

He ahí la repercusión de los mensajes dobles suministrados a la mujer, en primer lugar el rechazo, la indiferencia y/u odio a su genitalidad, para después tener que amarla pero no para ella misma, sino para estar al servicio de otro.

¿Y qué hay de la mujer que se toca, explora, conoce, le gusta y se enamora de su genitalidad? Sobrevienen a mí nombres como “puta”, o comentarios como “¡qué asco!”, “¡Cómo pueden pensar siquiera eso!” aunados a gestos que derrochan repudio, inseguridad y finalmente temor. Y es que la mujer que toca su vagina se convertiría en “una mujer no castrada”, que sabe cómo manejar su sexo y que lo conduce bajo sus necesidades y no se encuentra en la espera del otro para que la enseñe a conocerse.

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Una mujer que toca su vagina y trasciende las barreras de la moralidad, concebirá en su miembro la autonomía y seguridad que les fueron arrebatadas en algún momento de la vida, está adaptada a su mundo y profundiza en su quehacer en la vida.

La mujer que toca su vagina entrará en relación con el otro, sea éste hombre o mujer a partir de la posibilidad de compartir sexo y no actuar meramente como receptáculo de fluidos, insatisfacciones y miedos de la virilidad en el hombre.

La mujer en sí misma que es capaz de tocar su vagina, tocará su cielo que en un sentido real, es el darse cuenta de lo que está hecha y que hace con ello, tocar su vagina simbolizaría su triunfo inminente, no como ganadora por encima del pene, sino en una posición de dominio y no de subyugación.

Por Agustín Palacio

El síntoma

Diálogos en el diván | Agustín Palacio 

“Ese día, estaba terminando de hacer mi tarea. No era tan tarde, tal vez las 09:00 p.m.; veía a a mi madre que caminaba de un lado a otro de la casa, se asomaba por la ventana algo angustiada; parece que buscara algo o tal vez estaba vigilante. Ella me decía que era momento de cenar y que tenía que hacerlo en 15 minutos, estaban por dar tal vez las 09:30. Al terminar, mi madre me dijo que era momento que fuera a dormir, por tanto hizo que me levantara de la mesa para asistir a mi cuarto a la cama. Al llegar ella dejó encendida la televisión; por ese momento se encontraba transmitiendo un capítulo de los Looney Tunes, si mal no recuerdo era aquel capítulo en donde Bugs Bunny huye constantemente de un cazador al cual le prepara trampas y ríe de él. No sé en qué momento ni cuando paró, pero la situación se repetía continuamente. Yo sabía que a las 09:30 p.m. tenia que estar en cama, encerrado y viendo dibujos animados.”

Recuerdo esta experiencia que en algún momento escuchaba en el consultorio, lo siguiente a ello, era un hombre de 45 años años dándose cuenta que el ritual emprendido noche a noche era el distractor perfecto para evitar darse cuenta de la constante violencia que su madre sufría por parte de su padre al llegar alcoholizado noche tras noche. Había quedado aturdido con la conexión que pudo establecer a lo largo de diversas sesiones, donde encontraba repudiable el acceso de sus hijos a elementos televisivos como programas, dibujos animados y demás esquemas que él sentía que distraían de las cosas “que de verdad importan”. 

Los traumas gestados de pequeño habían quedado ocultos ante la proyección de disgusto que le provocaba los elementos televisivos, ocultando una situación que para él implicada dolores y culpas inconscientes de los que no había podido hacerse cargo. Es importante subrayar, tal vez como lo he escrito en otros artículos, la importancia de aquello que llamamos “el síntoma”, no como una fuerza a la que hay que erradicar, sino más bien como método de búsqueda que lleva a dar cabida a los procesos inconscientes que causan malestar en el ser humano. Por tanto, regreso a una frase muy mencionada de mis maestros en la universidad “El síntoma es amigo, no enemigo”. Claramente los síntomas generan malestar, no por su capacidad de existir, sino por lo que esconden, ocultan o reprimen ante la vista del sujeto; por tanto, podemos llegar a mencionar que en determinado momento, la mejor ayuda que puede aportar el aparato psíquico a la supervivencia del sujeto es precisamente el síntoma. 

Recuerdo a mi paciente de 45 años inamovible, estructurado y determinado en su hacer y pensar, visiblemente con dificultades para denotar sus propias emociones y poderles dar algún significado, pienso insidiosamente en cómo el recuerdo que oculta ha sido parte de la formación de su ser, pero al mismo tiempo un recuerdo protector que invisibilizaba la angustia proveniente de lo que sucedía en el cuarto de al lado, de la posibilidad de poder contener cualquier ápice que reflejara que él estaba enterado de todo lo que sucedía y que sin embargo no decía nada, como tratando de olvidar, hasta que en la práctica diaria parece ser que hizo efecto. Es entonces que lo traumático vuelve cuando es destapado, cuando nuevamente se hace visible; cuando se es capaz de detectar en el otro los afectos que no han sido dominados. 

Darle nombre a eso ocultó nuestra una capacidad de contener y elaborar diferente. Darle nombre a lo que sucedió o que se representa en la vida de manera incipiente o constante puede enmarcar la puerta virtuosa al contacto emocional, a que las dificultades por primera vez sean vistas desde el terreno de lo infantil, como aquella herida que no ha podido cicatrizar. A veces cuando observo a los demás, viene a mi mente ese planteamiento: ¿Cuántas heridas son las que tenemos abiertas y que no han podido ser cicatrizadas?, ¿Cuántas de esas heridas existen y se encuentran en el aparente olvido… sin contenido? 

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Al abrir el recuerdo de la experiencia que fue contada anteriormente, un hombre de 45 años estructurado, determinado e inamovible por fin pudo llorar; llorar como aquel niño de poca edad que estaba sometido al pánico de sus vivencias familiares, con tantas emociones encontradas, por una parte la preocupación constante de la vulneración de su madre sufriendo a manos de un padre que él también amaba y al mismo tiempo decepcionado por darse cuenta de esa otra cara de él; la de la violencia y el exceso. El terror nocturno tenía que ser dirigido a un lugar para convertirlo en algo manejable; el aparente búnker que su madre le formó noche con noche, se convirtió por el contrario en un calvario, en una prisión a la que estaba condenado a estar sentado viendo dibujos animados sin poder hacer algo, cuestionándose una y otra vez a sí mismo; comenzando tal vez a construir un enojo que no podría sacar a la madre amada y vulnerable que lo protegió encerrándolo y haciéndolo participe de esas escenas, ni tampoco al padre que idealizaba, amaba y sentía orgullo pero a la vez el pánico y el deseo de someterle. Este cúmulo de emociones fueron dirigidas entonces a lo único que podía ser dirigido, la televisión y sus dibujos animados; eso sí podía ser odiable.

Pagar por mi salud

Diálogos en el diván | Agustín Palacio 

Hace unos días, recuerdo haber tenido una conversación con un grupo de amigos egresados de la carrera de Psicología, hace ya más de 4 años. En esta conversación argumentábamos el significado del costo que llega a tener una terapia psicológica, donde algunas posturas referían una terapia con acceso módico o incluso gratuita, mientras que otros optaban por un precio sobresaliente que permitiera que al otro “le causara dolor” pagar.

Ante este debate, provisto de pros y contras; mi pensamiento se centró en la idea de lo que involucra el dinero o más a profundidad “el pago” en el tratamiento, lo acoto de esta manera, el pago a través del dinero representa un símbolo de involucramiento entre la relación paciente – terapeuta. Indudablemente los significados pueden ser bastos, que, por supuesto dependerán en toda medida del contexto terapéutico, de lo que se vive al interior del consultorio y el vínculo que se ha creado con el analista, por tanto, quisiera situarme en el símbolo de la entrega del dinero al terapeuta, ese dar que el paciente atraviesa al finalizar la sesión.

El dinero es el poder social que por mérito establece un sistema de relación que impacta en lo político, social e institucional. En el dinero están traducidos o desencadenados las posturas narcisistas que los seres humanos tenemos, aquel que es capaz de montar una gran fortuna o tiene alto poder adquisitivo puede traducir sus acciones al despilfarro o a la compra compulsiva de bienes materiales, incluso a la falsa labor social; donde las asociaciones creadas, visitadas o ayudadas son vistas desde el vértice de la cantidad, del sobrante o de la utilidad. Es por ello que la sospecha del símbolo del dinero es la relación con el narcisismo primitivo, donde el otro da a través del sobrante, el otro da por utilidad, por servil que le puede ser el objeto que lo acompaña; no existe un vínculo que afecte el desprendimiento de lo que tengo. En álgidos niveles sociales podemos analizar el componente narcisista, mientras que la contraparte (aquel que tiene poco, aquel que carece, aquel que no da) lo hace a través del sentirse castrado, anulado o en ocasiones negado a la propia realidad. El dinero para el que no tiene, atraviesa la propia falta, la falta en el afecto, la falta en lo que alguien no le dio, o la falta en lo que no pudo construir.

En la inmediatez podemos observar esta situación en los estratos sociales donde la falta del dinero produce una libido o energía pulsional asociada a elementos de muerte (no en todos los casos), generando pues vicisitudes sociales y políticas que merman la libertad del propio individuo.

Dicho lo anterior, nuestra cultura y gozo capitalista, establece criterios que le permiten funcionar y “equilibrar” la balanza social: el que tiene más hace evidencia de su propio narcisismo y el que tiene menos hará evidencia de su sometimiento y castración ante la figura del mismo. Entonces, ¿por qué utilizar el dinero como el pago del análisis personal, en tanto, la hipótesis nos hace ver que el dinero es otra manera de encadenarnos a aquello que nos ha traído como síntoma al consultorio? ¿No parecería esto una gran contradicción?

Contestaré esta pregunta, desde la observación y la plática con mis propios colegas. Si bien el dinero tiene un significado universal, mismo que de acuerdo al contexto pudiese llegar a cambiar su forma, más no su fondo.

En terapia se utiliza el concepto universal del dinero (narcisismo/castración vs poder) para representar la figura de la completud y el equilibrio a través de un rasgo contrario: el dinero. "Es importante saber que el pago de un paciente es la forma que tiene de solventar, agradecer y amar al otro por los cuidados y acompañamientos realizados, esta es la forma en la que él mismo puede contener el impulso de atravesar la relación con el terapeuta y desarrollar vínculos más allá de lo que implica estar recibiendo un tratamiento." (la necesidad de que el terapeuta sea su amigo, familiar, pareja, jefe, etc), el dinero es la forma en que se atraviesa la realidad del paciente, tanto para saber que la representación mental del terapeuta es construida por él, como para saber que dicho acompañamiento tiene un fin.

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Cuando se menciona al final de la sesión: “Ha terminado el tiempo, nos vemos la próxima semana”, ayudas a centrar la realidad del paciente, es decir, que lo hablado, recordado y elaborado tiene que si o si traducirse en un comportamiento en el allá, en el afuera, mismo donde el paciente es el único responsable de ello. El dinero, finiquita esa labor. El dinero viene a bien representar esa responsabilidad que se lleva el paciente para poder regresar la próxima semana a verbalizar lo encontrado o a profundizar aún más en sus conflictos internos. Esta óptica nos habla de un aprendizaje relacionado al amar, donde precisamente para poder tener una relación con alguien más la instancia es hacerme responsable de mí para posibilitar el encuentro con el Otro, entonces, me hago responsable de mí cuando regreso algo de lo que alguien me está dando, parte observada en el vínculo madre – hijo. El hijo puede desprenderse de la madre, en tanto la misma haya dado, haya hecho lo posible por construir la propia independencia del menor, para que entonces el pueda alejarse. Sin embargo, el vínculo entre madre e hijo no tiene un límite exacto, lo cual posibilita que el infante vea a una madre mesiánica, idealizada y perfecta; lo cual complica la resolución de los conflictos internos, es entonces que, el dinero, desprenderse de algo que le duela y lo haga caer en la propia realidad, permite una relación basada en el espejo, en el devolver al otro lo que se está diciendo, sin adherirle más o menos a la realidad planteada.

Otro punto a mencionar es, ¿cuánto debe cobrarse por este acompañamiento? He sabido de colegas que logran hacer “labor social” y permitirse el servicio gratuito y/o bajo costo. Desde mi punto de vista, esto no es correcto. Tal cual como se narra anteriormente, el significado del dinero es precisamente para situar al paciente en la realidad, que pueda reconocer la valía de su propio trabajo, algunos dirán de manera coloquial “que le duela”, pero no se trata de dolor, se trata de evidenciar que en el afecto se da lo que se tiene, no lo que sobra. Dar lo que sobra implica una relación que puede llegar a trastocarse al abuso, donde los intereses no son la cura, sino simplemente reavivar el conflicto que ha tenido el paciente una y otra vez. En el sentido estricto, ajustar el pago al poder adquisitivo del paciente, podrá hacer, al menos en nuestra sociedad occidental, que encuentre ese sentido a recuperarse, al hacer. De lo contrario, podríamos llegar a tener a pacientes recluidos en terapia sin avance, y por el contrario, con atisbos de retroceso en sus múltiples malestares. ¿Qué pasa entonces con aquellos posibles pacientes que tienen poco o carecen para poder mantener un pago de psicoterapia? Hay que recordar que lo importante en la relación es el “dar”, el Otro tiene que encontrar en sus formas e intereses la forma en la que puede dar para que entonces exista la relación. Lejano al sentido del dinero, todos tenemos la posibilidad de dar algo, evidenciarlo a través de algo, tal vez el punto de partida puede ser si estamos dispuestos a hacerlo, puesto que “dar” implica indagar en nosotros y mostrarnos para posteriormente ofrecer. Al final, tal cual como lo hemos mencionado en otros artículos, la terapia habla de amor.

Reflexiones del otro ante Covid-19

“La plaga no está hecha a la medida del hombre, por lo tanto el hombre se dice que la plaga es irreal, es un mal sueño que tiene que pasar. […] Nuestros conciudadanos no eran más culpables que otros, se olvidaban de ser modestos, eso es todo, y pensaban que todavía todo era posible para ellos, lo cual daba por supuesto que las plagas eran imposibles. Continuaban haciendo negocios, planeando viajes y teniendo opiniones. ¿Cómo hubieran podido pensar en la peste que suprime el porvenir, los desplazamientos y las discusiones? Se creían libres y nadie será libre mientras haya plagas."

“La Peste, Albert Camus, 1947”

 

Han transcurrido 4 meses. Estos mismos 4 meses donde decidimos o algunos nos sentimos obligados a cerrar nuestras puertas, a asegurar nuestras ventanas, a saludar de manera lejana al vecino e incluso huir de ello. En este mismo periodo han transcurrido la lejanía con el ser amado que vive en otro hogar, de aprender a comunicarnos a través de medios que poco dan a sentir la calidez de un abrazo, una caricia o un beso. Hemos montando nuestras barricadas en casa. Nos hemos desplazado al supermercado con una gran cantidad de armamento, esperando encontrar lo suficiente para nuestros propios hogares y esperando no sentirnos contagiados. Nuestra rutina ha cambiado. Nuestro trabajo ha cambiado. Nuestra vida ha cambiado.

Hemos tocado nuestra fragilidad y hemos quedado asustados. Probablemente habremos de escuchar el grito que yace en nuestro interior, como si fuera una llamada o un canto hacia la libertad esperada, esos gritos endemoniados que el silencio los reprime. Tratamos de ajustarnos, de adaptarnos, de propiciar la armonía en medio de la crisis, sin embargo, es un hecho que no a todos nos ha funcionado, basta voltear a ver las cifras de violencia que se han acrecentado y las dificultades que hemos tenido ante la convivencia con el Otro. Justamente es un punto fundamental de este escrito, puesto que quiero hacer esa distinción del Otro.

Por una parte, está ese Otro desconocido, frecuentado, con poco o mucho significado en nuestras vidas, externo al Ser. Ese Otro parecía estar facultado por la función de demandarnos: nos demandaba acompañamiento, acercamiento, estados de ánimo provechosos (pareciera que para ese Otro siempre habría que estar en condiciones adecuadas), cumplimientos, deberes, pero sobre todo tiempo. Parece ser que para ese Otro había una constante demanda de aparentar estados de quietud y enmascaramientos provechosos; eso hacía que en múltiples ocasiones se experimentara estadios de ahogamiento, insatisfacción, el deseo “de que el tiempo pasara”, de angustias que detonaban en crisis al interior mismo, pero en lo próximo regresábamos a ese modus vivendi, de quietudes y enmascaramientos provechosos. ¿Cuál era la vía para el contacto con ese Otro? El exterior.

El exterior, es la idea de realidad que se configura alrededor de lo que está fuera de mí. Esto mismo lo concibo como una idea, ya que en muchas ocasiones puede ser rastreado más como fantasía que como realidad. Doy un ejemplo de ello: me he topado en múltiples ocasiones ante el discurso del Otro en consulta, narrativas que rastrean un fuerte cansancio respecto al mundo laboral en el que yacen, denotando palabras como “no creo que sea lo suficiente en mi trabajo”, “la empresa no es capaz de reconocer lo que otorgo”, “no se cuenta mi tiempo”, “no vale la pena mi esfuerzo”, entre otros elementos parecidos; posterior a ello hay una frase que constantemente me deja pensando, puesto que después del estadío de desahogo sobrevienen frases como: “…pero bueno, este es el trabajo que elegí, el que da de comer a mi familia, el que me toca, al final es un buen empleo”. ¿Qué es lo que denota esta escena típica en el individuo? Probablemente la incapacidad de funcionar a través de lo real que opera en el sujeto, la improbabilidad de discernir entre sus propias demandas y en un sentido muy profundo la trampa que hay detrás del discurso.

¿Cuál es la trampa? De que precisamente esta falta de decisión o de voluntad está regida por mecanismos de ganancia; es decir, aún y cuando el sujeto no goza de la situación externa que vive, aún así esa situación es mejor, puesto que evita afrontar lo que seria actuar de manera congruente consigo mismo. Por ejemplo, que tal si dicho sujeto aun no es capaz de contestar a las preguntas: ¿sabe usted que es aquello que no le permite responder a sus deseos?, ¿Qué sucede en sí mismo para que no se sienta suficiente donde labora?, ¿para quién no vale la pena el esfuerzo que realiza?, entre otras más, que pueden llegar a saltar de dicha situación.

Más de Agustín Palacio: De contradicciones y desencuentros…

Este contexto lo narro para clarificar el punto de lo que COVID 19 ha involucrado para nosotros. La COVID 19, saltó como la respuesta que obligó a responder a través del acto las preguntas que ponían en jaque nuestro involucramiento con ese Otro Externo o desconocido (aunque puede ser que por la situación sea más que conocido). Obligó a voltear a ver lo que sucedía dentro del sujeto poniendo en dudas las voluntades al elegir el exterior como su modus vivendi; ya que no quedó de otra más que convivir con lo que había dentro. O, ¿cuál creen que sea el motivo por el que las cifras de violencia, rupturas, suicidios y demás han aumentado en medio de la pandemia? Ojo, no puedo mencionar que esta sea la única causa, sería iresponsable de mi parte asegurarlo, sin embargo, el hilo de este planteamiento configura el conflicto que prevalece con nuestro interior, de las luchas que pugnan entre lo que vivíamos afuera contra lo que ignorábamos desde dentro. ¿qué habla de nosotros de la intolerancia que tenemos con un niño que le ha tocado trabajar desde casa?, ¿qué habla de nosotros las agresiones que se han tenido con los miembros de la familia ante esta “nueva normalidad” ?, ¿qué habla de nosotros nuestra sensación de pesadez, desmotivación y tristeza profunda cuando estamos hoy por hoy en nuestras casas de tiempo completo?, ¿qué habla nuestra sensación de salir corriendo de casa, cuando se “nos quitó” la realidad externa? Tal vez esta pandemia, nos puede estar mostrando que las rutas de escape que creamos desde pequeños pueden ser más frágiles de lo que pensamos. Tal vez y esta pandemia está mostrando con altos montos de angustia la falta de contacto que hemos tenido con nuestro Otro que se anida en el interior.

Para finalizar, pongo en retrospectiva la idea de la libertad. Hemos pensado que esta pandemia nos ha quitado la libertad, sin embargo: ¿estamos seguros de que hemos sido libres antes de ello? Si es así, ¿porque nuestra libertad tendería a depender de alguien más? La libertad, la elección o la voluntad es un acto que viene a través del sujeto y solo sí el sujeto acepta tenerla y para que esto se dé en última instancia se haría desde tomar en cuenta la completud de nuestro ser, pero la libertad jamás estará relacionada a las ataduras ni a los objetos que pareciera tienen que permitirme tener “libertad”; ya que si ella depende de algo más, tal vez sea todo menos libertad.

De contradicciones y desencuentros...

La Real Academia de la Lengua Española, define el concepto de contradicción como una afirmación y negación que se oponen una a otra y recíprocamente se destruyen.

Aristóteles hablaba acerca de la contradicción mencionando que para que ésta exista la primera afirmación tiene que descansar sobre la otra que es opuesta, y ésta otra hace su efecto en la primera, aceptando la codependencia o correspondencia de ambos postulados.

Hegel, contrario a Aristóteles, sostenía lo siguiente; “todo es inherentemente contradictorio”, donde para el mismo no solo la contradicción es una característica del pensamiento sino uno de los agentes sobre el que se configura la naturaleza dialéctica del mundo; es decir, la contradicción viene a ser el recinto sobre el que transcurre el raciocinio conjunto a sus leyes, formas y habitualidades de expresión.

Para Jacques Lacan, el inconsciente está estructurado como el lenguaje, por tanto, el inconsciente es lenguaje. En la operación del lenguaje proliferan elementos que propiamente se contradicen, se “desdicen” uno de otro, pero que suelen encontrar una verdad que no está dicha, que escapa a los lineamientos en los cuales el sujeto a aprendido en su “decir” del lenguaje. Para entenderlo de mejor manera, el lenguaje es lo que veríamos si nos paramos en una playa, donde contemplaríamos que hay un inicio pero no un final (al menos no perceptible), donde veríamos que hay una capa de agua más no veríamos la profundidad; es entonces que lo que podemos percibir del mar es la capa más superficial y que es el resultado de lo que en profundidad y extensión existen. Todo esto nos daría a entender que tal como el mar, el lenguaje tiene un lugar, sin embargo, ésta sería la única diferencia con el ejemplo expresado: el lenguaje no tiene un lugar fijo, por tanto, visualizar el contenido de su fondo podría darnos más de una vida para entenderlo, comprenderlo y hacerlo consciente. Lo que sí sabemos es que este contenido, en su gran medida expresa contradicciones.

Todo este preámbulo me lleva a aperturar algo que podríamos llamar “un principio de contradicción” traducido a los actos humanos.

Las redes sociales en un periodo menor a 4 meses han sido el lugar de la demostración de diversos temas sociales que se han puesto sobre el análisis de letrados hasta cualquier individuo que siente la posibilidad de opinar acerca de ese escenario mostrado, teniendo temas que van desde la aprobación de la ley del aborto en Argentina y otros países, actos de feminismo y hembrismo en diversas partes del mundo, el aborto como alternativa y/o derecho universal, los casos de pederastia de la iglesia católica, así como últimamente podríamos mencionar la posibilidad de una mujer (pasando por un proceso de transformación de fisiología de hombre a fisiología de mujer) a estar en un concurso de belleza.

Lo que resulta interesante de estas eventualidades y que pondré como foco de análisis del artículo es cómo la contradicción, estrategia de proliferación del lenguaje es expresada en aquellos modelos donde el lenguaje se comunica (el habla, la escritura, la escucha principalmente) para darle figura a lo que el fondo desde su construcción quiere mostrar. Entonces me he tomado la libertad de leer, observar e identificar los posicionamientos de diversos usuarios en redes sociales ante estas situaciones que hilan perfectamente más que lo que pensamos, aquello de lo que estamos hechos: la contradicción.

La expresión formula posicionamientos en donde se marca una notable preferencia del sector femenino hacia movimientos donde se luchan por sus derechos, enfatizando un acuerdo constante a proveer la libertad, el derecho y la equidad como fuentes de rebelión hacia el patriarcado, donde existen opiniones encontradas por las formas en que estas quieren hacer valer su presencia como mujeres que van desde actos vandálicos y que pudiesen ser catalogados como ofensivos no solo hacia el otro género sino también hacia su mismo género, hasta actos de presencia social donde desde la actividad profesional, política y/o personal, se fomentan valores de esclarecimiento en relación al término; parte de estos movimientos se enlazan con la posibilidad de que la mujer tenga el derecho al aborto y ser dueña de su propia sexualidad; tema que sí ha puesto a las masas divididas donde un alto grado de hombres y mujeres condenan el acto, lo sesgan o lo parametrizan de acuerdo en muchas ocasiones de la posición subjetiva que conlleva la creencia (religiosa, política, social o ideológica), mientras que un porcentaje menor vehiculiza el aborto como una alternativa de salud y calidad de vida.

He de destacar que este tema ha sido sensible, pues se leen desde comentarios donde la violencia es el foco de argumentación, donde se ofende la libertad sexual y de decisión que del sujeto emana o en este caso de las mujeres. He de mencionar que en muchos casos la mujer que justifica su libertad (aludiendo al feminismo), es la misma que condena la libertad de otra mujer de decidir sobre si tener o no a un ser humano. También se ha de destacar posiciones de hombres en donde la mujer es consignada como un objeto sexual, físicamente deseable pero no amable; como elemento para eludir una vida en pareja pero que es castigada por pensar en la posibilidad de que sea ella misma – sin su intervención ni aprobación- la que decida y tome riendas de su vida.

Estos posicionamientos trascienden la esfera infantil, donde constantemente han salido investigaciones donde el sacerdocio ha cometido crímenes sexuales por años en diversas partes del mundo y un alto grado de la población justifica los actos cometidos e incluso otras más los entiende como un “acto de Dios”, donde no solo se justifica, se enaltece el abuso. La presencia del mismo está tan anudado al entramado del lenguaje que la verbalización del contenido ha sigo ligado a un afecto de goce en el ser humano, entonces escuchamos constantemente palabras como “puta”, “piruja”, “lencha”, “machorra” dichas con el fin de agredir y siendo introyectadas como gratificación, (anudándose el amor a partir del odio) mostrándose la paradoja “para demostrarte que te amo, he de demostrarte que te odio y para demostrarme que me amas, haz de demostrarme que me odias”.

Tan profunda es la contradicción que lo que podemos defender puede ponerse en tela de juicio ante aquello que en sola apariencia no conocemos dimensionando la explicación de que la mujer es existencia natural por biología y parcializándola nuevamente de todo aquello que la forma, con argumentos que se encierran en la contradicción de: “Defiendo la libertad de la mujer, pero solo la tan llamada mujer natural, aquella que no lo es la condeno.”

¿Dónde se encuentra la contradicción? Se fundamente donde aquello que defiendo, lo condeno; donde la experiencia 1 acota a la experiencia 2 y entre ellas coexisten perturbándose de manera que nos resulte imposible pensar que verdad están encubriendo ambas.
Si los ejemplos aun no clarifican la contradicción puesta en el lenguaje, pongámonos en nuestras vivencias del día a día, donde probablemente aparecen un sinfín de contradicciones como, por ejemplo, sentirme en la necesidad de preservar una relación de pareja cuando es insostenible la lealtad, confianza y comunicación; el verbalizar que en mi trabajo no estoy logrando la satisfacción necesaria y decidir constantemente quedarme; mencionar que mi atracción sexual va dirigida hacia mi mismo sexo, pero constantemente acepto tener relaciones sexuales con mujeres. El querer constantemente no ser abandonado, pero hacer todo lo posible para que el Otro se vaya, etc.

Ejemplos hay muchos, si nos ponemos a analizar, nuestro lenguaje siempre expresará la contradicción en todas las formas que pueda. Tantas de estas contradicciones son necesarias mientras que el sujeto no aperture la verdad que esconde la contradicción. El objetivo entonces del sujeto es llegar a la verdad que enmascara la contradicción.

Entonces, si somos seres contradictorios, pongámonos a predecir cómo será la calidad de nuestros encuentros con el Otro, siendo que ese Otro también guarda sus propias contradicciones.

Juana Inés

Hace años fui fiel seguidor de la historia de mi país. Me congratulaba cada año, en cada desfile celebrando lo que grandes hombres habían hecho por nosotros al perpetuar la “libertad”. A pesar de que estos desfiles eran cansados me sentía orgulloso por la valentía, la perseverancia, el grado de lucha por la libertad de expresión, el amor a la patria y al entendimiento de que el pueblo tiene totalmente el poder de exigir, de decidir, de permear y mantener creciente un país.

Años después me fui enterando de la tergiversación de los escritos, de cómo muchos héroes fueron antihéroes, cómo otros más fueron vanagloriados con situaciones ficticias o elaboradas, otras más ni siquiera existieron y entonces entré en una terrible confusión al preguntarme qué de aquello escrito en muchos libros, posteado en muchas páginas de internet, verbalizado en radio y televisión… era un supuesto de verdad o un supuesto de mentira.

Entendí que francamente no lo sabría, todos los historiadores hacen una recreación de la historia que otros más les contaron, que otros más documentaron, así que entendí que la labor más fuerte que podría hacerse es mantener una crítica fuerte, informada e integral de lo que se plasmó en la historia de nuestro país. Fue entonces que me pregunté: ¿Cuál será el sentido de que en la escuela solamente nos enseñen “una embarrada” de lo que hicieron ciertos personajes ilustres? O, ¿Por qué se empeñan en meternos hasta el tuétano a personajes como Miguel Hidalgo, Francisco I. Madero, Pancho Villa, José María Morelos… hasta el mismo Cristobal Colón, entre otros?

No deseo pensar que exista algún tipo de conspiración o un asunto de ocultismo detrás del sistema educativo (no tengo información certera de que así suceda en todas las escuelas de nivel básico), pero sí que existe tal vez un sentido de deformación de la realidad integradora del pensamiento. Explico, lo externo de esta manera ya que actualmente es común que en todos los niveles escolares se ponga atención vital a modismos o fórmulas repetidas que funcionan en otros países y que se deje de atender la fórmula sobre la que funciona un país que está ampliamente relacionada con sus orígenes étnicos, culturales – filosóficos, antropológicos e históricos.

Fue entonces que hasta en mis inicios de preparatoria tuve la fortuna de enternecerme con las ideas vanguardistas, poéticas, filosóficas y feministas de una mujer que la historia no le ha hecho justicia.

Juana Inés de Asbaje y Ramírez de Santillana. Es la imagen de la semilla en suelos no fértiles que aprende a crecer, adaptarse, embellecerse y fortalecerse sin importar el lugar en donde está sembrada. Es la imagen de lo que en el siglo XVII era impúdico, inmoral, prohibido, al punto de volverse obnubilada ante los ojos del clero y del alto poder eclesiástico. Una mujer que era representante del yugo que ejercía el patriarcado en una sociedad donde la mujer tajantemente era desprovista de toda posibilidad de intelectualizar, de gozar su sexualidad, de la imposibilidad de ser considerada una erudita o docta por haber nacido mujer. Una mujer en una sociedad aun visceral, acentuada por un pensamiento mágico – religioso donde se condenaba el razonamiento, el libre albedrío o el comportamiento individual que fuera en contra de los usos y costumbres de la época.

Es aquí donde yace la pregunta más interesante al hablar de Sor Juana; ¿qué habitaba en los adentros de una mujer con ideas y pensamientos rebeldes en el siglo XVII? Analicemos el siguiente texto:

Redondillas

Hombres necios que acusáis
a la mujer sin razón,
sin ver que sois la ocasión
de lo mismo que culpáis:

si con ansia sin igual
solicitáis su desdén,
¿por qué queréis que obren bien
si las incitáis al mal?

Cambatís su resistencia
y luego, con gravedad,
decís que fue liviandad
lo que hizo la diligencia.

Parecer quiere el denuedo
de vuestro parecer loco
el niño que pone el coco
y luego le tiene miedo.

Queréis, con presunción necia,
hallar a la que buscáis,
para pretendida, Thais,
y en la posesión, Lucrecia.

¿Qué humor puede ser más raro
que el que, falto de consejo,
él mismo empaña el espejo,
y siente que no esté claro?

Con el favor y desdén
tenéis condición igual,
quejándoos, si os tratan mal,
burlándoos, si os quieren bien.

Siempre tan necios andáis
que, con desigual nivel,
a una culpáis por crüel
y a otra por fácil culpáis.

¿Pues como ha de estar templada
la que vuestro amor pretende,
si la que es ingrata, ofende,
y la que es fácil, enfada?

Mas, entre el enfado y pena
que vuestro gusto refiere,
bien haya la que no os quiere
y quejaos en hora buena.

Dan vuestras amantes penas
a sus libertades alas,
y después de hacerlas malas
las queréis hallar muy buenas.

¿Cuál mayor culpa ha tenido
en una pasión errada:
la que cae de rogada,
o el que ruega de caído?

¿O cuál es más de culpar,
aunque cualquiera mal haga:
la que peca por la paga,
o el que paga por pecar?

Pues ¿para qué os espantáis
de la culpa que tenéis?
Queredlas cual las hacéis
o hacedlas cual las buscáis.

Dejad de solicitar,
y después, con más razón,
acusaréis la afición
de la que os fuere a rogar.

Bien con muchas armas fundo
que lidia vuestra arrogancia,
pues en promesa e instancia
juntáis diablo, carne y mundo.

Este poema, en concreto, tal vez es el más pronunciado por Sor Juana, -a ojos de la educación popular- revela la encrucijada de la mujer, la pregunta constante acerca de su origen y su proceder, inclusive abarca el menester de indagar acerca de lo que el hombre en sí mismo espera, busca y encuentra de la mujer y ésta misma vive con la idea constante de ser aquella que el hombre necesita que sea.

El escrito nos hace pensar en lo amurallada que se encuentra la idea de la mujer sobre sí misma, donde su concepto puede ir en función del nombre que le da el hombre. Una mujer que ante su desarrollo se muda constantemente a la idea del amor romántico, por impulso y/o en relación de poder, abandonado la idea de ser amada y amar desde el más profundo conocimiento de sí mismo y perpetuar ese flechazo individual consciente a la pareja con la que se comulga.

Es innegable el cuestionamiento al simbolismo del hombre, aquel que transgrede y dicta, aquel que le permite desear y poseer, aquel que juega y condena; al que se le endilgan patrones de éxito y actividad, pero es a éste mismo al que pertenecen la transgresión de los límites dictados, la represión de los impulsos, la falta de naturalidad y autoconocimiento. Es entonces que una monja que tuvo que trasvestirse un sinfín de ocasiones pudo tener más libertad que aquellos que de libertad aparente gozaban.

Todo esto me lleva a pensar en aquellas “Juana Inés”; mujeres encubiertas, aisladas, perseguidas por una sociedad que no tolera su existencia. Me lleva a pensar en aquellas que deciden constantemente – a pesar de lo que pueda significarles – explorarse constantemente, entender sus gustos, sus pasiones, sus deseos… Me lleva a pensar en aquellas que se pierden constantemente para volverse a encontrar, aquellas que pueden ver más allá del sexo sin miedo. Esto me lleva a entender a aquellas “Juana Inés” que no están dispuestas a seguir con un canon social sobre el deber ser y que se trasvisten constantemente para el otro mostrándoles lo que quieren ver pero sin perderse por dentro. Me lleva a pensar en la gran paradoja de sus elecciones, como Juana Inés, una mujer que buscaba un pensamiento libre y que decidió entregarse a las mieles de la institución católica, que en si misma es rudimentaria, primitiva y que entrena a la mecanización de la conducta pero entendiendo que todo ideal siempre implicará un sacrificio constante.

Lo anterior me lleva a pensar en cuánta libertad puede gozar una mujer ante los extremos sociales que se viven, pero también me lleva a pensar en aquellas que hoy en día siguen el molde al que Sor Juana exhaustivamente trataba de oponerse y que aún sigue existiendo.

Es curioso, a pesar de que los tiempos han avanzado, los extremos seguirán existiendo; por una parte aquellas mujeres que se aferran a encontrar el sentido de su vida; rebeldes, independientes, aguerridas y que son participantes sociales activas y por otro, aquellas que concurren en ser la sonrisa bonita, la modelo perfecta, la sumisión en comportamiento y el consolador de los hombres. Tal vez por ello la historia se ha empeñado en ocultar a mujeres como Juana Inés, tal vez ella no debe ser el modelo a seguir para muchos, tal vez no forma parte de la educación porque la idea primigenia de la inteligencia sigue estando en los hombres.

Tristán e Isolda; de la virgen a la prostituta

Tristán nace en cautividad, y su madre Blancaflor, hermana del rey Marc de Cornouailles, muere en el parto. Tristán queda huérfano y es educado según los principios de la caballería medieval por Governal. Años más tarde, el joven príncipe es raptado por unos piratas y depositado en las costas de la tierra de Cornouailles tras una terrible tormenta. Pero nadie sabe, ni él mismo, que es el sobrino del rey Marc. Su desempeño en la corte como caballero hace que se vuelva el hombre de confianza del rey. Tristán descubre luego su verdadero origen y decide permanecer junto al rey Marc.

Cuando el reino de Marc es amenazado por el rey de Irlanda, Tristán desafía al gigante Morholt y sale vencedor, aunque permanece herido sobre un barco. Isolda la Rubia, nieta de Morholt, lo encuentra y se ocupa de curarlo. A su vuelta, el rey Marc decide darle como herencia su reino. Los barones del rey se vuelven celosos y lo presionan para que se case. Elige al azar a la hija de uno de sus caballeros y Tristán parte en su búsqueda. Pero para obtener su mano debe matar al dragón (como en la historia de San Jorge, quien mata al dragón para salvar a la Dama). Tristán sale nuevamente victorioso de esta dura prueba pero cae otra vez desvanecido. Isolda la Rubia lo vuelve a curar y él obtiene su mano para el rey Marc.

Mientras se dirigen a su encuentro, beben juntos por equivocación el vino mágico que la madre de Isolda había preparado para el rey Marc y su hija. Rápidamente se enamoran perdidamente uno del otro. Bédier describe la escena de la siguiente manera: “¡Encontré el vino!, grita ella. No, no era el vino: era la pasión, la amarga alegría, la angustia sin fin y la muerte.”

Al llegar al castillo, Isolda se casa con el rey Marc. Los barones denuncian su amor al rey Marc, y Tristán debe partir de sus tierras. Un último encuentro de los amantes deja su rastro y la cólera del rey recae sobre ellos y decide quemarlos. Tristán logra escapar y el rey entrega a Isolda a unos leprosos. Advertido de su triste suerte, Tristán busca liberarla. Una vez que logra estar a solas con su amada, en la oscuridad de la noche se recuesta a su lado pero mantiene entre ambos la espada de castidad que los separa.

En medio de sus remordimientos, Tristán decide devolverle su esposa al rey. Vagabundea luego durante dos años y se casa con Isolda de las Blancas manos. No obstante, sigue enamorado de la reina. Herido durante una batalla, pide que busquen a Isolda para volverla a ver una vez más antes de morir. Pero Isolda llega demasiado tarde: su amado está muerto. Desolada, se acuesta a su lado y muere junto a él.

La dinámica creada en la historia mítica, plantea adecuada la situación del amor en el Occidente, la alta tendencia de venerar y preservar el deseo antes de vehiculizarse al amor. La noción edificada muestra a la mujer con nula capacidad de elegir, perseverando convertirse únicamente en objeto de elección del Otro, de aquel Otro que se muestra culpable ante el deseo de poseer a la mujer. La postergación del deseo, evidencia la perpetuidad de la relación, la satisfacción del deseo implica la partida del varón y por ende la decepción de la mujer.

Si bien, tanto Freud como postfreudianos mencionan la situación edípica compleja en la mujer. Lacan la redimensiona a partir de la explicación ante la salida del Edipo.

En términos psicoanalíticos, el nacimiento de un ser humano supone apenas la pre-configuración de eventualidades tales como la conjugación del deseo fálico de la madre (una madre castrada que no tiene el objeto) y la salida de una mujer que al igual que su madre vive en falta del objeto fálico. Esta eventualidad accede a que mamá se espejee la falta con la hija con la probabilidad de remontarla o hacerle ver la castración como algo real. La niña ante la ausencia del falo de la madre, vive en sí misma la decepción del objeto de amor (castración) y parte hacia el padre con la idea de que éste sí le dé el falo que necesita y el cual está ávida de adquirir. Es aquí donde nuevamente sobreviene la decepción, al darse cuenta (con la identificación) de que el falo del padre es de la madre y entonces su deseo tiene que metaforizarse para ser soportable.

¿Cómo se metaforiza? Lacan plantea tres salidas para las mujeres en el Edipo: la mascarada de parecer ser mujer, la maternidad y la relación con el partenaire (pareja que le hace eco).

La mujer está castrada de entrada (a diferencia del hombre), por tanto lo que ocupa ese lugar es el miedo a la pérdida del amor. La definición del amor que se explica en esta condición es “dar lo que no se tiene…” Lacan lo menciona así en su seminario 5: “El problema del amor es la profunda división que introduce en las actividades del sujeto. De lo que se trata para el hombre, de acuerdo con la propia definición del amor, es dar lo que no se tiene, el falo, a un ser que no lo es.” (p. 359).

Cuando la niña descubre la castración de la madre, se da cuenta de la propia falta (falta en Ser), por tanto la neurótica debe encontrar solución a esa falta en ser a través del tener. El hombre recrea un conflicto con el tener, pues pasar de ser el falo que desea su madre a darse cuenta que lo tiene lo lleva a visualizar conflictos con el tener. La mujer se vuelve complicado porque no tiene el falo que desea su madre y tampoco lo es, por tanto le quede la solución de parecer ser.

El parecer ser retrata la mascarada femenina. El dilema planteado es que la satisfacción es generada por sustitución (niño, pene), mientras que su deseo se manifiesta una ajenidad al cuerpo respecto de su deber parecer “Parecer ser niño (objeto fálico del deseo de la madre) pero no tener una estructura física de niño”. Es entonces por este mecanismo que la mujer rechaza gran parte de los atributos que definen su feminidad, por ende amor y deseo pueden ser parcializados.

He aquí los resultados de varios psicoanalistas y científicos que definen la bisexualidad de la mujer (se ama a la madre, se desea al padre) y la explicación del deseo histérico.

La complicación de la mujer interviene en el hecho de que “pareciendo ser hombre” debe soportar ser falizada a través de ser el fantasma de hombre, sin embargo, ella no debe adherirse y creer al cien por ciento en ella: “Me enmascaro siendo hombre, pero no soy hombre.” Es decir, la salida de la enmascara resultará al asumir la falta, para que entonces pueda transitar su deseo al Otro (el padre).

A través del pene, la mujer recibe el falo añorado, y en la relación con el partenarie opera el amor. Al hacerse amar recibe el falo que le falta. Al volverse el objeto amado, quien la ama le da lo que ella no tiene, lo que carece, lo que ha estado necesitando, es entonces que es falicizada a través del amor.

La maternidad por otra parte se vuelve una forma de tratar su falta a través de tener conjugado por un endiosamiento: “Soy creadora del falo, el falo se vierte de mí a partir del hijo”.

Sin embargo a pesar de las innumerables salidas, existe una herida narcisista que operará en su caminar; “el no haber sido para su madre aquello que debió haber sido, un objeto fálico”; por tanto el temor a la pérdida del amor se convierte en la angustia más perturbadora, por tanto hará lo imposible para no perder el amor, jugando con su deseo pero finalmente perdiendo en el intento. ¿Por qué? Porque hay que recordar al mismo tiempo la dinámica del hombre; el hombre necesita rebajar a la mujer de la virgen a la prostituta para convertirla en objeto de deseo, para que entonces sea posible la relación genital, que al sucumbir puede ser convertida en culpa entrañable que le permite abandonar, cambiar, buscar otro objeto de amor. En la mujer hay que “aguantar” o inclusive prolongar el proceso con el juego del deseo: “Si tengo relaciones con él, se irá a buscar a otra, mejor sugiero, juego, seduzco pero no lo llevo al acto”.

El drama interno no impide la conjunción de los sexos, por tanto si bien puede ser una situación que puede prolongarse, es algo que sucederá y entonces el riesgo que afronta la mujer es volver a ser decepcionada al negársele por tercera ocasión el falo añorado, remontándola a esa falta inconsciente de la cual no es dueña.

La mujer elabora su amor a partir de asumir la falta, el hombre al asumir tener un falo.

En Tristán e Isolda no vemos un mito que hable de amor, sino más bien, un mito que habla de la adoración del Otro, de conservarlo en un papel idealizado, inalcanzable, inagotable, “el estar a punto pero no suceder”, (características de las relaciones amorosas occidentales), con pobre capacidad de elaborar el amor porque ninguno de los personajes asume, al contrario se sacrifica el deseo para preservar la adoración.

Cuando los hombres se van

Hace unos días a la media luz de mi lámpara de lectura, un libro de Simone de Beauvoir, un café negro y una pequeña cobija que cubría mis pies del frío insistente en Parral me hicieron parar en un fragmento que llamó mucho mi atención:

“Las mujeres que no hacen nada no soportan ni el olor de las que trabajan.” La expresión me sorprendió y me hirió. A Maurice le parece bien que una mujer tenga una profesión; sintió mucho que Colette eligiera el casamiento y la vida de hogar, hasta me guardó un poco de rencor por no haberla hecho desistir. Pero en fin, admite que para una mujer hay otras maneras de realizarse. Nunca pensó que yo no hacía “nada”; al contrario, se sorprendió que no me ocupara seriamente de los casos que él me señalaba sin por eso dejar de cuidar de la casa y seguir de cerca a nuestras hijas; y esto sin parecer nunca tensa ni agotada. Las otras mujeres le parecían siempre demasiado pasivas o demasiado agitadas. En lo que a mí respecta, yo llevaba una vida equilibrada; incluso decía: armoniosa. “En ti todo es armonioso”.” Me resulta insoportable que haga suyo el desdén de Noellie por las mujeres que “no hacen nada”.  (Simone de Beauvoir, 1981).

Este fragmento me hizo pensar en lo que en su momento Freud se planteaba con gran ahínco: ¿qué quiere una mujer? Misma pregunta sin resolver y que incluso no sólo causa incógnita para el hombre sino también para ella misma. La clínica y las teorías psicológicas resumen esto en una respuesta: ser amada, pero, ¿qué implica ser amada para una mujer? O, inclusive ¿El ser amada para una mujer significa ser deseada? Esto claramente lleva respuestas en doble orden: la primera es cómo una mujer percibe lo que quiere y si eso está engarzado a su sentir, pensar y actuar, y la otra respuesta va en el orden de lo que el hombre quiere de una mujer y que de igual forma la respuesta compleja se ataría a su sentir, pensar y actuar.

 Comenzaré desde el análisis del corte popular de lo que algunos pseudointelectuales consideran feminismo; donde este es provisto de agresiones, justificaciones, fantasías e imaginación de lo que un hombre debería de ser, hacer y pensar en relación a un vacío inconsciente obtenido por la mujer en su mismidad a través del desarrollo evolutivo en los diversos campos (social, intelectual, emocional, biológico, religioso, etc.) dejando aislada la masculinidad en sus múltiples aspectos y donde, cabe aclarar femineidad y masculinidad no es lo mismo que el ser hombre o mujer, así como feminismo no es lo mismo que hembrismo popular.

 El hembrismo popular

El hembrismo popular existe en una antesala de protesta al machismo que ha imperado en nuestro país, donde la mujer era denigrada o posicionada en planos meramente pasivos, sin reconocimiento e inclusive siendo objeto de violencia disfuncional, la cual estaba enmascarada de amor por el otro. Traducido, es importante mencionar aquellas frases como: “Me pega porque me ama”, “No lo dejo por mis hijos(as)”, “Mi papel es de obediencia y sacrificio por mi familia”, “Lo doy todo por ti”, donde ser permisiva, obediente, sumisa, poco letrada, abnegada, entregada al círculo familiar en forma intensiva era el método para conseguir el amor, aquello con que toda niña sueña, el príncipe azul y la vida perfecta; pero para conseguirlo hay que sacrificarse, hay que dar para entonces obtener.

 Cuando la idea comenzó a causar incomodidad, cuando la mujer comenzó a encontrar el disfrute de un deseo que tenía aislado, reprimido y en muchas ocasiones escondido pudo dar pie a ser un objeto social activo, de permanencia, movida por deseos internos y que en su momento fueron castrados y esto comenzó a suscitarse en una comunicación generacional.

Madres que comenzaron a cambiar los mensajes inconscientes formulados hacia sus propias hijas, padres que confiaron que la vagina de sus hijas era un verdadero falo dotándolas entonces de creencias y fundamentos posicionados en la igualdad con el otro género. Sin embargo, no todo podía ser perfecto, todo cambio lo precede una etapa de crisis, una etapa de descontento, de incomodidad y la sensación de no tener un punto a dónde ir. Es entonces que un comportamiento nuevo que se opone a un anterior da como resultado la incongruencia, la incompatibilidad y la adecuación de ambos comportamientos en una idea primitiva que posteriormente madurará si coexisten las condiciones adecuadas.

Es entonces que a la par de la necesidad de sentirse amadas, surgió la competencia. Una lucha interna y externa de adecuarse al ambiente, a los ideales anteriores pero también aceptando el deseo que surge en el interior de cada una. La pasividad dio paso a la actividad, a la búsqueda de un lugar en el mundo que representaba algo más allá que entrar de blanco a la iglesia, tener una casa grande y bonita además de una familia perfecta, esto es: lograr una carrera universitaria, tener un trabajo estable, crecer, vincularse en el mundo ofreciendo y no únicamente recibiendo, ser dueñas y no esclavas de la propia vida, tener puntos de opinión en la sociedad que fueran considerados a la par del otro género; y todo esto es un planteamiento actual que existe sin dejar de lado la ilusión (aún) de concebir y que se geste la idea anterior. Es decir, la mujer quiere seguir siendo objeto de amor a partir de representar ambos esquemas comportamentales en el hombre.

Pero a la par, ¿qué sucede en el hombre? La historia amorosa del hombre está estructurada en dos fenómenos: el cortejo y la renuncia. El cortejo está centrado en la conquista, en la posibilidad de buscar amar a partir de las experiencias centradas en la vinculación primaria con el objeto materno. El hombre es capaz de vislumbrar diferentes formas de encuentro con el amor (ya que así ha sido su historia), una búsqueda constante hacia aquello que tanto desea y que puede convertirse en el objeto de amor.

¿Qué ama un hombre? Ama lo no obtenido, ama el transcurso al amor, ama con poca libertad, ama con temor, ama con odio y con amor. Ama a través de la condición predisponente del otro objeto que quiere sentirse amada(o), ama la fantasía y el ideal que cuando toca la realidad le es imposible no renunciar. El amor para un hombre implica siempre una renuncia, una pelea constante ante el objeto que quiere alcanzar pero que pareciera lejano y que cuando lo concibe cercano es imperativo decir adiós. Esta situación frustrante y antisonante y en el hombre se describe a partir de su construcción del amor.

Él mismo viene de la relación primaria con el objeto que nutrió su ser a partir de la particularidad de sentirse protegido; objeto que respondió a sus necesidades, lo elevó hacia el máximo concepto de supremacía al dedicársele, vivir por él y en él. Un objeto que le proporcionó su ser en niveles inhumanos y lo salvó de cualquier inconveniente puesto en el mundo exterior. Este ser fue su propia madre, figura objetal inicial y figura objetal que enmarcará la relación amorosa.

La ideación del objeto, produce en el hombre la sensación de plenitud del ser. Esta plenitud por su construcción, será imposible de comparar con cualquier otra relación obtenida con algún otro objeto en el futuro, ya que “ninguno(a), podrá suplir lo que madre hizo por él, ninguno(a) se dará, se vinculará al punto de vivir la idea de la simbiosis como lo hizo mamá, ninguno(a) será tan perfecta, tan amorosa, tan virgen, tan incomparable como ella”, sin embargo, para reprimir la idea del incesto y la sensación de culpa devenida a la idea es necesario que busque un objeto hacia el cual avocar la experiencia suscitada con madre y que en un inicio fue fraguada por la intervención del padre, por su falo más grande, por el pensamiento del posible castigo y que esta figura atemorizante castrará su falo.

En este sentido, el hombre busca en su relación de pareja la posibilidad de consumar su deseo hacia su objeto de amor; por tanto busca a partir del cortejo a la persona que sea “la más adecuada” para ocupar ese lugar tan preciado y al que pocas tendrán acceso.

¿Qué sucede cuando la encuentran? Deviene la renuncia, el mecanismo final en la triada establecida entre él, su padre y su madre; deviene la falta y el extrañamiento, deviene la sensación de incesto y la culpa ante la posible pérdida del padre, deviene el temor a la castración que faculta el adiós en su relación amorosa.

El hombre se retira porque no puede amar y desear al objeto, tiene que partirlo, escindirlo, desvincularlo para darse la oportunidad de vivir ambas situaciones sin remontarse al complejo del amor en la primera infancia en el cual hubo dolor, pérdidas y temores.

Entonces en resumidas cuentas, la mujer busca ser amada a partir de la decepción y la sensación constante de rechazo (por tanto hay que comprobarse a sí misma que es objeto de amor y deseo), mientras que el hombre ama para finalmente decir adiós (le resulta difícil vincular amor y deseo); dándose hombre y mujer los mismos afectos en las relaciones presentes que aquellos que se dieron en la primera infancia en sus triangulaciones amorosas.

Entonces, ¿quién se va o quien se queda? La respuesta más real es que ambos se van en el momento en que no son conscientes de aquellas fuerzas que sostienen la relación amorosa y que son consecuencia de un pasado inherente al ser humano, del cual no es posible desvincularse. La crisis social aumenta la sintomatología, pues la incomprensión entre lo que significa ser hombre o ser mujer son conceptos que se encuentran en pañales para una sociedad consumista, rápida, sin consciencia y sin reflexión; una sociedad que aleja al hombre y la mujer y los llena de brechas en sí mismos que impiden el darse cuenta.

La pregunta es: ¿Cuál es el futuro de las relaciones amorosas? ¿Seremos presas de la crisis que nos aleja e imposibilita la estabilidad relacional? ¿Nos volveremos seres mayormente individualistas?...

 

Foto de portada de familias.com